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BEATIFICACION EN ROMA
Domingo, 28 de octubre. Se celebra en Roma la beatificación más numerosa de la historia: 498 víctimas de la violencia anticlerical de los años 1936-1937, aunque 9 cayeron en la revolución de Asturias (1934), que (conviene decirlo) fue reprimida por la República. Ciertamente, la violencia anticlerical fue terrible. Fueron 6.832 víctimas: 4.184 del clero secular, 2.365 religiosos, 283 religiosas. La cifra fue dada por Antonio Montero en su libro Historia de la persecución religiosa en España (1961). Pero la violencia anticlerical debe situarse en el marco de la violencia general desatada por el sangriento golpe de Estado contra el orden legítimamente constituido de la República y por la guerra civil consiguiente. Llama la atención que el sacerdote y periodista Montero, con el tiempo, llegara a ser obispo de Badajoz, donde la matanza realizada por las tropas de Franco fue indescriptible: "la sangre corría a ríos por las calles", los milicianos capturados en el coro de la Catedral "fueron ejecutados ante el altar", los rebeldes (nacionales) celebraron la Asunción "con una terrible matanza", dice el historiador Manuel Tuñón de Lara en su libro La guerra civil. En el caso de Badajoz, los nacionales mataron a casi 4.000 personas en una semana. En Sevilla asesinaron a más de 9.000 obreros y campesinos, afirma Antonio Bahamonde en su libro Un año con Queipo. En Huelva, "la represión se cobró más de 6.000 vidas", dice el historiador Paul Preston en La Guerra Civil española. Además, "no menos de 50.000 personas fueron ejecutadas en los diez años que siguieron al final oficial de la guerra", denuncia Julián Casanova en La Iglesia de Franco. En España más de 30.000 cuerpos siguen perdidos en fosas comunes, en cunetas, barrancos, pozos y cementerios. La Iglesia española parece olvidar la violencia sufrida por los demás. Canoniza a unos y ni palabra dice de los otros. Ni siquiera de los suyos, los 15 sacerdotes vascos y los 2 franciscanos asesinados por los nacionales. Incluso parece olvidar que uno de los beatificados hoy, el agustino Gabino Olaso, fue "impulsor y artífice de torturas" en Filipinas, según el testimonio escrito de un sacerdote, dado a conocer el 12 de octubre por John L. Allen en un artículo publicado por la web norteamericana National Catholic Reporter. Pues bien, lo teníamos perfectamente asumido. Pío XII se había opuesto a una canonización indiscriminada y masiva. En el espíritu del Concilio, mantuvieron y reforzaron esa actitud Juan XXIII y Pablo VI, el cual ordenó la paralización de los procesos canónicos que desde el final de la guerra llegaron al Vaticano, pidiendo la canonización de los mártires de la cruzada. Las cosas cambiaron con Juan Pablo II, de quien se afirma que fue admirador de Franco. La beatificación suscita perplejidad y escándalo. La Iglesia española necesita memoria histórica, una confesión nacional y, quizá también, (¡todo un símbolo!) una caída de caballo. ¿Es que no se ha bajado todavía del carro de los vencedores? La guerra civil no fue una cruzada, sino una guerra fratricida, una locura. Se dice en el salmo 85, Dios anuncia la paz, con tal de que a su locura no retornen. Yo conocí en Roma a un sacerdote venerable, Albert Bonet, a quien pudieron matar en las dos partes: en Cataluña por ser cura y en Navarra por ser catalán. Claro, si le hubieran matado en Cataluña, podría haber sido beatificado hoy. No así si le hubieran matado en Pamplona. ¡Lo que son las cosas! Lo cuenta el monje de Montserrat Hilari Raguer en La pólvora y el incienso. El Dr. Bonet logró escapar de Barcelona el 2 de agosto de 1936. Lo hizo, como tantos otros, protegido por la Generalitat. Procedente de Roma, llegó a Pamplona el 9 de noviembre y se puso a las órdenes del cardenal Gomá. Al conocerse su llegada, llovieron sobre él tales amenazas que el 13 tuvo que escapar de la Pamplona nacional, como tres meses antes había tenido que huir de la Barcelona roja. Es importante el testimonio de Alfonso M. Thió, que dio a conocer Miquel Batllori en su libro Jesuitas en el Levante Rojo. Alfonso fue superior de los jesuitas recluidos en la Cárcel Modelo de Barcelona durante la guerra. Estaba dando una tanda de ejercicios en el Casal de la Visitación, en L'Ametlla del Vallés, cuando una patrulla anarquista registró la casa. El miliciano que mandaba la patrulla entró en la sacristía y, al ver colgado en la pared un crucifijo, exclamó: "¡Tan bueno como eras tú y tan malos como son los que te siguen!". El religioso pudo escapar y esconderse en un bosque vecino. Allí, solo en medio de la noche, pensaba más en las raíces de aquella violencia que en el peligro que personalmente pasaba: "Era evidente que la nueva sociedad que surgía en aquellos días rechazaba de una manera rotunda y decidida a Jesucristo y a sus ministros. Me preguntaba yo: ¿rechazan a los ministros por causa de Jesús o rechazan a Jesús por causa de sus ministros? La primera hipótesis es muy halagüeña, pero la segunda también es posible, y en el rechazarla de plano ¿no habrá nada de fariseísmo?". La Iglesia española debe asumir su propia responsabilidad durante la guerra civil y la posterior dictadura. Es algo que clama al cielo. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica lo reclama en una carta: "Mientras sólo asuma su parte de víctima y no la de verdugo, estará contribuyendo a una estéril culpabilización y a una utilización extremadamente parcial del pasado". Debe pedir perdón por su complicidad, "por una actitud que causó enormes sufrimientos". Llaman la atención las lecturas propias del día. La primera coincide con aquella que anonadó a Bartolomé de las Casas y, a su manera, le derribó del caballo: Dios no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor y su grito alcanza las nubes (Eclo 35,12-18). Que los humildes lo escuchen y se alegren, canta el salmo 34.
El evangelio presenta la parábola del fariseo y del publicano. Jesús la dijo por algunos, que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás. El fariseo, erguido en su orgullo espiritual, oraba así: "Oh Dios, te doy gracias, porque no soy como los demás...ni como ese publicano". El publicano, en cambio, no se atrevía a levantar los ojos al cielo. Dice Jesús que este bajó a su casa justificado, y aquel no, porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido (Lc 18,9-14). Preside la beatificación el cardenal Saraiva Martins, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, es decir, el que hace santos o, al menos, expide los diplomas correspondientes. En la homilía el cardenal nada dice del evangelio ni de la primera lectura. Sólo alude a la segunda y lo hace sin inspiración paulina. Estemos atentos. Dios no es parcial contra el pobre. Bien puede ser que el re-publicano baje a su casa justificado y el otro no. |
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Jesús López Sáez, 28 de octubre
de 2007.
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