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EXPERIENCIA DE ROSALBA Una vida al servicio del evangelio
En 1981, a raíz de los cursillos de iniciación al catecumenado que tuvieron lugar en la diócesis, impartidos por Jesús López, recibiría la comunicación primera de la experiencia de fe, la buena nueva de la Palabra que se cumple en los acontecimientos. Supuso el anuncio de que Dios sigue hablando hoy y el descubrimiento de que ¡Cristo vive! como experiencia actual. Le causó gran impacto y desde el principio lo acogió con alegría y sencillez de corazón. Su respuesta fue siempre un sí a la Palabra. Así pues, Rosalba se cuenta entre los primeros en ser “llamados” a iniciar un nuevo seguimiento de Jesús (Mc 1,16-20), presente en las circunstancias ordinarias de la vida como Señor de la historia. Vería satisfecha su ansia de Dios y de comunidad, incorporándose al grupo catecumenal de adultos, entonces llamado “grupo del Puerto”, base de la futura comunidad. Comenzó su proceso de maduración en grupo, siendo testigo y protagonista de la “experiencia fundante” de la comunidad. Identificábamos a Rosalba como quien frecuentemente nos traía el pan, o sea, el alimento de la Palabra. Siempre pronta a escuchar, hubo quien la calificó de “esponja” para absorber experiencias de fe, por su facilidad para percibir las señales y la presencia del Resucitado. En varias ocasiones, el Señor se le reveló por medio de sueños. Fue fundadora también de la Asociación “Comunidad del Puerto” (1987), ejerciendo su corresponsabilidad en cuanto miembro del Consejo Rector, como vocal. Rosalba jugó un papel importante en la historia de la comunidad y ha sido uno de sus pilares fundamentales. Nunca ambicionó puestos ni honores, pero todos éramos conscientes de que Rosalba tenía su “puesto” en medio de la comunidad, que supo ocupar siempre como un servicio a la misma. Con el carisma de profeta y evangelista, destacaba por su entusiasmo y audacia misionera, pues no perdía ocasión para comunicar su propia experiencia de fe, personal y comunitaria. Predicaba a tiempo y a destiempo, en la parroquia, por las casas, en plena calle..., en un desplazamiento constante, al encuentro con la gente, ya que le gustaba relacionarse y visitar a los enfermos. Era una gran comunicadora y sabía llegar al corazón de los demás, sencillamente transmitía lo que vivía. Así, no desaprovechaba ninguna oportunidad para contar la última experiencia, dar testimonio de la Palabra, ayudar a otros a descubrir la presencia del Señor. Debemos señalar, además, su espíritu ecuménico en su relación con personas de otras confesiones cristianas, orando juntos, compartiendo experiencias, etc. Capaz de evangelizar tanto a los “católicos de toda la vida”, como a los que están alejados de la fe y de la Iglesia, Rosalba era, por así decirlo, un “todo-terreno”. Convertida de esta forma en modelo para nosotros. Sus últimos veinte años los dedicó por entero a la misión evangelizadora, como animadora de grupos de catequesis de adultos. Y desde que descubrió que la fe sólo se puede vivir en comunidad y que ésta se construye a partir de la experiencia de fe, optó por una Iglesia comunitaria y se puso al servicio de la renovación eclesial. Su amor y fidelidad a la comunidad constituía todo un ejemplo, aún en medio de las dificultades, que no fueron pocas, en especial sus muchas enfermedades. Sólo éstas le impedirían asistir en contadas ocasiones a la reunión de la comunidad (celebración comunitaria) o a las reuniones de grupo. Tampoco las obligaciones y circunstancias familiares supusieron nunca un obstáculo para participar en la vida y misión de la comunidad, a cuya sombra crecieron sus cinco hijos. Rosalba vivió siempre con gran confianza en la providencia y tuvo claro que debía posponer muchas cosas e incluso renunciar a sí misma por causa del Reino de Dios, cumpliéndolo en su propia vida (cf. Lc 14,25). Rosalba gozaba del respeto y cariño de todos, preocupados al mismo tiempo por su estado de salud, cada vez más frágil, que en parte descuidaba a causa de su celo por la misión evangelizadora. Las situaciones de enfermedad acosaron su vida desde la adolescencia. Por mencionar las más graves, tuvo una hepatitis en su juventud, era diabética, padecía de artrosis, para terminar con