-          LA CONFESIÓN DE FE: SEÑOR Y CRISTO

 

1.- La experiencia cristiana original conduce a la confesión de fe, que supone el reconocimiento de Jesús como Señor de la historia y como Cristo, es decir, Ungido de Dios. ¿Qué significa esa confesión?  ¿Qué significó para los primeros discípulos? ¿Qué significa para nosotros?

2.- El punto de partida es el mismo que tuvieron los primeros discípulos: ese hombre que se llama Jesús de Nazaret, profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo, dicen los caminantes de Emaús (Lc 24,19), hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales, dice Pedro el día de Pentecostés (Hch 2,22).

3.-  Los caminantes de Emaús lo descubrieron aquel día. Conversaban y discutían sobre todo lo que había pasado. El Señor les salió al encuentro, aunque no le reconocían. Sin embargo, se metió en la conversación, y empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras (Lc 24,27). Les ardía el corazón (24,32). Como sabemos, le reconocieron en la fracción del pan (24,33). Volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los once, y a los que estaban con ellos. El Señor se presentó en medio y les dijo: Estas son aquellas cosas que os hablé cuando todavía estaba con vosotros. Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos acerca de mi. Y entonces abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras (24,44-45). Necesitamos comprender el sentido de las Escrituras: Dan testimonio de mi (Jn 9,35), dice Jesús. Necesitamos alguien que haga de guía (Hch 8,31). 

4.- Empezando por Moisés, ¿de qué pudieron hablar? El pasaje de los caminantes de Emaús no dice más. Moisés anunció el envío de un profeta semejante: El Señor tu Dios suscitará en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, a quien escucharéis (Dt 18,15). En el Exodo se espera el envío del mensajero de Dios: Voy a enviarte mi mensajero por delante para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que te tengo preparado. Respétalo y escucha su voz, no le seas rebelde, porque lleva mi nombre y no perdonará tus rebeliones. Si escuchas su voz y haces todo lo que yo diga, tus enemigos serán mis enemigos y tus adversarios serán mis adversarios (Ex 23,20-23). El enviado lleva el nombre de Dios. Quien acoge al enviado, acoge al propio Dios; quien lo rechaza, no tiene perdón (Mc 3,28-29; Jn 12,48). En realidad, la obra que Dios quiere es esta: que creáis en el que él ha  enviado (Jn 6,29). En el pasaje de la transfiguración (con Moisés y Elías de testigos)  resuena el mismo mensaje: Escuchadle (Mc 9,7).

5.- Continuando por los profetas, ¿qué pasajes se refieren a Jesús? Especialmente aquellos que proclaman las esperanzas proféticas: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz (Is 9,1), saldrá un renuevo del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor. No juzgará por las apariencias ni sentenciará de oídas. Juzgará con justicia a los débiles y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra (Is 11,1-4), mirad a mi siervo a quien sostengo, mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones...Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te tomé de la mano, te formé, y te he destinado a ser alianza del pueblo, luz de las gentes, para abrir los ojos ciegos, para sacar a los cautivos de la prisión, y de la cárcel a los que viven en tinieblas (Is 42,1-7), el Señor desde el seno materno me llamó, desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre...Poco es que seas mi siervo en orden a levantar las tribus de Jacob y de hacer volver a los supervivientes de Israel. Te voy a poner como luz de las gentes para que mi salvación alcance a los confines de la tierra (Is 49,1-6), ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: Ya reina tu Dios (Is 52,7), como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin justicia se lo llevaron ¿quién meditó en su destino?...Por su conocimiento mi siervo justificará a muchos y las culpas de ellos él soportará. Por eso le daré su parte entre los grandes (Is 53,7-12), ensancha el espacio de tu tienda (Is 54,2), el espíritu del Señor está sobre mi, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones rotos, a pregonar a los cautivos la liberación y a los reclusos la libertad (Is 61,1).   

6.- En cuanto a los salmos, recordamos las palabras de la cruz: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?, está seca mi boca, se reparten mis vestidos y se sortean mi túnica (Sal 22), en tus manos encomiendo mi espíritu (Sal 31), no se le quebrará ningún hueso (Sal 34). En la experiencia de Pentecostés encontramos un pasaje importante del profeta Joel y un par de salmos fundamentales. Veamos: Estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron una lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos, quedando todos llenos de espíritu santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el espíritu les concedía expresarse. Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones de la tierra. ... Estupefactos y admirados decían: ¿No son galileos todos estos que están hablando?...En nuestra lengua les oímos hablar las maravillas de Dios...¿Qué significa esto? Otros en cambio decían: Están bebidos (Hch 2,1-13).

7.- Entonces Pedro dijo: Judíos y habitantes todos de Jerusalén. Que os quede esto bien claro y prestad atención a mis palabras. No están estos borrachos, como vosotros suponéis, pues es la hora tercia del día, sino que es lo que dijo el profeta: Sucederá en los últimos días, dice Dios, derramaré mi espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas. Haré prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra...Y todo el que invoque el nombre del Señor se salvará (2,14-21; Jl 3,1-3). Lo que está sucediendo tiene explicación. Se está cumpliendo lo que anunciara el profeta Joel, el don del espíritu. Se cumple también una cosa importante, fundamental: El que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero ¿de quién se trata?

