APÉNDICE
Acogiendo diversas sugerencias, incluyo aquí
los siguientes documentos: las dos cartas del obispo de Avila, Adolfo
González, que recogen su reacción y toma de posición ante el manuscrito
del presente libro; mi respuesta a cada una de ellas; dos cartas de
amistad y comunión de Pedro Casaldáliga, obispo de Sâo Félix do Araguaia
(Brasil), a quien informé y recurrí en virtud de su probada preocupación
por todas las Iglesias (2 Co 11, 28); finalmente, la carta enviada
a Juan Pablo II, juntamente con el manuscrito. Con fecha de 4 de abril
de 2002, tengo acuse de recibo por parte de la Secretaría de Estado.
Carta del obispo de Avila (14-1-2002)Estimado
D. Jesús: Recibo
su carta y el envío del manuscrito "El
día de la cuenta. Juan Pablo II a examen", que se propone publicar.
Lo he examinado con preocupación, ya que no puedo compartir de ninguna
forma no ya la publicación del texto sino el contenido. En
lo que se refiere a la muerte del Papa Juan Pablo I, toda la fantasía
que el texto derrocha no consigue convencer, incluidas las revelaciones
privadas de las que no duda en echar mano. Esto ya quedó muy claro en
el primer libro publicado años atrás. Puede pasar por una novela de
género negro. No lo leí en su momento, pero pude acceder a resúmenes
del mismo y a la tesis central del libro, ya que fue bien aireado por
la prensa. Después he podido ver algún debate en su día. Pasando
al nuevo libro, completo lo que Ud. pudo publicar en el primero gracias
a que en él recapitula y vuelve convencido sobre su propia hipótesis.
Lo que ya no me parece de recibo, desde ningún punto de vista, es el
análisis que Ud. hace del pontificado de Juan Pablo II, descrito y juzgado
en función de la hipótesis de la muerte de Juan Pablo I. Mi
seguimiento de este pontificado, mis conocimientos de algunos de los
asuntos que trata, mi personal observación e información sobre las cosas
me lleva a una visión y evaluación absolutamente contraria. Podría decirse que distorsiona y, si no fuera por su buena
intención, diría que difama al ministerio del Papa, ya que llega Ud.
a juzgar sus intenciones sobre hipótesis insostenibles. No
deja de llamarme la atención que se alinea Ud. con las opiniones sobre
el Papa y su pontificado publicadas y bien orquestadas por enemigos
encarnizados de la Iglesia y, paradójicamente, por prensa liberal notablemente
influida por la masonería, a la que Ud. dedica atención en su libro.
Algunas de sus apreciaciones estaban bien en los años sesenta, hoy son
anacrónicas. Se ha movido Ud. poco desde entonces, si sostiene tales
puntos de vista, ya tópicos de cierta opinión publicada y tenazmente
sostenida, cuya intolerancia queda manifiesta. Algunos de estos puntos
de vista ya quedaron reflejados en el artículo que Ud. escribió sobre
"sacerdocio y matrimonio", para el Nuevo Diccionario de Catequética. Un artículo
que causó no poca extrañeza y desazón donde corresponde, por su repercusión
sobre catequistas y formadores de seminaristas, y sobre estos mismos. No
deja de ser curioso que Ud. diga, siguiendo una opinión publicada bien
tendenciosa que el Papa no es teólogo, como queriendo con ello desautorizar
su pensamiento. Lo hace Ud., además, arrogándose una capacidad de discernimiento
teológico sobre el ministerio del sucesor de Pedro que no le corresponde
y que de hecho le coloca sobre él, gracias, al parecer, a su mejor calificación
evangélica, a la que se añade su superior formación teológica y capacidad
analítica de los acontecimientos históricos y de los movimientos de
la sociedad actual, salvo que haya que presuponer la maldad de actuación
en el Papa. Esto es lo que sugieren algunos de sus juicios. Es demasiado.
