19. ESCRIBE
LA VISION
Fue
el 11 de septiembre, aniversario del asalto que en 1973 terminó con
la vida del presidente chileno, Salvador Allende
. Cuando
el presidente George W. Bush pretendía vender a Occidente el sofisticado
y caro escudo antimisiles, el mundo entero contemplaba atónito el
brutal ataque de aviones comerciales, secuestrados y convertidos en
infernal bomba contra las Torres Gemelas y el Pentágono,
símbolos del poder económico y militar de Estados Unidos.
Torres Gemelas
Las
Torres Gemelas, se decía, no se podían derrumbar ni se podían quemar.
En cierto sentido, recuerdan la torre de Babel, símbolo colectivo
de poder, cuyo lenguaje no se entiende
[1]
. Pues
bien, 110 plantas de vidrio y de metal se vinieron abajo, envueltas
en fuego y humo. Fue tremendo, apocalíptico: “una carnicería inimaginable,
devastadora”, dijo uno de los testigos. El número de muertos: más
de 3.000. Las
reacciones fueron diversas: el espanto, la venganza, la cruzada, la
guerra, la represalia, la justa condena, la morbosa satisfacción,
la petición de una justicia llevada a cabo en tribunales internacionales. El
día 19, el presidente Bush
inicia la Operación Justicia Infinita, enviando
aviones militares y buques de guerra al Golfo Pérsico y al Indico.
El objetivo probable es Afganistán, donde (al parecer) se encuentra
el principal sospechoso, Osama Ben Laden
. Un
90 % de los norteamericanos apoya la guerra y un 67% acepta que mueran
inocentes.
La Conferencia
Episcopal de Estados Unidos envía al presidente Bush
una carta, en la que se apoya la decisión de
responder al terrorismo con las armas: “Nuestra nación, en colaboración
con las demás, tiene el derecho moral y la obligación sacrosanta de
defender el bien común contra los ataques terroristas”. Se precisa,
no obstante, que “cualquier acción militar debe respetar los sanos
principios morales”. El presidente de la Conferencia explica que “la
respuesta debe tener cuidado de proteger a la población civil inocente”
[2]
. En
una línea semejante, el portavoz vaticano, Navarro Valls
, asegura
que la Santa Sede “entendería el uso de la fuerza”
[3]
. El
Vaticano declara “legítima defensa” una ofensiva militar de Estados
Unidos contra el terrorismo
[4]
. Por
su parte, Juan Pablo II exhorta al
“amado pueblo estadounidense” a “no
ceder a la tentación del odio y de la violencia”
[5]
. El
magistrado de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón
, denuncia
la respuesta de las armas como atentado contra la legalidad. Su lema
es este: Frente al terrorismo,
el derecho, no las armas. “Resulta preocupante, dice, que países
como Francia o España no hayan alzado la voz en forma clara para decir
no, para no aceptar la solución violenta como única posible, para
desvelar la gran mentira de la ‘solución final’ contra el terrorismo.
Se predica la legalidad y a la vez se prescinde de la misma, aduciendo
la necesidad y la urgencia para acabar con el peligro que la organización
terrorista representa, e igualmente se exige la aceptación sin condiciones
de que ‘existen’ pruebas que, curiosamente, están siendo analizadas
por los políticos, y no por los jueces, y, con base a ello, se sentencia
a los ‘culpables’ y a los que no lo son. Realmente grave”
[6]
.
Algunas preguntas
La
horrible tragedia no debe impedir que se formulen algunas preguntas:
¿Por qué Estados Unidos provoca tanto odio? ¿Se pueden lanzar bombas
en medio mundo (Vietnam, Chile, Panamá, Somalia, Irak, Nicaragua,
El Salvador, Afganistán, Sudán, Yugoslavia...) sin temer que se produzcan
reacciones violentas? Además, ¿hacia dónde conduce la espiral de la
violencia? En los terribles atentados contra las embajadas americanas
en Dar es Salam (Tanzania) y Nairobi (Kenia) el 7 de agosto de 1998
hubo 257 muertos. Después vinieron los bombardeos americanos de supuestas
bases terroristas con sus errores y efectos colaterales. Lo de ahora
es mucho peor. Pero ¿qué sucedería, por ejemplo, si el ataque se dirige
contra centrales nucleares? ¿Qué sucedería si un día se emplean armas
atómicas, químicas o bacteriológicas? Es preciso recordar el aviso
del Evangelio: El que a hierro
mata a hierro muere
[7]
. Ciertamente,
el futuro es inquietante. Pero no lo hagamos más aún. Un
afgano-americano, Tamim Ansary
, dice
lo siguiente: “Hace algunos años la ONU estimó que hay 500.000 huérfanos
discapacitados en Afganistán, un país sin economía, sin alimentos.
