|
Declaración
de Granada sobre la globalización
XXII Congreso Mundial de Filosofía
Jurídica y Social. Granada, 24 al 29 de mayo de 2005
El desarrollo de
las relaciones económicas, políticas, sociales y culturales
ha adquirido en las últimas décadas unas dimensiones
y características que se elevan progresivamente por encima
de las fronteras y poderes de los Estados e ignora las divisiones
administrativas y políticas establecidas entre los pueblos.
Transportadas por los medios de comunicación, por las nuevas
tecnologías de la información, las redes económicas
y los flujos de personas, las acciones y decisiones de cada uno,
por remotas que sean, pueden llegar a afectar la vida y el destino
de poblaciones lejanas en cualquier lugar de la geografía
del planeta.
Muchas actividades humanas funcionan hoy a escala planetaria. Somos
agentes activos y pasivos en el gran río de las interacciones
de la sociedad mundial. Para expresar esa nueva realidad utilizamos
genéricamente el término "globalización",
pero no debemos olvidar que se trata de un complejo entramado de
creciente extensión e intensidad que presenta multitud de
caras y facetas. Hay una globalización económica,
que es ante todo globalización de los mercados financieros,
la expansión de un mercado internacional de bienes, servicios
y trabajadores. Evidentemente estamos ante el nacimiento de una
economía supraestatal o transnacional, una economía
que en gran medida escapa al control de los poderes de los Estados.
Esta globalización económica está agravando
los males sociales de nuestro tiempo.
No se trata, sin embargo, de un fenómeno solamente económico.
Hay una globalización de las pautas culturales, una globalización
de los efectos medioambientales, una globalización de las
comunicaciones, y también una globalización de las
inseguridades y las luchas.
Sabemos que esa compleja multiplicación de los intercambios
humanos ha dado como resultado el incremento del bienestar económico
y la riqueza cultural en ciertos segmentos de la población
mundial, pero somos también testigos de que, a su lado, una
pavorosa realidad de sufrimiento, incultura y marginación
atenaza a millones de seres humanos. La carencia de alimentos, la
falta de acceso al agua potable, las enfermedades endémicas,
el analfabetismo y las supersticiones conforman el horizonte vital
de pueblos enteros. Las relaciones económicas globales entre
países, grandes corporaciones y agentes económicos
de todo tipo van con frecuencia escoltadas por la especulación
financiera fuera de control, la explotación inicua de los
trabajadores, la persistencia y el incremento de la explotación
de niños, la discriminación de la mujer y el despojo
a pueblos enteros de parte de su riqueza natural mediante corrupciones
y sobornos a autoridades políticas ilegítimas.
La sociedad globalizada es, pues, una sociedad mal estructurada
y con efectos perversos sobre centenares de millones de seres humanos.
Se puede hablar, siguiendo la terminología en moda, de "injusticias
globales".
Nadie puede dudar que esas injusticias y desajustes sociales dan
lugar a esos flujos imparables de inmigrantes que, empujados por
la extrema necesidad, tratan de ingresar una y otra vez y contra
toda esperanza en países extraños y hostiles que,
sin embargo, les ofrecen una posibilidad remota de sobrevivir con
dignidad.
La invasión imparable de mensajes y comunicaciones de toda
naturaleza a través de las redes informáticas, con
sus maravillosos logros culturales y científicos, no puede
ocultar tampoco que, enajenados ante una cultura extraña,
miles de seres humanos vuelven su rostro hacia sus tradiciones y
creencias en busca de un refugio que se torna a veces en intolerancia
étnica, nacionalismo agresivo y fundamentalismo religioso,
con el patente incremento de la tensión en las relaciones
internacionales y la eventual aparición del terrorismo y
la guerra.
También observamos crecientes amenazas al medio ambiente,
explotación irracional de los recursos naturales y un consumo
incontrolado del patrimonio irremplazable del entorno natural.
El nuevo sistema de relaciones económicas, sociales y culturales
demanda un orden internacional nuevo. La globalización significa,
entre otras cosas, un determinado proceso social con escaso control
y gobernanza, conducido frecuentemente por poderes de escasa o nula
legitimidad democrática. Hasta ahora los poderes de los Estados-nación,
al menos de los Estados desarrollados, habían logrado ciertos
niveles de justicia social. La ruptura de las fronteras estatales
y la existencia de problemas sociales graves que ya no pueden tener
solución por parte de los poderes estatales exigen una gobernanza
y unos poderes más efectivos y sobre todo más legitimados.
En cierta medida se puede afirmar que la globalización es
un fenómeno social nuevo que ha colocado a la sociedad internacional
en una especie de estado salvaje que necesita ser sometido a una
cierta racionalización. El paradigma de la democracia estatal
se ha hecho insuficiente, aunque los Estados siguen siendo los grandes
protagonistas del orden internacional y todavía pueden tener
actuaciones eficaces para frenar los efectos perversos de un nuevo
sistema de relaciones económicas, políticas, sociales
y culturales que se hacen realidad más allá de las
fronteras de los Estados. Las pautas de derecho y justicia que presiden
las relaciones internacionales aumentan cada día su complejidad
y su diversidad, pero no aciertan a incrementar su fuerza. Los organismos
internacionales que las animan son incapaces de imponerlas, y sus
discursos son cada vez más meras exhortaciones, mientras
la realidad de los intercambios internacionales tiende a hacerse
imprevisible y anómica, y crece en ella la injusticia y la
desigualdad. Las organizaciones no gubernamentales y los grupos
e individuos que conforman la sociedad civil global están
cumpliendo un importante papel en la denuncia de estas situaciones,
pero no pueden ir mucho más allá.
Asimismo los poderes e instituciones internacionales sufren de carencias
democráticas muy graves. Hay que fortalecer y dotar de mayor
legitimidad a las instituciones internacionales vigentes, tanto
las estrictamente políticas como las económicas y
crear otras nuevas que sea capaces de aminorar las debilidades de
los Estados democráticos ante estas nuevas situaciones sociales.
Es esencial un debate político más honesto y más
preocupado por problemas importantes en lugar de promover simples
estraegias o proclamar consignas. Nos sentimos por ello en el deber
de hacer una llamada a nuestros gobiernos y nuestros conciudadanos,
a las organizaciones internacionales y a las grandes instituciones
internacionales, en favor de una actitud nueva y decidida a fin
de incorporar la igualdad y la libertad como valores efectivos de
todos los seres humanos, a fin también de que todas las dimensiones
de la globalización sean sometidas a las exigencias del imperio
de la ley, de una ley que sea cada vez más una voluntad general
y no la voluntad de unos pocos. El gran reto de este siglo XXI es
configurar un orden mundial nuevo en el que los derechos humanos
constituyan realmente la base del derecho y de la política.
Para ello nos parece indispensable un retorno de la política
en su sentido más noble, una recuperación por parte
de los ciudadanos de la conciencia y el valor de sus derechos.
Granada, 25 de mayo de 2005
Firmado por Jürgen
Habermas, David Held, Will Kymlicka, Francisco J. Laporta, Nicolás
López Calera, Manuel Atienza, William Twining, Robert Alexy,
Luigi Ferrajoli, Elías Díaz, Boaventura de Sousa Santos,
Neil MacCormick, Paolo Comanducci, Zhan Wenxian, Uma Narayan, Larry
May y otros 200 participantes en el Congreso.
|