EL MENSAJERO FIEL

 

Llega el 26 aniversario del martirio de Oscar Romero, crucificado el 24 de marzo de 1980, como Tomas Becket, junto al altar. Por tomar partido por los débiles, sin arrugarse ni venderse al poderoso Goliat. Su muerte fue anunciada, planificada por católicos de toda la vida. Su funeral, el 30 de marzo, fue una masacre: 40 muertos y 200 heridos. Romero fue el profeta más visible de su tiempo; el mensajero que anunciaba (y denunciaba) con credibilidad -no como quien nada y guarda la ropa- desde Washington a Roma, los caminos de la paz. Sus pies también se posaron sobre la colina vaticana; tuvo que pasar un tiempo en la sala de espera hasta que, a regañadientes, le concedieron una audiencia, escueta; y sin mucho éxito. Murió con las botas puestas, solo, poco comprendido por su Institución. Su aniversario va precedido por la catequesis del mes, causalmente Los pies del mensajero; ésta fue precedida por La señal de Jonás, el mensajero que se dio la vuelta, tomó el billete en la dirección contraria, hacia Tarsis, ruta de los mercaderes. Jonás, como Romero ante el cadáver del jesuita Rutilo, rectificó, desde la escucha, y llevó el mensaje a Nínive, la capital del Imperio del momento (ambas catequesis cuelgan en la RED: www.comayala.es).

Es terreno común a los profetas que casi todo se les volvía en su contra. También pasó con Romero. Su elección -primero como Obispo auxiliar, en 1970; y después como arzobispo de San Salvador- fue vivida por los sectores progresistas como una mala noticia. Era conservador. Por eso lo eligieron. Su labor como rector del Seminario Mayor San José de la Montaña, que había sido dirigido por los jesuitas desde 1915, fue un fracaso en la gestión económica y cerró. Casualmente inicio estas líneas en el día de San José: Día del seminario. Hoy la noticia es el desplome galopante de la que fue encumbrada como “la reserva espiritual de Europa”. Ahora aquello se desinfla: “España se queda sin curas”. La edad media del clero es de 67 años, y el 40% tiene más de 75 años. Éramos la primera potencia mundial (la mejor multinacional). Sus incontables seminarios, ciclópeos, antaño rebosantes, ahora se vacían. Muchos fueron levantados con donaciones generosas; casi todos con exenciones fiscales. Aunque, como alguien puntualiza, no pocas de aquellas “vocaciones”, eran en realidad bocaciones (con “b” de  boca): propias de tiempos difíciles, de hambrunas y penurias. Ser cura o religioso fue para muchos la única salida, infalible, para conquistar un pequeño estatus. Pero su labor social de promoción humana fue incuestionable. Aquí un sobresaliente.

Hay quienes, sin decirlo públicamente, culpan al Concilio de esa hecatombe. Ya olvidaron que fue convocado para ventilar aquel sistema de vieja cristiandad, tan próximo y celoso de los poderosos, más ritualista que evangélico; para recuperar el mensaje originario. Tras la desbandada de los seminarios, algo normal, vino la del clero, la realmente preocupante. Se veían muchos peros en la renovación: pérdidas de derechos adquiridos, pérdida del control absoluto de la viña... El evangelio del domingo, día de San José, era el pasaje de los mercaderes del Templo (¿iría dirigido a los gentiles?): “El celo de tu casa me devora”. El verdadero templo era la comunidad palparon las comunidades primitivas. No hace falta ser profeta, basta con abrir el oído, como el niño Samuel, y estar atento a las señales, a los signos de los tiempos, para comprender que tal vez sea el mismo Dios quien esté detrás, empujando, para que el sistema se desplome.

Bartolomé de las Casas, como Romero, se convirtió en el mensajero de su tiempo. Sólo escuchando la Palabra fue capaz de denunciar las brutalidades del Imperio del momento. Percibió su señal en aquel pasaje del Eclesiástico (34, 18-22) que le impidió el encargo de celebrar aquella misa, "aplicando lo uno (el texto bíblico) a lo otro (la miseria y servidumbre que padecían aquellas gentes). Hoy tenemos en Pedro Casaldáliga, al mensajero más carismático (no parece obispo), el más visible, con su “rebelde fidelidad”, la mejor vacuna contra la inercia de la Institución. Profetizando frente al dios del neoliberalismo, frente a las mentiras del imperio...; y recordando que la sinagoga bien montada difícilmente puede anunciar con credibilidad a Jesús. ¿Tendremos aún que indagar quién fue? ¿quiénes, y por qué, crucificaron a Jesús? Si el papa podía reunirse (y orar) con dictadores sanguinarios, ¿por qué no podía ir Pedro a Nicaragua a solidarizarse con aquellas gentes? Pedro (como monseñor Romero con los visitadores apostólicos) fue amonestado, por situarse, desde la peligrosísima teología de la liberación, del lado de David y no de Goliat.

También tenemos a otros mensajeros fieles, muchos anónimos. Y a otros, más conocidos –marginados o desaprovechados- que anuncian a un Cristo crucificado, aunque sospechosos porque no hablan de la unidad inquebrantable de la patria, ni de las raíces cristianas de Europa, ni se manifiestan exigiendo la religión en la escuela. Va para todos ellos este reconocimiento; especialmente a quienes renunciaron  a expectativas de puestos golosos, a cátedras o a mitras; a los tachados de no estar en “comunión eclesial”. Porque la (abusivamente) llamada “comunión eclesial” no puede estar por encima de la (silenciada) “comunión en la Palabra”. Aunque también es cierto que hoy, en la libertad de los foros, en los blogs, y en los congresos de teología…, se puede hablar de todo. Menos de la Palabra.

 

Braulio Hernández Martínez. Tres Cantos.