FELIZ EPIFANIA, CASIANO

 

Casiano Floristán ha muerto al amanecer del día primero del año. Se había desplazado el 24 de diciembre desde Madrid a su pueblo natal para celebrar la Navidad. Una recaída en su enfermedad le obligó a ingresar el día 30 en la Clínica Universitaria  de Navarra, donde falleció. Tenía 79 años. Había nacido en Arguedas (Navarra) el 4 de noviembre de 1926. Desde 1963 hasta su jubilación en 1997, fue profesor de Teología Pastoral en la Universidad Pontificia de Salamanca (Instituto Superior de Pastoral, Madrid).

Conocí a Casiano en Salamanca, a comienzos de los años sesenta. Yo era estudiante de Filosofía y él empezaba su fecundo trabajo al servicio de la renovación eclesial. Recuerdo la reacción de aquel viejo profesor dominico, que se preguntaba entre sorprendido y escéptico: ¿Qué es eso de la pastoral? En el fondo, se oponía a lo que pretendía el joven profesor navarro, llegado de Tubinga: descubrir los problemas que plantea la evangelización y buscar los medios para solucionarlos.   

En 1968 puso en marcha la Comunidad de la Resurrección, que ha dirigido hasta su muerte. Dice Luis Fernández, de la Comunidad de Santa María de la Esperanza:

“Hace unos días me encontré a un miembro fundador de la comunidad de la Resurrección, que empezó con Casiano. Me comentó que estaba muy delicado de salud y que había ido a su pueblo a celebrar la Navidad, pero que esperaba volver a Madrid para continuar su labor en la comunidad (son unas 50 personas actualmente) y colaborar en la parroquia de Nuestra Señora de la Paz donde les dejaban reunirse en una sala”, “personalmente guardo un recuerdo inmejorable y le estaré siempre agradecido por lo que supuso para Josefina y para mi, en nuestra juventud, después de salir malamente de mi parroquia... fue una bocanada de aire fresco, como quería el Concilio”.

Tengo entre mis manos unos de sus libros, El catecumenado (PPC, Madrid, 1972), que nos vino tan bien y tan oportunamente para realizar el necesario discernimiento del llamado, con impropia exclusividad, neocatecumenado, así como para promover la restauración catecumenal que había pedido el Concilio (SC 64).

Leo en el prólogo: “Ojalá pudiéramos todos, con coherencia y honradez evangélicas, convertir nuestras mentalidades al mensaje cristiano que hoy y aquí necesita el mundo”, “sólo así será posible que la Iglesia cuente con militantes cristianos, testigos de fe en la esperanza, desde la memoria de Cristo que subvierte todos los órdenes establecidos en función del Reino por establecer”. El prólogo termina así: “en la Epifanía del Señor” de aquel año, 1972.

Amigo Casiano, tenemos la profunda confianza de que ya estás en la nueva dimensión que abre el Señor Resucitado y de que sigues esperando un nuevo amanecer para la sociedad y para la Iglesia. ¡Feliz Epifanía! No sólo con símbolos, también con signos. Se dice en el salmo 19: El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento anuncia la obra de sus manos; el día al día le pasa el mensaje, y la noche a la noche transmite la noticia. No hay palabras ni su voz se puede oír, mas por toda la tierra se extiende su pregón y hasta los límites del orbe su mensaje. Es preciso escuchar.

Jesús López Sáez