Hay millones de viudas”, “estamos flirteando con una guerra mundial
entre el Islam y Occidente ¿Y saben qué? Este es el plan de Ben Laden
”. El
Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR)
informa sobre la catástrofe que vive Afganistán, después de 3 años
de sequía y más de 20 de conflicto continuado, con violación de derechos
humanos. Antes de los atentados, “ya había cerca de un millón de desplazados
internos en territorio afgano”. El personal humanitario ha sido evacuado.
La situación puede empeorar rápidamente, provocando éxodos masivos
y miles de muertes.
El azote que devasta a mediodía
El
domingo 16 de septiembre se leía en todas las iglesias el famoso pasaje
del toro de metal, todo un símbolo, el falso
dios del becerro de oro ante el que se postra el pueblo
[8]
. Siete
días después, la denuncia del profeta Amós sacude el embotamiento
general
[9]
: robar
a los pobres clama al cielo. Dios hace suya la causa del desvalido:
“El que la vilipendia y la sofoca, se dice en la introducción a la
lectura, tiene enfrente de sí la justicia infinita”. Es toda una réplica
a la Operación anunciada, que ahora cambia de nombre: Libertad Duradera.
El
Evangelio es el pasaje del dinero
injusto. Plantea una opción radical: No
podéis servir a Dios y al dinero
[10]
. El
dinero es un dios falso e injusto, que embota el corazón y abre abismos
sociales entre ricos y pobres
[11]
. Los
pobres plantean cuestiones tan vivas y universales como el pan, la
salud, el trabajo, la vivienda, la educación, la justicia, la libertad.
Como dice el Concilio Vaticano II, para satisfacer las exigencias
de la justicia se han de eliminar las grandes diferencias sociales
[12]
. Las
diferencias escandalosas entre
ricos y pobres son una injusticia y, además, un peligro social: generan
violencia. El fanatismo de los otros no lo explica todo. La expansión
de las madrazas (escuelas coránicas) en Pakistán y Afganistán se ha
visto favorecida por la situación social y económica. En las madrazas
“los más pobres encontraban techo y comida, además de un discurso
político, simplista y atrayente”
[13]
. La
segunda lectura es muy oportuna. San Pablo pide oraciones por los que tienen grandes responsabilidades para
que podamos llevar una vida tranquila y apacible. Nos invita a
rezar alzando las manos limpias de ira y de divisiones
[14]
. Es
lo que hicimos en un pequeño grupo, el tremendo día 11. Nos encontramos
un salmo impresionante, que hablaba de superar el miedo y de confiar
en Dios, a pesar de todo: No temerás el terror de la noche, ni la saeta que de día vuela, ni la
peste que avanza en las tinieblas, ni el azote que devasta a mediodía
[15]
. Estados
Unidos debe aprender de su propia historia. No es sólo un imperio
dominador de pueblos. Esto es (al parecer) lo que ahora se ataca,
como un día hicieron con el imperio romano los galileos violentos
[16]
. Estados
Unidos es también un país nacido de la emigración, convertido en tierra prometida para masas inmensas de
inmigrantes y refugiados. Lo proclaman las palabras grabadas en la
base de la Estatua de la Libertad, un símbolo tan distinto de los
otros, los símbolos del dinero y del poder:
“Dadme a vuestras masas apiñadas, cansadas y pobres, que anhelan
respirar en libertad, el triste deshecho de vuestra rebosante orilla.
Enviádmelos, a los sin hogar, a los que hacia mí arrojó la tempestad.
¡Alzo mi antorcha junto a la puerta dorada!”. Esta libertad sí es duradera.
La respuesta violenta
Unos
días después, el domingo 7 de octubre, se leía en todas las iglesias
un impresionante pasaje del profeta Habacuc
[17]
. El
profeta ve una violencia tras otra (crímenes, injusticias, luchas,
catástrofes) y no entiende el silencio de Dios. Por ello le interpela
directamente: ¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches?