No apele Ud. a una "reprensión de Pedro" de forma tan superficial. Su
recorrido por la teología del sacerdocio, en el mencionado artículo,
por ejemplo parece estar hecho desde fuera de la Iglesia, casi con el
método comparativo propio de las Ciencias de la Religión, pero aplicado
al cristianismo tomando como clave hermenéutica la religión pagana o
judía, desde las cuales interpreta el "retroceso" de la historia
del dogma en relación con el sacramento del Orden; y no la modificación
que el cristianismo realiza, en virtud del mismo dinamismo de la revelación
divina, de las mediaciones religiosas de la humanidad. Pero, ¿está Ud.
capacitado para esto? Algunas
de sus apreciaciones las hace Ud. tan desde fuera, como en el caso de
la supuesta "exclusión" de la mujer del acceso al ministerio,
que no duda en saltar sobre la naturaleza de la tradición dogmática,
que previamente reduce a sociología de la religión, sin considerar para
nada un elemento determinante del método teológico como es el Magisterio,
y su desarrollo en los últimos treinta años sobre la cuestión en la
Iglesia Católica justo por referencia al diálogo teológico ecuménico.
Mis conocimientos en el campo me han permitido tratar este asunto y
escribir sobre él. Créame
que, cuando he leído el resumen de su "sentencia" contra el
pontificado de Juan Pablo II (manuscrito, pp. 235-238), no he podido
menos de lamentar una evaluación tan al gusto de la opinión "progresista"
publicada y bien difundida, orgánica, abarcadora del conjunto del entramado
político y económico, pero falta de fundamentación y contradictoria
deducida de las premisas que previamente se han supuesto. Justamente
es de lamentar su visión maniquea, que le hace soslayar el magisterio
social del Papa, que despacha de forma tan superficial como consecuencia
del tipo de análisis político que Ud. practica y que condiciona su evaluación. No
quisiera herirle con estas líneas, no es mi intención, pero podría ser
desde un punto de vista analítico de su texto muy duro con su evaluación
del pontificado del Papa. Por
todo ello, le ruego considere Ud. su decisión de publicar un libro que
causaría un daño innecesario y no contribuiría a evangelizar. No se
engañe. El que el libro pudiera causar daño a uno solo de los lectores
no prejuiciados contra el Papa, debe hacerle considerar las cosas. No
debería olvidar su vinculación y comunión con su Obispo diocesano y
con el Obispo de la Iglesia en la que habitualmente desarrolla su ministerio. Aunque
el derecho de la Iglesia regula estas cosas, apelo a su buen sentido
de fe y su misma obra apostólica a lo largo de los años. Con
un cordial saludo, afmo. en el Señor. Firmado: Adolfo González Montes,
obispo de Ávila. Respuesta (18 –11-2002)Estimado
D. Adolfo: He recibido su carta de 14 de enero, en la que examina "con
preocupación" mi manuscrito El
día de la cuenta. Juan Pablo II a examen. Tras la lectura atenta
de la misma, me parece oportuno precisar algunos extremos. En
primer lugar, no se trata de un análisis o evaluación de todo el pontificado
de Juan Pablo II. El libro se centra en la causa de Juan Pablo I y en
otros asuntos, que considero también importantes. Eso sí, todo ello
repercute en la visión del pontificado. Quiero
precisar también que no se juzgan intenciones, sino hechos: "de
internis, neque ecclesia". Sólo el Señor sondea el corazón (Jr
17, 10). En
relación a la muerte de Juan Pablo I, aporto un conjunto de datos que
Vd. considera como "fantasía". ¿Me puede decir cuál de ellos
no es cierto? En cuanto a las revelaciones privadas, son sometidas a
crítica y discernimiento. Me
dice que mantengo opiniones sobre el papa y su pontificado publicadas
por "enemigos encarnizados de la Iglesia" y por "prensa
liberal notablemente influida por la masonería". No sé a qué enemigos
se refiere. Sé lo de la prensa liberal y lo he tenido en cuenta. Pero
la cuestión es si dicen verdad o aportan elementos de juicio. Por supuesto,
el Evangelio es liberación, no liberalismo. No
sabía que mi artículo sobre "sacerdocio y matrimonio" publicado
en el Nuevo Diccionario de Catequética
hubiera producido "no poca extrañeza y desazón donde corresponde".
