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LA GUERRA QUE APOYA EL CRISTIANO TRILLO Benjamín Forcano (Publicado en El Mundo, 14 de Febrero de 2003) El Ministro de Defensa, Federico Trillo, ha afirmado hace unos días que “Las materias sociales no son de fe “ y, por lo tanto, las palabras del Papa a favor de la paz y en contra de la guerra “no son vinculantes para un católico. Yo no tengo ningún problema de conciencia”. Las palabras del Ministro plantean una cuestión viva, pero que acaso a él no se le ha dado por sopesar: ¿Qué entendemos, Sr. Ministro, por fe? Pero, hay otra vertiente, que es seguramente desde la que habla el Ministro. Los católicos saben o han oído alguna vez que el Papa y los obispos tienen autoridad para proponer la doctrina cristiana, sobre todo en lo que se refiere “a la fe y costumbres”. Hay, pues, una constante en la tradición eclesial que hace que la jerarquía eclesiástica trace unos principios que iluminen y ofrezcan soluciones concretas a multitud de problemas relacionados con la persona y la sociedad. Así lo hizo el Concilio Ecuménico Vaticano II. Concretamente en el documento denominado Gaudium et Spes, se abordaron los temas de la dignidad de la persona humana y sus derechos, del matrimonio y de la familia, del progreso y de la cultura, de la vida económico-social, de la comunidad política, del fomento de la paz y de la promoción de la comunidad de los pueblos. Este último capítulo resulta, para el momento presente, de una lucidez y valentía impresionantes, pero como tantas otros, se ha “perdido” sin pena ni gloria. Voy a hablar un lenguaje directo: yo sé que hay muchas cuestiones, seguramente las más, en las que el católico, mientras no haya una definición ex cathedra (magisterio infalible), puede opinar libremente llegando incluso a disentir de la doctrina del Papa, como ocurrió, por ejemplo, con la encíclica “Humanae Vitae”, sin que por eso deje de ser católico. Pero, esto nos lleva a preguntarnos si no hay cuestiones en las que la vinculación o no con las palabras del Papa, no depende tanto de las palabras del Papa cuanto de la misma cuestión y de sus argumentos internos. Argumentos que, si brotan de la ética natural, serán vinculantes para todos, creyentes y no creyentes, por la sencilla razón de que “hay en todos una conciencia que nos dice que debemos practicar el bien y evitar el mal”. Y la fidelidad a esta conciencia es lo que “une a los cristianos con todos demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad” (Gaudium et Spes, 16). Esto quiere decir que, cuando un cristiano cree, no deja a un lado su dignidad personal ni pone en paréntesis los dictados de la ética natural. La fe cristiana incluye, yo diría como artículo primero, la fe en la dignidad de la persona y sus derechos, y esta fe sería común a creyentes y no creyentes y, por ende, vinculante para todos, también para el Papa. La vinculación, en este caso, es previa al mandato o autoridad del que la anuncia y respalda. Aparece entonces claro que la enseñanza del Papa cuando se refiere “a la fe y costumbres” puede incidir en estos campos de la ética natural y su enseñanza no hace sino enunciar y robustecer ciertos principios de esa ética. Por otra parte, me siento ajeno a una fe abstracta, vacía de contenido ético, que sirviera de tapadera para un vano pietismo o espiritualismo. El seguimiento de Jesús de Nazaret exige una fe llena de obras, como son la justicia, la igualdad, la sinceridad, el amor, el aborrecimiento de toda mentira y soberbia, la predilección por los empobrecidos, etc. “¿De qué, nos sirve, escribe el apóstol Santiago, decir que tenemos fe si no tenemos obras?... La fe, si no tiene obras, está realmente muerta” (St 2,14-17). Las obras son la proyección de nuestras convicciones, la expresión viva de nuestra fe y muchas de ellas pertenecen al ámbito social. Ahora viene mi pregunta al Sr. Ministro: ¿Vd. cree, Sr. Trillo, que las materias sociales no son de fe?, ¿de fe en sentido estricto? ¿No cree Vd. que hay materias sociales, las que tratan del “no matar”, que son vinculantes para todos y también para Vd. como persona y como persona creyente? Me imagino que suscribirá, de corazón, estas palabras del Vaticano II: “La paz, que nace del amor al prójimo, es fruto de la justicia, requiere respeto a los demás hombres y pueblos y exige un ejercicio apasionado de la fraternidad. La paz surge de la mutua confianza de los pueblos y no del terror impuesto por las armas. La paz exige de todos ampliar la mente más allá de las fronteras de la propia nación, renunciar al egoísmo nacional y a la ambición de dominar a otras naciones, alimentar un profundo respeto por toda la humanidad. Los gobernantes trabajarán en vano por la paz mientras no pongan todo su empeño en erradicar los sentimientos de hostilidad, de menosprecio y de desconfianza, los odios