¿Te gritaré: ¡Violencia! sin que me salves? El profeta recibe
esta respuesta de Dios: Escribe
la visión, ponla en tablilla... El injusto tiene el alma hinchada,
pero el justo vivirá por la fe. Ese mismo día, aniversario de
la batalla de Lepanto (1571), comienzan los bombardeos contra Afganistán,
la respuesta violenta de Estados Unidos a los violentos atentados
del 11 de septiembre. Pues
bien, ¿qué escuchamos en el pasaje de Habacuc? ¿Qué nos dice? ¿Dónde
está el injusto que tiene el alma hinchada? ¿Dónde está el justo que
vive por la fe? La lectura de la liturgia es muy corta. Para comprenderla
a fondo, es preciso leer el texto en su contexto. El
profeta Habacuc, preocupado por la injusticia y la violencia, afronta
el problema de la historia y de la acción de Dios en ella. Corren
los años 625-621 a. C. En otra parte de la Biblia, Habacuc aparece
(no sabemos cómo) en Babilonia, llevando comida al profeta Daniel
[18]
, que
sufre en el foso de los leones los zarpazos del poder. El
libro de Habacuc es un diálogo, cara a cara, con Dios en tres momentos:
-
la queja del profeta
[19]
, que
denuncia la violencia y no comprende el silencio de Dios;
-
la respuesta de Dios, que anuncia el fin del injusto
y asume los ayes que los pueblos oprimidos lanzan al imperio agresor
[20]
;
-
una confesión de fe y una oración, donde se dice que
Dios mismo lucha para acabar con el poder arrogante
[21]
. Es
cuestión de tiempo.
La queja del profeta
Denunciando
una violencia tras otra (¡tiene que gritar!), el profeta se dirige
a Dios y le presenta una queja: ¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches?
¿Te gritaré: ¡Violencia! sin que me salves?¿Por qué me haces ver crímenes,
me enseñas injusticias, violencias y catástrofes; surgen luchas, se
alzan contiendas? Pues la ley cae en desuso y el derecho no sale vencedor,
los malvados cercan al inocente y el derecho sale conculcado
[22]
. Donde
el injusto dice: ¡justicia!, el profeta grita: ¡violencia! Además,
no comprende que Dios contemple impasible la dura realidad: el dominio
de la injusticia y el atropello del derecho, que la ley debería garantizar.
El
profeta dice a Dios que le explique su extraña manera de gobernar
el mundo: ¿A esa violencia se llama justicia? No puede creer que la
obra de Dios, la que nadie creerá aunque se la cuenten, sea precisamente
ésta: Yo movilizaré a un pueblo cruel y resuelto que recorrerá la anchura de
la tierra conquistando poblaciones ajenas. Es temible y terrible:
él con su sentencia impondrá su voluntad y su derecho. Sus caballos
son más veloces que panteras, más afilados que lobos esteparios. Sus
jinetes brincan, sus jinetes vienen de lejos volando como rauda águila
sobre la presa... Se mofa de los reyes, se burla de los jefes; se
ríe de todas las plazas fuertes, levanta un terraplén y las conquista.
Después toma aliento y continúa. Su fuerza es su dios
[23]
. ¿Un
pueblo injusto y violento viene a hacer justicia? En vez de derecho
trae violencia. Además, ese pueblo está divinizando su potencia militar:
Su fuerza es su dios. El profeta se queja
a Dios. Le duele la alegría con que esa gran potencia se apodera de
los pueblos y teme que la situación se prolongue indefinidamente:
¿Hiciste tú a los hombres como peces del mar?
Pues ese pueblo los apresa en
la red... ¿Y va a seguir vaciando sus redes y matando pueblos sin
compasión?
[24]
. A
hombres, que han sido hechos para dominar sobre los peces del mar
[25]
, se
les somete a una relación brutal de dominio y de poder: ¿es ésta la
voluntad de Dios?
¡Ay del imperio!
El
profeta se queda a la espera, como centinela. Espera la respuesta
de Dios. Y el Señor respondió: Escribe
la visión, ponla clara en tablilla para que se pueda leer de corrido.
Porque es aún visión para su fecha, aspira ella al fin y no defrauda;
si se tarda, espérala, pues vendrá ciertamente sin retraso. El injusto
tiene el alma hinchada, pero el justo por su fidelidad vivirá
[26]
. El
injusto, que se hincha con su ambición y arrogancia, perecerá. Sin
embargo, el justo, que no recurre a la fuerza y se fía de Dios, vivirá.
Los
pueblos oprimidos y explotados profetizan la caída del imperio agresor:
¡Ay del que amontona lo que no es suyo... por
haber saqueado a naciones numerosas, los demás pueblos te saquearán...;
¡Ay del que construye con sangre
la ciudad y asienta la capital en el crimen! ...; ¡Ay... ¿de qué le
sirve al artífice confiar en su obra o fabricar ídolos mudos?
[27]
. La
idolatría va unida a la injusticia. Los ídolos mudos no exigen justicia.
Las estatuas no hablan, como hace el Señor, que denuncia la violencia
y asume los ayes de los pueblos oprimidos: ¡Ay
del imperio!
¡He visto tu acción!
El
profeta termina con una confesión de fe y una oración. Dios mismo
lucha para acabar con el imperio opresor: ¡He
oído tu fama, Señor, he visto tu acción¡ En medio de los años realízala,
en medio de los años manifiéstala, en la ira acuérdate de tener compasión...
