VIAJE DE PILAR BELLOSILLO A ROMA

(Del 16 al 22 de noviembre del 85)

 

(Quiero dar gracias) por todo lo que he vivido durante mi estancia estos días en Roma. Y además quiero especificarlo. (Por haber ido) a la misión que se me enviaba, desde esta comunidad. Por haber vuelto a Roma, viviendo la renovación de la Iglesia desde la comunidad. Por haber podido comprobar que la renovación está en marcha en todo el mundo, porque asistí a las sesiones del Consejo de los Laicos, y esto ya no lo puede parar nadie. Por haber vuelto a encontrar a tantos amigos y descubrir que los vínculos de amistad y comunión están ahí, incluso más reforzados. Por haber podido saludar al Papa, y allí yo tuve la experiencia de que no estaba sola y esto ha tenido para mí una significación muy profunda y muy grande. Por monseñor Pironio, porque ha sido una gracia el estar con él durante unos días. Y por María, que ha estado presente en todo. Y de un modo especial, pienso en nuestros hermanos del mundo, y especialmente en nuestros hermanos del Líbano.

Voy a tratar de compartir con vosotros todo lo que yo he vivido en Roma. Y quisiera empezar por hablar de las señales que desde el comienzo del viaje me llamaron la atención. Hay señales que yo califico de adversas. Por ejemplo, la primera, que el avión se retrasaba bastante en salir, más de una hora. Llega un momento en que el comandante nos comunica que tiene problemas técnicos y que no saben lo que podrá durar el arrancar. Después, ya volando sobre Barcelona, nos da el parte y nos anuncia que sobre el Mediterráneo encontraremos turbulencias y, efectivamente, en la segunda mitad del Mediterráneo danzamos bastante, que no es nada agradable. Pero cuando ya nos acercábamos a la costa de Italia y vamos bajando ya para tomar tierra, nos metemos en una tormenta fuerte. Estaba todo negro, oscuro, el avión va bajando, no se ve el suelo, tarda en verse, y volamos entre truenos y relámpagos. Yo he volado bastante en mi vida,  pero pocas veces me he encontrado en una tormenta de esta categoría. Luego, ya llegamos al edificio del aeropuerto y allí vienen todas las formalidades de recoger las maletas. Viene el primer envío de maletas, esa plataforma rulante nos la va presentando, y en la primera vuelta no encuentro mi maleta. Viene el segundo envío, y en la segunda vuelta tampoco, y al final me doy cuenta que hay un pequeño grupo de viajeros y que todos estamos un poco escamados porque aquello tarda excesivamente. Yo pensaba: en mi maleta llevo toda la documentación. Por fin, se empieza a movilizar alguno de ellos con alguno de los encargados de los equipajes y él, efectivamente, se da cuenta que la cosa tarda, se mete por allí debajo y al fin aparecen las maletas. Después también me parece una señal un poco adversa: la acogida en la residencia. Yo aquella residencia no la conocía, era la primera vez que iba. La encontré como fría, todo me pareció negativo. Luego después he visto que las monjas eran majas, eran simpáticas, pero que la organización no era buena. Empiezan por decirme que allí no se cena, pregunto a la hora de la cena, tengo que salir fuera y el barrio está muy solitario, está muy oscuro. La residencia está a la espalda de San Pedro, en plena colina del Vaticano. Tengo delante de mi habitación las murallas, por donde se asoman los pinos, tan característicos de toda aquella zona. Es una zona aislada, hay que bajar una enorme escalinata para poder llegar a zona comercial.