enfermedades coronarias y depresión. En los últimos años su salud empeoró, con ingresos hospitalarios cada vez más frecuentes (que aprovechaba también para evangelizar), recaídas, varios infartos, etc., experimentando un progresivo deterioro que finalmente la llevó a una profunda depresión. Pero a pesar de estar muy mermada en sus capacidades, se mantuvo fiel hasta el final y nunca dejó de evangelizar. Muchas veces se sentía impotente, quería pero no podía, necesitando un mayor acompañamiento. Pero a la mínima mejoría, intentaba levantar su estado de ánimo y recuperaba el ardor misionero. Quizás yendo incluso más allá de sus propias fuerzas, lo que probablemente más tarde también le pasaría factura. No sería una exageración decir que Rosalba dio su vida por el Evangelio. El 29 de septiembre Rosalba ingresó en el hospital por última vez. Era la festividad de San Miguel, día de su padre, y acordándose de él dijo a sus hermanas Candy y Elba: “él está conmigo y me está ayudando”. Corrió la noticia en la comunidad y en todas partes se oraba por ella: con el salmo del día (Sal 138), con otros salmos (Sal 71; Sal 90), con diversos textos (Ez 24,15; Sir 17; Jn 1,51; Lc 10; Ap 12,7). El día 30 compartíamos de nuevo el salmo 138 (estuvo en la experiencia vivida con su madre), que parecía tener un significado especial, sobre todo el último versículo: “completará el Señor lo hecho por mí…no abandones la obra de tus manos”. El cura de la parroquia, que le administró el Sacramento de la Unción de Enfermos, comentó que le había sorprendido su lucidez y serenidad. Mientras permanece en la UCI tiene varias crisis. En una de ellas, su hermana Nieves abre la Biblia y lee unos versos del Cantar de los Cantares: “Llévame en pos de ti, corramos”. Sabe que puede estar próximo su encuentro con el Señor y pide por ella. Su hija mayor, Ana Belén, decía: “no quiero que sufra y asumo lo que Dios quiera”. En este contexto me encuentro con un pasaje del Eclesiastés: “Así va el hombre a su morada eterna” (Ec 12). El día 1 de octubre nos confirman la muerte de Rosalba a las 13,45 horas. Justo el momento en que Ana Belén abrió su Biblia y se encontró con la experiencia de resurrección de su abuela Eladia, el salmo 16. Como Luis, el marido de Rosalba, se había ausentado momentáneamente, me tocó ir a buscarlo y fui el primero en comunicárselo. En un momento tan duro, le dije, sólo nos podría consolar el percibir alguna señal de su nueva presencia resucitada e hice una oración en ese sentido. Casi le exigía a Rosalba que se me mostrase de alguna manera, cuando estaba buscando en la agenda del móvil un número de teléfono. Procedí como siempre, pero esta vez aparecieron en pantalla varios iconos intermitentes con algo ininteligible en un principio, como destellos, pero que luego identifiqué como “Hello” (“Hola” en español). A continuación el teléfono se bloqueó y después se apagó. El móvil tenía bastante tiempo y no me había pasado antes (pasado un año tampoco ha vuelto a suceder después, pese a intentarlo de mil maneras). En aquél contexto, lo percibí como una señal de Rosalba y en un instante mi tristeza se tornó en alegría contenida. Le devolví el saludo y hablaba con ella en mi interior, produciéndome una gran paz. Al atardecer me llamó Jesús Martín, de la Comunidad de Ayala de Madrid. Tenía un mensaje de parte del cura (Jesús López), al que yo había llamado. Era una lectura de la carta a los Tesalonicenses: “No queremos que permanezcan ignorantes acerca de los que ya han muerto, para que no se entristezcan como los que no tienen esperanza…Dios llevará consigo a los que han muerto unidos a Jesús…Guarden estas palabras y confórtense unos a otros” (1ª Tes 4,13-18). Me pregunta Jesús Martín si Rosalba es nombre como tal y le contesto que sí, pero que en el DNI figura Rosalía. Él, impresionado, me cuenta entonces que en el despacho ordenando sus papeles había cogido una hoja de calendario correspondiente al 4 de septiembre, día de “Santa Rosalía”. Por la noche, una multitud se congregó en el tanatorio y prácticamente todo el barrio se hizo presente en el duelo. Un grupo nos reunimos para orar y compartir lo que traíamos de camino, poniendo en común la Palabra escuchada, las señales, las experiencias... Era importante recogerlo todo, ver el conjunto de