Tranquilo espero el día de la angustia, que va a venir sobre el pueblo
que nos asalta. Aunque la higuera no eche yemas y las cepas no den
uvas, aunque falle la cosecha del olivo y de los campos, aunque se
acaben las ovejas del redil y no queden vacas en el establo, yo celebraré
al Señor, me alegraré en Dios, mi salvador; el Señor es mi fuerza,
me da pies como de gacela, me hace caminar por las alturas
[28]
. El
justo pone su confianza en Dios, aunque se conmuevan los cimientos
de la tierra. El Señor es su fuerza frente a los arrogantes
[29]
. En
medio de la conmoción mundial por los atentados del 11 de septiembre,
se recuerdan los terribles versos de Rafael Alberti
, escritos
en 1980 con motivo de su visita a Nueva York. Las Torres Gemelas acababan
de construirse. Los versos son estos: “Aquí no baja el viento, / se
queda allí en las torres, / en las largas alturas, / que un día caerán,
/ batidas, arrasadas de su propia ufanía. / Desplómate, ciudad, de
hombros terribles, / cae desde ti misma./ Qué balumba / de ventanas
cerradas, / de cristales, de plásticos, / de vencidas, dobladas estructuras.
/ Entonces entrará, / podrá bajar el viento / hasta el nivel del fondo
/ y desde entonces no existirá / más arriba ni abajo”
[30]
. El
régimen talibán de Afganistán denuncia la muerte de 1500 civiles en
las tres primeras semanas de bombardeo. El Pentágono admite errores
y daños colaterales. Las bombas arrasan barrios, aldeas, una residencia
de ancianos, almacenes de la Cruz Roja que contienen ayuda humanitaria
destinada a las viudas y a los mutilados, un pantano que afecta a
la supervivencia de miles de familias... El uso de bombas de fragmentación,
llamadas también de racimo, agudiza el riesgo de bajas en la población
civil. La CIA estudia cometer asesinatos selectivos. Aviones B-52
bombardean letalmente el frente de Kabul y todo lo que existe en la
zona atacada queda pulverizado. Por su parte, el 8 de octubre, el
Papa dice a los peregrinos que asisten a la glorificación de siete
nuevos beatos: “Quiero compartir con vosotros y confiar al Señor la
angustia y preocupación que suscita en nos este delicado momento de
la vida internacional”
[31]
. Por
lo demás, la guerra impulsa las bolsas: coincidiendo con el comienzo
de los bombardeos, los mercados recuperan el nivel que tenían antes
de los atentados.
En nombre
de Dios
Los
atentados del 11 de septiembre y la guerra contra Afganistán hacen
necesario reflexionar sobre lo que se hace en nombre de Dios. “Que
Dios siga bendiciendo a América” dijo el presidente Bush
el día en que ordenó iniciar los bombardeos.
Por su parte, Osama Ben Laden
afirmó en video ese mismo día: “Dios omnipotente
ha golpeado a América”. Estados
Unidos, con el apoyo de los países que se llaman libres (aunque bajo
esta denominación caben dictaduras y regímenes feudales), declara
la guerra a Afganistán, donde se dice que hay bases terroristas amparadas
por el gobierno talibán. Unos hablan de “guerra justa” y otros de
“guerra santa”. Como
ya se ha dicho, el 90% de los norteamericanos apoya la guerra y el
67% lo hace, aunque caigan inocentes. La Conferencia Episcopal de
Estados Unidos apoya la guerra, respetando “los sanos principios morales”.