Pero también hay señales positivas, que me impresionaron mucho. Lo primero, que ya me encuentro con el número ocho por duplicado, tanto en la puerta por la que yo debía entrar en el avión como por el asiento que me correspondió: el ocho, por duplicado. Después, en el avión, como tardaron en emprender el vuelo, nos ponen música y en un momento dado, de repente, yo me doy cuenta que aquella música me suena. Era ese Padre nuestro que nosotros cantamos con la boca cerrada (na-na-na..., no permitas que caigamos en tentación, oh Señor). Me impresionó mucho. Me doy cuenta que el Padre me viene a decir: estoy ahí, te acojo y te protejo. Me siento protegida por el Padre, por el Señor y por el Espíritu. La experiencia me produce una alegría y una paz indescriptibles. Y hay otra señal que también es impresionante. La víspera de mi viaje murió una prima nuestra, una criatura angelical, y fui a despedirme de la familia y sentí el impulso, en ese momento, de encomendarme a ella. No me pareció una casualidad el que, en cierto modo, coincidiera su muerte con este viaje, para mi  tan importante, a Roma, y entonces yo le pedí que fuera mi ángel en esta empresa. Y lo que me asombró fue que en un avión que iba lleno, completamente lleno -cuando yo me paseé hasta el final comprobé que habría un asiento, o dos, vacíos- muy grande, justamente detrás de mí había dos señores que iban hablando, que hablaron bastante, y que en un momento preciso -se ve que estaban  viendo el periódico- se encuentran con la esquela de esta prima mía y resulta que conocen a la familia y comentan una serie de datos. Verdaderamente eran amigos y nos conocían. Aquello me impresionó y me doy cuenta que mi ángel bueno, en la empresa se me hacía presente. Esto me produjo una alegría, una paz y una confianza muy grande.

Bueno, ya amanezco el domingo por la mañana, entonces me dispongo a ir a misa a San Pedro y no me doy cuenta que hay dentro una celebración muy solemne porque el Papa está beatificando a tres beatos y me es imposible entrar en la Basílica. Entonces participo en la eucaristía en la iglesia de Santa Ana, que es una parroquia que, muchos recordareis, está a la entrada de la ciudad del Vaticano. La homilía es buena, es una eucaristía que me gusta, que me reconforta. Vuelvo a la plaza, está llena de gente, van a ser las doce y se espera que salga el Papa a la ventana, y así sucede. Comenta desde allí lo más característico de los tres beatos y después reza el ángelus. Yo poco a poco me voy retirando en busca de una trattoria por aquel barrio para comer, y voy meditando en lo que todo esto, después de diez años que no he vuelto a Roma, supone para mí, especialmente para la mejor comprensión, por lo que estoy viviendo, de lo que supone la renovación de la Iglesia. Vuelvo después de comer a la residencia y me encuentro una carta del Consejo de los Laicos con una invitación de monseñor Pironio para ir a cenar mañana con el Consejo de los Laicos; mañana, que es lunes, es el gran día de la fiesta de la conmemoración de la proclamación del Decreto de Apostolado Seglar. Por la tarde - estamos en domingo- espero a mis amigas; cuando hablé con ellas por teléfono, desde Madrid, me dijeron que vendrían por la tarde a buscarme para cenar juntas.  Pasan las horas y no llega nadie.  Oigo el teléfono, que llama varias veces insistentemente, pero nadie responde, nadie lo coge.  Las comunicaciones en la residencia desde luego no funcionan bien.  Efectivamente, son mis amigas que no consiguen comunicar conmigo y no se deciden a venir a buscarme.  Compruebo que siguen las cosas adversas, me encuentro un poco sola, me voy a la capilla y le digo al Señor que El está por encima de los que hacen resistencias.  Tal vez El quiere esos espacios de soledad y de oración.  Tal vez El quiere que ore por Roma, desde Roma.  Le pido que vaya disponiendo el plan como El lo quiere y que yo me deje conducir por El.  Antes de acostarme me encuentro con el Salmo 40: doy gracias al Señor por lo que me dice y por lo que me significa.  Por supuesto que antes de ir a Roma he pedido a mis ángeles del cielo que me protegieran. Pienso en mis padres, los siento muy cerca; pienso en Paco, pienso en Luis, pienso en Gonzalo.  Y amanece el lunes por la mañana; me levanto pronto y participo en la Eucaristía de las monjas.  Es el gran día del festejo que ya he mencionado y es el motivo por el que yo he sido invitada a ir a Roma.  Voy pronto a San Pedro; el acto se celebra en la sala del Sínodo que ya muchos de vosotros conocéis porque lo hemos visto en televisión

