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En
Galilea de Entrevías: Pan de Vida
29.04.07 Juan Masiá Clavel
Tras la Eucaristía dominical en Entrevías, regresamos con
las pilas recargadas de fe, esperanza y amor para mucho tiempo. Verdaderamente
nos esperaba el Señor en esa Galilea en la que se había adelantado a presentarse.
Aquí no se viene a cumplir o a despacharse o a quitarse el cuidado de
cumplir un precepto, sino a celebrar y a compartir y a convivir.
Aquí no se viene a dormitar durante una homilía aburrida de diez minutos.
Pasa hora y media y sigue la comunidad transmitiendo lo que el Espíritu
hace decir en la homilía compartida.
Enrique abre la reunión en el nombre del Dios padre y madre. Habla como
eco espontáneo de la Palabra, sin atacar a nadie ni defenderse de nadie,
sin adular a la institución ni insultarla, simplemente comunicando evangelio
que interpela y anima.
Hablan los no creyentes y el Espíritu nos habla por su boca. Hablan los
creyentes de sensibilidades diferentes. Cuando alguien se pasa de celo,
el Espíritu sugiere un contrapeso de humildad y paciencia en la intervención
siguiente. Y cuando alguien se pasa de mansedumbre, el Espíritu espolea
en la intervención siguiente para no acobardarse. No será el discípulo
más que el Maestro. Como a Él le rechazaron, os rechazarán. Como a Él
le acogieron, os recibirán.
Si estuviera aquí Malaquías no denunciaría como en el templo de aquellos
días: “No acepto la ofrenda de vuestras manos” (1, 10). Dicho en el lenguaje
burocrático institucional: “Esto sí que es ortodoxo y homologable, si
lo viera de cerca nuestro obispo lo reconocería”. Aquí no hay duda de
que se acepta lo que se ofrece con la autenticidad de Melquisedec, aquel
extranjero que dio sentido a una simple ofrenda de pan y vino. Isaías
comparó la comunidad ideal con un banquete (Is 25, 6). Eliseo hizo de
panadero para más de cien personas hambrientas (2 R 4, 42-44). Todo este
telón de fondo encuadraba el encargo de Jesús: “Dadles vosotros de comer”
(Mt 14, 16).
Enrique repite los gestos de Jesús: vista al cielo en acción de gracias,
ojos fijos en el pan mientras lo parte y mirada alrededor. Primero, da
gracias a la fuente de la vida. Segundo, contempla el pan, fruto de la
tierra y del trabajo de muchos hombres y mujeres, que ha de partirse y
compartirse. Tercero, invita a repartir y... a asegurarse de que el reparto
es justo.
Jesús no fue un prestidigitador. Su pan de vida no es un truco de Harry
Potter, ni un juego escolástico para elucubrar sobre sustancias y accidentes.
Antes de partir el pan se ha partido a sí mismo, se ha dado y repartido
a diario, dejándose comer. Toda su vida fue eucaristía. Su vida entera
da significado al partir, compartir y repartir el pan de vida. Comida
en Galilea, Cena en Jerusalén, Sangre de Vida en el Gólgota, Eucaristía
dominical en Entrevías, Y vivencia cotidiana de hacer por las personas
en un mundo de paz y justicia: todo esto se integra en un único acontecimiento
liberador. Eso es la Eucaristía, bien diferente de una misa rutinaria.
No dijo Jesús en la Cena: “Este pan es mi cuerpo”, sino dijo: “Esto es
mi cuerpo”. “Esto” significa no solamente este pan y vino, sino lo que
ellos representan: la vida entera de los hombres y mujeres aquí reunidos,
con sus penas y alegrías, éxitos y fracasos, deseos y súplicas. Sobre
todo eso se pide que venga el Espíritu para consagrarlo. Todo eso es lo
que se convierte en cuerpo y vida de Cristo para la liberación del mundo.
Por eso son insuficientes las finísimas obleas que pierden la fuerza significativa
del pan de vida cuando son tan finas y estilizadas que apenas parecen
pan. Comprendemos y vivimos la realidad de la Eucaristía con sentido,
en vez de “despacharnos”, “oyendo misa “ o “dando misa” con la satisfacción
de cumplir rúbricas minuciosas con vestimentas anacrónicas y fórmulas
estereotipadas.
En esta Galilea de Entrevías comprendemos que la mesa de Jesús no es la
de un medium de sortilegios, ni la de un mago hipnotizador. Tampoco es
una mesa donde sacrificar animales como en las religiones primitivas.
Su mesa es de comedor: para partir, repartir y compartir. Por eso no hemos
cerrado los ojos cuando Enrique decía “Esto es mi cuerpo”. Ni nos hemos
quedado hipnotizados como en sesión de magia, como quien aguarda a que
cambie de color una oblea alucinantemente ensangrentada.
Habíamos estrechado mutuamente las manos al rezar el padrenuestro. Ahora
Jesús nos invita a mirar al cielo dando gracias, para luego mirar alrededor,
como hizo Él en Galilea y en la última cena. Quiere que salgamos de aquí
animados a prolongar lo que Él hizo, hacerlo presente entre nosotros reunidos
en su nombre, hacer lo que Él hizo, lo que lleva años haciendo la comunidad
en esta Galilea de Entrevías: partirse, repartirse y compartir. Partir
el pan, repartir a quien no tiene, compartir la vida, la fe y la palabra.
Hacerlo así es la única prueba de que Él sigue vivo.
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