*LOS MUERTOS RESUCITAN

 

1. El Evangelio lanza un desafío al acontecimiento duro, doloroso y desconcertante de la muerte. Es "el máximo enigma de la vida humana" (GS 18). Ante él la razón humana se reconoce incapaz de vislumbrar un rayo de luz y de esperanza. De hecho, muchos viven la muerte como polvo (Gn 3,19), es decir, como aniquilación total de la existencia. La muerte entra por los ojos. Sin embargo, una de las señales del Evangelio es ésta: los muertos resucitan (Mt 11,5). Puede parecer extraño. Por ello dice Jesús: No os extrañéis de esto (Jn 5,28). Precisamente, porque las cosas no están claras, es necesario el anuncio del Evangelio. El desafío lo formula claramente San Pablo: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? (1 Co 15,55).

2. Tras la denuncia del templo, los escribas y los sumos sacerdotes acosan a Jesús con preguntas. En este contexto, algunos saduceos (de esos que dicen que no hay resurrección) le plantean el caso de la mujer que muere tras haberse casado sucesivamente con siete hermanos, en la medida en que iba enviudando: Esta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? (Lc 20,33). Responde Jesús: Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de los muertos ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos sino de vivos, porque para él todos viven (20,35-38). Los saduceos están muy equivocados por no entender las Escrituras ni el poder de Dios (Mt 22,29).

3. Por tanto, para Jesús los muertos resucitan, no pueden ya morir, son inmortales, son como ángeles, mensajeros de Dios para nosotros, son hijos de Dios siendo hijos de la resurrección, son de la familia de Dios. Esto no es nuevo, ya lo indicó Moisés: el Dios de nuestros padres no es un Dios de muertos sino de vivos, para él todos viven. Si pretendemos ser como dioses (Gn 3,5) prescindiendo de Dios, nos quedamos sin horizonte, sin futuro, condenados a muerte. Sin embargo, la muerte como polvo, como aniquilación de la existencia, no pertenece al proyecto de Dios. Según su proyecto, no estamos condenados a morir, sino llamados a resucitar.

4. Jesús habla de su propia muerte como de un paso de este mundo al padre (Jn 13,1), un paso de este mundo (sometido a la muerte) al mundo nuevo (resucitado a la vida). Se va, pero vuelve: Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis (14,19). Las parábolas del grano de trigo que cae en tierra (12,24) y de la mujer que da a luz (16,21) manifiestan cómo se sitúa Jesús ante la muerte. La muerte produce fruto. Es como un parto. Estando en la cruz, Jesús le dice al buen ladrón: Hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23,43). Dios salva la vida a cuantos creen en Jesús, a cuantos la pierden por El (Lc 9,24; ver 2 Mc 7 y Dn 12,2). Más aún, la vida eterna a la que resucitan los muertos es ya posesión de los vivos que creen en El: el que cree, tiene vida eterna (Jn 6,47).

5. En realidad, tanto entonces como ahora, está muy difundido el error de Marta: Sí, sé que resucitará el último día (Jn 11,24), al final de la historia. Marta se remite a lo que le han enseñado, la doctrina farisea, pero Jesús le dice: Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás ¿Crees esto? (11,25-26). También para hoy vale la pregunta: ¿Creemos esto?

6. La pregunta se hace una y otra vez: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? Dice San Pablo: ¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano, de trigo, por ejemplo o alguna otra semilla. Y Dios le da un cuerpo a su voluntad: a cada semilla un cuerpo peculiar (1 Co 15,35-38). Dice también: Se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual (15,44). Hablamos, como podemos, con palabras e imágenes de algo que nos trasciende totalmente: la vida que anuncia Jesús, la vida que vence a la muerte, la resurrección como un florecer, como un despertar, como un nacer, como un morar en la casa del padre, como un volver (de otra forma) a este mundo.