Para mí la clave de interpretación es el sacerdocio del Nuevo Testamento
(Hb 10, 5-7). No lo puedo olvidar. Lo puse en el recordatorio de mi
ordenación. A esa luz, de hecho, muchas interpretaciones históricas
del sacerdocio suponen un retroceso, de tipo judío o pagano. Por cierto,
conservo carta de la Asociación Española de Catequetas, responsable
del Diccionario, en la que me agradecen los dos artículos solicitados
(el otro es sobre "catecumenado e inspiración catecumenal")
y dicen: "nos han parecido muy bien" (19-2-1998). Por lo demás,
no se me oculta la aportación española al nuevo Directorio General para la Catequesis y,
en general, a la renovación de la misma. Como
método teológico, tengo en cuenta el Magisterio, pero también tengo
en cuenta que, como dice el Concilio, el Magisterio "no está por
encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio" (DV 10). En
cuanto a que "el papa no es teólogo", no digo exactamente
eso. Hablo de "escasa formación teológica". El cardenal Ratzinger
dijo algo parecido a un amigo: "El papa sabe poco de teología".
Se advierten carencias de formación teológica y catequética, lo cual
no sucede por primera vez en la historia de la Iglesia. Dice
Vd. también que me arrogo una capacidad de discernimiento sobre el ministerio
del sucesor de Pedro que no me corresponde. Lo comprendo, pero lo que
se denuncia en el libro lo puede entender cualquiera. Por
lo demás, por experiencia propia y ajena, sé que no estamos capacitados
para la misión que el Señor nos encomienda. Como dice San Pablo, no que por nosotros mismos seamos capaces de atribuirnos cosa alguna,
como propia nuestra, sino que nuestra capacidad nos viene de Dios
(2 Co 3, 5). Apelo
al derecho y al deber de manifestar lo que en conciencia creo que desfigura
el rostro de la Iglesia. Acerca de sus defectos, dijo el Concilio: "Debemos
tomar conciencia de ellos y combatirlos con firmeza para que no lesionen
la difusión del Evangelio" (GS 43). El
daño a los lectores, del que me habla, lo produce el hecho denunciado
(en general, conocido por otros medios), no la denuncia del mismo. Además,
así lo creo, dicha denuncia es necesaria y supone un gesto que muchos
agradecerán. Siento
no poder secundar el ruego que me hace de reconsiderar la publicación
del libro. Le saluda atentamente. Firmado: Jesús López Sáez.