     Allí, la acogida de tantos buenos amigos, como encuentro, es impresionante; estoy emocionada porque encuentro un verdadero cariño por parte de todos. Allí están Cristina y Emma, las que tenían que haberme venido a buscar la víspera, y entonces me explican todo. Y van llegando personalidades: cardenales, obispos, representantes de otros dicasterios, algunas compañeras mías auditoras, todo el Consejo de los Laicos en pleno porque el Consejo iniciaba con este acto las reuniones de su asamblea anual. Y, al fin,  llega monseñor Pironio, cariñosísimo. Me dice: “Puede usted, tal vez, aportar algún testimonio, porque hay coloquio”. Entonces, mientras transcurre la sesión de acuerdo al programa, intervienen varios auditores; voy preparando algunas notas, y tomo las ideas fundamentales de mi artículo del Ya. El último en hablar es el cardenal Suenens, que me gusta mucho. Intervienen varios en el coloquio y nos dicen que sólo tenemos tres minutos. Entonces lo que hago es, a modo de píldoras - de lo que voy a decir -  y Suenens me ha preparado el camino. El nos dice que se trata de volver a la Iglesia de Hechos: al Cenáculo, al primer Pentecostés, que así se lo dijo Juan XXIII a los obispos, e inicio mi intervención por mi experiencia en la Comunidad. Realmente el camino me lo había preparado Suenens. Empiezo por decirle: señor cardenal, me gustaría mucho tener su texto, porque me ha gustado muchísimo, y termino mi intervención hablando de la purificación del templo -expresamente dejo un poquito más de tiempo para poder decir algo de este tema-. Cuando ya se termina el acto, monseñor Pironio sale a esperar al Papa; estaba previsto que llegaría, que nos iba a dirigir la palabra para clausurar el acto. El Papa nos habla y después, como es costumbre en él, habla espontáneamente con los que estamos allí; dice: “¿Qué podemos rezar? He comprobado en mis viajes que lo que todos, en cualquier lugar del mundo, rezan juntos, es el Padre Nuestro en latín, de modo que, si les parece, vamos a rezarlo”.Y entonces lo rezamos con él. Al final nos dicen que el Santo Padre querría saludar a todos pero que esto no es posible, que bajáramos y fuéramos pasando los auditores que estábamos allí y los miembros del Consejo de los Laicos. Cuando llega mi turno, me presenta el cardenal Pironio, y yo completo la presentación diciendo al Papa: Santo Padre, estuvimos juntos en el primer Consejo de los Laicos, cuando vuestra Santidad era cardenal. Y él entonces ya me sitúa: “Ah, claro, usted es la de Madrid”. Me reconoce. Hablamos unos momentos; le digo que tenemos puesta una gran esperanza en el Sínodo y que pedimos mucho para que el Espíritu esté ahí.

     En mis notas veo que he apuntado que ha sido un encuentro cordial, sencillo, sin prisas. Me quedo contenta y pido por él. Llega la cena, a la que se me había invitado; una cena deliciosa y sustanciosa, no sólo por lo que comimos, sino por lo que supuso la conversación y la compañía. A mi, tal vez por mi edad, me colocaron en la mesa cardenalicia, a la derecha del cardenal Pironio; enfrente estaba el cardenal Suenens y, a su lado, el obispo de Evora y algunos otros representantes del Consejo de los Laicos. Efectivamente, fue delicioso porque Suenens nos deleitó contándonos anécdotas de Juan XXIII y él nos decía: “nos pasaríamos así tiempo y tiempo”. Y luego entramos en una conversación más profunda, hablando de la situación de la Iglesia. Se notaba que hay preocupación, sobre todo de cara al Sínodo, qué podría dar el Sínodo. Allí hablamos a fondo de todo, con mucha confianza; verdaderamente hablamos en el Espíritu. Se hablaba de la Teología de la Liberación; monseñor Pironio dijo lo que en algunas otras ocasiones también hemos dicho nosotros: que “Roma debería haber interrogado a los pastores que viven en las comunidades de América Latina; haber recurrido a los pastores, cómo viven la fe sus cristianos”. Y monseñor Pironio añade: “Yo pertenezco al CELAM desde el principio, yo conozco la Teología de la Liberación desde el principio; yo vivo aquí, en Roma, encima del Santo Oficio, es decir, de la actual Congregación de la Doctrina de la Fe; nadie me preguntó nada, todo se hizo desde abajo”.  Hablamos también de los signos, de los acontecimientos preocupantes que yo menciono en mi artículo del Ya. Cuando digo que todo esto nos preocupa, y me refiero a todo lo ocurrido con la Teología de la Liberación y sus teólogos, con la Compañía de Jesús y el padre Arrupe, y del asunto tan penoso de las Carmelitas. Y entonces monseñor Pironio me dice: “Pilar: yo todo esto lo he vivido en mi propia carne” -  porque, efectivamente, él era entonces el Prefecto de la Congregación de los Religiosos- . Suenens nos habla de su experiencia en todo este movimiento de comunidades pentecostales, carismáticas, y habla de Parey-Le-Monial, de la gran concurrencia de cristianos, de que hay verdaderas conversiones y vuelve a decir lo que dijo por la mañana, en el acto de la mañana: que hay que vivir la Iglesia de Hechos. El ya no habla, dice, “no hablo de la Iglesia del Concilio; yo hablo de la Iglesia de los Hechos:  de la Iglesia del Cenáculo y de la Iglesia del primer Pentecostés, la Iglesia habitada por el Espíritu. Como les dijo Juan XXIII: el Concilio deberá ser un segundo Pentecostés”.