El Vaticano habla de “legítima defensa”. Las organizaciones humanitarias
avisan que los éxodos masivos de población afgana pueden provocar
miles de muertes. La
Conferencia Islámica, que representa a 56 países y a unos 1.200 millones
de musulmanes, se pronuncia
contra los crímenes del 11 de septiembre, que “contradicen las enseñanzas
de todas las religiones y los valores morales y humanos” y pide contención
en la respuesta militar, que debería evitar a toda costa la muerte
de civiles inocentes. El
doctor Ghayasuddin Siddiqui
, líder del parlamento
musulmán en Londres, no cree que se trate de una guerra de religión:
“¿Y las guerras que libró Estados Unidos durante los años ochenta
en Latinoamérica, donde prácticamente no existen musulmanes?”, “¿o
lo que han hecho los norteamericanos en Africa, donde dos millones
de congoleños han muerto, en gran parte, a causa del apoyo de Estados
Unidos a Mobutu
durante décadas, o en Angola, donde respaldaron
a Savimbi
, en una guerra que
no tiene fin?”, “condeno las atrocidades del 11 de septiembre. Pero
también estoy en contra de la política de Estados Unidos en Oriente
Próximo en general, que ha contribuido enormemente a la situación
actual de peligro, y en contra de la actuación de los norteamericanos
en Afganistán”
[32]
. Francisco
Frutos
, secretario general
del PCE, afirma lo siguiente: “Si una barbaridad fue el atentado del
11 de septiembre, una doble barbaridad puede ser haber iniciado una
guerra, que como siempre pagan los inocentes”. Mientras tanto, “en
Oriente Próximo, el estado teocrático-militar de Israel incumple de
forma sistemática y grosera las resoluciones de la ONU e ignora los
Acuerdos de Oslo para la pacificación y la coexistencia. Un pueblo
es agredido y conducido a la desesperación”
[33]
. Al
propio tiempo, la convivencia es el gran reto. Por ejemplo, en Europa
hay quince millones de musulmanes. El proceso es irreversible: vamos
hacia un pluralismo cultural. Amparados por una libertad política
y religiosa que quizá no exista en sus países de origen, los musulmanes
que llegan no pueden ignorar los valores de la sociedad de acogida:
valores de ciudadanía, derechos humanos, igualdad de sexos, libertad
religiosa, respeto al Estado de derecho
[34]
. Asimismo, los europeos no podemos olvidar el respeto
a la diferencia. En
este momento histórico que estamos viviendo nos preguntamos qué significa
el segundo mandamiento del Decálogo: No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios,
en falso
[35]
. El
contexto original hace referencia
al proceso judicial. No podemos ser injustos con nadie en ningún tribunal
y menos hacerlo en nombre de Dios. Según
el Catecismo de la Iglesia Católica, el juramento en falso y la blasfemia
son dos formas graves de tomar en falso el nombre de Dios. La blasfemia
es lo contrario de la profecía: consiste en decir palabras contra
Dios, también en “recurrir
al nombre de Dios para justificar prácticas criminales, reducir pueblos
a servidumbre, torturar o dar muerte”
[36]
. Sin
embargo, dice el Catecismo, las palabras de Jesús no se oponen al
juramento "cuando éste se hace por una causa grave y justa (por
ejemplo, ante el tribunal)"
[37]
. En realidad, la posición de Jesús es ésta: Habéis
oído que se dijo a los antiguos: No perjurarás, sino que cumplirás
al Señor tus juramentos. Pues yo os digo que no juréis en modo alguno...
Sea vuestro lenguaje: Sí, sí; no, no: que lo que pasa de ahí viene
del Maligno
[38]
. Las palabras de Jesús nos invitan a practicar la sinceridad
fraterna, sin más. Por tanto, no sólo no jurarás en falso, tampoco
en modo alguno.
El celo de tu casa me consume
En
tiempo de Jesús, existe un movimiento de resistencia religiosa y política,
los celotas. Celosos de la ley y del templo, esperan el reino de Dios.
Entre ellos, los celotas propiamente dichos tienen un programa radical
de reforma religiosa. Y los sicarios, asesinos asalariados, tienen
un programa radical de reforma
política, encaminado a la expulsión de los romanos. Todos ellos quieren
provocar el cambio por la fuerza. La agitación judía termina en la
guerra contra los romanos y en la toma de Jerusalén, el año 70. Los
primeros cristianos no hacen la guerra, se refugian al otro lado del
Jordán. Pues
bien, los celotas violentos no encuentran en Jesús palabras de apoyo,
sino de crítica: entregan a los suyos a ser degollados por los romanos,
como les sucedió a aquellos galileos que mató Pilatos mientras ofrecían
sacrificios en el templo
[39]
; además, son ladrones y salteadores: roban, matan y destruyen
[40]
. Ciertamente,
Jesús denuncia que el templo está manchado: El
celo de tu casa me devora
[41]
. Incluso anuncia su destrucción: No quedará piedra sobre piedra
[42]
. Pero los adversarios deforman sus palabras, le acusan
de haber dicho: Yo destruiré este Santuario
[43]
. A la manera de los profetas, Jesús es centinela de la
espada que viene, su función es avisar
[44]
. Además, denuncia la injusticia social, una de las preocupaciones
de los celotas: ¡Ay de vosotros
los ricos!
