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GRACIAS POR JULIAN
Lo del viernes fue muy fuerte. La primera lectura del día resultaba significativa: Grita a plena voz, sin cesar; alza la voz como una trompeta, denuncia a mi pueblo sus delitos (Is 58,1-9). Es la parte más dura de la misión, la denuncia profética. Por ello, el anuncio del Evangelio se realiza en medio de persecuciones (Mc 10,32). Como en aquella ocasión, cuando Julián se encontró justamente en la esquina, entre la calle del Humilladero y la del Almendro, símbolo de la palabra de Dios que se cumple (Jr 1,11-12) a pesar de los pesares. Fue en 1970. Julián se hizo con el libro de Antonio Rosmini (1797-1855), Las cinco llagas de la Santa Iglesia. El sacerdote italiano no dudó en pronunciarse ante unos hechos que nadie se atrevía a desenmascarar, los males de la Iglesia. El libro fue incluido en el Indice. Con el Concilio Vaticano II el autor fue rehabilitado. Pues bien, ya entonces el Señor iba preparando a Julián para participar en la renovación y purificación de la Iglesia. En el curso 72-73 nos encontramos en un pequeño grupo que se reunía en torno a la Biblia: unas ocho personas. Al final, en la fiesta de San Pedro, me hizo la pregunta: ¿Cómo será la Iglesia del futuro? Será comunidad, respondí, como en un principio. Desde entonces he contado con Julián y Pilar, como colaboradores al servicio del Evangelio. Les llamamos Aquila y Priscila (Hch 18,2). Al depositar las cenizas en el agua de la presa, Pilar leyó una palabra viva y oportuna, que remitía a la misión compartida y, también, a mi ordenación sacerdotal: Heme aquí que vengo. Se me ha prescrito en el rollo del libro hacer tu voluntad (Sal 40). La eucaristía del sábado, en Torrelodones, fue impresionante. En todas las iglesias se leía un pasaje que evocaba una experiencia clave en la vida de Julián. Estas son sus palabras: “Algunos compañeros me pidieron intervenir en una presa de Marruecos. Aunque podía hacerlo, pues era compatible con mi destino en el Ministerio, tuve que renunciar a semejante trabajo que me hubiera venido muy bien desde el punto de vista económico. Se trataba de viajar al sitio de la presa una vez cada quince días con la obligación de entrevistarme con los ingenieros encargados de allí los fines de semana. Esto me hubiera supuesto faltar demasiado a la Eucaristía de la Comunidad. Por esta razón y con harto dolor resigné esta oferta y seguí la palabra escuchada en Isaías 58: Si apartas del sábado tu pie, de hacer negocio en el día santo, y llamas al sábado Delicia y al día santo del Señor Honorable, y lo honras evitando tus viajes, no buscando tu interés ni tratando asuntos, entonces te deleitarás en el Señor, y yo te haré cabalgar sobre los altozanos de la tierra. Te alimentaré con la heredad de Jacob tu padre; porque la boca del Señor ha hablado (Is 58,13-14). Esta lectura se ha cumplido al cien por cien”. Por supuesto, fue la primera lectura, que ese día (también sábado) resucitaba con él. Como segunda lectura, leímos un pasaje de la primera carta a los Corintios sobre el modo de la resurrección. Es tan obvio el hecho de la muerte que surge espontánea la pregunta: ¿Qué es lo que queda? Y también: ¿Cómo resucitan los muertos? San Pablo da la clave: Se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual (1 Co 15,35-44). Seríamos necios si ahora no estuviéramos atentos a la espiga que crece sobre la muerte de Julián, si no acogiéramos su presencia nueva. Vive, como Cristo vive. Como evangelio, proclamamos un pasaje de San Juan, en el que Jesús se despide de sus discípulos (16,16-24): Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver... Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. No se trata de una adivinanza. Estamos hablando de poco, de un plazo corto. O sea, de estos mismos días. Seríamos necios, si habiendo pasado los dolores del parto, nos desentendiéramos del hombre que está naciendo. Seríamos necios, si habiendo pasado por la tristeza de la muerte, nos perdiéramos el gozo de la resurrección. Como dice el Concilio, es preciso recuperar la dimensión pascual de la muerte cristiana (SC 81). Es un paso, sólo un paso: de una dimensión a otra, de este mundo en que vivimos a la realidad de Dios. El lunes, día 10, en Periodistas compartimos el salmo 16: El Señor es la parte de mi herencia. Palabra anunciada, palabra cumplida. El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven (Lc 20,37). Y también: No dejarás a tu amigo ver la fosa. Fue una anticipación del pasaje de Lázaro (Jn 11) que nos encontramos después. En el fondo recogía lo que estaba pasando. Era el cuarto día. Lázaro es amigo de Jesús. Jesús no ha estado allí, no ha estado en el entierro. Dada la situación, se acerca con prudencia a la casa del duelo. En medio de la muerte, anuncia la resurrección. En diversos acontecimientos estamos viendo la gloria de Dios. Y está brotando dentro de nosotros la acción de gracias: Te doy gracias, Señor, de todo corazón.
Jesús López Sáez, marzo de 2003
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