     Entonces le digo a monseñor Pironio, en uno de estos momentos, que quiero estar con él, que tal vez será difícil porque yo no sabía que tenía las sesiones del Consejo de los Laicos. Además, durante esos días hay una reunión también de cardenales. Pero él me dice que, desde luego, me puede recibir, que como el miércoles empiezan las reuniones de grupos en el Consejo de los Laicos, que él por la tarde está libre y que desde luego me recibirá, y entonces me da hora para el miércoles sobre las cinco y cuarto, pero me dice que antes yo le llame para confirmarlo.

     Llega el martes, 19. Me resulta muy simpático el que me inviten a participar en las reuniones del Consejo de los Laicos. Yo, por supuesto, aprovecho la ocasión, porque es para mí un regalo, pues los informes de los representantes de todos los continentes, que en esta ocasión tratan de la formación de los laicos, porque están preparando la aportación del Consejo al próximo sínodo sobre los seglares y estos informes me revelan lo que yo he dicho en otra ocasión: que ya está en marcha en todo el mundo la renovación de la Iglesia. Unos y otros hablan de catecumenados de adultos, hablan de evangelización, hablan de comunidades vivas.  Quedo muy impresionada de todas estas aportaciones y estoy completamente convencida que esta fuerza de Dios, que ya está actuando en su Iglesia por todo el mundo, no la puede parar nadie, y por eso tengo mucha más esperanza en lo que pueda ser el Sínodo y en lo que pueda dar  el Sínodo.

     Y llega el miércoles, día en que me recibe el cardenal Pironio, a las 5´30 en su casa. La mañana la paso en el Consejo de los Laicos y es un trabajo muy interesante porque ya son los grupos los que se reúnen y participo en uno de ellos. Después voy a comer a mi residencia porque quiero estar tranquila la primera parte de la tarde y espero, en oración y recogimiento, el momento de la entrevista. Y aunque tengo recogida toda la Palabra que me fui encontrando en esos días -pero por no hacerme larga no os la doy en este momento- sí quiero deciros la Palabra que me encontré la víspera, el martes por la noche, en Ezequiel, 43, Retorno de Yahvé: La gloria de Yahvé entró en la casa, éste es el lugar de mi trono, donde se posa la planta de mis pies. Aquí habitaré en medio de los hijos de Israel; y la casa de Israel, así como sus reyes, no contaminarán más mi santo nombre con sus prostituciones y con los cadáveres de sus reyes... De ahora en adelante alejaré de mí sus prostituciones y los cadáveres de sus reyes, y yo habitaré en medio de ellos, para siempre. Me impresionó mucho esta Palabra, y a continuación me encontré con Corintios, 15: La muerte es absorbida en la victoria.

     Al llegar a casa de monseñor Pironio, tengo que esperar un ratito; me acompaña una religiosa colombiana, pues en su casa vive una pequeña comunidad. Y llega monseñor. Yo le llevo un dossier que hemos preparado aquí, antes de salir a Roma; en él está el número de Vida Nueva en el que aparece el pliego y, además, varios ejemplares del pliego; va también el número que salió, precisamente, el mismo viernes, la víspera de mi viaje, con la nota desautorizando el pliego, sin posibilidad de réplica. Y le llevo algún documento más, especialmente los dos textos de Jesús: España, país de misión y el de Escuchar la Palabra, objetivo catecumenal. Lo que hice, para llevar un poco de orden, y no mezclar las cosas, es que reservé el presentarle el dossier  después de haberle explicado todo lo concerniente al pliego. Y empiezo diciéndole que se trata, lo que quiero comunicarle, de la publicación de un pliego sobre la muerte de Juan Pablo I, escrito por Jesús López. Y entonces leo el curriculum de Jesús, lo llevaba también preparado. Voy a leeros lo que le dije sobre toda la génesis de este pliego, un poco resumida, se me habían dado todos los datos el viernes en casa:

