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1.560 ejemplares
ECLESALIA
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ISSN:
1579-6345 http://www.ciberiglesia.net/eclesalia.htm
ECLESALIA, 15 de enero de 2003
QUERIDO HERMANO TAMAYO...
XABIER
PIKAZA, Universidad Pontificia de Salamanca
Este viernes, 10 de enero del 2003, he vuelto a despertar perplejo y apenado, y no sólo por las manchas de galipote de nuestras costas, ni tampoco por los anuncios asesinos de la guerra, sino por la noticia de que la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe ha condenado o piensa condenar a Juan José Tamayo por su forma de pensar y de actuar dentro de la iglesia. La “nota” episcopal no ha aparecido todavía, aunque se ha filtrado con toda precisión su contenido. Por eso, antes de que ella aparezca en todos los medios, y con la esperanza de que pudiera evitarse su misma publicación, quiero mostrar públicamente mi perplejidad, mi desacuerdo y mi propuesta.
No quiero ni puedo valorar aquí la teología de conjunto del Juan José Tamayo, discutible, sin duda, en muchos puntos, como todo es discutible en el camino de la vida, menos el diálogo, el amor mutuo y el servicio a los pobres, tal como los ha vivido Jesús y los ha legado a sus seguidores, en una misión de evangelio que sigue abierta sobre el mundo. La teología concreta que viene elaborando J. J. Tamayo puede resultar y resulta, a mi juicio, algo parcial, pero eso debe discutirse y dialogarse en los mismos foros de la discusión teológica. Lo que no se puede hacer es condenarla, como hace esa nota episcopal. Estas son las razones principales de mi perplejidad ante ella:
He dicho que no me propongo apoyar
sin más todos los planteamientos de Tamayo, ni él querría que lo hiciera,
pues creemos ambos, con el cristianismo más profundo, que la verdad
del hombre es dialogal y que sólo en el diálogo entre varias personas,
en el gesto de amor mutuo, proclamado y ejercido de forma admirable
por Jesús (y por otros grandes creyentes o pensadores y pobres de la
historia) puede alcanzarse puede alcanzarse en don y utopía del reino.
Por eso, en momentos de acusación como estos, quiero destacar tres rasgos
importantes de la teología de Tamayo que resultan, a mi juicio, más
necesarios ahora que nunca, sobre todo en relación con la experiencia
y teología de Jesús:
Estoy dispuesto a discutir (dialogar)
con Tamayo sobre mil cuestiones, como él sabe, aunque, por los azares
de la vida, apenas nos vemos desde hace mucho tiempo. Yo le pondría
objeciones mucho más serias que las que le ofrece la Comisión Episcopal,
pero lo haría siempre en un nivel diálogo, sin terminar con amenazas
y diciendo que su actitud “le aparta de la comunión eclesial”. ¿Qué
significa esa palabra? ¿Qué no podremos gozar u orar con él, en gesto
de misterio cristiano, desde el Dios de la vida? ¿Qué no podrá
participar más en la liturgia del recuerdo de Jesús y de la esperanza
de su reino?
Me gustaría que me aclararan esas
palabras que, por otra parte, me hacen temblar, quizá porque soy un
cristiano de los antiguos y eso de “separarse de la comunión eclesial”
me produce un gran miedo, por lo que significa de excomunión e incluso
de procesos inquisitoriales que desembocaban en el asesinato ritual
de los pretendidos “disidentes”. El temblor y el miedo no
provienen de lo que le pueda pasar a Tamayo, que tiene aguante y amigos
y bonhomía y utopía para seguir viviendo, con la ayuda del Dios de la
vida. Provienen de lo que le pueda pasar a la iglesia.
He leído hace ya tiempo que, en casos
de inquietud y crisis, las instituciones políticas y sociales se “defienden”
condenando a los que parecen contrarios, buscando chivos expiatorios
y ofreciendo unas consignas muy sencillas de seguridad a sus fieles
o súbditos. Eso ha pasado no sólo en las dictaduras derecha o izquierda,
sino en muchas otras instituciones de tipo social, religioso y económico.
Tengo la certeza de que estas reacciones de condena provienen del miedo.
Los grupos que reaccionan así y expulsan a los demás de su “comunión”
acaban quedándose sin comunión, pues sólo saben construir cárceles y
torres de seguridad, como las que está construyendo, en paralelo con
cierta iglesia, un tipo de política de nuestro entorno.
Tengo miedo de esta sociedad y de
esta iglesia, si es que buscan así su seguridad, pues terminarán destruyendo
a sus “fieles” o quedándose vacías. Gracias a Dios, el Espíritu
de Cristo sigue conspirando para bien y luz de la razón humana sigue
brillando sobre esta vieja tierra, en caminos y formas que los poderosos
de este mundo ignoran o no logran advertir, ocupados como están en la
administración de sus propios poderes. Pero no soy puramente “voluntarista”,
sino que quisiera que ese espíritu de utopía llegara (y debe llegar)
a la misma iglesia oficial. Por eso rogaría a Dios que la Comisión Episcopal
de la Doctrina de la fe no diga lo que quiere decir, que sus obispos
se vuelvan atrás, que nos anuncien mañana en la prensa que todo ha sido
un sueño y que la carta que de verdad han escrito a Tamayo
es esta:
Sería hermoso que la nota de la Comisión
Episcopal fuera como esta, seria más cristiano, sería simplemente más
humano. Estoy convencido de que un día las cartas y “notas”
relativas a la fe serán así entre los cristianos, en diálogo evangélico
y racional, en respeto emocionado y comprometido, en comunión con los
pobres. Yo, por lo menos, me apresuro, desde ahora, a mandarle esta
nota a Tamayo, por si le vale, por si nos vale.
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