NUEVA VIDA DE PILAR

 

Pilar Bellosillo (Madrid, 1913) ha muerto el día 2 de enero. Con este motivo, se ha recordado justamente en periódicos y revistas su impresionante trayectoria al servicio de la Iglesia y de la sociedad. Fue presidenta nacional de Jóvenes y de Mujeres de Acción Católica, promotora de la Campaña contra el Hambre, presidenta de la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas, auditora del Concilio Vaticano II y del III Sínodo de Obispos, presidenta de las Organizaciones Internacionales Católicas, miembro del Grupo de Enlace Femenino Ecuménico y de la Comisión creada por Pablo VI para el estudio de la Mujer en la Sociedad y en la Iglesia. Recientemente, el Consejo de la Mujer de la Comunidad de Madrid la ha seleccionado como una de las cien españolas que en el siglo XX lucharon contra la discriminación de la mujer.

Sin embargo, hay una etapa importante de la vida de Pilar que no aparece en las reseñas: su etapa comunitaria. Son 25 años, un cuarto de siglo, años de madurez, plenitud y culminación. Había quedado atrás la crisis dura y dolorosa de los movimientos de Acción Católica a finales de los sesenta. Tras un tiempo de recuperación y de búsqueda, Pilar vive la renovación del Concilio en una comunidad, la Comunidad de Ayala. Recordamos su llegada a la misma, en la que ha hecho honor a su nombre: pilar de comunidad, pilar de hierro (Jr 1,18). Lo guardamos como precioso tesoro. No podemos callarlo ni tampoco dejar que se recorte su figura. Al fin y al cabo, tiene razón el proverbio: Más vale renombre que óleo perfumado (Ecl 7,1).

En noviembre del 85 Pilar fue enviada a Roma por la comunidad con una misión especial, comprometida y delicada: entregar personalmente al cardenal Pironio mi pliego sobre la muerte (provocada) de Juan Pablo I. Se había publicado el mes anterior y se había levantado un tremendo revuelo en la ciudad eterna. En ese contexto, Pilar había sido invitada por Pironio (entonces presidente del Consejo de Laicos) a la conmemoración del Decreto conciliar sobre Apostolado Seglar. Nos pareció providencial. Ella misma comentó así al cardenal (ya fallecido) su llegada a la comunidad:

"Empiezo por decirle cómo llegó un momento en que nosotras, cuando yo dejé todas mis actividades y tuve mi crisis de salud, estábamos buscando una comunidad viva, cómo la encontraron mis hermanos, Carmen y Paco, y cómo venían a casa, porque yo entonces tenía muy poca actividad, casi no me movía, para comunicarme lo que estaban viviendo. Y a mí me impresionaba, porque me decían lo mismo que aquellos primeros discípulos que encontraron a Jesús, decían a los otros: Hemos encontrado lo que buscábamos".

Por mi parte, en carta del 25 de septiembre del 97 le comuniqué al cardenal (entre otras cosas, por si no lo sabía) la penosa enfermedad que sufría Pilar, enfermedad que le impedía recordar y, en realidad, comunicarse. Le decía: "Sólo una nueva vida nos puede devolver a la Pilar que conocimos".

Un dato más. El pasado 7 de julio, con el envío de mi libro El día de la cuenta, en el que aparece el relato de su particular viaje a Roma, le puse a ella y a su hermana la dedicatoria que procedía y que cabía esperar: "para Pilar y Carmen, que en su momento encontraron lo que buscaban".

Pues bien, el 4 de enero tuvo lugar su entierro en Soria y ese mismo día (al atardecer) celebramos en la comunidad, como dice el Concilio (SC 81), la dimensión pascual de la muerte de Pilar, su presencia nueva, en esa dimensión en la que vive ya con el Señor Resucitado. Precisamente ese día se leía en todas las iglesias el pasaje del evangelio (Jn 1,35-42) en el que aquellos primeros discípulos, que encontraron a Jesús, decían a los otros: Hemos encontrado lo que buscábamos. No nos pareció casualidad, sino palabra viva de Dios que nos devolvía a la Pilar que conocimos.

El salmo 98, propio del día, era un canto de alabanza, una balada, un magníficat: Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. Pero no sólo esto. Proclamaba urbi et orbi una palabra prohibida, reprimida, rechazada, la que motivó su viaje a Roma, porque la palabra de Dios no está encadenada: Brama el mar y cuanto encierra, el orbe y los que lo habitan, los ríos baten palmas, a una los montes gritan de alegría, ante el rostro del Señor, pues viene a juzgar la tierra. Como el reino de Dios, el juicio también comienza ahora. Por nuestra parte, está claro: escuchado, discernido, celebrado. Fue como un  relámpago en la bóveda del cielo (Mt 24,27), una señal del día de la cuenta.   

Jesús López, enero de 2003