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LA EXTRAÑA MUERTE DE
UN PAPA
«Juan Pablo I fue asesinado»
«POR LA INGESTION DE UNA DOSIS FORTISIMA DE UN VASODILATADOR».
«PENSABA HACER CAMBIOS IMPORTANTES EN LA CURIA DEL VATICANO».
«LOS APUNTES QUE TENIA EN LA MANO, AL SER ENCONTRADO MUERTO, CONTENIAN
LOS NOMBRES DE LOS NUEVOS CARGOS». EL SACERDOTE JESUS
LOPEZ HA ESCRITO UN POLÉMICO LIBRO CUANDO, EL 29 DE SEPTIEMBRE,
SE CUMPLEN 25 AÑOS DE LA MUERTE DE QUIEN SOLO ESTUVO 31 DIAS AL
FRENTE DE LA IGLESIA CATOLICA
JOSÉ MANUEL VIDAL, 14 de septiembre
de 2003
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El sacerdote español desmonta la versión
oficial de la muerte de Juan Pablo I. Una autopsia secreta habría
revelado que le dieron una dosis letal de un vasodilatador tras
una reunión con el cardenal Villot. / CORBIS
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Hay que purificar el templo y echar de él
a los mercaderes». Ésta es la clave teológica que
ha llevado a Jesús López Sáez, sacerdote abulense,
prestigioso catequista y fundador de la Comunidad de Ayala, a bucear en
la escabrosa historia de la muerte de Juan Pablo I. Tras 25 años
de investigación profunda, sus conclusiones son estremecedoras
y echan por tierra la tesis oficial. La Curia romana, con Juan Pablo II
a la cabeza, siempre sostuvo que la muerte del Papa Luciani fue la de
un enfermo, incapaz de asumir el tremendo peso de la tiara. López
Sáez sostiene, en cambio, que la muerte del Papa meteorito (sólo
estuvo 31 días en el solio pontificio) fue un asesinato orquestado
por algunos miembros de la Curia, de la mafia y de la masonería;
el asesinato de un Papa en plena forma y tan capaz de regir la Iglesia
que estaba pensando en darle un vuelco de 180 grados al Vaticano, a sus
dineros y a la Curia romana.
Con la explicación oficial, Roma dio por cerrado el caso. Pero,
aún hoy, en toda la cristiandad sigue flotando un aire de misterio
y sospecha. La herida se cerró en falso. De hecho, tras su muerte
numerosos obispos y hasta algún cardenal pidieron a Roma una investigación
en profundidad. Jesús López pertenece a este sector minoritario
que quiere «lavar» la imagen manchada de un pontificado que
pudo ser revolucionario en la Iglesia. Hacer justicia al Papa de la sonrisa
y, de pasada, purificar el templo de la Curia y ayudar a que la Iglesia
recobre el esplendor evangélico. Con buenos contactos tanto en
España como en el extranjero, con la ayuda de obispos y cardenales
amigos, Jesús López plasmó sus primeros hallazgos
en el libro Se pedirá cuenta (Editorial Orígenes), publicado
12 años después del misterioso final de Juan Pablo I.
Ya entonces el padre López Sáez intentaba bucear en la turbia
historia de la muerte del Papa Luciani, porque «a cada generación
se le pedirá cuenta de la sangre de sus profetas». Pero la
consigna en la Iglesia era clara y tajante: «Ningún eclesiástico
puede remover las cenizas del Papa Luciani y, ante las múltiples
preguntas de los fieles en todo el mundo, los clérigos deben responder
con la verdad oficial». Pero don Jesús no se dio por vencido
y, desde entonces, siguió visitando archivos, consultando fuentes
y con protagonistas directos de aquellos acontecimientos que, con la edad
y el tiempo, comenzaron a hablar.
«EL DIA DE LA CUENTA»
Fruto de este trabajo de años es un nuevo
libro, El día de la cuenta, en el que plasma sus conclusiones definitivas.
Pero a la Iglesia no le gusta que uno de sus más prestigiosos sacerdotes
asegure que un Papa fue asesinado y denuncie los tejemanejes de una Curia,
«auténtica cueva de ladrones», dice. Y le llovieron
las presiones de todo tipo. Sentimentales, con cartas de sus amigos. Como
la del actual nuncio en Croacia, el español Francisco Javier Lozano,
suplicándole que no publique un libro que «tanto mal puede
acarrear a la Iglesia de Cristo». Le advierte que él no es
quien para sentar en el banquillo de los acusados a la Santa Sede. Y con
chantajes afectivos: «Hubiera dado cualquier cosa para que vieras
la cara de dolor de la "autoridad de la Iglesia" (Juan Pablo
II), cuando hace meses le presenté un breve resumen de tu manuscrito.
