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1.- La misión de los doce es fundamental en el anuncio del evangelio. Los doce discípulos son enviados a las doce tribus de Israel. Anuncian, lo mismo que Jesús, el reino de Dios (y su justicia) y las señales de su presencia: Id proclamando que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios (Mt 10,7-8). Los discípulos son la sal de la tierra y la luz del mundo (Mt 5,13). Han de anunciar y vivir la voluntad de Dios, la justicia del reino de Dios, la justicia que supera la de los escribas y fariseos (5,20), llevando a su cumplimiento la ley y los profetas (5,17). 2.- En la lista de los doce (10,2-4) aparece primero Simón, llamado Pedro, en el conjunto de dos pares de hermanos (Simón y Andrés, Santiago y Juan), los cuatro primeros discípulos (Mt 4,18-22). Tenemos otros detalles del publicano Mateo (Mt 9,9), de Judas el traidor (Mt 26,14-25), de Felipe y Bartolomé (Jn 1,43-51;6,5-7), de Tomás (Jn 14,8-10). El grupo de los doce es heterogéneo, complejo, abigarrado: dentro de una procedencia común galilea, hay nombres griegos y nombres judíos, sencillos pescadores junto a miembros de otras profesiones (un publicano como Mateo, un celota como Simón), así como discípulos de Juan el Bautista (Santiago y Juan). 3.- El horizonte de la misión está delimitado. Los doce son enviados a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 10,6). Andan dispersas y errantes, como ovejas que no tienen pastor (9,36). Ahora tienen la oportunidad de reunirse en torno a la voz del único pastor (Ez 34). Lo que importa no es abarcar mucho sino cumplir la voluntad de Dios en el horizonte determinado por él. Más adelante, se abrirá de par en par la puerta a los gentiles: Vendrán de oriente y occidente (Mt 8,11). 4.- El anuncio del evangelio debe ser gratuito: Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis. No os procuréis oro, ni plata, ni calderilla en vuestras fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento (10,8-10). Los apóstoles dejarán en casa la alforja para llevar provisiones de comida, vestidos de repuesto y otras cosas. Han de ir ligeros de equipaje. Se les dará lo necesario. 5.- Es decisiva la acogida dada a los enviados (10,11-13). Cuando una casa o una ciudad rechace el anuncio de los mensajeros, no deben lamentarse ni culparse a sí mismos, denunciarán la ruptura total de comunión, sacudiendo el polvo de sus pies (10,14). El día del juicio, cuando el hijo del hombre se siente en su trono de gloria rodeado de sus mensajeros (Mt 25,31;Dn 7,14.26.27;Za 14,5), habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad (10,14-15). Los doce comparten con él la función de juzgar: Os sentaréis también vosotros en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel (19,28). El rechazo y la muerte de los enviados acarrea el juicio de Dios: Se pedirá cuenta (Mt 23,34;Lc 11,51;ver Jr 7,25-26). 6.- Jesús envía a sus discípulos como ovejas en medio de lobos (10,16). Han de ser conscientes del peligro, pero sin exponerse a él con temeridad: Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas (10,17). Se requiere prudencia, pero también sencillez. Los doce sufrirán, como Cristo, la oposición violenta de los hombres; corren, pues, grandes riesgos: Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles (10,17-18). El testimonio dado en esas circunstancias tendrá un valor único. 7.- En el momento peor, los discípulos tendrán la luz y la fuerza del espíritu de Dios: Cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el espíritu de vuestro padre el que hablará en vosotros (10,19-20). 8.- La persecución penetrará incluso en la propia familia: Entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se levantarán hijos contra padres y los matarán (10,21). La división alcanzará a parientes próximos: Enemigos de cada cual serán los de su casa (10,36). La opción por la causa de Jesús está por encima de la familia: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí (10,37). Se requiere una perseverancia a prueba de todo: enemistades, decepciones, fracasos (10,22). 9.- Los discípulos deben aprovechar la posibilidad de huir y evitar exponerse al peligro por un falso heroísmo: Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra (10,23). No obstante, la persecución es algo que distingue al discípulo: Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¡cuanto más a sus domésticos! (10,25). El dueño de la casa es el mismo Jesús y se le ha calumniado, se le ha acusado de tener un pacto con el diablo (9,34); los discípulos han de contar con calumnias y difamaciones, injurias e insultos. 10.- No tengáis miedo, dice Jesús. Vuestro temor a los hombres no ha de impedir vuestro testimonio. Es preciso hablar francamente y sin temor: No hay nada encubierto que no haya de ser descubierto (10,26). El poder de los hombres sólo puede afectar al cuerpo: No temáis a los que matan el cuerpo (10,28). El discípulo supera incluso el miedo a la muerte. Ni un pajarillo cae en tierra sin el consentimiento de Dios: No temáis, vosotros valéis más que muchos pajarillos (10,33). 11.- Quien a vosotros recibe a mí me recibe y quien me recibe a mí, recibe a aquel que me ha enviado (10,40). Esto se dice también de todos aquellos que comparten la misión de anunciar el evangelio (Lc 10,16). Recibir significa no sólo dar hospitalidad, sino acoger la palabra proclamada por el discípulo. Todo ello será recompensado: Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo, os aseguro que no quedará sin recompensa (10,42). 12.- Los pequeños son los discípulos de Jesús. En cierta ocasión le preguntaron, e incluso discutieron (Mc 9,34), sobre quién era el mayor. El llamó a un niño, le puso en medio y les dijo: Quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos (Mt 18,4; ver Mc 9,41-42). Ser discípulo es hacerse pequeño, insignificante a los ojos del mundo. El juicio final se decide en la acogida de Jesús y de sus mensajeros. Los hombres (todas las naciones, no sólo el pueblo de Israel) serán juzgados por la actitud asumida ante los discípulos que encarnan la presencia de Jesús: Cuanto hicísteis a uno de estos hermanos míos más pequeños a mí me lo hicísteis (Mt 25,40), porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me acogísteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitásteis; en la cárcel y vinísteis a verme (25,35-37). * Diálogo: Sobre lo que nos parezca más importante. |