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HOLOCAUSTO NUCLEAR, HIROSHIMA
Y NAGASAKI
- Se cumplen ahora 60 años. El 6 de agosto
de 1945, un avión estadounidense lanzó la bomba atómica sobre la ciudad
japonesa de Hiroshima y causó la muerte de 140.000 personas: “Una
luz cegadora, que se vio a decenas de kilómetros, iluminó por un instante
Hiroshima para después explotar con gran estruendo a 580 metros de
altura sobre el centro de la ciudad. La bola de fuego que se formó
tenía 28 metros de diámetro y una temperatura cercana a los 300.000
grados centígrados. Los rayos caloríficos y la onda expansiva de la
primera bomba atómica quemaron y redujeron a cenizas todo lo que se
hallaba en dos kilómetros alrededor del epicentro, que resultó ser
el hospital privado de Shima, cercano al objetivo previsto” (El País,
6-8-2005).
- “Este es el suceso más grandioso de la historia”,
dijo el presidente de Estados Unidos Harry Truman, al conocer que
el avión denominado Enola Gay había lanzado la bomba que los
norteamericanos llamaban Litle Boy, Niño. Tres días después,
una segunda bomba cayó sobre la ciudad de Nagasaki, causando la muerte
de 74.000 personas. Estados Unidos, potencia ocupante desde 1952,
censuró toda información al respecto. Después de décadas de silencio,
víctimas de la barbarie nuclear se deciden a hablar sobre su dramática
historia.
- Shizuko tenía entonces 18 años. La explosión
la lanzó a 10 metros. Cuando despertó, estaba abrasada. Caminó hacia
su casa, bordeando la ciudad en llamas: “Oí la voz de mi padre. No
le veía. Tenía la cara tan hinchada que no podía abrir los ojos. Sentí
alivio y vergüenza. Estaba desnuda y me había hecho encima mis necesidades.
Cuando mi novio, volvió de la guerra aquel diciembre, yo apenas comenzaba
a gatear y mi mano derecha era un muñón. Mi padre le dispensó de su
compromiso, pero él insistió y nos casamos al otoño siguiente. Pese
al nacimiento de mi primer hijo, mi suegra siguió diciendo a mi marido
que me abandonara, que se merecía una mujer completa. Viví por él,
pero sufrí tanto que mi padre decía que habría sido más feliz si hubiera
muerto”.
- Era la madrugada del 7 de agosto. A 10 kilómetros
de Hiroshima, el tren se paró y les indicaron que continuasen a pie.
El coreano Lee, de 16 años, iba con otros parientes. Tenían que atravesar
Hiroshima para llegar a Yamaguchi. No sabían nada, sólo les extrañaba
el olor a carne quemada: “Cuando entramos en la ciudad comenzamos
a ver escenas terribles. Llegamos a la estación y allí la imagen era
dantesca. Al acercarnos al río, creí que bajaban troncos, pero eran
cadáveres. Estaban hinchados y negros. No se podía distinguir si eran
hombres, mujeres, ancianos o niños. Caminábamos sobre el infierno.
Si te descuidabas, pisabas la alfombra de cuerpos. Aún me aterrorizan
las manos de los moribundos que más de una vez me agarraron por el
tobillo. No podía pensar. No podía ayudar. Sólo quería huir. Salir
de aquel espanto. Finalmente, nos subimos en uno de los camiones que
retiraban muertos”.
- Yuko tenía entonces 13 años. El día 6 les
tocaba descanso, pero el maestro las convocó: “Yo estaba leyendo y
mi amiga me dijo que mirase el paracaídas que había lanzado un avión.
No medió tiempo. Una luz me cegó y las ventanas reventaron. Me saltaron
vidrios por todo el cuerpo. Huimos a un refugio cercano y, cuando
salí a lavarme las heridas, me cayeron gotas enormes de lluvia negra,
radiactiva. Creí que los norteamericanos querían exterminarnos y nos
rociaban con gasolina”. Yuko tuvo cáncer de ovarios a los 30 años.
La radiación fue la causa de la tremenda fatiga que padeció durante
varias décadas.
