El
expediente de adopción de Marina Jiali llegó a China el viernes 22
de febrero de 2002. Ese día pasamos José Ramón y yo camino de Asturias
por delante de la ermita del Buen Suceso, en la provincia de León.
Recordé el verano que entramos en ella para pedirle al Señor que nos
regalara una hija. No podía imaginarme entonces lo increíble que iba
a ser la historia de este buen suceso.
Cuando José Ramón
sugería que podíamos adoptar “una chinita”, a mí no me convencía mucho
el asunto. A través de Quique y Carmiña, contacté con Blanca, que
empezó a aclararme las cosas. El proceso de adopción era gratificante
y real, lo tenía al alcance de la mano. Si lo deseábamos, teníamos
que ponernos en camino. Aquel día era domingo de Ramos, 8 de abril.
Me quedé con el teléfono de la Comunidad de Madrid para adopciones
internacionales.
Al día siguiente por
la mañana, fui a Correos a recoger un regalo para José Ramón. Al abrirlo,
algo se movió dentro de mí. Tenía delante de mis ojos la portada de
un libro con la cara de una niña oriental. El título era Niños.
Al llegar a casa, pensando en este acontecimiento, leí el salmo propio
del día. Me fijé en esta frase: Si mi padre y mi madre me abandonan,
el Señor me acogerá (Sal 27). Me cambió la expresión de la cara.
Blanca me llamó semanas
después para conocernos en persona y charlar más despacio. Le debemos
mucho, no solo por su ayuda en los trámites, sino por todo lo que
hemos compartido desde el corazón. Ella y su marido se habían decidido
por China. El 14 de mayo acompañé a Blanca a la ECAI (Entidad Colaboradora
en Adopción Internacional) y me presentó como futura madre adoptante
de niña china. Me sentí un poco asustada, porque ella estaba más convencida
que yo. Miré el mapa de ese país tan desconocido (Señor, ¿es China
el lugar?). En la pared contemplé fotos de niñas orientales que habían
sido recientemente adoptadas. En medio de las fotos había esta frase:
¿A quién enviaré? ¿Quién irá por mí? Mándame, Señor, aquí estoy”
(Is 6,8).
Quedé impactada. Era
la primera lectura de nuestra boda, la palabra viva de nuestro noviazgo,
sellada en un libro que le dediqué a José Ramón, titulado El milagro
más grande del mundo. Esa lectura era todo para nosotros,
nos remitía al hecho de que Dios estaba en nuestras vidas y ahora
se repetía como estrella luminosa en este asunto tan importante. China
sería el destino de nuestra solicitud. La petición oficial salió de
España el 19 de febrero de 2002. La lectura propia del día decía:
Así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía,
sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo (Is 55,11).
Empieza la cuenta atrás para encontrarnos con nuestra hija.
Llegamos a Nanning
el día 7 de julio. Abrazamos a Marina esa misma tarde. El salmo de
ese día decía: No temerás el terror de la noche, ni la saeta que
de día vuela, ni la peste que avanza en las tinieblas (Sal 91).
No teníamos idea, ni José Ramón ni Alicia ni yo, de los durísimos
días que nos esperaban.
El hecho de que Alicia
(mi hermana, que es enfermera) nos acompañara en el viaje lo vimos
providencial. Marina estaba resfriada. La mañana del miércoles, 9
de julio, algo le pasó en la cabeza. Perdió el sentido, se quedó rígida.
Alicia le hizo la respiración boca a boca. Despertó prácticamente
en el centro médico. Parecía un episodio leve provocado por el catarro
y la debilidad, pero una hora después se repitió la crisis. Fuimos
al hospital universitario. El director del orfanato y el representante
del Centro Chino de Adopciones decían que nunca había tenido nada.
No nos entendían los síntomas a pesar de la traducción de la guía.
Entonces convulsionó por tercera vez. El diagnóstico que nos dieron
nos derrumbó. Estaban casi seguros de que era encefalitis C. El
orfanato estaba cercano a la zona afectada por la epidemia que había
entonces. Marina podía morir en pocas horas o sufrir una parálisis
cerebral para siempre. De hecho, no movía ni brazos ni piernas. No
nos permitirían sacarla de China.
¿Estábamos dispuestos
a quedarnos allí un mes o más esperando una recuperación incierta?