Carta del obispo de Avila (26-1-2002)Estimado
don Jesús: Recibo
su carta del pasado 18 de los corrientes, en respuesta a la mía anterior,
y por el tenor de la misma veo que el diálogo que he prendido (sic)
establecer con Ud. no va a ser muy fructífero. Ya sabe mi opinión sobre
su libro: es una reconstrucción hipotética de hechos no verificados,
en lo que se refiere al Papa Juan Pablo I. Esta reconstrucción condiciona
de tal modo su análisis y juicio sobre el pontificado de Juan Pablo
II que, de hecho, supone una gravísima deformación del mismo. Su percepción
de las cosas no es objetiva. Publicar un libro de esta naturaleza contribuye
a difamar la persona y el pontificado del Santo Padre, cuya personalidad
pastoral y profética es un verdadero don de Dios a su Iglesia. Comprenderá
cuánto lamento su juicio sobre él. En
un caso como este, que afecta sustantivamente a la vida de la Iglesia,
un libro así no puede ser publicado por un sacerdote que quiera mantener
la comunión con su Obispo y con el Papa. Se trata de un asunto de justicia
para con el Papa y de prudencia pastoral y protección de la fe en lo
que se refiere a los fieles ante un libro tan injusto y contrario al
sentir de la fe y con la Iglesia. Al
hablar con el Arzobispado de Madrid, he podido constatar que mi postura
es del todo compartida por la autoridad eclesiástica de Madrid, que
ya ha tratado de hacerle pensar a Ud. sobre su determinación de publicar
el manuscrito. En consecuencia, si Ud. publica ese libro, le retiraré
las licencias ministeriales en cuanto aparezca a la venta. Hay
un camino de solución que, de acuerdo con el Sr. Obispo Auxiliar de
Madrid, Mons. Eugenio Romero Pose, considero que es un procedimiento
apropiado. Someta Ud. el libro al juicio de expertos en Historia contemporánea
de la Iglesia y a la evaluación de teólogos que consideren con seriedad
las afirmaciones que el libro hace sobre el pontificado y el magisterio
del Papa. Naturalmente esos expertos y teólogos han de ser comisionados
por la autoridad eclesiástica, pero Ud. podrá considerar si son validos
o no y hacer las sugerencias que estime oportunas al respecto, con la
seguridad de que serán atendidas. En
su carta encuentro algunas afirmaciones que indican hasta qué punto
yerra Ud. en sus análisis por falta de atención científica al proceder
de la Teología y de la Historia del dogma. Así, dice Ud., entre otras
cosas, refiriéndose a mi apreciación de su artículo sobre el sacerdocio
en el Nuevo Diccionario de Catequética: "Para mí la clave de interpretación
es el sacerdocio del Nuevo Testamento (Hb 10, 5-7) (...) A esa luz,
de hecho, muchas interpretaciones históricas del sacerdocio suponen
un retroceso, de tipo judío o pagano." La
cita de Hebreos no podía ser más "inoportuna" para Ud., porque
la Carta a los Hebreos es un ejemplo demostrativo de que, para interpretar
el sacerdocio de Cristo, el Nuevo Testamento se sirve, en este caso,
de una mediación determinante de su misma comprensión: el sacerdocio
levítico del Antiguo Testamento. Evidentemente,
el sacerdocio del Cristo consiste en su propio sometimiento en obediencia
hasta la muerte al designio del Padre y en su aceptación de la inmolación
de su vida en obediente amor a su voluntad por la salvación del mundo.
Ahora bien, esta realidad "sacerdotal" de naturaleza existencial
es vertida en categorías litúrgicas; es decir, en categorías cúltico-religiosas
que sirven al autor para mediar en la "religión judía" el
sacerdocio de Cristo. Pero es que, además, sin el supuesto del AT es
incomprensible el Nuevo y no es posible ni siquiera establecer la relación
entre promesa, anuncio y figura, de una parte, y cumplimiento y realidad
salvífica dada en Cristo, de otra. El mismo evangelio de San Mateo pretende
plena fidelidad a este esquema. También los demás, cada uno en su propia
composición y cuadro teológico. En una sentencia, pues, que estimo falta
de preparación teológica y exegética de su parte, en este campo, solventa
Ud. de un plumazo la difícil cuestión teológica de la relación entre
los dos Testamentos. Reconozca
con humildad que, insisto, en este campo, su preparación no es grande,
dicho con todos los respetos. Al menos así lo refleja el mencionado
artículo, incapaz de entender el proceso de categorización filosófica
y teológica de la historia del dogma. Ud. parece incluso ignorar la
normatividad que adquiere para cualquier lector del Nuevo Testamento
el mismo proceso de objetivación dogmática de la Traditio
fidei; y, en consecuencia, soslaya Ud. de plano la función metodológica
del Magisterio. Es
increíble que me quiera Ud. recordar la afirmación de la Dei Verbum, de que el Magisterio n está sobre la Palabra de Dios.