- Seiko, de 13 años, vivía a 20 kilómetros
de Hiroshima, pero había llegado en tren esa mañana con el resto de
su clase. Cuando recobró el conocimiento después de la explosión,
gritó y gimió al contemplar su piel colgando y el indescriptible horror
que la rodeaba. Como un desfile de penitentes, guiadas por el maestro,
emprendieron la huida, pero al llegar a la orilla del río el grupo
se deshizo. La mayoría murió allí. Un camión la llevó a Seiko hasta
una fábrica, donde por la noche la recogió su padre en una carreta:
“Todo el mundo pensó que iba a morir pero, cuando gracias a los cuidados
de mis padres, al cabo de un mes lograba incorporarme, mi amiga Chie,
que parecía haber salido indemne, se llenó de manchas rojas y murió
en tres días. Mi familia me escondió el espejo para que no me viera.
A los cuatro meses salí por primera vez a la calle y los niños me
gritaron que parecía un diablo rojo. Se me avinagró el carácter y
maldecía a todos por haberme salvado”.
- A Emiko, que entonces tenía 8 años, la explosión
le pilló a 2,6 kilómetros del epicentro: “Fue como un chispazo. Perdí
el conocimiento y me desperté con el llanto de mis hermanos. Teníamos
quemaduras por todas partes. Seguimos a otros heridos hasta un campo
de entrenamiento. Muchos estaban abrasados, con la piel colgando a
jirones, rojos e hinchados como tomates... Al día siguiente, decidimos
volver al refugio aéreo de nuestra casa. Yo me quedé con los pequeños
y mi madre se fue a buscar a mi hermana mayor, que nunca fue hallada”.
- Ota Yoko, superviviente de Hiroshima y autora
del libro de poemas Ciudad de cadáveres, hace una memoria indeleble
del holocausto, aunque experimenta la incapacidad de dar una forma
literaria a la barbarie nuclear. En los interrogatorios militares
a los que fue sometida se le prohibió la publicación de su testimonio
poético y se la conminó a olvidar su experiencia. Su respuesta fue
unívoca: “No puedo olvidar... incluso si no puedo publicarlo, tengo
que escribir”. Recordamos lo que dice el concilio Vaticano II: “Toda
acción bélica, que tiende indiscriminadamente a la destrucción de
ciudades enteras o de extensas regiones junto con sus habitantes,
es un crimen contra Dios y contra la humanidad, que hay que condenar
con firmeza y sin vacilaciones” (GS 80).
- En el 60 aniversario del genocidio de Hiroshima
y Nagasaki, desfiguración brutal de la humanidad, escuchamos la primera
lectura propia del domingo correspondiente (1 Re 19,9-13). Recoge
la experiencia del profeta Elías, que – en situación personal de éxodo
- huye de una sociedad paganizada y peregrina hacia el monte de Dios,
vuelve a las fuentes de su propia fe. Allí en la hendidura de la roca,
como en otro tiempo Moisés (Ex 33,22), percibe la presencia del Señor.
El Señor no está en el viento huracanado, en el terremoto, en el fuego,
en la bola de fuego de la bomba atómica, sino en el susurro, en la
suave brisa, en el viento que imprime una dirección a la propia existencia
sin forzarla. El Señor no se impone por la fuerza, es “misericordioso
y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad” (Ex 34,6).
El salmo propio del día resulta muy oportuno: Dios anuncia la paz
con tal de que a su locura no retornen (Sal 85).
- En la segunda lectura, dice Pablo, siento
una pena y un dolor incesante por mis hermanos, los de mi raza.
Se refiere así al conflicto que experimenta con la institución judía
(Rm 9,1-5), al fin y al cabo, lo mismo que Jesús. Tras el duro conflicto
con los fariseos (Mt 12), tras la parábola del sembrador que está
en acción (Mt 13), tras la señal de la multiplicación de panes (Mt
14), sea por lo que sea, se levanta una violenta tempestad, que amenaza
la barca. Por su falta de fe, Pedro se hunde, pero el Señor abre un
camino en medio de las aguas (Mt 14,22-33). Aplicaciones
actuales: ¿dónde está la tempestad? ¿está abriendo el Señor un camino
en medio de las aguas?
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