Hermano Roger,
el último místico
EDUARDO SUÁREZ @ 19-08-2005 11:30
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El hermano Roger en una imagen de
1990. (Foto: AP)
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MADRID.- La inesperada
noticia del fallecimiento del hermano Roger a los 90 años sacudió
como una bofetada el 16 de agosto la Jornada Mundial de la Juventud
que en estos días se celebra en Colonia. A miles de jóvenes
cristianos de todo el mundo les sobrevino de pronto una profunda
sensación de orfandad por la muerte del hombre que levantó sin
querelo y de la nada la comunidad de oración más grande del
mundo.
Les espantaba
imaginar el cuerpo frágil e inofensivo de Roger traspasado en
plena oración por las puñaladas de una perturbada, ante los
ojos de la muchedumbre de jóvenes a la que entregó su vida.
La mujer, una rumana que responde al nombre de Luminita, aseguraba
a la policía que no quiso matarle y que tan sólo quería
llamar su atención.
Sin más publicidad que la del boca a boca
y en torno a su magnetismo personal, Roger Schutz (Provence,
1915) levantó en una aldea de Francia una comunidad abierta
a miembros de todas las iglesias cristianas. Hijo de un pastor
protestante suizo, Roger nunca hizo distingos entre jóvenes
de distintas religiones. Luteranos, calvinistas, evangélicos,
ortodoxos o católicos acudían a él atraídos por su fortísima
personalidad con la conciencia de que siempre es mucho más lo
que une a los hombres que lo que los separa.
Seis décadas después de su creación, Taizé
acoge cada año a miles de personas de todos los credos en busca
de una experiencia mística y de una espiritualidad sin fronteras.
Por allí han pasado 14 obispos luteranos suecos, patriarcas
ortodoxos y hasta tres arzobispos de Canterbury. En 1986 lo
hizo Juan Pablo II, amigo de Roger desde los años 60, quien
proclamó con gran plasticidad: «Se pasa por Taizé como junto
a una fuente. El viajero se detiene, se refresca y continúa
su camino».
Cuando le preguntaban sobre los orígenes
de Taizé, Roger siempre recordaba a su abuela, una mujer protestante
que en los peores días de la I Guerra Mundial iba cada tarde
a rezar a una iglesia católica como símbolo de unidad en una
Europa dividida por la guerra.
La imagen se quedó en la retina de aquel
niño que unos años más tarde, recién ordenado pastor, hizo un
viaje en bici por la Francia de 1940 pensando en cómo ayudar
a las víctimas de la guerra. Una noche llegó a una aldea de
la Borgoña situada junto a la línea que dividía la Francia de
Vichy de la ocupada por Hitler. La aldea se llamaba Taizé.
En aquel pueblecito de frontera —metáfora
de las heridas de Europa y al mismo tiempo de cómo restañarlas—,
Roger se instaló con su hermana en una casa abandonada hasta
la que la guerra fue vomitando judíos, refugiados políticos
y desertores nazis. A todos les daba un plato de sopa
y les acogía sin tener en cuenta su credo ni su nacionalidad
en aquella casa ruinosa y sin agua corriente. Roger solía irse
a rezar al bosque para que los refugiados judíos o agnósticos
no se sintieran incómodos u obligados a acompañarle.
Lo que había empezado como una casa de
acogida pronto se fue convirtiendo en algo muy diferente con
la llegada de personas que hallaron su vocación en aquella forma
de vida. Terminada la guerra, los nueve primeros hermanos de
Taizé pronunciaban sus votos en la pequeña iglesia románica
del pueblo. Acababa de nacer una especie de orden monástica
tan sugerente como atípica. La única fundada jamás por un
protestante y la única formada por fieles de distintas iglesias.
Taizé no posee oficinas ni bienes materiales.
No acepta de nadie regalos ni herencias. Cada hermano dona
al morir sus pertenencias a los más pobres, nunca a Taizé.
La comunidad vive de las labores agrícolas y de los trabajos
de artesanía que hacen los monjes en talleres de barro, pintura,
cristal o esmalte.
Los hermanos —hoy alrededor de 100 procedentes
de 25 naciones— destruyen minuciosamente al final de cada
año todos sus documentos. En palabras del propio Roger,
«para no caer en la tentación de celebrar un día nuestra propia
Historia».
Amigo de Juan XXIII
Los hermanos de Taizé pronto extendieron
su forma de vida a comunidades en lugares castigados por la
miseria como los suburbios de Brasil, Senegal y Corea. Juan
XXIII —que en su etapa de nuncio en París había visitado Taizé—_tuvo
el insólito gesto de invitar al protestante Roger al Concilio
Vaticano II y dijo del movimiento que había construido «una
pequeña primavera». Desde 1982 miles de personas se congregan
cada año en una ciudad europea —en el año 2000 fue Barcelona,
el año pasado Lisboa— convocadas por el hermano Roger y acuden
cada primevera a celebrar la Pascua con los hermanos de
la comunidad.
La obra de Taizé ha cambiado el espíritu
de este pueblecito pero no su faz. Los peregrinos son alojados
en sencillos barracones de madera situados al pie de una frondosa
colina. La iglesia carece de bancos u ornamentos y la gente
se sienta a rezar tres veces al día sobre un acogedor suelo
enmoquetado.
De Mandela a Vaclav Havel, pasando por
Schröder o Jordi Pujol, dirigentes políticos y religiosos de
todo el mundo expresaban ayer su dolor por el fallecimiento.
Apóstol de la unidad de los pueblos y las religiones, Roger
logró ayer el extraño milagro de conciliar en torno a su recuerdo
a personajes tan enfrentados como Sarkozy y Dominique de Villepin,
que emitieron sendos comunicados lamentando su pérdida.
Para la Historia quedará la última imagen
pública de aquel anciano encorvado e impedido que se empeñó
el pasado mes de abril en asistir a los funerales por el papa
Juan Pablo II, que había visitado Taizé y había expresado su
admiración por la labor de Taizé. En aquella ocasión, el hermano
Roger —que nunca renegó de su protestantismo— recibió la
comunión de manos del todavía cardenal Ratzinger. Muchos
dijeron entonces con simpleza que había acabado convirtiéndose
al catolicismo sin entender la sencilla grandeza de su gesto:
que un pastor protestante rindiera homenaje a un Papa al que
no debía obediencia comulgando en la mismísima plaza de San
Pedro.
Roger Schutz, fundador de la comunidad
ecuménica de Taizé, nació en Provence (Suiza) en 1915 y falleció
en Taizé el 16 de agosto de 2005.
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