El Centro Oficial de Adopciones, que estaba al corriente del tema,
nos ofrecía excepcionalmente otra niña en dos o tres días. Con ello
nos metió - sin querer - más tensión. No podíamos decidir. Estábamos
angustiados. José Ramón repetía que no la podíamos dejar allí porque
era nuestra hija. El viaje tan esperado se había convertido en una
situación muy distinta, donde se ponían a prueba los sentimientos
de paternidad y el sentido del camino recorrido. No podíamos decidir
nada. Necesitábamos llamar a España.
El único teléfono
que nos vino a la memoria fue el de Jesús, el sacerdote de la comunidad,
le explicamos todo y la alternativa que nos ofrecían. No podemos decidir,
no tenemos fuerzas, nos asaltan dudas. ¿Nos habían ocultado datos
sobre la salud de la niña? Esa noche, Jesús y un grupo de la comunidad
se reúnen a rezar y escuchar la palabra de Dios en medio de aquella
situación tremenda, diabólica. Vitola recuerda su experiencia personal:
las consecuencias psicológicas que su abandono tuvo para su madre
biológica. Ese día, 9 de julio, era precisamente el aniversario de
su muerte. El salmo propio del día decía: El plan del Señor subsiste
por siempre (Sal 33). No podíamos perder de vista el conjunto
de la historia. Debíamos estar vigilantes. La situación parecía ser
de tentación. En cualquier caso, había que esperar los resultados
de las pruebas y el diagnóstico definitivo.
Alicia se encontró
el pasaje de Ezequiel, que recoge la historia simbólica de Jerusalén,
abandonada, expuesta en pleno campo. Era la historia de Marina.
El Señor pasaba junto a ella y decía: ¡Vive! (Ez 16, 5-6).
El viernes, 11 de julio, teníamos cita con los médicos. Charlamos
los tres en la sala del hotel. José Ramón cree que Marina se va a
poner bien. Para mí es un salto en el vacío ir al hospital esa tarde.
El salmo propio del día me ayuda en esos momentos: He buscado al
Señor y me ha respondido, me ha librado de todos mis temores (Sal
34). El encuentro con Marina en el pasillo del hospital no
se me olvidará jamás. No nos lo podíamos creer. Caminaba, estaba bien,
lloró al vernos, pero vino a nuestros brazos lentamente. Entonces
se produjo el milagro más grande del mundo. Los médicos nos
informaron que no tenía encefalitis y que podía salir del hospital
con nosotros. Cuando llegamos al hotel, la gente estaba emocionada.
Rápidamente llamamos a Jesús. Nos dijo que ese día era precisamente
el 30 aniversario de la curación de su padre:
“Mi
padre – que había sido operado de próstata- tuvo una embolia pulmonar.
Cuando me avisaron, según los médicos me dijeron después, ya estaba
en marcha un proceso de necrosis, clínicamente irreversible. Pensaban
que moriría ese día, hacia las dos. Los médicos no se explicaron la
mejoría que se produjo en aquella hora (Mt 8,13). Volvía
de Oviedo, camino de Avila. En la provincia de León, pasé junto a
un cartel que decía: Al santuario del Buen Suceso. Sí, buen
suceso sería que curara mi padre, pensé. Pero ¿esas cosas pasan? Mi
oración preferente era así: Envíame tu luz y tu verdad (Sal
43), heme aquí que vengo para hacer tu voluntad (Sal
40). Entonces hice una confesión de fe, le dije al Señor: Acepto la
muerte de mi padre, pero sé que tú puedes curarle. Sentí una
gran paz. Eran las once menos cinco. Cuando llegué a Avila, a la clínica
Santa Teresa, mis hermanas me dijeron que estaba mejor. ¿A qué hora
comenzó la mejoría?, pregunté. Como se lo pensaban un poco, volví
a preguntar: ¿A eso de las once? Me confirmaron lo que suponía. Pensé
en el pasaje del Evangelio, la curación del hijo del funcionario real.
Supieron por la hora que el Señor le había curado (Jn 4,52-53). Mi
padre quedó tan bien, que – en la última consulta - los médicos le
dijeron que si un doctor no supiese que había tenido embolia pulmonar,
no se lo podría reconocer”.
El 7 de diciembre
celebramos el bautismo de Marina. En el contexto del 30 aniversario
de la Comunidad, la primera lectura propia del día (Ba 5,1-9) lo decía
todo. Se cumplía en la vida de la Comunidad y en la pequeña historia
de Marina: Ponte en pie, Jerusalén, sube a la altura, mira hacia
oriente y contempla a tus hijos, reunidos de oriente a occidente,
a la voz del espíritu, gozosos, porque Dios se acuerda de ti.
Marisol y José Ramón, diciembre de 2003