Madrid, 20 de abril de 2009

 

D. Jesús García Burillo

Obispo de Avila

 

Querido Jesús: Recibí el pasado lunes tu carta de 7 de abril, en la que me comunicas alguna reflexión que te ha producido la lectura de mi nuevo libro Juan Pablo I. Caso abierto Te lo agradezco. En ella encuentro algunas cuestiones que me parece oportuno precisar.

En primer lugar, no inculpo a nadie en concreto de la muerte de Juan Pablo I. Por ejemplo, en la página 145 afirmo lo siguiente: "Se acusó a Magee del asesinato de Juan Pablo I. También se ha acusado a Villot y a Marcinkus. Sin embargo, una cosa es establecer qué pasó y otra, más difícil, demostrar quién lo hizo". Aclarar lo que pasó es muy fácil; si no se hace, es porque no se quiere. Demostrar quién lo hizo es otra cuestión.

El conjunto de datos (hechos, indicios y signos) apunta a esta conclusión: muerte provocada en el momento oportuno. De los diversos testimonios, circunstancias y situaciones algunas personas pueden resultar "sospechosas". Eso no lo puedo evitar. Precisamente, porque no se inculpa a nadie en concreto, la responsabilidad es genérica, colectiva, impersonal: "lo mataron, deformaron su figura, se quedaron con la herencia" (p. 211).

Me dices que no hay pruebas. El argumento carece de base, cuando -de forma absoluta y soberana- no hay voluntad de esclarecer los hechos. Se cumple la palabra de Jesús: Nada hay oculto que no llegue a saberse (Lc 12,2). El libro aporta un conjunto de datos, ¿cuál de ellos no es cierto? Además, durante años hemos constatado represión de la investigación y miedo en los testigos, ¿acaso hay que comulgar con esto?

Obviamente, hay una grave responsabilidad al máximo nivel en la Iglesia: "¿Cómo explicar el silencio de los papas que le han sucedido?", "¿con la muerte de Juan Pablo I se produjo un golpe de timón en la Iglesia?, ¿qué paso con el Concilio?, ¿se enterró con Juan Pablo I el Concilio Vaticano II?" (p.206). ¿Es tan extraño que un sacerdote se haga estas preguntas?

Lo dijo Santa Catalina de Siena. Los ministros de Dios que no denuncian los males de la Iglesia por "temor servil", son malos pastores. No tienen perro, el perro de la conciencia, o no les ladra. Ya lo denunció el profeta Isaías: Sus vigías son perros mudos, que no pueden ladrar (Jr 17,10). No comprenden que el Señor les pedirá cuenta "en el último extremo de la muerte" (El diálogo, BAC, Madrid, 1980, nn. 129 y 119).

Como en otras ocasiones, apelo al derecho y al deber de manifestar lo que en conciencia creo que desfigura el rostro de la Iglesia. Acerca de sus defectos, dijo el Concilio, "debemos tomar conciencia de ellos y combatirlos con firmeza para que no dañen la difusión del Evangelio" (GS 43).

En cuanto a los temas de la teología del cardenal Ratzinger, me sugieres que los envíe a una revista teológica especializada. Sin embargo, desde el momento en que está publicado el libro, cualquier revista puede hacer la valoración o el juicio que considere oportuno. El aparato crítico del libro (639 citas) indica las fuentes, justifica lo que en cada caso se afirma y, al propio tiempo, facilita la investigación posterior

Me comunicas tu impresión de que desconfío sistemáticamente del ministerio jerárquico, cuestionando temas tan importantes como la Tradición, el estado intermedio o el ministerio del Papa, y confiando mucho más en mis propios criterios. En realidad, no desconfío sistemáticamente del ministerio jerárquico, sino sólo cuando veo que está por encima de la palabra de Dios y no a su servicio (DV 10).

Siento no poder secundar tu consejo de abandonarme confiadamente a la autoridad de la Iglesia, una vez manifestado el propio juicio. En conciencia no puedo ceder. Tengo presente el ejemplo de Pablo: Ni por un instante cedimos (Ga 2,5), y el ejemplo de Pedro: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 4,19).

La expresión "hijo fiel de la Iglesia" me recuerda la frase final de Santa Teresa: "Al fin muero hija de la Iglesia". Entre sus tribulaciones tuvo la inclusión de su Vida en el Indice de libros prohibidos y en los tribunales de la Inquisición. Son cosas que pasan. Comprendo perfectamente que repitiera con frecuencia: "Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda", "sólo Dios basta". Por mi parte, tengo conciencia de que la causa de Juan Pablo I (con todo lo que supone) me introduce más en el misterio de la Iglesia y de Aquel que padeció fuera de la puerta (Hb 13,12).

 A tu disposición, si consideras oportuno ampliar de palabra o por escrito la presente comunicación. Te envía un cordial saludo de Pascua