Esa autoridad está acostumbrada a sufrir por calumnias, por infidelidades,
incluso por disparos a bocajarro un 13 de mayo».
A las presiones afectivas sucedieron las canónicas. El entonces
obispo de Avila, Adolfo González Montes, le amenaza por escrito
con retirarle las licencias ministeriales (prohibición de celebrar
los sacramentos). Pero don Jesús no cede. Y recuerda lo que Santa
Catalina de Siena decía: «Los ministros de Dios que no denuncian
los males de la Iglesia son malos pastores. No tienen perro, el perro
de la conciencia, o no les ladra». Y él tiene perro y no
deja de ladrarle. Y eso que por seguir en sus trece le echaron de la Conferencia
Episcopal, donde trabajaba en la comisión de catequesis. Y quizás
perdiese la oportunidad de conseguir una mitra y el reconocimiento solemne
de la Comunidad de Ayala, por él fundada. Ahora ha tenido que editar
su libro en «edición no venal, para uso privado». Aun
así, de boca en boca y de mano en mano, lleva vendidos más
de 2.000 ejemplares.
Y junto a la cascada de reproches, algunas felicitaciones. Como la del
obispo Casaldáliga: «Todo tu material es importante para
la Historia y para la purificación de la Iglesia». O la enigmática
carta de Eduardo Luciani, hermano del Papa difunto. Aunque sin pronunciarse
al respecto, deja planear la sombra de la duda sobre el desenlace de su
hermano.
EDICION PUBLICA
Como buen sacerdote que es, Jesús López
siente el corazón dividido ante las conclusiones de su investigación.
«Pero en conciencia no puedo callar y, aunque no vivo en estado
de miedo, sé que me pueden hacer mucho daño. Pero... Como
dice el libro de los Hechos, "hemos de obedecer a Dios antes que
a los hombres"».Incluso, López Sáez está
pensando en hacer una edición pública de su libro y lanzarlo
a las librerías. «Para que la gente sepa y los mercaderes
salgan del templo».
«Esta mañana, 29 de septiembre de 1978, hacia las cinco y
media, el secretario particular del Papa, no habiendo encontrado al Santo
Padre en la capilla, como de costumbre, le ha buscado en su habitación
y le ha encontrado muerto en la cama, con la luz encendida, como si aún
leyera. El médico, Dr. Renato Buzzonetti, que acudió inmediatamente,
ha constatado su muerte, acaecida probablemente hacia las 23 horas del
día anterior a causa de un infarto agudo de miocardio». Así
rezaba el comunicado oficial del Vaticano. Una versión llena de
falsedades, según López Sáez.Entre otras: «un
diagnóstico sin fundamento (infarto de miocardio agudo y, además,
instantáneo), dado por un médico que no conocía a
Luciani como paciente, sin realización (oficial) de la autopsia,
y una información manipulada sobre el hallazgo del cadáver
y sobre las circunstancias de la muerte».
¿QUIÉN MATO AL PAPA?
Hoy está comprobado que Juan Pablo I estaba
bien de salud. Lo confirma su médico personal, el doctor Da Ros:
«El Papa no ha pasado nunca 24 horas en cama, ni una mañana
o una tarde en cama, no ha tenido nunca un dolor de cabeza o una fiebre
que le obligase a guardar cama. Gozaba de una buena salud; ningún
problema de dieta, comía todo cuanto le ponían delante,
no conocía problemas de diabetes o de colesterol; tenía
sólo la tensión un poco baja».Tener la tensión
un poco baja es, para muchos médicos, «un seguro de vida».
También se sabe que Juan Pablo I no murió de infarto, porque
«no hubo lucha con la muerte». Con el tiempo el propio Vaticano
ha reconocido que el primero en encontrarlo no fue monseñor Magee,
su secretario, sino sor Vincenza, la monja que lo cuidaba. Según
el relato de esta hermana, «el Papa estaba sentado en la cama, con
las gafas puestas y unas hojas de papel en las manos. Tenía la
cabeza ladeada hacia la derecha y una pierna estirada sobre la cama. Iniciaba
una leve sonrisa».