Sólo faltaba eso. El Magisterio sirve a la Palabra divina y constituye
referencia insoslayable de su interpretación en la misma medida que
encarna la normatividad de la Tradición
de la fe, el la cual es leído el texto de las Escrituras. A estas
alturas, debería Ud. saber que hasta el protestantismo, gracias al diálogo
teológico interconfesional, ha dejado de sostener una interpretación
unilateral del principio reformista "Sola
Scriptura". Espero
que estas reflexiones le ayuden a tomar una decisión sensata y concorde
con su condición de sacerdote. Mi deseo es hallar una solución que Ud.
acepte acorde con la misión pastoral del Obispo en la Iglesia; y, en
consecuencia, que no proceda Ud.
con hechos consumados invocando una libertad de conciencia que ningún
creyente puede colocar sobre la conciencia eclesial de la fe sin salirse
fuera de ella. Aprovechando
una vez más la ocasión para saludarle con afecto, don Jesús. Sabe que
le tengo muy presente y que busco una solución a su caso que de verdad
sea respetuosa con Ud. y salvaguarde la fe de la Iglesia. Firmado: Adolfo
González Montes, obispo de Ávila.
Respuesta (7-2-2002)Estimado
D. Adolfo: He recibido su carta de 26 de enero, en la que me ofrece
un camino de solución, de acuerdo con el obispo auxiliar de Madrid,
D. Eugenio Romero Pose. Sin
embargo, hablando con D. Eugenio el día 23 de enero, me ofreció amablemente
hacer él un estudio crítico del manuscrito antes de su publicación,
ofrecimiento que yo acepté, agradezco y espero. Le
adjunto copia de la carta enviada con este motivo a D. Eugenio. Deseando
encontrar una solución justa y equitativa, le saluda atentamente. Firmado:
Jesús López Sáez.
Nota
importante. Mi respuesta a la segunda carta del obispo de Avila fue
escueta. Con la amenaza y las descalificaciones, el diálogo quedaba
malparado. Me parece oportuno dar aquí cumplida respuesta. Dice don Adolfo en su primera carta:
“Podría decirse que distorsiona y, si no fuera por su buena intención,
diría que difama el ministerio del papa, ya que llega usted a juzgar
sus intenciones sobre hipótesis insostenibles”. En su segunda carta
da un paso más: el libro supone una
“gravísima deformación” del pontificado y “contribuye a difamar la persona
y el pontificado del Santo Padre”. Pues bien, una cosa es la difamación
y otra la denuncia. Además,
no se juzgan intenciones, sino hechos, ya conocidos y publicados en
otros medios. Ser papa es un hecho público y la “reprensión de Pedro”
(Ga 2,11) pertenece a la tradición viva de la Iglesia. Ningún tipo de
culto al papa (papolatría) lo debería impedir. Lo repito. Apelo al derecho y al
deber de manifestar lo que en conciencia creo que desfigura el rostro
de la Iglesia. Lo dice el Concilio (GS 43) y, en cierto sentido, también
el Código de Derecho Canónico (c. 212, 3). No debería haber “temor servil”
(Santa Catalina de Siena) ni acepción de personas a la hora de juzgar
la actuación del papa. Del artículo sobre el sacerdocio,
en el que insiste D. Adolfo, el libro recoge
sólo una cita (tiene más de 1.100) para decir que “en el diálogo
ecuménico se afirma cada vez más que no hay razón teológica alguna para
continuar excluyendo a la mujer del ministerio ordenado, desde la dignidad
humana y cristiana común: en Cristo ya
no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer”
(cap. 13). Por lo demás, me remito a lo publicado
en el Nuevo Diccionario de Catequética. Para
mí, la clave de interpretación es el sacerdocio del Nuevo Testamento,
tal y como aparece en la Carta a los Hebreos: No quisiste sacrificios
