DERRAMARE MI ESPIRITU

  1. El don del espíritu, dado a raudales, es anunciado por el profeta Joel con estas palabras que dice en nombre de  Dios: Derramaré mi espíritu (Jl 3,1). El anuncio se cumple plenamente en Pentecostés, pero ¿qué significa en tiempo de Joel?, ¿qué significa para Jesús derramar su espíritu? ¿qué significa en la Iglesia naciente recibirlo?, ¿qué significa para nosotros la promesa de Dios y de Jesús, el don del espíritu?
  2. Veamos el contexto en el que vive Joel. Es judío, reside en Jerusalén, quizá en el siglo IX a.C. Las alusiones a Egipto y a Edom (4,19) pueden situarse en esa época. En tiempo de Roboán, hijo de Salomón, el rey egipcio Sisac atacó Jerusalén (1 Re 14,25). En tiempo de Jorán, Edom se hizo independiente (2 Re 8,20-22). Jorán asesinó a sus hermanos y a algunos jefes de Israel (2 Cr 21,4), sufrió la invasión de filisteos y árabes, murió de horrible enfermedad (2 Cr 21,17-18). Así murió mucho después (año 4 a.C.) Herodes el Grande, precisamente el día de Pentecostés: “El pueblo se congregó, no para celebrar el servicio religioso del día festivo, sino para dar rienda suelta a sus iras” (F. Josefo, Ant. XVII, 254).
  3. Las cosas no van bien. Hay que despertar del letargo general y estar vigilantes. Una terrible plaga de langostas le sirve al profeta para anunciar lo que nadie ve, la invasión del país: Oídlo, ancianos; escuchad, habitantes del país: ¿Sucedió algo semejante en vuestros días, o en los días de vuestros padres?... Lo que dejó la oruga lo devoró la langosta; lo que dejó la langosta lo devoró el pulgón, lo que dejó el pulgón lo devoró el saltón. ¡Despertad, borrachos, y llorad; gemid todos los bebedores, que os quitan el vino de la boca! Porque un pueblo invade mi país, fuerte e innumerable: sus dientes son dientes de león y tienen muelas de leona. En desolación deja mis viñas, destroza mis higueras; pela y descorteza  hasta que blanquean las ramas (Jl 1,2-7). A la plaga de langostas se añade la sequía y el fuego: El campo ha sido arrasado... los graneros están vacíos, ... están secas las corrientes de agua y el fuego devora los pastizales (1,10-20). Está cerca el día del Señor (1,15), día de tinieblas y oscuridad (2,2), día de juicio. 
  4. La plaga de langostas es señal de una plaga mucho peor, la invasión destructora de una gran potencia militar: Tocad la trompeta en Sión... Su aspecto es de caballos, de jinetes que galopan. Como estruendo de carros, por las cimas de los montes saltan, como el crepitar de la llama de fuego que consume la paja, ¡como ejército numeroso en orden de batalla! Ante él se estremecen los pueblos, todos los rostros cambian de color. Corren como bravos, como guerreros escalan las murallas, cada cual avanza por su línea, sin desordenar las filas. Nadie tropieza con su compañero, avanza cada cual por su calzada; a través de las saetas arremeten sin romper la formación. Asaltan la ciudad, corren por la muralla, hasta las casas suben, como ladrones entran por las ventanas. Ante ellos tiembla la tierra, se conmueven los cielos, el sol y la luna se oscurecen, las estrellas retiran su fulgor (2,2-10). Se denuncia en el salmo 79: Han invadido tu heredad las gentes... Han entregado el cadáver de tus siervos por comida a los pájaros del cielo.
  5. Es preciso cambiar. La situación actual reclama profunda conversión: Desgarrad vuestro corazón y no vuestros vestidos, volved al Señor vuestro Dios, porque él es clemente y compasivo... Salga el esposo de la alcoba y la esposa del tálamo. Entre el vestíbulo y el altar lloren los sacerdotes,  ministros del Señor, y digan: ¡Perdona, Señor, a tu pueblo, no entregues tu heredad al oprobio, a la irrisión de las naciones! No se diga entre los pueblos: ¿Dónde está su Dios? (Jl 2,13-18).