¿Qué tenía en las manos? «Evidentemente no
tenía el Kempis, como dijo el Vaticano, un libro demasiado grueso
para ser sostenido entre los dedos. Los apuntes que tenía eran
unas notas sobre la conversación de dos horas que el Papa había
tenido con el secretario de Estado, cardenal Villot, la tarde anterior»,
dice López Sáez. En ella, el Papa le había adelantado
a su número dos los importantes cambios que pensaba hacer en la
Curia. Y ése fue el detonante de su muerte.
¿Cuál fue el arma del crimen? «A pesar de que el Vaticano
lo niega, a Juan Pablo I se le hizo la autopsia y por ella se supo que
había muerto por la ingestión de una dosis fortísima
de un vasodilatador. Se trata de una medicina absolutamente contraindicada
para quien tiene la tensión baja, como tenía el Papa. Eso
encaja con la forma en la que se encontró el cadáver: No
hubo lucha con la muerte, como corresponde a una provocada por sustancia
depresora y acaecida en profundo sueño», explica don Jesús.
La medicación, que no le fue recetada por su médico personal,
como él mismo reconoce, se le obligó a tomar o se le inyectó.La
mística Erika, en un libro del famoso teólogo y después
cardenal Urs von Balthasar, asegura haber tenido una revelación
en la que vio a alguien que le inyectaba la medicina al Papa. Y Juan Pablo
II le concede la birreta a Von Balthasar sabiendo que, además,
la propia Erika dice en el libro que «el Santo Padre lo sabe y lo
cree» [que su antecesor fue asesinado].
Por su parte el ex embajador francés, Roger Peyrefitte, autor de
La sotana roja, asegura que al Papa le puso la inyección letal
el mafioso Brucciato -después murió en un atentado contra
Roberto Rossone, vicepresidente del Banco Ambrosiano- acompañado
de dos monseñores de la Curia. Según López Sáez,
«nadie sabe exactamente quién mató al Papa. Todo apunta
a la Logia masónica P2. No se puede responsabilizar a una persona
en concreto, aunque hay quien señala al entonces presidente del
IOR (Banco del Vaticano), monseñor Marcinckus, y al entonces Secretario
de Estado, el francés cardenal Villot».
En cualquier caso se trata, según López, «de una muerte
provocada en el momento oportuno». ¿Por qué? Los folios
que tiene en la mano el Papa muerto contenían el nuevo organigrama
de la Curia y de la Iglesia italiana: dimisión de Villot y del
arzobispo de Milán, monseñor Colombo; traslado a Milán
de Casaroli; Benelli, nuevo Secretario de Estado; Poletti, vicario de
Roma, a Florencia, y Felici, nuevo vicario de Roma». Juan Pablo
I, horas antes había presentado el organigrama a Villot y éste
le dijo: «Usted es libre para decidir y yo obedeceré. Pero
sepa que estos cambios supondrían una traición a la herencia
recibida de Pablo VI».Y Juan Pablo I le replicó: «Ningún
Papa gobierna a perpetuidad».
Está comprobado que el Luciani era un Papa que «estaba en
el camino de la profecía». Es decir, «un Papa que no
quiere ser jefe de Estado, que no quiere escoltas ni soldados, que quiere
una renovación profunda de la Iglesia y, además, gobernar
con los obispos. Un Papa de los pobres que quiere promover en el Vaticano
un gran instituto de caridad, para hospedar a los sin techo de Roma»,
cuenta el padre López Sáez.
En definitiva, al Papa le matan porque quiere revisar la estructura de
la Curia, publicar varias encíclicas (sobre la colegialidad o la
mujer en la Iglesia), destituir al presidente del IOR, reformar el banco
vaticano y enfrentarse abiertamente con la masonería y con la mafia
que campan por sus fueros en la Curia romana.Según López
Sáez, «lo determinante fue el asunto del IOR, porque la Curia
intenta evitar la quiebra del Ambrosiano y la decisión del Papa
la iba a precipitar. Ellos querían un Papa que evitase esa quiebra».
Pero, aunque quitaron de en medio a Juan Pablo I,
su sucesor, Juan Pablo II, no pudo evitar la quiebra del Ambrosiano y,
además, destituyó a su presidente, monseñor Marcinckus.
«La diferencia es que Juan Pablo I quiere echar a los mercaderes
del templo, mientras Juan Pablo II expulsa a unos (masonería) para
echarse en brazos del Opus Dei. La Obra fue la institución que
salió ganadora y a la que el pontificado del Papa Wojtyla le resultó
más rentable: una prelatura personal, un santo y el control del
poder en Roma.
En cualquier caso, el Papa Luciani sabe que va a enfrentarse con poderosos
enemigos. En varias ocasiones asegura, según el padre Sáez,
que su pontificado será corto y que ya sabe el nombre de su sucesor.