ni holocaustos, heme aquí que vengo para hacer tu voluntad (Hb 10,
5-7). A esta luz, muchas interpretaciones y realizaciones del sacerdocio
suponen un retroceso, de tipo judío o pagano. Se ve que el asunto escuece, pero
es preciso volver a las fuentes del ministerio eclesial para encontrar
una respuesta evangélica a la crisis actual, que presenta una serie
de rasgos sintomáticos y crónicos: fuerte descenso del número de vocaciones,
gran cantidad de abandonos, envejecimiento progresivo del clero y cuestionamientos
diversos. Resulta sorprendente que D. Adolfo
encuentre “inoportuna” la cita de la Carta a los Hebreos. Hablando del
sacerdocio, esa cita es no sólo oportuna, sino fundamental. Además,
precisamente la Carta a los Hebreos denuncia con fuerza la inutilidad
del culto del Antiguo Testamento (Hb 9,9-10). En una época muy ritualista, el
mismo concilio de Trento recuerda la necesidad del sacerdocio nuevo
de Cristo (según Melquisedec) y reconoce la “inutilidad del sacerdocio
levítico” (D 938). Por lo demás, en ningún momento
invoco el principio reformista de la “sola Escritura”. Digo, con el
Concilio Vaticano II, que el Magisterio está al servicio de la palabra
de Dios, no por encima de ella (DV 10). El obispo de Avila me ofrece como
“camino de solución” someter el libro a una comisión de expertos y teólogos.
Por diversos motivos, no veo clara la imparcialidad del asunto. Un profesor
de Derecho Eclesiástico de la Universidad tampoco lo aconseja. En este
contexto, el obispo auxiliar de Madrid D. Eugenio Romero me ofrece amablemente
un estudio crítico del libro, que D. Adolfo parece ignorar. Un mes después,
D. Eugenio me lo entrega, pero sin firma. Me advierte el obispo de Avila
que no proceda “con hechos consumados invocando una libertad de conciencia
que ningún creyente puede colocar sobre la conciencia eclesial de la
fe sin salirse fuera de ella”. Pues
bien, parece importarle poco al obispo lo que dice el Concilio: “La
dignidad humana requiere que el hombre actúe según su conciencia”, “no
bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa”
(DH 17). ¿Acaso
esta enseñanza conciliar, verdadera “señal de los tiempos”, no es aplicable
dentro de la Iglesia? Además, si alguien no está de acuerdo con mi libro,
puede incluso publicar otro en contra y hacerlo sin problemas. Sin embargo, yo estoy amenazado con una grave sanción,
que revela arbitrariedad y prejuicio,
imprudencia y represión de la legítima libertad de expresión. El obispo
no puede proceder como déspota sobre la heredad de Dios (1 Pe
5,3). Una vez más, el sistema eclesiástico
se aleja de la ética común, sin tener en cuenta lo que en la sociedad
hay de verdadero, de noble, de justo (Flp
4,8). Es preciso cambiar.
Carta del obispo Pedro Casaldáliga (1-4-2002)Querido
Jesús López ! En
primer lugar he de agradecerte de corazón el testimonio de amistad y
de confianza que me das. Recibe de mi parte el mismo afecto. He
repasado tu libro y los anexos, criticas y réplicas. Honestamente, no
me siento con autoridad para dar un juicio definitivo. Te doy simplemente
unas opiniones: Creo
que no deberías publicar el libro ahora, incluso para salvaguardar tu
condición ministerial y para bien de la comunidad que animas. Deberías
trabajar exhaustivamente algunas afirmaciones que se apoyan en testimonios
anónimos o imprecisos. Si
llegas a publicar el libro, seria más creíble que publicaras también
algunas de esas criticas más autorizadas; con tu réplica. Me
parecería más adecuado el título si fuera "El Vaticano a examen". Algunas
referencias negativas sobre Juan Pablo II quizás deberían ser matizadas.