datos de que disponíamos. Esa misma mañana habían sucedido varias cosas. Un policía llamó a la puerta de la casa de Mª Luisa (la madre de José Luis, de la comunidad) preguntando donde vivía una tal Rosalía, pues nadie la conocía. En realidad, se trataba de Rosalba y le indicaron el lugar. Esto sucedía el día en que Mª Luisa cumplía el tercer mes de su muerte. Estaba allí Inés, de la comunidad, que se queda cantando el salmo 8 –el que tanto gustaba a Rosalba– y al regresar a su casa le comunican su fallecimiento. Igual le pasó a Miguel, que acordándose de la predilección de Rosalba por cantar ese salmo, lo recita y al salir del trabajo le dan la noticia. En el hospital, buscábamos una frase para la esquela, que expresara el paso que Rosalba estaba dando de este mundo al Padre, su encuentro con el Dios vivo, a quien tanto amó y por el que trabajó de forma incondicional. Y comentándonos Nieves su oración con el Cantar 1, nos fijamos en el versículo que dice: “El Rey me ha introducido en sus mansiones”. Lo recibimos como un regalo. Durante el velatorio, se había estado comentando que era la festividad de Santa Teresa del Niño Jesús y estuvo circulando por allí un librito sobre su vida. No sabíamos que Rosalba (según confirmaron sus hermanas) tuviera una especial devoción por la misma (junto con la advocación de Mª Auxiliadora), con la que coincidían algunas cosas en su historia. También enfermó siendo muy joven y hoy se la considera “patrona de las misiones”. Todo un detalle. El sábado siguiente, en la celebración de la comunidad compartíamos todas estas cosas. Sus hijas traían una carta manuscrita de Rosalba, probablemente la última que escribió, un borrador que había hecho recientemente para la convocatoria de un nuevo grupo que pensaba abrir cerca de su casa. Cuando la leímos, el comienzo era impresionante: “Hace 22 años…”. Precisamente ese día celebrábamos el 22 aniversario de la comunidad. Las lecturas del domingo tampoco tenían desperdicio. La primera, “la creación de la mujer” (del libro del Génesis), nos sirvió para valorar el importante papel de la mujer, en la sociedad y en la Iglesia, en condiciones de igualdad con el hombre, y en concreto de una: Rosalba. Fue muy significativo el Salmo 128 (“la bendición del hogar”), con sus hijos presentes en la celebración “reunidos en torno a la mesa”. Decía la carta a los Hebreos: “Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y dignidad” (Heb 2,9). Y también: “Dios juzgó conveniente consagrar con sufrimientos al guía de su salvación” (v.10). Por supuesto, nos acordamos de los padecimientos de Rosalba, unidos a los de Jesús. Unos versículos antes, se lee también: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?...Todo lo sometiste bajo sus pies”. ¡Lo mismo que el Salmo 8 antes comentado! Por supuesto, lo cantamos en estrecha comunión con Rosalba. Con el evangelio, sobre el matrimonio según el proyecto original de Dios (Mc 10,2-16), dimos gracias por su fidelidad y su testimonio como matrimonio creyente. Tuvimos presente también el evangelio del sábado: “la misión de los setenta y dos”. Leímos todo lo referido a la misión, como no podía ser menos ese día, especialmente con la carta de Rosalba sobre la mesa. Comenzaba así: “los envió de dos en dos, delante de él” (Lc 10,1). Para añadir: “Rogad al dueño de la mies, que envíe obreros” (v.2). Máxime ahora que se nos había marchado Rosalba. Y dábamos gracias porque esa misma tarde se hubieran incorporado por primera vez a la reunión de animadores tres nuevos miembros. Terminaba diciendo: “Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo” (v.20). Y también: “Te doy gracias Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y las has revelado a los sencillos” (v.21). Como Rosalba. Si bien en el funeral, el día del entierro, se respiraba un ambiente de tristeza y dolor, en la misa “de salida” la acción de gracias brotaba casi espontánea en el corazón de la comunidad, con emoción contenida, por lo que significó para todos. Tras la comunión, subí al estrado para expresar una acción de gracias. Creí necesario decir también algo más, pues se estaba celebrando el 50 aniversario de la parroquia. En el duelo pudimos escuchar palabras de personas conocidas “de toda la vida”, que decían: “la Vera le debe mucho” o “ha hecho mucho por el barrio” y otras frases semejantes. Por eso yo añadí que también esta parroquia debe estarle agradecida por la ingente labor realizada. Nos quedaríamos cortos al enumerar las múltiples actividades en que Rosalba participó: acción católica, catequesis, animación litúrgica, hermandades, coro parroquial, cáritas, grupos de jóvenes, cursillos de cristiandad, familias cristianas y un largo etcétera, jalonan su trayectoria en la vida de la parroquia. Fue, además, la primera catequista, como se veía en una foto que habían traído para una exposición retrospectiva, donde aparecía con sólo 12 años y su grupo de catequesis. También fue la primera monaguilla, adelantándose al Concilio, cuando todavía la parroquia no tenía templo y las misas se celebraban en una casa particular. Contribuyó a la construcción del templo parroquial con rifas y lo que se recaudaba en las veladas artísticas, teatro, etc., que tenían lugar bajo la antigua escuela y donde tuvo una participación muy directa. En fin, fueron las mías unas sencillas palabras, a modo de homenaje, un justo reconocimiento a su labor. Terminé con un “¡gracias Rosalba!”, al que siguió un espontáneo, unánime, emocionado y caluroso aplauso de la asamblea. Como antes dije, al final de su vida y debido a su precaria salud, Rosalba se sentía muy limitada, no pudiendo hacer ya esfuerzos y desplazamientos. Pero había visto la posibilidad de reunirse cerca de su casa, en la asociación de vecinos, pues se lo había propuesto a varias personas de la misma que acogieron con agrado el ofrecimiento. Pocos días antes de morir, ella compartía en la comunidad su ilusión por iniciar cuanto antes el nuevo grupo. Un año después, coincidiendo con el primer aniversario de su muerte, ha llegado el momento de continuar lo que ella empezó y podrá así ver cumplida su ilusión de hacer realidad lo que ya será siempre para nosotros el “grupo de Rosalba”. Prácticamente lo tenía todo perfectamente preparado. Había hecho el borrador para la convocatoria, que hemos recuperado, y también encontramos en su agenda una lista con nombres de personas a las que pensaba convocar. Por ello, hemos querido que fuera ella misma quien convocase, con sus propias palabras, respetando íntegramente el texto que nos dejó, escrito de su puño y letra, con su firma. Lo transcribimos a continuación:
Rosalba sabía que la comunidad le prestaría todo el apoyo y ayuda que necesitara. Pero ahora somos nosotros – ¡quién nos lo iba a decir!– los que le pedimos a ella que nos “eche una mano”. Pues la sentimos presente y sabemos que nos acompaña (aunque de otra manera), convencidos de que continúa “trabajando” de cara a la puesta en marcha de “su” grupo. Más aún, creemos que el Señor se está ocupando de ello y que culminará la “obra de sus manos” iniciada por medio de Rosalba, como se dice en el Salmo 138. De este modo, el 11 de octubre de 2004, con la celebración de la primera reunión y contando con la presencia de Jesús, el cura, se inaugura el “grupo de Rosalba”. Con el relato de esta experiencia mi intención no ha sido magnificar su figura, que no lo necesita, sino tan sólo resaltar y valorar en su justa medida lo que ella significó, haciendo una somera descripción de lo que fue e hizo, de su entrega y dedicación. Pero si tuviésemos que escoger tres características que la definan, resumir en tres palabras quien es Rosalba, éstas serían: la sencillez, la dulzura y el entusiasmo evangelizador. Rosalba vivió su fe de forma activa: como persona, como mujer, como esposa, como madre, como catequista. Escuchando siempre la Palabra de Dios, viviendo en comunidad, celebrando de forma viva, ayudando a renovar la Iglesia en su dimensión comunitaria, con espíritu misionero, asociándose para evangelizar, siendo todo esto su mayor alegría. En la experiencia de la Comunión de los Santos, la percibimos como un ángel del Señor. Es tal el intercambio de bienes espirituales entre los que aquí estamos y los que allá viven, que nuestro duelo se convierte en gozo y nuestra tristeza en alegría. Quiero terminar dando gracias al Señor por todo lo que nos ha dado y por el gran regalo que ha significado Rosalba. Y también dándole de nuevo las gracias a ella. ¡Gracias Rosalba!
Kiko
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