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A MIS HERMANOS OBISPOS
TEMO QUE
LO QUE llamáis persecución contra la Iglesia no es más que la saturación y hartura
de buena parte de la sociedad
Este verano, algunas actuaciones o palabras de la autoridad
eclesiástica suscitaron dolor y queja en la opinión pública. Tanto, que alguien
de vosotros llegó a hablar de un renacer del anticlericalismo y de persecución
contra la Iglesia. No desconozco los ribetes sectarios de algunos anticlericalismos
hispanos. Pero temo que lo que llamáis persecución no es más que la saturación
y hartura de buena parte de la sociedad (tanto de no creyentes como de muchos
cristianos) contra modos de actuar que nos son difíciles de entender.
Estas líneas intentan deciros, desde dentro y desde la fraternidad, lo que otras
muchas voces dicen desde fuera y desde la desconsideración. He procurado contar
hasta cien antes de hablar (y no cien segundos, sino cien días), para hacerlo
con calma y sin resquemor. Quiero ser cristiano y serlo con la máxima fidelidad
al Evangelio. Pero debo confesaros que la institución eclesiástica es la cruz
de mi fe. En el corto espacio de que dispongo me gustaría deciros por qué.
1. No somos testigos del Dios Vivo sino de un pasado muerto. Como seguidores
de Jesús parece que nuestra tarea debería ser: "Anunciar al hombre de hoy
el Misterio más profundo, más santo y liberador de su existencia, que lo redime
del miedo y de la autoalienación, y al que llamamos Dios... Mostrar al hombre
de hoy el camino que conduce de forma creíble y concreta hacia la libertad de
Dios". En lugar de eso moralizamos precipitadamente contra todo lo que
nos incomoda. Olvidamos que "la tradición sólo puede mantenerse allí donde
se buscan honradamente nuevos caminos y medios de vida". (Ambas citas y
las demás que aparecen sin otra referencia en este artículo son de K. Rahner).
2. La imagen que damos de la Iglesia no es la de un "sacramento de salvación"
(señal de que Dios se ha identificado gratuita y definitivamente con este mundo
empecatado), sino la de una institutriz gruñona y provecta que, a base de riñas,
trata de afirmarse a sí misma más que de educar. No pocas veces, y en cuanto
a contenidos concretos, quizá estaría yo más cerca de vosotros que de la cultura
en que me muevo. Pero lo que la sociedad adulta no soporta es ese tono de que
nosotros somos los únicos buenos y todo lo demás es maldad. Por eso:
3. No damos en absoluto la sensación de amar de veras a este mundo, al que dice
el Evangelio que Dios amó tanto que le envió a su Hijo, no para condenarlo sino
para salvarlo. Por mal que esté, el objeto del amor de Dios es este mundo, no
la Iglesia. Ésta debe ser sólo señal y cauce de ese amor; y no puede mirar al
mundo como el campo del mal al que ella debe dirigir y controlar, o del que
debe apartarse para vivir en otra órbita, pero siempre sin tener que aprender
nada de él. "¿Por qué no nos atrevemos a decir con humildad y sosiego,
variando un poco un dicho de Agustín: muchos que Dios tiene no los tiene la
Iglesia, y muchos que tiene la Iglesia no los tiene Dios?".
4. No podemos seguir creyendo que toda la sociedad es católica, salvo unas pocas
voces estentóreas que, o bien niegan la fe o no la reconocen en las proclamas
de la Institución, pero que son minorías despreciables (aunque magnificadas
por los medios). Sin embargo: "La actitud de ciertos católicos, de tipo
convencido, tieso y militante, tiene algo de primitivismo cultural, algo del
carácter de la pequeña burguesía que se cierra en sí misma y se atrinchera en
un gueto. Esos hombres se cierran y actúan como si en el mundo sólo existieran
cristianos". No es éste el mundo en que nos movemos, salvo para quienes
no hayan superado aún el nacionalcatolicismo.
Por poner sólo dos ejemplos: sorprende vuestro reduccionismo de la fe cristiana
a temas de moral sexual y a que la legislación civil refleje lo que consideráis
lícito en este campo. En los evangelios apenas hay dos pasajes referidos a la
moral sexual y son, por supuesto, exigentes como lo es todo el Evangelio. Pero
la mirada de Jesús se dirigía mucho más al sufrimiento humano, a la enfermedad,
a las opresiones realizadas en nombre de Dios o del Dinero, a la mujer marginada,
a la posibilidad de la paz interior y a todas esas pequeñas conquistas de libertad
que, cuando se dan, Jesús las leía como signos de que se está acercando el Reino
de Dios. Mucho más duro es el Evangelio con los ricos, aunque esto no parece
preocuparnos pastoralmente. Vuestras palabras se parecen más a las del romano
Catón, que a las del judío Jesús, llamado El Cristo.
La enseñanza de la religión en la escuela es sin duda un problema por resolver.
Pero entre los muchos amigos no creyentes que tengo, el 90% son fruto de aquellas
clases de religión en la escuela franquista. Y esto me hace preguntarme: ¿es
tan importante la obsesión por tener "grandes plataformas" cuando
luego tenemos tan poco que decir desde ellas? Jesús enviaba a los suyos a predicar
imponiendo una notable pobreza de medios, pero dando una gran riqueza de contenidos.
Nosotros parece que nos empeñamos en evangelizar con riqueza de medios pero,
hoy por hoy, con notable pobreza de contenidos.
Todos rezamos en el Breviario: "Ayuda con tu Gracia a los obispos de la
Iglesia, para que con gozo y fervor sirvan a tu pueblo". Ese servicio gozoso
implica un gran amor a la libertad: pues, aunque los hombre abusemos tantas
veces de ella, sólo lo que brota de una libertad total merece el nombre de auténtica
bondad humana.
Y perdón por estas palabras. Pero creo estar dentro de la enseñanza eclesiástica
y del Catecismo, que defienden la necesidad de la opinión pública y aun de la
crítica en la Iglesia. Aunque luego, como venganza camuflada, se me busquen
las cosquillas por otro lado.
J. I. GONZÁLEZ FAUS, SJ, responsable del área teológica de Cristianisme i
Justicia
La Vanguardia, 25-10-04
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