ENTREVISTA PARA EL PERIODICO JAPONES Yomiuri Shimbun
  1. ¿Qué le llevó a indagar sobre la muerte del Papa Luciani? Fue el encuentro con el libro de David Yallop, titulado En nombre de Dios. El autor inglés tuvo el mérito de decir en 1984, tras casi tres años de seria investigación, que si la muerte del Papa Luciani se produjo por causas naturales, entonces hay muchas cosas que son inexplicables. Sin embargo, si se produjo de forma provocada, entonces se entiende todo. Además, aspectos importantes de su investigación se han confirmado después: la forma en que se encuentra el cadáver, la buena salud de Luciani, las decisiones adoptadas por el Papa en asuntos financieros, la responsabilidad del IOR (Banco Vaticano) en la quiebra del Banco Ambrosiano, la vinculación de ambos bancos con la desaparecida logia Propaganda Dos (P-2), la serie de asesinatos y atentados con fines intimidatorios, relacionados de uno u otro modo con la logia P-2. Para mí no fue algo casual, sino providencial. Leyendo el libro de Yallop, entendí que había que hacer justicia a Juan Pablo I: se había ocultado la causa de su muerte y se había distorsionado su figura.
  2. Según usted, ¿quién ha matado al Papa Luciani y por qué? Hay quienes dan nombres y apellidos. Sin embargo, a mi modo de ver (hoy por hoy) no se puede responsabilizar a nadie en concreto de la muerte del Papa Luciani. Una cosa es descubrir qué ha pasado y otra descubrir quién lo ha hecho. Lo primero es muy fácil; lo segundo es más complicado. No obstante, las mayores sospechas recaen en la logia P-2, aunque hubiera cierta colaboración dentro del Vaticano. Juan Pablo I había tomado decisiones importantes y arriesgadas, que podían encontrar fuerte oposición dentro del Vaticano.
  3. Sobre qué hechos se basa su reconstrucción de lo sucedido? Más que una reconstrucción detallada de lo sucedido, hay hechos y testimonios, que tienen relevancia judicial. En primer lugar, la forma en que se encuentra el cadáver no responde al cuadro típico del infarto: todo está en orden, no ha habido lucha con la muerte, tiene unas hojas en la mano. Lo dijo sor Vincenza, la religiosa que descubrió el cadáver: “Nella mano destra teneva dei fogli, sul viso aveva gli occhiali. Tutto era in ordine sul leto e nella stanza”. En segundo lugar, según declaró en 1993 a la revista 30 Giorni el Dr. Da Ros, médico personal de Luciani, el Papa estaba bien de salud y él no recetó nada aquella tarde: “Aquella tarde yo no le prescribí absolutamente nada, cinco días antes lo había visto y para mi estaba bien”. Se ha dicho que Luciani tenía los tobillos y las piernas muy hinchadas. Se ha exagerado. Dice el Dr. Da Ros: “Para mí que no los tenía tan hinchados. Una persona que está todo el día sentada, que lleva una vida sedentaria, puede sufrir cierta disminución de las funciones del aparato circulatorio. Nos habíamos puesto de acuerdo para que todos los días diera un paseo por el jardín”. En tercer lugar, según el testimonio de la misteriosa persona de Roma (para mi, el cardenal Pironio), el Papa había tomado decisiones firmes en asuntos financieros (reforma del IOR y destitución de su presidente), y había decidido hacer frente (abiertamente, delante de todos) a la masonería y a la mafia. Dijo el Papa Luciani al secretario de Estado, cardenal Villot: “Il presidente dello IOR deve essere sostituito”, “io ho già patito da vescovo amarezze e offese per fatti legati al denaro. Non voglio che ciò si ripeta da Papa. Lo IOR deve essere integralmente riformato”, “la masonería, coperta o scoperta, come la chiamano gli esperti, non è mai morta, è più viva che mai. Come non è mai morta quell’orribile cosa che si chiama mafia. Sono due potenze del male. Dobbiamo porci con coraggio davanti alle loro perverse azioni”, “è un discorso che un giorno affronteremo con più chiarezza davanti a tutti”. Finalmente, según el testimonio de Giovanni Gennari, que fue profesor del Seminario Diocesano de Roma y ahora trabaja en el servicio de prensa de la RAI, al Papa Luciani se le hizo la autopsia y por ella se supo que había muerto por la ingestión de una dosis fortísima de un vasodilatador, que habría recetado por teléfono su médico personal. Pero, según declaró el Dr. Da Ros, él no recetó absolutamente nada aquella tarde. Así pues, hay un medicamento que su médico no receta y que mata al Papa.
  4. ¿Cómo ha tenido acceso a informaciones secretas para encontrar los indicios necesarios? Con tenacidad y paciencia, durante veinte años no he ahorrado esfuerzo alguno por recabar toda la información posible: entrevistas, archivos accesibles, bibliografía especializada. De una forma especial, he de destacar la fuente veneciana. En octubre del 85, tras publicar un pliego en la revista Vida Nueva sobre la muerte y la figura de Juan Pablo I,  se lo envié a Mario Senigaglia , que durante años había sido secretario del patriarca Luciani . Por mi parte, quería contactar con la línea caliente de amigos fieles a la persona del papa Luciani, de quienes esperaba que estuvieran más allá de los fríos intereses de la institución. Estaba en juego no sólo la causa y las circunstancias de su muerte, sino también su figura y su testimonio. Casi a vuelta de correo recibí una carta, no de Senigaglia , sino de Camilo Bassotto , testigo principal de la fuente veneciana . Vi en sus líneas las palabras de un amigo, que vibra por un problema que no debería dejar a nadie indiferente, sea creyente o no: “Le ombre e i sospetti vanno crescendo ogni giorno. Forse Papa Wojtyla potrebbe prendere l’iniziativa di una chiarificazione che desse al mondo la pace sulla persona di Luciani. Non si potrá nascondere all’infinito la verità”.