Unas veces, le llama «el extranjero» y otras, «el que
estaba sentado frente a mí en el cónclave». Es decir,
Wojtyla. ¿Por qué sabía Juan Pablo I ya antes de
morir y antes de celebrarse el cónclave el nombre de su sucesor?
«Porque Juan Pablo II era el candidato del cardenal Villot y de
la Curia, deseosa de volver a controlar el poder. No en vano, los curiales
decían: "Hemos perdido tres cónclaves (el de Juan XXIII,
el de Pablo VI y el de Juan Pablo I), pero no el cuarto"».
El padre López Sáez cree, al igual
que la mística Erika, que «el Papa sabe». Más
aún, cree que su última obra poética, Tríptico
romano, es una respuesta velada a su libro, que envió al Papa con
acuse de la Secretaría de Estado. Por eso, en tres simples folios,
Juan Pablo II habla de la Capilla Sixtina y del próximo cónclave.
«Es una forma de responderme a mí y a los cardenales que
van a estar en el próximo cónclave. Viene a decir "algo
hay"...Y si responde es para que los cardenales electores lo tengan
en cuenta, elijan en consonancia y reparen la injusticia histórica
que se ha cometido con el Papa Luciani».
Eso es una de las cosas que más le duele al fundador de la Comunidad
de Ayala. «Juan Pablo I no era un papa débil e indeciso como
lo pintan desde el Vaticano. Está en juego no sólo la causa
y las circunstancias de su muerte, sino también su figura y su
testimonio». De hecho, en este momento hay dos procesos abiertos
en torno al Papa Luciani. El primero es civil, reabierto en Roma por el
fiscal Pietro Saviotti. «Le he mandado el fiscal todos mis datos
y documentos. Espero que se esclarezca la verdad y se haga justicia»,
dice López.
El segundo proceso es la beatificación de Juan Pablo I. El padre
López no quiere oír hablar de este tipo de proceso: «El
Papa Luciani no necesita milagros para ser santo. A Juan Pablo I hay que
beatificarle como mártir, tras una profunda investigación
sobre su muerte y recuperar su imagen distorsionada».
«El día de la cuenta», de Jesús
López Sáez, no puede adquirirse en venta pública.
Para contactar con el autor: www.comayala.es
EL CURA QUE PIDE CUENTAS A WOJTYLA
Jesús López Sáez es uno de los mejores especialistas
españoles en catecumenado de adultos. Nacido en Aldeaseca (Avila),
el 12 de abril de 1944, está licenciado en Filosofía y Letras,
Teología y Psicología. Tras estudiar en Salamanca, Roma
y Madrid, entró a formar parte de los fontaneros de Añastro,
sede de la Conferencia Episcopal, y nombrado responsable de catequesis
de adultos del Secretariado Nacional. Y además es fundador. Porque
fundó en 1973, en la parroquia del Cristo de la Salud (calle Ayala,
12), la comunidad que lleva el nombre de la calle. Allí, junto
a un grupo de cristianos «insatisfechos del cristianismo convencional»,
busca «en la experiencia de las primeras comunidades cristianas
vivir hoy la renovación de una Iglesia que, siendo vieja y estéril,
podía volver a ser fecunda». De nueve fundadores, el grupo
se ha convertido en un movimiento que aglutina a unas 2.000 personas cuyo
objetivo es «promover la escucha de la Palabra de Dios en el fondo
de los acontecimientos personales, sociales y eclesiales, al tiempo que
se van creando grupos de inspiración catecumenal y comunitaria».
Todos son una piña en torno al fundador. «Nunca estará
solo ni en esto ni en nada. La comunidad le responde por completo»,
dice tajante el vicepresidente de la asociación, Jesús Martín.
Con la investigación de lo sucedido hace 25 años se pretende,
en opinión de Martín, «recuperar la figura de un Juan
Pablo I mártir». De hecho, en el salón en que se reúnen
hay un retrato pintado de aquel papa. Y dos mapas grandes. Uno de España
y otro del mundo. En ambos, señalados con chinchetas rojas y azules,
los cien equipos de la comunidad de Ayala. En Madrid, Segovia o Canarias,
pero también en Cuba, EEUU, México, Colombia, Argentina,
Japón, Irán o Taiwan. Están alejados de los movimientos
neoconservadores que copan el poder en la Iglesia. Son la comunidad de
don Jesús, el cura que «pide cuentas a Juan Pablo II».
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