raciales y las ideologías obstinadas, que dividen a los hombres y los enfrentan entre sí?” (Gaudium et Spes, Nº 77 al 93). Sinceramente, ¿cree Vd. que estas exigencias son propias de todo corazón humano y que es de imperativo natural atenerse a ellas? ¿Cree Vd. que es ésta la filosofía que guía la política del Sr. Bush? Me imagino que Vd., en su meditación de cada día, tiene algún tiempo para meterse un poco en la catarata de miserias, quebrantamientos y desgracias que va a atraer esta guerra a la que Vd. parece no tener motivos para oponerse: una población entera arrasada con miles y miles de inocentes, con una hecatombe de destrozos materiales, culturales, morales y un sin fin de desquiciamientos físicos, psicológicos y personales. Todo ese ataque infernal, ¿ por qué y para qué? Ese aplastamiento tan gigantesco, supertecnológico, fulminante, desproporcionado, apocalíptico, ¿qué otra cosa es sino una acción deliberada de asesinato masivo? ¿En verdad, ese genocidio que Vd. y Gobierno apoyan, legitiman y en el que nos quieren implicar a todos, no lo ve Vd. como una brutal violación del mandamiento natural de “no matar” y que resulta para todos vinculante, con fe o sin fe, con palabras o sin palabras del Papa? ¿Qué otra acción más execrable –social por supuesto- resultaría vinculante para su fe de católico? Si Vd. considera “obligado todo esfuerzo del Papa a favor de la paz”, tiene que pensar que esa su obligación no le viene dada al Papa a priori, sino que se la imponen consistentes, grandes e ineludibles razones. Y para Vd. las obligaciones de parar esta guerra, que le impone su conciencia, son todavía mayores. Porque las razones del Sr. Bush son puro pretexto y restallan contra lo que establecen la ONU y el Derecho Internacional. Como católico que es, me permito recordarle estas frases del concilio Vaticano II, en el que Vd. se mira seguramente para guiar su fe: “No hay que obedecer las órdenes que mandan actos que se oponen deliberadamente al derecho natural de gentes y sus principios, pues son criminales y la obediencia ciega no puede excusar a quienes las acatan. Entre estos actos hay que enumerar ante todo aquellos con los que metódicamente se extermina a todo un pueblo, raza o minoría étnica: hay que condenar tales actos como crímenes horrendos. Los Estados pueden invocar el derecho a la legítima defensa cuando son injustamente atacados, tras haber agotado los otros medios, pero una cosa es utilizar la fuerza militar para defenderse con justicia y otra muy distinta querer someter a otras naciones. La potencia bélica no legitima cualquier uso militar o político de ella”. El marco ético de las Naciones Unidas, que Vd. considera como la “institucionalización de toda la doctrina moral sobre la paz y la justicia”, es coincidente con el Vaticano II y recoge literalmente estos mismo principios, como puede leer en la Carta de las Naciones Unidas (Capítulo I, Artículo 1). Sr. Trillo: como católico, le hago patente mi rechazo a su laxa conciencia, que dice no sentirse vinculada en una materia de ética natural, de tanta y tan transcendental importancia. Casi espontáneamente, me vienen a la mente los sucesos de la conquista española. En aquel siglo de oro, en una sociedad menos avanzada científica y tecnológicamente, sonaron fuertes las voces de teólogos de la universidad de Salamanca, la más principal la de Vitoria, que cuestionaban públicamente la legitimidad de la conquista. Si fray Antonio de Montesinos, en 1511, increpaba a los gobernantes: “Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes? ¿Cómo los tenéis tan opresos,... que de los excesivos trabajos que les dais...los matáis para sacar y adquirir oro cada día?”, ¿qué no dirían hoy, siglo XXI, cuando la razón de la guerra –admitida sin ambages por el mismo presidente Bush- no es sino el robo del petróleo y con un cinismo que apenas uno puede imaginar? Sr. Trillo: a Vd. le han enseñado a ser cristiano en medio de la ciudad secular y a no abdicar de su dignidad y principios, por muy alto que esté en el poder. Espero que, aún sintiéndose tentado de cerca por las sirenas del imperio, no se avergüence de reconocer –si no de vivir- estas palabras del Vaticano II: “ El respeto de la dignidad humana, el ejercicio de la fraternidad universal, la convocación de todos a una convivencia en la justicia, la libertad, el diálogo y la cooperación, brota en nosotros como un imperativo del amor, que nos remite a Dios como principio y fín de todos. Y todos, en consecuencia, estamos llamados a ser hermanos”. O dicho con palabras de su fundador, San Josémaría: “Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oirte hablar: éste lee la vida de Jesucristo”, “Agranda tu corazón, hasta que se universal, “católico”. No vueles como un ave de corral, cuando puedes subir como las águilas” (Camino 2 y 7). Benjamín Forcano teólogo |