  5. ¿Ha recibido usted presiones de cualquier tipo del Vaticano a causa de su libro? En 1985, cuando publiqué mi primer escrito sobre la muerte de Juan Pablo I, yo trabajaba como responsable de Catequesis de Adultos, en el Secretariado correspondiente de la Conferencia Episcopal. Entonces se armó un tremendo revuelo en el Vaticano y se me cesó poco después. Con motivo de la publicación de mi libro Se pedirá cuenta (1990), recibí una carta, que considero impertinente, del responsable de la sección española de la Secretaría de Estado. Con motivo de la publicación de El día de la cuenta (2002), del Vaticano no he recibido presiones; al menos, directamente. De otras partes, sí. Por ejemplo, el anterior obispo de Avila, diócesis a la que pertenezco, amenazó con retirarme las licencias ministeriales (sacerdotales) en cuanto el libro apareciera a la venta. Por este motivo, el libro salió en edición privada unos meses después. Para entonces, fuera por lo que fuera, el obispo había sido trasladado a la diócesis de Almería, aunque todavía ejerciera como administrador apostólico de Avila. En el momento oportuno, saldrá la edición pública.
  6. En la historia de la Iglesia moderna hay otros misterios sin resolver además del que se refiere al Papa Luciani. Por ejemplo, la historia de Cedric Tornay y la Guardia Suiza, o bien el caso del Banco Ambrosiano, etc. En un libro se dice además que el Turco Ali Agca estaba controlado por un ala conservadora al interior del propio Vaticano. ¿Usted piensa que también estas sospechas pueden estar fundadas? En mi libro abordo los grandes enigmas vaticanos de los últimos veinticinco años: la muerte de Juan Pablo I (1978); el atentado contra Juan Pablo II (1981); la quiebra del Banco Ambrosiano y la muerte de su presidente Roberto Calvi (1982); la desaparición de Emanuela Orlandi, hija de un empleado vaticano (1983); el pago por parte del Banco Vaticano a los acreedores del Banco Ambrosiano de más de 240 millones de dólares (1984); la masacre de la Guardia suiza (1997). No se entiende la sistemática falta de colaboración por parte del Vaticano en la resolución de estos enigmas. Ciertamente, todos ellos pueden tener algo en común. El hecho de que el turco Ali Agca recibiera en su pensión una invitación para estar cerca del Papa en la parroquia romana de Santo Tomás de Aquino sería una pista a investigar. La invitación se la habría llevado, tres días antes del atentado, el empleado vaticano Ercole Orlandi, padre de la chica desaparecida.
  7. ¿Por qué hay un halo de sospecha entre la gente en relación al Vaticano? ¿Es debido al modo discreto con que opera el Vaticano, a precedentes históricos, o bien hay otras razones? Hay otras razones. Por ejemplo, la falta de trasparencia, la falta de colaboración con la justicia italiana, la omisión de la justicia debida, la corrupción del Estado vaticano. Al parecer, hay algo que ocultar. Durante los últimos veinticinco años, se ha producido sistemáticamente la ocultación y aun la represión de cualquier investigación que pudiera esclarecer la muerte de Juan Pablo I y los demás enigmas vaticanos. No se protege así la vida de los papas. Al contrario, de ese modo, el Vaticano puede pasar a la historia como el lugar del crimen perfecto. Al fin y al cabo, esto es lo que denunció Jesús, cuando dijo que el templo de su tiempo se había convertido en cueva de bandidos.
  8. Durante una entrevista, usted ha citado a Don Germano que sostiene que Juan Pablo I sabía quién sería su sucesor ya desde los primeros días de su pontificado. Esto quiere decir que el Papa Luciani sabía de un complot contra él, o bien había entrevisto el designio de Dios? En efecto, según el testimonio de don Germano Pattaro, su consejero teológico, el Papa Luciani sabía a los pocos días de pontificado quién sería y, además, pronto, su sucesor. Lo cual no es normal en un Papa recién elegido. Juan Pablo I le dijo a don Germano: “Mi sento e sono più povero di prima. Sono lo strumento di un disegno di Dio che mi supera e mi trascende. Per quanto tempo, non lo so. Ma non sarà per molto. C’è già colui che prenderà il mio posto. In Conclave stava di fronte a me. Paolo VI l’aveva preconizato quando lo ascoltò nelle meditazioni tenute in Vaticano durante gli esercizi spirituali nella quaresima del 77”. A mi modo de ver, es una pista a investigar, una pista judicial. El que su destino personal quedara situado dentro del designio de Dios, no quiere decir que no hubiera complot contra el Papa Luciani. El destino de Jesús de Nazaret estaba dentro del designio de Dios y, sin embargo, murió crucificado. Esa es la cuestión.