7. No podemos imaginar en qué consiste el cuerpo espiritual, el cuerpo resucitado. Sea como sea, resucitamos a imagen de Jesús, según el modelo de su cuerpo glorioso (Flp 3,21; ver tema 2, Huellas de una presencia). Incluso ahora todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen, cada vez más gloriosos, así es como actúa el Señor, que es espíritu (2 Co 3,18). La resurrección es una divinización: El último enemigo en ser destruido es la muerte ...para que Dios sea todo en todos (1 Co 15,25-28). El cuerpo resucitado viene del cielo (15,49), tiene atributos divinos: Se siembra corrupción, resucita incorrupción; se siembra vileza, resucita gloria; se siembra debilidad, resucita fortaleza; se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual (15,42-44).

8. En realidad, hay una profunda implicación entre la resurrección de Cristo y la nuestra. San Pablo lo dice tajantemente: Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó (1 Co 15,16). Son vasos comunicantes. Por ello, junto a la fe en Cristo Resucitado, confesamos: Creo en la resurrección de los muertos. Creemos que seremos los mismos y en plenitud, una plenitud que no podemos imaginar: Ni el ojo vio ni el oído oyó...lo que Dios prepara a los que le aman (1 Co 2,9). Esta plenitud se nos da en Cristo: "Tú has ocupado por derecho de Resurrección el punto clave del Centro total en el que todo se concentra" (Teilhard de Chardin).

9. Cada uno de nosotros puede escuchar la palabra que resucita a los muertos. Lo dijo Jesús: Llega la hora (ya estamos en ella) en que los muertos oirán la voz del hijo de Dios y los que la oigan vivirán (Jn 5,25; ver 5,21). Dijo también: En la casa de mi padre hay muchas moradas (Jn 14,2). Algo semejante dice San Pablo: Aunque se desmorone la morada terrestre en que acampamos, sabemos que Dios nos prepara una morada eterna, no hecha por mano humana (2 Co 5,1). Se canta en la liturgia: "La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma. Y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo". Y se ora así por quien acaba de morir: "Concédele que, así como ha compartido ya la muerte de Jesucristo, comparta también con él la gloria de la resurrección" (Plegaria Eucarística II). Todo ello no impide una posible purificación (Concilios de Lyon y de Florencia, años 1274 y 1439) ni tampoco, para los que hayan hecho el mal, una resurrección de condena (Jn 5,29).

10. En el Apocalipsis, los mártires gozan ya de la resurrección de Cristo, viven y reinan con El (Ap 20,4-5). En los primeros siglos, el día de su muerte se celebra como día de nacimiento. San Ignacio de Antioquía (s. II) escribe camino del martirio: "Mi parto se acerca" (Carta a los Romanos, 6,1). Y también: "Yo, hasta el presente, soy un esclavo. Mas si lograse sufrir el martirio, quedaré liberto de Cristo y resucitaré libre en El" (4,3). Y finalmente: "Bueno es que el sol de mi vida, saliendo del mundo, se oculte en Dios, a fin de que en El yo amanezca" (2,2).

11. Según el Concilio, "el rito de las exequias debe expresar más claramente el sentido pascual de la muerte cristiana" (SC 81). En la experiencia de la comunión de los santos podemos descubrir -de muchas maneras- que los muertos viven, como Cristo vive. La relación con ellos no se interrumpe, se robustece; ellos interceden por nosotros (LG 49). Veamos este testimonio de Santa Teresa: "Acaéceme algunas veces ser los que me acompañan y con los que me consuelo los que sé que allá viven, y parecerme aquellos verdaderamente los vivos, y los que acá viven tan muertos, que todo el mundo me parece no me hace compañía" (Vida, 38,6).

12. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? (Lc 24,5). Como un día las mujeres al Resucitado, mucha gente busca a los suyos entre los muertos, en el sepulcro. Y, sin embargo, no están allí. Han resucitado. Viven, como Cristo vive. Si lo creemos, muchos acontecimientos nos confirmarán todo esto. Como en aquel tiempo: Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la palabra con las señales que la acompañaban (Mc 16,20). Las señales hacen palpable la presencia nueva del resucitado.

* Diálogo: ¿Creemos esto?, ¿surgen interrogantes?, ¿tenemos señales?