[45]
. No obstante, hay una diferencia importante: Jesús no
se impone por la fuerza, llama a la conversión. A
pesar de todo, los sumos sacerdotes y los fariseos
deciden denunciarle: Si le dejamos que siga así, vendrán los
romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación
[46]
. Pilato le condena como rebelde político, como celota,
con la pena de muerte romana, la crucifixión
[47]
. Por
su parte, San Pablo denuncia las diversas formas de hipocresía (personal
e institucional) que generan ateísmo: Predicas: ¡no robar!, y ¡robas! Prohíbes el
adulterio, y ¡adulteras! Aborreces los ídolos, ¡y saqueas sus templos!...Como
dice la Escritura: Por vuestra
causa, el nombre de Dios es blasfemado entre las naciones
[48]
. Resultado
importante del último Concilio debiera ser éste: “entrega indefensa
de la Iglesia al mundo”
[49]
a semejanza de Cristo, abandono de baluartes y bastiones,
supresión de los carros de Efraím y de los caballos de Jerusalén,
destrucción del arco de combate, anuncio de la paz a las naciones
[50]
. Y esto sin las segundas intenciones de un nuevo triunfalismo,
una vez que el antiguo se ha hecho inviable. Sin pensar que, una vez
retirados los caballos de batalla de las Cruzadas, de la Santa Inquisición
o del Estado Pontificio, se puede entrar en la Jerusalén renovada
(humildemente, sobre un pollino) en medio de nuevas beligerancias,
formas indirectas de alianza con el poder, pactos implícitos. El
Sínodo de Obispos, reunido en Roma del 30 de septiembre al 27 de octubre
en torno al tema El obispo,
servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo, pasa con más pena que gloria: “entre el desinterés
y el tedio”, mientras “el Papa cede la voz a la Secretaría de Estado
al hablar de la guerra”
[51]
. En su documento final, el Sínodo condena “de modo absoluto”
los atentados del 11 de septiembre y el terrorismo en general, porque
“de ninguna manera puede ser justificado”, pero no condena la guerra
de Estados Unidos contra Afganistán: “ni palabra de la guerra”
[52]
. En este sentido, el Sínodo se ha quedado mudo y se impone
la pregunta: ¿tiene pacto con el imperio? Por su parte, el cardenal Louis-Marie Billé
, presidente
de la Conferencia Episcopal Francesa y arzobispo de Lyon, rompe el
lamentable silencio episcopal: “Es legítimo prevenir y reprimir los
actos terroristas. Ahora bien, la paz no vendrá de una violencia que
responde a otra violencia”. Asimismo, un grupo de obispos (entre ellos,
Pedro Casaldáliga) reunidos en Sao Paulo, del 15 al 22 de octubre,
denuncia los bombardeos contra Afganistán como actos de violencia,
venganza y represalia: “La indebida transformación del clamor por
la justicia en actos de venganza y represalia con bombardeos aéreos
contra Afganistán es igualmente terrorismo, practicado ahora por gobiernos
que se presentan como democráticos, civilizados y cristianos. Los
bombardeos están provocando innumerables víctimas, incluyendo mujeres,
niños y ancianos, destrucción de infraestructura, aumento del hambre
y la desesperación, agravamiento de la situación sanitaria, están
echando a las calles a millones de refugiados. Se incita deliberadamente
a un recrudecimiento de la guerra civil entre facciones políticas
rivales con renovados sufrimientos para la población”
[53]
.
Frutos de conversión
El
domingo 4 de noviembre, fiesta de San Carlos Borromeo, el papa Wojtyla
celebra su santo y supera su propio récord: eleva a los altares a
la beata número 1280
[54]
. Pero ese día
el evangelio no habla de beatas, sino de un publicano como Zaqueo
[55]
, recaudador de impuestos. Su profesión era odiada en el mundo judío.
A los publicanos se les consideraba pecadores públicos por sus vínculos
con el poder romano de ocupación y por sus frecuentes abusos. Por
ello Juan Bautista les dice: No
exijáis más de lo que os está fijado
[56]
. Zaqueo
era jefe de publicanos, hombre plenamente integrado dentro del sistema
y, por tanto, beneficiario del mismo, hombre rico. Sin embargo, trataba de ver a Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era
de pequeña estatura. Se adelantó corriendo y se subió a una higuera,
pues iba a pasar por allí. La
escena hace recordar la llamada de Natanael, a quien le dice Jesús:
Cuando estabas debajo de la higuera, te vi
[57]
. Jesús
toma la iniciativa de invitarse:
Zaqueo, baja enseguida, que hoy tengo que alojarme
en tu casa. El publicano le recibe con alegría, con esa alegría
especial que es parte de la buena nueva del Evangelio. Al verlo, todos murmuraban diciendo: Ha ido a hospedarse en casa de un
pecador. No entienden lo que está pasando. Les parece un escándalo.
