EL ESCANDALO DE LOS PEQUEÑOS

 

El domingo 21 de marzo, Benedicto XVI citó en el Angelus la frase de Jesús en el Evangelio: "El que esté libre de pecado que tire la primera piedra". La frase pertenece al pasaje de la pecadora perdonada, la mujer sorprendida en adulterio cuya lapidación piden escribas y fariseos (Jn 8,1-11). El pasaje era propio de la liturgia del día.
El Papa hizo esta exhortación: "Aprendamos del Señor Jesús a no juzgar y a no condenar al prójimo. Aprendamos a ser intransigentes con el pecado -¡empezando por el nuestro!- e indulgentes con las personas", "la misericordia de Dios es expresión de su inmenso amor, no condena al pecador, a ningún hombre o mujer, sino que exige retomar constantemente el camino de la reconversión a El usando como herramienta especialísima el Sacramento de la Reconciliación".
Benedicto XVI pronunciaba estas palabras el día después de publicarse su carta pastoral a los católicos de Irlanda. Todos los medios hablaban de ella. En su carta decía el Papa a los sacerdotes y religiosos que han abusado de niños: "Admitid abiertamente vuestra culpa, someteos a las exigencias de la justicia, pero no desesperéis de la misericordia de Dios", "el sacrificio redentor de Cristo tiene el poder de perdonar incluso el más grave de los pecados y extraer el bien incluso del más terrible de los males".
Las reacciones no se han hecho esperar. Algunas han sido disparatadas. Por ejemplo, ésta: ¿Hay alguien entre el público que no sea pederasta? Se ha asociado el pasaje de la pecadora perdonada al problema de la pederastia clerical. Estaba en el ambiente. En el Angelus el Papa no alude explícitamente a los pederastas, pero implícitamente sí: Dios "no condena al pecador, a ningún hombre o mujer", Cristo "tiene el poder de perdonar incluso el más grave de los pecados".
Benedicto XVI ha tenido la oportunidad de citar estos días (sobre todo, en su carta pastoral) otro pasaje del Evangelio y no lo ha hecho. Ha pasado por alto ese pasaje que resulta pertinente y aplicable al abuso de menores, el pasaje del escándalo de los pequeños. Las palabras de Jesús son durísimas. En ese momento no habla precisamente de la misericordia de Dios. Sus palabras son de denuncia, de juicio, de condena.
Llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: "El que reciba a un niño como éste en mi nombre a mi me recibe. Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar" (Mt 18,5-6).
Sorprende que el Papa (en medio de la indignación mundial) omita este pasaje del Evangelio, que -sin embargo- citó el 8 de febrero en la reunión del Consejo Pontificio para la Familia. En el fondo, ¿no le parecen oportunas las palabras durísimas de Jesús?, ¿no serán las palabras de misericordia y de perdón las que no son oportunas? Por lo demás, la invitación de Jesús a no juzgar al prójimo pertenece a otro contexto: la convivencia ordinaria, la relación fraterna. No puede aplicarse a un delito tan grave como la pederastia.
La reacción oficial, que contemplamos, no es de recibo. Se habla de "campaña radical y demencial", de "ataques", de "persecución" contra la Iglesia. En el marco del domingo de Ramos, la inmensa indignación contra la pederastia clerical y su encubrimiento parece más bien otra cosa: la denuncia actual de un templo que necesita purificación. Los medios no tienen por qué callar, los discípulos tampoco: "Si estos callan, gritarán las piedras" (Lc 19,40). No lo olvidemos, lo dice el Señor que sube a Jerusalén y purifica el templo.