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HISTORIA
DE CLARA QIONG
Los tres años primeros de nuestro matrimonio fueron muy difíciles. Las tensiones del trabajo de ambos y situaciones de crisis añadidas hicieron mermar nuestras capacidades físicas y con ellas la idea de un embarazo. Sin embargo, desde hacía algún tiempo nos veníamos encontrando lecturas de anunciación con tanta insistencia que nos planteamos la posibilidad de que el Señor estuviese anunciándonos un hijo: Vimos su estrella en el Oriente (Mt 2). Un examen rutinario, previendo la posibilidad de concebir, nos revela un diagnóstico médico en el que se desaconseja el embarazo por un potencial riesgo debido a una insuficiencia circulatoria. Frente al shock inicial nos surgen las dudas nacidas ante las palabras de anunciación que nos habíamos ido encontrando. ¿Entonces qué anunciaba el Señor? El Señor prometía un hijo, la forma y el cuándo es lo que aún entonces ignorábamos. En nuestra historia de pareja ya teníamos de forma insistente el pasaje de Isaías 49, pero hasta entonces formaba parte de un plan de restauración y conversión personal que el Señor tenía para nosotros y no habíamos reparado en estos versículos como un regalo en nuestra historia: Tus hijas serán llevadas a hombros. La idea de la adopción estaba presente en ambos. Para uno desde siempre, para el otro como una vía de paternidad alternativa. Con este pensamiento, el 1 de diciembre de 2001 pusimos en la Eucaristía nuestro deseo de adoptar, pidiéndole al Señor que nos acompañase. Esa misma noche Marisol y José Ramón, que ya habían iniciado el proceso de adopción de Marina, y Alicia se ofrecieron para aconsejarnos y desde entonces se han convertido en luz y guía para nosotros en muchos momentos. Al día siguiente, coincidiendo con el primer domingo de Adviento, habíamos pasado la tarde de compras y nos acercamos a tomar un refresco a un centro comercial que estaba abierto. Estábamos hablando de cuál sería la decisión correcta, cuando en la mesa de al lado se sientan dos familias con cuatro niños adoptados, dos bebés chinas y dos niños peruanos. Sin poder ocultar la sorpresa por la coincidencia entre el encuentro y nuestra conversación, les comentamos nuestro deseo de adoptar en China y con gran familiaridad nos invitaron a su mesa y nos explicaron todos los detalles para iniciar el proceso. Estuvimos una buena parte de la tarde con ellos, hecho significativo ya que ninguno era de aquí y quedaban para verse, únicamente unas horas, una vez al año, en Madrid o Barcelona. Emocionados aún por el encuentro, al volver a casa ojeamos uno de los libros que habíamos comprado y al abrir al azar nos encontramos con el relato de una mujer que, acompañada por Dios, escucha un llanto entre los juncos. Al acercarse comprueba que es una niña. Una niña abandonada que el Señor pone en su camino para que sea recogida y aceptada. Nuestro deseo y la palabra parecían converger en este detalle que consideramos una señal de partida. Y como los magos de Oriente, de señal en señal y preguntando, comenzamos los trámites burocráticos que se fueron agilizando y adelantado inusualmente. China había cerrado la adopción para España debido a irregularidades administrativas. Había impuesto un año de castigo en el que nos vimos atrapados sin otra posibilidad que la de cambiar de país o esperar. La Comunidad de Madrid nos ofreció la primera vía con la promesa de una adopción más rápida y segura. Nos negamos. Nuestra hija - a la que ya sentíamos como tal- nos esperaba en algún lugar de China y no estábamos dispuestos a renunciar a ella, tardase lo que tardase. Lo que hubiese sido una espera de 8 o 9 meses se convertiría en dos años, pero Clara ya había nacido en nuestro corazón. El 15 de enero recibimos la llamada de la Comunidad de Madrid que nos permitía continuar con nuestra adopción. Por fin empezaba la cuenta atrás. El 28 de enero de 2002 tuvimos todos los papeles listos para mandarlos a China. Un pequeño retraso, debido al Año Nuevo en aquel país, nos hizo posponer el envío de nuestro expediente unas semanas. Lo que