8.- Pedro lo proclama abiertamente. Se trata de Jesús de Nazaret, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales... Vosotros le matasteis clavándole en la cruz por medio de los impíos; a este, pues, Dios le resucitó rompiendo las ataduras de la muerte, pues no era posible que quedara bajo su dominio, porque dice de él David: Veía constantemente al Señor delante de mí, puesto que está a mi derecha, para que no vacile. Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua y mi carne descansa segura. Porque no me abandonarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia (Sal 16) ... A este Jesús Dios le resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del padre el espíritu santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís. Pues David no subió a los cielos y sin embargo dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies (Sal 110). Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado (2,22-36).

9.-  Por supuesto, a Jesús de Nazaret se le llama señor (Mc 7,28;Mt 8,8), como muestra de  respeto. Pero lo que sucede después de pascua es otra cosa: la oración  maranatha, que significa ven, Señor (1 Co 16,22;Ap 22,20), es ya una confesión de fe. El nombre del Señor es invocado y la comunidad cristiana experimenta su acción y su misteriosa presencia. El nombre del Señor, que pertenece a Dios (Jl 3,5), se aplica ahora a Jesús. Los cristianos son los que invocan el nombre del Señor. Saulo persigue a todos los que invocan su nombre (Hch 9,14.21). Pablo llama creyentes a cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor, Jesús, el Cristo (1 Co 1,2). Y se anuncia claramente: Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo... Pues todo el que invoca el nombre del Señor se salvará (Rm  10,9-13).

10.- El salmo 110 es fundamental (Hch 2,34-35; 1 Co 15,25; Col 3,1; Ef 1,20;Hb 1,13). Este salmo se cumple en la constitución de Jesús como Señor. Jesús lo había planteado abiertamente: ¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? David mismo dijo, movido por el espíritu santo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha... El mismo David le llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo? (Mc 12,35-37). En el proceso que se le hace a Jesús, el sumo sacerdote Caifás le dice: Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el hijo de Dios. En impresionante desafío, le dice Jesús: Sí, tú lo has dicho. Y yo os declaro que a partir de ahora veréis al hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y venir sobre las nubes del cielo (Mt 26,63-64). Para el sumo sacerdote, una blasfemia. Para los creyentes, experiencia actual y confesión de fe. 

11.- Cristo significa ungido. En hebreo, mesías. Al principio, sólo el rey es el ungido del Señor (1 Sm 10,1); con el tiempo, el sumo sacerdote  también es ungido (Dn 9,25); de una forma especial, aunque no lo sea de forma ritual, el profeta es ungido, el hombre del espíritu (Os 9,7), sobre él reposa el espíritu del Señor (Is 61,1). Para la gente que le sigue, Jesús aparece como profeta poderoso en obras y palabras, pero la experiencia pascual va más allá: Jesús es el Cristo, el Señor, está sentado a la derecha de Dios. Participa de la soberanía de Dios, Dios actúa por medio de él, es el brazo derecho de Dios.  En dependencia y en comunión con Dios, como hijo de Dios: Tú eres mi hijo amado (Mc 1,11), se escuchó en el bautismo.

12.- Jesús se define a sí mismo como el hijo de Dios. En la Biblia, este título se usa para expresar una relación especial del hombre con Dios. Así, al rey se le llama hijo de Dios: Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo (Sal 89), tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy (Sal 2); el justo es hijo de Dios (Sb 2,18); también lo son los que reciben la palabra de Dios (Jn 1,12-13), los que resucitan (Lc 20,36). Sin embargo, en Jesús ese título recibe una significación única: es el hijo (Mc 13,32;Mt 11,27;21,37), igual al padre: Yo y el padre somos uno, dice Jesús (Jn 10,30;ver 5,16-18), aunque dice también: el padre es más grande que yo (Jn 14,28). La relación de Jesús con Dios es la máxima posible. La experiencia de pascua lo confirma y desborda lo que se hubiera podido pensar acerca de Jesús: Nacido del linaje de David según la carne, constituido hijo de Dios con poder, según el espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesús el Cristo, Señor nuestro (Rm 1,4; ver Flp 2,9).

13.- Ciertamente, para llegar a la confesión de fe, necesitamos la revelación de Dios. Cuando Pedro dice en Cesarea de Filipo: Tú eres el Cristo, el hijo de Dios vivo, comenta Jesús: Dichoso eres tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi padre que está en el cielo  (Mt 16,16-17). Algo semejante dice Pablo: Cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mi a su hijo, para que lo anunciase entre los gentiles... (Ga 1,15-16). Pues eso, necesitamos que nos lo diga Dios: Nadie conoce al hijo sino el padre (Mt 11,27). Y también: Nadie puede decir: ¡Jesús es Señor!, sino en espíritu santo (1 Co, 12,3).

 

* Diálogo:  ¿Qué significa para nosotros la confesión de fe en Jesús de Nazaret?

-         reconocemos a Jesús como Señor, invocamos su nombre

-         es para nosotros el Cristo, el hijo de Dios vivo

-         comprendemos el sentido de las Escrituras

-         necesitamos la revelación de Dios