Digo, algunas. De
todos modos, todo tu material es importante para la historia y para
la purificación de la Iglesia. Quizás te toque a ti, en su momento,
prestar este servicio. Querido
Jesús, siento no poder te dar una palabra más taxativa. Recibe
todo mi cariño y comunión y un abrazo de Pascua para ti, para tu comunidad
y para el recordado Edelmiro. Pedro Casaldáliga, obispo de Sâo
Félix do Araguaia (Brasil).
Carta del obispo Pedro Casaldáliga (13-8-2002)Querido
Jesús: Acabo
de recibir tu libro. Veo que sabes conjugar lo valiente con lo cortés.
Me parece muy bien que de momento la edición sea “para uso privado”.
Me parece muy bien también que hayas enviado ejemplares a esos cardenales. Todo
sea por la causa del Reino y para un testimonio más limpio por parte
de la Iglesia. Seguiremos
unidos en ese servicio y en esa esperanza. Para
ti y tu comunidad un fuerte abrazo, siempre pascual. Firmado: Pedro
Casaldáliga. Carta a Juan Pablo II (23-3-2002)Hermano Juan Pablo: Soy sacerdote
desde hace 33 años. Entonces recibí de Pablo VI un ejemplar de los Hechos de los Apóstoles, que guardo como precioso tesoro y que tengo como modelo de acción apostólica
y de renovación eclesial. Soy de la diócesis de Avila y resido en Madrid
desde 1969. Desde su fundación en 1987 presido una Asociación Pública
de Fieles, que promueve grupos y comunidades en diversos ambientes (parroquias,
colegios y casas). La Asociación ha promovido también otras semejantes
en diversos lugares, así como la Fundación Betesda, que tiene residencia
para disminuidos psíquicos y centro ocupacional.
En octubre de 1985 publiqué en
la revista Vida Nueva un pliego sobre la muerte de
Juan Pablo I. Entonces yo era responsable de catequesis de adultos en
el Secretariado Nacional de Catequesis. El director del mismo, en nombre
de la Comisión Episcopal correspondiente, me dijo que sobre eso “ni
una palabra más”, si quería seguir allí. Respondí que había obrado en
conciencia y que seguiría hablando y escribiendo de ello. Como era de
esperar, me cesaron unos meses después. Trece años de colaboración quedaron
atrás. Y algunas obras en las que trabajé con entusiasmo: catecismo
Con vosotros está y Manual
del Educador, Guía Doctrinal (1976), Proyecto
Catecumenal (1981-1983) y documento de la Comisión Episcopal El catequista y su formación (1985). En 1990, siguiendo con la causa
de Juan Pablo I, publiqué un libro que usted
quiso leer. En él decía: “Se pedirá cuenta”, “le corresponde
al papa Juan Pablo II la más alta responsabilidad de curar esa herida
mal cerrada de la muerte y figura de Juan Pablo I”. Ahora tengo preparado
otro libro que le adjunto, El día de la cuenta. Juan Pablo II a examen.
Como estaba anunciado, se le pide cuenta a usted: de la causa
de Juan Pablo I y de otros asuntos, también importantes. En
los primeros tiempos se consideraba normal. Pedro justifica su conducta
ante la comunidad de Jerusalén (Hch 11). Y en Antioquía Pablo le hace
una fuerte reprensión (Ga 2), pues estaba en juego
la legítima libertad cristiana. En
medio de la tensión eclesial que supone la publicación del presente
libro, se me ruega que no lo publique: “causaría daño a gente sencilla”.
Pero el daño lo produce el hecho denunciado (en general, ya conocido
por otros medios), no la denuncia del hecho. Además, así lo creo, dicha
denuncia es necesaria: un derecho y un deber. Se
me dice que no es serio. Respondo con una pregunta: el libro aporta
un conjunto de datos ¿cuál de ellos no es cierto? Se me dice que no
hay pruebas. Hechos, indicios y signos abundan por doquier. Y estaría
justificada una investigación judicial en cualquier Estado de Derecho.