en principio parecía una circunstancia frustrante, tras la larga espera, dio pie a una señal que fue luz en nuestro camino hacia Oriente. Por fin el 11 de febrero nuestras ilusiones volaban hacia Pekín. En todo este tiempo habíamos pensado en el nombre español que recibiría la niña. No nos poníamos de acuerdo y pedimos al Señor que fuese El quien lo eligiese por nosotros. Por una serie de circunstancias, desde hacía meses, se nos venía repitiendo el nombre de Clara, pero no nos terminaba de convencer. El mismo día que nuestro expediente volaba hacia China y pensando en cómo se las arreglaría el Señor para darnos a conocer el nombre de nuestra hija, camino de casa, me fijo en una tienda de niños y entro. Me llama la atención un rincón de la tienda en el que hay colgada una guirnalda con muñequitos pintados. En la parte inferior de la guirnalda hay algo escrito entre corazones, pone: Clara, ya estoy aquí, 11 de febrero de 2002. El Señor ya había pensado un nombre para nuestra hija. Sentimos que estábamos guiados. Ese mismo mes de febrero recibimos una palabra: El año que viene por estas fechas abrazarás a un hijo. En aquel momento esta expectativa era imposible puesto que China tardaría al menos año y medio en asignarnos a Clara debido a la neumonía que paralizó el país. Sin embargo, exactamente un año después, contra toda previsión, contra todo pronóstico, el Señor ha cumplido su Palabra. En estos meses el diagnóstico que nos desaconsejaba un embarazo cambia. Se abre una vía a un hijo biológico y eso nos llena de dudas. Un embarazo a estas alturas suponía la paralización obligatoria de la adopción. Sin embargo, la edad apremia… La idea de que la adopción puede esperar surge en nuestras mentes. En este contexto el Señor nos regala otro detalle determinante. Una tarde, saliendo del metro y a raíz de un recuerdo que me lleva hasta una amiga que acababa de dar a luz, hago una oración desesperada al Señor. Más que una oración se trata de un grito angustiado surgido de lo más íntimo, de lo más profundo: Por favor, Señor, qué hago. ¿China o hijo biológico? En ese momento siento como una voz interior, ajena por completo a mi pensamiento que dice: Las oraciones que nacen del corazón tienen respuesta. Simultáneamente giro un pasillo del metro y me encuentro con un enorme cartel. Aunque rasgado, en él se apreciaba la Gran Muralla, un recuadro con niñas orientales y una palabra: China. Impactada me acerqué y recompuse la tira que colgaba, cual sería mi sorpresa al leer el texto completo: Ven a China, nada te lo impide. De nuevo sentimos que el Señor hablaba y esta vez aun más claro. A principios de octubre la asignación se supone inminente pero ésta se retrasa sin explicación alguna. Nos dicen que las asignaciones están retenidas y comenzamos a preocuparnos. Orando al Señor por esto nos encontramos con el pasaje de Isaías que dice: No temas que yo estoy contigo, desde oriente haré volver tu raza y desde poniente te reuniré. Diré al norte: Dámelos, y a al sur: No los retengas. Traeré a mis hijos de lejos y a mis hijas de los confines de la tierra (Is 43). Por fin, el 17 de noviembre nos llaman de la agencia de adopción para decirnos que ¡ya tenemos niña asignada! Al colgar el teléfono la alegría era tal que sólo podíamos dar gracias al Señor. Al abrir la Biblia para rezar, aún emocionados, nos encontramos: Un hijo se nos ha dado (Is 9). El Señor volvía a regalarnos su Palabra. Las señales no quedan ahí. Habíamos puesto muchas veces el cuidado de Clara a su abuelo Gonzalo y habíamos percibido su misteriosa presencia en algunos detalles. Era natural que un padre quisiera dar la enhorabuena a sus hijos… El informe de la niña, sus fotos, su vida están fechados y sellados el 28 de Junio de 2003, fecha del aniversario de mi padre. Aun nos queda por vivir el momento más importante, el momento del encuentro, el momento en que esta historia de Navidad se cierre y formemos una familia. Nos reuniremos con nuestra hija Clara el día 6 de enero, fiesta de la Navidad en Oriente. Africa y Javier
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