     Es un tema relacionado con la purificación del templo. Se ha considerado que esto es un servicio prestado a la Iglesia, realizado en conciencia y de forma comprometida, y desde un discernimiento a la escucha de la Palabra. Su autor, Jesús López, hubiera preferido la tradición oral, pero lo ha escrito porque se le dirigió la Palabra. Ha habido una experiencia muy fuerte de la Palabra, contrastada montones de veces. Se ha vivido en la Comunidad la presencia de Juan Pablo I; comparamos su muerte con la de santo Tomás Becket. Experiencia suficientemente contrastada, especialmente la Palabra de Jeremías 36 (toma un rollo de escribir), y de Apocalipsis 1 (escríbelo en un libro). Que la Palabra nos impulsa -ha impulsado a Jesús- a juzgar, e impulsa a decirlo. Y en ese momento llega la invitación de Roma –me llega a mí- para participar en esta conmemoración del lunes: la celebración de la promulgación del Decreto de Apostolado Seglar. Nos parece que esto no es una casualidad porque en la Comunidad - especialmente Jesús López-  creemos que monseñor Pironio lo puede comprender y que a él se le puede decir. Entonces yo le puedo decir a monseñor Pironio -se lo digo así- que la primera motivación de mi viaje a Roma ha sido precisamente ésta: el poder estar con él y el poder compartir con él esta experiencia, y comunicársela. En el pliego, en el texto, se ha cogido lo que es más valioso del libro de Yallop, y hay una segunda parte de reinterpretación de la figura de Juan Pablo I, situada en el contexto eclesial actual, a la luz de la Palabra. “Si no hubiera sido por la Palabra - dice expresamente Jesús López - no nos metemos en este berenjenal”. Ella nos ha dicho que se escriba (Isaías 36); que se conozca (Salmo 79); que se escriba (Apocalipsis 1); que se celebre (Salmo 81). Insisto, si no hubiera sido por la Palabra, no se hubiera dicho nada.

     Una vez que termino la presentación, le presento ya el dossier: el número de Vida Nueva, con el texto, y el último número de Vida Nueva, con la desautorización (la nota desautorizando este pliego y sin posibilidad de réplica). Creemos que aquí se ha producido un avasallamiento de la libertad de expresión de una institución como Vida Nueva. Si se quiere replicar, hay que acudir a un medio laico. Pero hay unas últimas noticias, me han llamado desde Madrid para comunicármelas y es que el obispo Yanes ha dicho que si vuelve a hablar de ello (si persiste en esa línea) Jesús se tendrá que ir de la Conferencia Episcopal donde trabaja. Esta última noticia se la comento a monseñor, diciéndole que la he sabido por teléfono, y él me hace un gesto como diciendo: Claro.

     Monseñor me escucha cuando revisa todo el dossier, me escucha con mucha atención y me hace algunas preguntas para aclarar o fijar algún detalle. Le indico, de lo que hay en el dossier, los dos textos de Jesús: Escuchar la Palabra, objetivo catecumenal, y España, país de misión y le digo que los lea porque son estupendos, puede comprender muchas cosas. El, entre otras cosas, revisa ese triángulo que ha dibujado Jesús con los tres números de Vida Nueva: el del pliego, el comentario del director de Vida Nueva, en otro número hablando de las otras cárceles, y el tercero, el del viernes (el de la desautorización sin posibilidad de réplica).

     Pero lo que en verdad le interesa a monseñor es que yo le hable de cómo vivimos la Comunidad, porque creo que es esto lo que le importa, para su valoración de lo que le dejamos ahí. El no me pregunta sobre el tema, porque él me ha dicho que lo va a leer atentamente todo. Lo quiere leer y lo quiere asimilar. Pero es aquí donde verdaderamente me interpela y yo veo que esto es lo que le interesa. Y es ahí donde él entra, impresionado, cuando le comunico nuestras experiencias de la Comunidad. Empiezo por decirle cómo llegó un momento en que nosotras, cuando yo dejé ya todas mis actividades y tuve mi crisis de salud, estábamos buscando una comunidad viva, cómo la encontraron mis hermanos, Carmen y Paco, y cómo venían a casa, porque yo entonces tenía muy poca actividad, casi no me movía, para comunicarme lo que estaban viviendo. Y a mí me impresionaba, porque me decían lo mismo que aquellos primeros discípulos que encontraron a Jesús, decían a los otros: hemos encontrado lo que buscábamos.

