EL CUADRO DE LA TRANSFIGURACION

  1. Hace exactamente un año, el 23 de febrero, leíamos en la comunidad el evangelio del día, el pasaje de la transfiguración (Mt 17,1-7). Estábamos viviendo una situación crítica y dura.  En la catequesis titulada Sin forma y figura lo tuvimos presente, como algo que no debía olvidarse: “La transfiguración... es la respuesta de Dios a la desfiguración realizada por los hombres”.
  2. Recordamos entonces la experiencia de San Juan de la Cruz: encarcelado en Toledo (diciembre de 1577- agosto de 1578), excomulgado por asistir al capítulo de Almodóvar (9-10-1578), queda sin oficio en junio de 1591. Estaba cantado: Ya no guardo ganado / ni ya tengo otro oficio, / que ya sólo en amar es mi ejercicio (Cántico espiritual). Y también: Solo, sin forma y figura, / sin hallar arrimo y pie, / gustando allá un no sé qué / que se halla por ventura (Glosa a lo divino). San Juan sufre una verdadera persecución: “sólo ser su amigo era delito”.
  3. Pues bien, se celebraba la fiesta de las tiendas. Jesús toma consigo a Pedro,  Santiago y Juan. Sube con ellos al monte para orar. Mientras oraba, su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz (Mt 17,2). La gloria de Dios lo transfigura todo: Se les aparecieron Moisés y Elías, que conversaban con él (17,3). Aparecían en gloria y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén (Lc 9, 31). Pedro se ofreció a cumplir (como fuera) la fiesta de las tiendas:  No sabía lo que decía (9, 33). Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: Este es mi hijo amado, en quien me complazco; escuchadle (Mt 17,5).
  4. La nube es símbolo y señal de la presencia de Dios. Como en otro tiempo sobre el pueblo, ahora aparece sobre Jesús. En él se cumple plenamente lo que estaba escrito: He aquí a mi siervo, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él (Is 42, 1). Hay que mirar hacia delante, no hacia atrás. Hay que acoger el plan de Dios que se manifiesta en Jesús. Como dijo Moisés: Dios suscitará, de en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, a quien escucharéis (Dt 18, 15). Es la confirmación del bautismo de Jesús y de su misión: Escuchadle (Mt 3,17).
  5. Los discípulos conversan con Jesús al bajar del monte. Necesitan una explicación. Se recomienda prudencia. Jesús es el ungido de Dios, pero tiene que padecer. Será crucificado. La función precursora, que en la tradición judía era propia de Elías, se ha cumplido en la persona de Juan, el mensajero que allana el camino (Mal 3, 1), el profeta enviado antes de que llegue el día del Señor (3, 23). Juan el Bautista vino a renovarlo todo, pero fue rechazado y asesinado (Mt 17,9-13).
  6. En nuestro tiempo, el Concilio de Juan vino a renovar la Iglesia, pero ¿qué está pasando? Juan Pablo I se lo creyó y quiso aplicarlo hasta en sus últimas consecuencias, de tipo económico. Se dijo certeramente entonces: El papa profeta se marchó, como Elías, “de una forma extraña”, “pero hubo un Eliseo que estaba a su lado atento a lo que ocurría y recogió su manto. Algo así tendrá que suceder ahora” (Vida Nueva, 5-10-1985). Por nuestra parte, hemos asumido su causa y no podemos dejarla: Se pedirá cuenta (1990), El día de la cuenta (2002).
  7. 23 de febrero de 2003. En este año, no sabemos cómo, ha cambiado la situación, se ha transfigurado. Sin duda, en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman (Rm 8,28). Bajo un cielo totalmente cubierto de nubes, vamos a la toma de posesión del nuevo obispo de Avila, Jesús García Burillo. En Madrid le tuvimos como Vicario. Para nosotros su nombramiento es un regalo de Dios. Vamos de camino con el salmo de Santa Teresa: Cantaré eternamente las misericordias del Señor (Sal 89). Había llegado la invitación del Obispado y había que estar allí. La mano tendida en señal de comunión no impedía, de suyo, la reprensión de Pedro, ahora no menos necesaria (Ga 2,9-11).
