NO NOS PARECE CASUAL

 

Hace casi 22 años. El 2 de febrero del 87, fiesta de la presentación de Jesús en el templo, sucedió en Sinlabajos (Avila) lo que no había sucedido nunca. A pesar de la lluvia y del viento, decidieron sacar como siempre - en tradicional procesión – la Virgen de las Candelas. Como era de esperar y según dicen los testigos, nada más salir de la Iglesia se apagaron las velas, que eran solamente dos: una la llevaba la Virgen; la otra, el cura.

Pepe, uno del pueblo, comentó: “Ya, como no sea por un milagro,  no entramos en la Iglesia con las velas encendidas”. En realidad, tiene que hacer muy bueno para que pase eso, lo normal es que se apaguen. Además, el cura puso su vela boca abajo.

Pues bien, al entrar en la Iglesia, se encendieron y, además, con fuerza. El cura, que en estas cosas más bien se pasaba de prudente, proclamó en alta voz: “¡Milagro, milagro!”. Después se quedó preocupado y con dolor de cabeza; al parecer, estuvo dos noches sin dormir.

Unos días después (el martes 17, en el grupo de Las Rozas) Eusebio llegó con dolor de cabeza: "¡Hombre, como el cura de mi pueblo!". Esto me dio pie a contar todo lo demás. Entonces, al buscar un salmo como oración inicial, Fini se encontró un pasaje del libro de la Sabiduría, que hablaba de cómo los elementos se ponen al servicio de los designios liberadores de Dios: “El fuego aumentaba en el agua su fuerza natural y el agua olvidaba su poder de apagar” (Sb 19,20).

¡Sencillamente sorprendente! Aunque hubiera una explicación física, la que fuera, resultaba significativo que sucediera eso el día de las Candelas. Y resultaba significativo el pasaje encontrado. Yo había terminado el día 2 la redacción de los Estatutos. Recuerdo que, para hacer las fotocopias, tuve que ir con paraguas, llovía mucho. Por la noche (en la reunión de Periodistas, en la parroquia de Santa María de la Esperanza) comenté que ese día se celebraba la presentación de Jesús en el templo y que nosotros presentábamos la experiencia de la comunidad en el Arzobispado.

El sábado 21 estuve en mi pueblo hablando con el cura, D. Jesús, que seguía sorprendido y, esto me chocó, le vi preocupado: “Ha sido un milagro, pero ¿qué significa?”. Le dije que para nosotros lo sucedido era una parábola en acción: "los elementos se adaptaron de una nueva manera entre sí" (Sb 19,18); le comenté que, especialmente a partir del pliego sobre la muerte de Juan Pablo I, habíamos padecido injurias, represión, persecución. El viento y la lluvia podían haber apagado la luz que nos estaba iluminando; pero, al presentarla en el templo, luce con más fuerza: "El fuego aumentaba en el agua su fuerza natural y el agua olvidaba su poder de apagar".

Su sobrina Pilar me invitó a anís y coñac (como suele decirse, un “sol y sombra”). Me llamó la atención un pequeño detalle: la copa tenía un biselado que representaba unos ramos de olivo con doce aceitunas. Precisamente, el 26 de agosto anterior habíamos celebrado el aniversario de la elección de Juan Pablo I con una copa de biselado semejante que conservo como un tesoro. Le enseñé a D. Jesús las notas de mi agenda  de aquel día. Allí ponía telegráficamente: “copa 12 olivas”, y también: “domingo de ramos, 12 de abril”. Le expliqué: mi próximo cumpleaños coincidía (precisamente) en domingo de ramos, el día en que Jesús echó a los mercaderes del templo, o sea, lo que decidió hacer Juan Pablo I, lo que yo mismo he proclamado. Por mi parte, le invité a participar en la fiesta de ese día. También invité a su sobrina. Terminamos alabando al Señor, que sigue haciendo maravillas. 

D. Jesús Rico López, que durante muchos años fue párroco de Sinlabajos, murió en Valladolid el pasado sábado, 13 de diciembre, día de Santa Lucía. Fue enterrado en su pueblo natal, Lomoviejo (Valladolid), el día 15. Ese día estrenamos en Madrid la catequesis del libro de la Sabiduría, que recogía - por supuesto - los pasajes citados y celebrados. Nos parece una señal. Y ¡lo que son las cosas! En su entierro nevaba, como aquel día en que enterraron a su padre, que murió pronto (prematuramente) y no pudo ver la ordenación de su hijo.

Finalmente, en el recordatorio - quizá, su predicación más profunda - figura el salmo preferido de Santa Teresa: "Cantaré eternamente las misericordias del Señor", el salmo de su ordenación, el que hoy se lee en todas las iglesias. No nos parece casual. La muerte ha perdido su aguijón para él (1 Co 15,55). 

 

Jesús López Sáez
20 de diciembre de 2008