     Entonces yo le dije: monseñor, yo puedo y quiero compartir con usted la experiencia más fuerte -porque para mí ha sido un cambio en mi vida- de Palabra que yo he tenido, y le comuniqué concretamente mi experiencia de Oseas 2. A medida que comparto con él mi experiencia, se experimenta la presencia del Espíritu y yo siento también una experiencia de concordancia, de comprensión profunda, de comunión, que nos impresiona, yo creo, a los dos. En algún momento incluso hacemos algún comentario un poco jocoso. Le digo: monseñor, para nosotros a veces las cosas pueden ser, como en este caso, o pueden parecernos frivolidades más o menos pasajeras, pero el Señor utiliza palabras fuertes. El habla de prostitución, porque efectivamente lo suyo es tan grande, su amor es tan grande, su fidelidad es tan grande, que verdaderamente lo nuestro son verdaderas prostituciones.

Hablamos de lo que es escuchar. Yo le digo: monseñor, ¿verdad que no es lo mismo oír que escuchar? El Señor lo explica a los apóstoles, cuando les explica la parábola del sembrador. Hablamos de que Dios sigue hablando hoy, de que nos habla por los acontecimientos, de que El va iluminando nuestra propia historia y le va dando un sentido. Hablamos de la coincidencia de que el mismo día 18 se conmemoraba también la Dei Verbum, la Palabra, de cómo habría podido vivir la Iglesia tantos siglos con la Palabra encadenada. Recordábamos a Santa Teresa, lo que ella sufrió cuando le prohibieron leer la Biblia, y el Señor le dice: Espera, hija, que yo te daré libro vivo. Que gracias a la Dei Verbum tenemos la Lumen gentium (Luz de las gentes, constitución sobre la Iglesia). Que esta Iglesia, aquí en Roma, teme la libertad del Espíritu. Cuando el Señor prometió el Espíritu a los apóstoles, les dijo que El les iría revelando muchas cosas, hasta llegar a revelarles toda la verdad, que ahora no podrían con todo ello. Que el Espíritu haría las cosas nuevas, y las está haciendo, y aquí en Roma no las comprenden, porque aparecen realidades inéditas, y habrá muchas realidades inéditas, nuevas, si se escucha y se vive la Palabra, y si se deja libre al Espíritu. ¿Qué pasaría si en Roma, en lugar de tanta ley y tanta teología de hombres, se escuchara la Palabra y se discerniera a la luz de la Palabra? De todo esto hablamos. Era como un río que fluía, que fluía sin parar. Fue inolvidable, será ya inolvidable. Entonces monseñor -había pasado bastante tiempo- me dice: Pilar ¿quiere usted que recemos tres avemarías, que recemos a María? Y me dijo algo que no olvidaré nunca: Porque María acoge la Palabra y nos la entrega.

Yo por eso quiero terminar también diciendo que la presencia de María ha sido también impresionante. Después de esta entrevista, al día siguiente, el jueves, fui a participar en una eucaristía, buscaba una eucaristía, y entré en una iglesia que hay en la vía de la Conciliazione, que desemboca en la plaza de San Pedro, y es una iglesia que yo he frecuentado mucho cuando  iba a Roma, tiene una advocación de la Virgen que no recuerdo cuál. Se estaba preparando todo para la eucaristía. La celebraron dos sacerdotes, una concelebración, y mi asombro fue al ver que la misa era en honor de María. Yo desde luego me doy cuenta que aquella celebración era para mí. La palabra, la recuerdo, no la olvidaré, la primera palabra, era aquella de  Bienaventurada tú, porque has creído. El salmo fue el 45, el epitalamio real, que también ha sido una palabra que ha estado presente en todos estos acontecimientos, y el evangelio quiénes son mi madre y mis hermanos. Doy gracias al Señor por este regalo que me revela una vez más que María estaba en todo lo que hemos vivido. Por eso yo ahora quisiera que se cantara el Magnificat. Y quiero también deciros, no lo quiero olvidar, el último encargo de monseñor Pironio para todos nosotros: que pidamos mucho por el Sínodo.

Pilar Bellosillo.