  8. Además, la invitación reproducía el cuadro de la transfiguración, la preciosa tabla que preside el retablo de la catedral. El detalle resultaba significativo. Un año después, estábamos ante el mismo pasaje: el cuadro estaba vivo, se nos hacía Palabra.  Recordamos la experiencia de Santa Teresa, cuando (cosas de la época) se le impedía acceder al texto bíblico. Le dijo el Señor: Yo te daré libro vivo (Vida 26,6). 
  9. En la celebración, la primera lectura invitaba a mirar hacia delante: No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo, mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? (Is 43,18-25). La expectación se palpaba en el ambiente abarrotado de la catedral. Ciertamente, muchas son las dificultades, pero mayor es la esperanza. La segunda lectura proclamaba la fidelidad de Dios y de la palabra anunciada: La palabra que os dirigimos no fue primero sí y luego no. Decía también: Dios ha puesto en nuestros corazones como prenda suya el Espíritu (2 Co 1,18-22). El lema del nuevo obispo dice prácticamente lo mismo: Teniendo las primicias del Espíritu (Rm 8,23). Nos parece significativo.
  10. El evangelio del día era el pasaje del paralítico (Mc 2,1-11). Habíamos sido invitados a comer en casa de Teresa, que pertenece al grupo de Avila. Allí estaba su madre que no superaba la muerte de su marido. Había quedado paralizada. Y allí cuatro discípulos hacíamos lo posible, un hueco en medio de tanta gente, para que una mujer con lágrimas en los ojos se encontrara con el Señor: El les anunciaba la Palabra. Se lo dijimos: son como ángeles (Mc 12,25), viven como Cristo vive, nos pueden echar una mano. Lo recuerda el Concilio: ellos interceden por nosotros (LG 49). Supimos después que había tenido un sueño: su marido le decía que llamara a una hermana, con quien se había producido cierta distancia. Lo hizo. Ella lo sabe bien, hay que preparar los caminos y hay que repararlos, como hacía Benigno, caminero de profesión. En cierto sentido, ahora sigue haciendo lo mismo, en esa dimensión nueva en la que vive con el Señor Resucitado. Nos pareció una parábola en acción. En la inmensa nave de la catedral la Palabra invitaba a superar parálisis: Levántate y anda.
  11. “Vengo a Avila a adorar la sabiduría de Dios”, dijo el nuevo obispo. Manifestó sentirse emocionado por llegar a la tierra de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, que alcanzaron “las cotas más altas de espiritualidad y universalidad”. Hay que trabajar y evitar desavenencias, dijo también. A los sacerdotes de la diócesis les pidió que le aceptaran como a un hermano que desea caminar con ellos: “Deseo que en nuestras relaciones prevalezca la amistad y la fraternidad, ya que son graves las tareas que la Iglesia debe afrontar en el momento presente y difíciles los retos que le plantea una cultura cada vez más alejada de la herencia espiritual que nos legaron nuestros santos abulenses”. Asimismo, lanzó una llamada a los seglares que pueden hacer diagnóstico y proponer solución a los problemas actuales.
  12. Los sacerdotes éramos muchos. En el momento de la comunión, nos dirigieron a las capillas laterales. A mí me correspondió una. Al acercarme, allí estaba la tumba de D. Santos, el obispo que me confirmó. Durante la última etapa del Concilio, en Roma, hice de secretario suyo: le pasé cartas a máquina y le acompañé en algunos actos. Además, él recibió mi decisión de ordenarme sacerdote y me dio las órdenes menores. Pues bien, me llamó la atención. Me pareció percibir su misteriosa presencia. Le acompañaba de nuevo en un acto o, mejor, él me acompañaba a mí. En cierto sentido, me confirmaba en la vocación y en la misión. Como decía Santa Teresa: “Acaéceme algunas veces ser los que me acompañan y con los que me consuelo los que sé que allá viven, y parecerme aquellos verdaderamente los vivos, y los que acá viven tan muertos, que todo el mundo me parece no me hace compañía” (Vida 38,6). Evidentemente, no sé lo que pasará mañana. Por lo vivido hoy, doy gracias, muchas gracias.
 Jesús López Sáez,  23 de febrero de 2003.