Además, durante muchos años hemos constatado represión de la investigación
y miedo en los testigos. ¿Acaso hay que comulgar con esto? En
general, lo que hay es miedo. Lo dijo Santa Catalina de Siena en el
siglo XIV (El Diálogo, nn. 129 y 119). Los ministros
de Dios, que no denuncian los males de la Iglesia por “temor servil”,
son malos pastores. No tienen perro, el perro de la conciencia, o no
les ladra. Ya lo denunció el profeta Isaías: “Sus vigías son perros
mudos, que no pueden ladrar” (Is
56, 10). No comprenden que el Señor les pedirá cuenta “en
el último extremo de la muerte”. En
los tres casos (el pliego y los dos libros) presenté previamente el
manuscrito al obispo de Avila. En el primero, el obispo Felipe Fernández
me dijo confidencialmente cierto tiempo después: “Me admira la libertad
que tienes para hablar de este asunto”. En el segundo, por consejo del
obispo auxiliar de Madrid Agustín García-Gasco, pedí la licencia eclesiástica
de publicación, aunque sabía que sería denegada. El obispo Felipe me
exhortó a no publicarlo por los “efectos dañosos” que se seguirían para
la comunidad cristiana. No obstante, lo publiqué, pues en conciencia
creí que debía hacerlo. Ahora, aunque la licencia no sea estrictamente
obligatoria en una obra como ésta (c. 827, 2 y 3), dada la importancia
eclesial del asunto, lo he comunicado con antelación (el pasado 10 de
enero) a los obispos de Avila y de Madrid. El obispo de Avila, Adolfo González,
amenaza con retirarme las licencias ministeriales, en cuanto salga el
libro a la calle. El obispo auxiliar de Madrid Eugenio Romero me hace
un estudio crítico, que le agradezco, pero no lo firma. Por mi parte,
le presento las observaciones que juzgo oportunas. Antes o después, tengo decidida
la publicación. Por supuesto, quiero actuar en conciencia, pero (si
es posible) evitando dolorosas repercusiones en mi ministerio sacerdotal,
ahora amenazado. Apelo al derecho y al deber de
manifestar lo que en conciencia creo que desfigura el rostro de la Iglesia.
Acerca de sus defectos, dijo el Concilio, “debemos tomar conciencia
de ellos y combatirlos con firmeza para que no lesionen la difusión
del Evangelio”(GS 43). En
realidad, nunca pensé escribir este libro. Entendí que debía hacerlo
hace casi diez años, escuchando la palabra de Dios que se leía en todas
las iglesias el día de su operación (Is 10, 5-7.13-16). Me pareció impresionante,
una palabra de juicio. Comprendí la difícil tarea que me tocaba, la
acepté y empecé a escribir. ¿Hay datos objetivos que (al menos, en cierto
sentido) permiten aplicarle a usted la lectura de ese día? Cualquiera
puede juzgar. Ser papa es un hecho público. El
libro denuncia la falta de voluntad
para esclarecer los hechos y los mecanismos desplegados en torno a los
mismos: secretismo, intimidación de testigos, ocultación de pruebas,
intoxicación informativa, represión de la investigación.
De todo ello, para bien o para mal, usted tiene la última responsabilidad. El fiscal Pietro Saviotti, titular
de la diligencia relativa a la muerte de Juan Pablo I, ha reabierto
el caso en la Fiscalía de Roma (Der
Spiegel, 10-11-1997; L. INCITTI, Papa
Luciani, una morte sospetta. Le responsabilità di Paolo VI e Giovanni
Paolo II, Roma, 2001). Por mi parte, ofrezco mi investigación al
magistrado, en la medida en que pueda contribuir al esclarecimiento
de la verdad y al triunfo de la justicia. A
pesar de las presiones recibidas, al fin y al cabo un caso más de lo
que se denuncia en el libro, en conciencia no puedo callar: “Hemos de
obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 4, 19). Le
saluda atentamente en el Señor, que sube a Jerusalén y purifica el templo.
Firmado: Jesús López Sáez.
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