No creen en el poder de Dios, tampoco creen que pueda cambiar el corazón
humano. Zaqueo
piensa seriamente en las consecuencias de su fe, en lo que supone
ser discípulo de Jesús. Puesto en pie, le dice:
Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si en
algo robé a alguien, le devolveré cuatro veces más. La ley mosaica prescribe algo semejante: por ejemplo, que
se restituya por el robo de un animal (una oveja, un buey), cuatro
o cinco veces su valor
[58]
. No sólo quiere
cumplir la ley de Moisés sino también el espíritu del Evangelio: comparte
sus bienes. Jesús
acoge la señal de Zaqueo: Hoy
ha llegado la salvación a esta casa, porque también este es hijo de
Abraham. En realidad, Zaqueo ya es discípulo, pues da
una señal clara de que su dios no es el dinero, el poder, el imperio. Según
datos recogidos en el mensaje del Sínodo de los Obispos, celebrado
durante el mes de octubre en Roma, “el 80% de la población del planeta
vive con el 20 % de los recursos y 1200 millones de personas se ven
obligadas a vivir con menos de un dólar por día”. A
estas grandes e injustas desigualdades sociales se añade la guerra
de Estados Unidos contra Afganistán. La población civil sufre las
consecuencias: éxodos masivos, mucha gente se queda sin casa y sin
medio de vida, numerosas son las víctimas civiles. Además, según cifras
de UNICEF, diez años después de la guerra del Golfo y del embargo
de Estados Unidos, se registran en Irak 500.000 casos de muerte infantil. En
este contexto, determinadas preguntas son inevitables: ¿dónde estamos? ¿dentro del sistema que fabrica pobres? ¿al
lado del imperio? ¿en contra de toda violencia? ¿al lado de las víctimas?
En suma ¿qué hemos de hacer? La
respuesta que da Pedro, el día de Pentecostés, tiene valor permanente:
¡Salvaos de esta generación perversa!
[59]
. Eso es lo que
hace Pablo cuando se convierte, da un paso que le distancia de su
generación embotada y violenta. Entonces toma conciencia de sus opciones
anteriores, profundamente equivocadas. Por ejemplo, cuando
se derramó la sangre de Esteban, él se hallaba presente y aprobaba
su muerte
[60]
. En la línea
de los profetas, como dijo Juan Bautista, no basta con decir: Tenemos
por padre a Abraham. O lo que es lo mismo: Somos católicos de toda
la vida. Hay que dar frutos dignos de conversión
[61]
.
¡Tú eres ese hombre!
Pero
falta una toma de conciencia. Los malos son siempre los otros. Se
hace necesaria y actual la denuncia del profeta Natán a David: En
una ciudad había dos hombres, uno rico y otro pobre. El rico tenía
ovejas y bueyes en abundancia; el pobre no tenía nada, sólo una corderilla,
que él quería como si fuera una hija. Crecía con él y con sus hijos,
comía su pan, bebía en su vaso, dormía en su pecho. Un día llegó un
huésped a la casa del rico, y para festejarlo... mató la ovejita del
pobre. David reaccionó indignado, diciendo: ¡Ese hombre merece la
muerte! Pero Natán le dijo: ¡Tú
eres ese hombre! Tú has hecho que Urías, el hitita, muriera en
guerra para quedarte con su mujer...
[62]
. Pues
bien, por llevarle a Nueva York vivo o muerto a quien “se busca”,
el rico está matando la oveja del pobre. Además, el remedio es peor
que la enfermedad. Según la cadena de televisión ABC, se han lanzado
contra los talibanes bombas de 7000 kilos, terroríficas. Lanzadas
con paracaídas, crean una bola de fuego que lo incinera todo en un
radio de 500 metros. Es necesario recordar las palabras del Concilio
Vaticano II sobre las armas de destrucción masiva e indiscriminada:
“El horror y la maldad de la guerra se acrecientan inmensamente con
el incremento de las armas científicas. Con tales armas, las operaciones
bélicas pueden producir destrucciones enormes e indiscriminadas, las
cuales, sobrepasan, por tanto, los límites de la legítima defensa...
Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la destrucción
de ciudades enteras o de extensas regiones, junto con sus habitantes,
es un crimen contra Dios y contra la humanidad que hay que condenar
con firmeza y sin vacilaciones”
[63]
. La Conferencia Episcopal Francesa, reunida en Asamblea
entre el 4 y el 10 de noviembre, manifiesta su posición en un mensaje
titulado Nuevos desafíos para la paz del mundo. Los
obispos galos condenan “de manera absoluta el terrorismo, que no puede
justificarse con nada”, y advierten que “su onda expansiva está lejos
de ser apaciguada”, como demuestran “los bombardeos cada vez más violentos
que golpean ahora Afganistán”. Ante esta situación de guerra, que
provoca “muertos y heridos entre las poblaciones civiles inocentes,
destruye los bienes y siembra el miedo que obliga a huir a las montañas
y los caminos a miles de refugiados”, “es tiempo de buscar otros medios
para no añadir mal al mal, violencia a la violencia”, “el combate
digno de la humanidad es compromiso de todos, y especialmente de nuestros
países más favorecidos, para reducir las indignantes desigualdades
entre los pueblos, en lo que respecta a la alimentación, la salud,
la educación, la libertad, la dignidad, el poder”
[64]
. Por su parte, Juan Pablo II invita a los líderes
religiosos del mundo a una jornada de oración por la paz que tendrá
lugar en Asís el 24 de enero: “Queremos encontrarnos juntos, en particular
los cristianos y los musulmanes, para proclamar ante el mundo que
la religión no debe ser nunca motivo de conflicto, de odio y de violencia”,
“la humanidad necesita ver gestos de paz y oír palabras de esperanza”
[65]
. En realidad, parece un gesto contradictorio. No es
posible la cuadratura del círculo. No se pueden realizar gestos de
paz, sin denunciar la violencia de la guerra contra Afganistán, que
(además) presenta una escandalosa cobertura episcopal y vaticana:
legítima defensa. No se puede tocar las campanas de la guerra y organizar
la procesión de la paz. No se puede aparecer ante el mundo como aliado
del imperio y proclamar el Evangelio que anuncia el juicio a las naciones
[66]
. El obispo de Roma (con su Comunidad, no con su Estado)
debería anunciar la palabra de Dios, sólo la palabra de Dios: sin
componendas, sin pactos, sin moralismos, sin imposiciones. Si no lo
hace así, se acabó el conflicto por causa del Evangelio, se
acabó el escándalo de la cruz
[67]
. No puede proclamar las palabras de Aquel,
en quien pondrán las naciones
su esperanza
[68]
. El 11 de diciembre se hace público el mensaje del
papa para la Jornada Mundial de la Paz: “No hay paz sin justicia,
no hay justicia sin perdón”, “el perdón se opone al rencor y a la
venganza, no a la justicia”. Tras denunciar el fenómeno del terrorismo
como “auténtico crimen contra la humanidad”, dice el papa: “Existe
un derecho a defenderse del terrorismo. Es un derecho que, como cualquier
otro, debe atenerse a reglas morales y jurídicas, tanto en la elección
de los objetivos como de los medios. La identificación de los culpables
ha de ser probada debidamente, porque la responsabilidad penal es
siempre personal y no puede extenderse a las etnias o a las religiones
a las que pertenecen los terroristas”. Aunque tarde, parece haber
aquí una velada crítica a la intervención americana en Afganistán.
Al final, como denuncia un periodista que ha cubierto
la guerra de Afganistán, graves preguntas quedan sin respuesta: ¿Por
qué los talibanes se rindieron con tanta facilidad? ¿Cuánta gente
ha muerto? ¿Cuántos civiles han caído bajo las bombas americanas?
Ni siquiera hay una cifra aproximada. Es una cuestión que los vencedores
no están dispuestos a responder
[69]
. Pues bien, en la fecha indicada se celebra el encuentro
de Asís. Setenta líderes de 12 religiones distintas (cristianos, judíos,
musulmanes, budistas, etc) se reúnen en torno a Juan Pablo II para
rezar (por separado) por la paz. Dice el papa: “Nunca más violencia.
Nunca más guerra. Nunca más terrorismo. En nombre de Dios que cada
religión traiga a la Tierra justicia y paz, perdón, vida y amor”. A todo esto, ¿qué diría, o mejor, qué dirá San Francisco?
Recordemos las circunstancias de su encuentro con el sultán egipcio.
Previamente, el 29 de agosto de 1219, Francisco había presenciado
la derrota del ejército cristiano en Damieta (Egipto): “entre muertos
y cautivos perdieron 6.000”. El cardenal legado sólo sueña con barrer
la Media Luna. Sin su permiso, Francisco decide presentarse al sultán
y anunciarle el Evangelio. Le acompaña el hermano Iluminado. Van indefensos,
sin otro apoyo que la palabra del Señor: Cogerán serpientes en
sus manos y, si bebieren veneno, no les hará daño
[70]
. Son
apresados y llevados ante el sultán. Este les hace la siguiente pregunta:
“¿Por qué los cristianos predican el amor y hacen la guerra?”. Al
santo se le saltan las lágrimas. Tampoco él entiende la cruzada de
las armas. Sus palabras llegan ahogadas al oído del sultán: “El Amor
no es amado”. De nuevo, el 5 de noviembre, el ejército de los cruzados ataca Damieta. Francisco asiste de lejos a la toma de la ciudad y |