  6. La oración es escuchada y el invasor es alejado: He aquí que yo os envío trigo, vino y aceite virgen, os hartaréis de ello, y no os entregaré más al oprobio de las naciones. Al que viene del norte le alejaré de vosotros, y le echare hacia una tierra de aridez y desolación: su vanguardia hacia el mar oriental, su retaguardia hacia el mar occidental. Y subirá su hedor, se extenderá su fetidez, porque intentó hacer proezas (2,19-20). Joel vive en el sur, en Jerusalén. El invasor viene del norte.
  7. El don del espíritu de Dios se derramará sin distinción de género, de edad, de clase social. Un resto lo recibirá: Sucederá después de esto que yo derramaré mi espíritu sobre toda carne: vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños y vuestros jóvenes tendrán visiones. También sobre mis siervos y mis siervas derramaré mi espíritu en aquellos días. Daré señales en el cielo y en la tierra, sangre, fuego, columnas de humo. El sol se cambiará en tinieblas y la luna en sangre, ante la venida del día del Señor, grande y terrible. Y sucederá que todo el que invoque el nombre del Señor se salvará, porque en el monte Sión y en Jerusalén quedará un resto – dice el Señor-, y entre los supervivientes estarán los que llame el Señor (3,1-5).
  8. El don del espíritu implica el juicio de las naciones por sus delitos contra el pueblo creyente: exilios, crímenes, abusos sexuales. Josafat significa Dios juzga: Porque he aquí que en aquellos días, cuando yo cambie la suerte de Judá y Jerusalén, convocaré a todas las naciones y las haré bajar al valle de Josafat: allí las juzgaré por sus delitos contra mi pueblo y mi heredad... Porque lo dispersaron entre las naciones, y se repartieron mi tierra. Y echaron suertes sobre mi pueblo, cambiaron el niño por la prostituta, y a la niña la vendieron por vino para beber. También vosotros, Tiro y Sidón y la región de Filistea... (4,1-4). La siega y la vendimia son símbolos del juicio: Meted la hoz, porque la mies está madura; venid, pisad, que el lagar está lleno... tan grande es su maldad (4,13).
  9. La invasión lo destruye todo. El don del espíritu, como fuente que mana y riega el valle, lo transforma todo: Sucederá aquel día que los montes manarán vino y las colinas destilarán leche, por todas las torrenteras de Judá fluirán las aguas; y una fuente manará de la casa del Señor que regará el valle de las Acacias. Egipto quedará hecho una desolación, Edom un desierto desolado, por su violencia contra los hijos de Judá, por haber derramado sangre inocente en su tierra. Pero Judá será habitada para siempre, y Jerusalén de edad en edad. Yo vengaré su sangre, no la dejaré impune, y el Señor morará en Sión (4,18-21).
  10. El último día de la fiesta de las Tiendas, Jesús grita a los sedientos: Si alguno tiene sed, venga a mi, y beba el que crea en mi, como dice la Escritura: de su seno correrán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al espíritu que habían de recibir los que creyeran en él. Aún no había espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado (Jn 7,37-39). De su cuerpo muerto, sale sangre y agua (19,34), testimonio y espíritu. En la cena de despedida Jesús promete a sus discípulos el don del espíritu: Yo pediré al Padre y os dará otro abogado, para que esté con vosotros para siempre, el espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros. No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre, vosotros en mi y yo en vosotros (14,16-20).  
  11. El don del espíritu es la promesa del Señor: Recibiréis la fuerza del espíritu santo, ... y seréis mis testigos (Hch 1,8). El día de Pentecostés Pedro interpreta lo que está pasando. No, no están borrachos los que proclaman las maravillas de Dios. Es lo que dijo el profeta: Derramaré mi espíritu sobre toda carne. Escuchad estas palabras: A Jesús, el Nazoreo, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales... vosotros lo matasteis colgándolo de una cruz por medio de los impíos; ... a este Jesús, Dios le resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre  el espíritu santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís...  Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado (2,14-36).
  12. Al oír esto, dijeron con el corazón compungido: ¿Qué hemos de hacer, hermanos? Pedro les contestó: Convertios y que cada uno de vosotros se haga bautizar en nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el espíritu santo, pues la promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro (2,37-39).  

* Diálogo: ¿Qué significa para nosotros la promesa de Dios y de Jesús: Derramaré mi espíritu? Experiencias actuales.