El bautismo es el sacramento,
no del nacimiento a la vida, sino del nacimiento a la fe. Pero esto ¿qué
significa? En nuestra sociedad, muchos son los bautizados y pocos los evangelizados.
A pesar del proceso de secularización, sigue pesando mucho la herencia
familiar, la presión social, la pertenencia religiosa a la hora de
bautizar a los niños. Pero después significa poco en la vida
de cada día. En el marco social y religioso en el que vive Jesús
pasa algo parecido. De nada sirve decir: Tenemos por padre a Abraham. En nuestra
sociedad bautizada, pero insuficientemente evangelizada, tampoco sirve decir:
Somos católicos de toda la vida. Es preciso llegar a vivir lo que significa
el bautismo, si queremos que sirva de algo. Hay que nacer de nuevo (Jn
3), dice Jesús a Nicodemo. En la catequesis de los primeros siglos,
este cambio radical es vivido también como un paso de la
sed al agua de la vida (Jn 4), de la ceguera a la luz (Jn 9), de
la muerte a la vida (Jn 11).
Nicodemo, magistrado fariseo,
ocupa un puesto importante en el gobierno judío. Va donde Jesús
de noche y le dice: Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro,
porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios
no está con él. El magistrado aprecia las señales, pero
pertenece a un mundo distinto, desde donde es muy difícil entender
lo que dice Jesús: El que no nazca de lo alto no puede ver el reino
de Dios. Se requiere un cambio radical, un nuevo nacimiento.
El magistrado pregunta: ¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? Responde
Jesús: El que no nazca de agua y espíritu no puede entrar
en el reino de Dios. Es preciso nacer del agua, que simboliza la
conversión anunciada por Juan (Jn 1,31) y es preciso nacer
del espíritu: El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero
no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el
que nace del espíritu (3, 3-8). Nicodemo es maestro en Israel,
pero no entiende nada. Es el hombre de la ley. Atado a un código que
excluye toda novedad, se cierra a la acción de Dios. Como fariseo,
piensa que Dios ha terminado su obra, que el hombre está en su estado
definitivo, que no hay ningún umbral que atravesar. Jesús dice
otra cosa: la creación no ha terminado, Dios sigue trabajando (Jn 5,17),
el hombre ha de nacer del espíritu. El diálogo refleja una tensión
entre la sinagoga y la comunidad de discípulos: Nosotros hablamos
de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros
no aceptáis nuestro testimonio.
¡Nacer del espíritu! En
la Biblia se usa la palabra espíritu para expresar la realidad
de Dios (Jn 4,24), sus dones (Is 11,2), el don del espíritu (Jn 14,16),
el aliento de vida que hay en el hombre (Gn 2,7). Originalmente, significa
soplo del viento y aliento vital. El espíritu de Dios
aparece siempre en acción: es como el viento (Jn 3,8), como
aliento (Sal 104,29-30), como el agua (Jn 7,37-39), como el
fuego (Eclo 48,1;Jr 20,9;Hch 2,3-4), como el aceite (Am 6,6;Ez
16,9;Is 1,6; 1 S 10,1-6).
Ahora bien, se puede creer en
Dios y también en Cristo, sin haber recibido el don del espíritu.
Al enterarse los apóstoles de que Samaría había acogido
la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos oraron por ellos
para que recibieran espíritu santo, pues únicamente habían
sido bautizados en el nombre del Señor Jesús (Hch 8,14-17).
En Efeso Pablo hizo a algunos discípulos la siguiente pregunta: ¿Recibísteis
espíritu santo cuando abrazásteis la fe? Ellos dijeron:
Ni siquiera hemos oido si hay espíritu santo (Hch 19,2; con
minúscula y sin artículo, según el original griego).
En realidad, ignoran la comunicación general del espíritu, anunciada
por el profeta Joel: Sucederá en los últimos días,
dice Dios: Derramaré mi espíritu sobre toda carne (Jl 3,1).
El espíritu de Dios aparece
de muchas maneras en la vida de Jesús: en su concepción (Lc
1,35), en su bautismo (3,21-22), en el desierto (4,1), en su misión
(4,14-22), en su oración (10,21), en su última cena (Jn 14,16-17),
en su resurrección (20,22;ver Gn 2,7), en la primera comunidad cristiana
(Hch 2). Jesús da el espíritu sin medida (Jn 3,34), evangeliza
por la fuerza del espíritu y lo hace con señales de
liberación (Lc 4,18-20; ver Is 61,1-2). En la última cena,
Jesús anuncia (una y otra vez) el don del espíritu: Yo rogaré
al padre y os dará otro defensor, para que esté con vosotros
para siempre, el espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir,
porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora
con vosotros. No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros.
Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis,
porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día
comprenderéis que yo estoy en mi padre y vosotros en mí y yo
en vosotros (Jn 14,16-20; ver14,23-26; 15, 26-27; 16,7-15).
Jesús vive su pasión
y su muerte como un bautismo: Con un bautismo tengo que ser bautizado y
¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla! (Lc 12, 50). Se dice
en el salmo 69: He llegado hasta el fondo del abismo y las aguas me anegan.
La antigua catequesis cristiana encuentra en el simbolismo del agua resonancias
bíblicas fundamentales. Se compara el bautismo con el paso de Israel
por el mar Rojo, la experiencia del éxodo: Israel nace del agua como
pueblo de Dios. El espíritu de Dios revolotea sobre las aguas primordiales
(Gn 1, 2): el universo canta la gloria de Dios. Después del diluvio,
saldrá el arco iris, señal de alianza. Elías es arrebatado
en un carro de fuego (carro y auriga de Israel), después de cruzar
el Jordán, decisión comprometida. Dice San Cirilo de Jerusalén
en el s.IV, "el Jordán es el principio de los Evangelios"
(Catequesis 3, 5), donde el espíritu de Dios crea un hombre nuevo y
un mundo nuevo.
El don del espíritu es
una realidad que brota a raudales de la pascua de Cristo. Lo proclama Pedro
el día de Pentecostés: No están estos borrachos, como
vosotros suponéis, pues es la hora tercia del día, sino que
es lo que dijo el profeta... A Jesús Nazareno, hombre a quien Dios
acreditó entre vosotros con milagros, prodigios y señales...A
este Jesús Dios le resucitó, de lo cual todos nosotros somos
testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del padre el espíritu
santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís (Hch
2,16-33).
En la Iglesia se repiten las
señales de Jesús: los cojos andan (Hch 3,1-10), los muertos
resucitan (9,40;20,10), se dan cambios radicales (10,44-48), la palabra de
Dios es anunciada con valentía (4,13), se comparten los bienes (2,44;4,32),
las amenazas y persecuciones son afrontadas con paz y alegría (5,41),
el espíritu produce sus frutos (1 Co 12,8-10), se confiesa que Jesús
es el Señor (1 Co 12,5). El don del espíritu sigue siendo
actual. Dice San Agustín: Si en la actualidad la presencia del espíritu
santo no se manifiesta con semejantes milagros ¿cómo será posible
que sepa cada uno que ha recibido el espíritu?
Los Hechos de los Apóstoles
muestran el lugar central que ocupa el bautismo en la primera comunidad cristiana.
Quienes acogen el Evangelio, reciben el bautismo. Las palabras de Pedro les
llegan al corazón y preguntan: ¿Qué tenemos que hacer? Pedro
les dice: Convertíos y bautizaos en nombre de Jesucristo para remisión
de vuestros pecados; y recibiréis el don del espíritu santo
(Hch 2, 38).
En tiempo de Jesús la
palabra baño o bautismo se aplica a todo tipo de abluciones
y lavatorios (Mc 7,4;Hb 9,10), al bautismo de los prosélitos (Mt 23,15),
al bautismo de las sectas judías, al bautismo de Juan (Mc 1,4), al
bautismo de Jesús (Mc 1,9-11;ver Jn 3,22;4,2), al bautismo cristiano.
Las primeras comunidades bautizan en nombre de Cristo (Hch 2,38),
en Cristo (Gal 3,27;Rm 6,3), en el Señor Jesús, o
bien en espíritu santo (Hch 19,3.5;Mc 1,8;Jn 1,32-33). Veamos
cada uno de estos bautismos, que pertenecen al marco religioso en el que aparece
el bautismo cristiano.
En primer lugar, el bautismo
de los prosélitos (La Misná, Pesachin VIII,8). Todo pagano
que se convertía al judaismo debía someterse a un triple rito:
circuncisión, bautismo y ofrenda (ver Nm 15,14-16). Se les exigía
una catequesis preparatoria, siendo interrogados sobre los motivos de su conversión.
En el Talmud el rito del bautismo prevé un interrogatorio al candidato
y una respuesta por su parte, que supone una confesión de fe. Los testigos
garantizan la fe del bautizado. Mientras los prosélitos se meten en
la piscina, los rabinos recitan algunos mandamientos de la ley. En algunos
casos, utilizan la fórmula en nombre del cielo o por amor
al cielo. El bautismo debe practicarse, a ser posible, con agua viva,
corriente (ver Didajé VII,1-4). El prosélito, una vez bautizado,
es como un recién nacido (neófito), que empieza una vida
nueva.
Existía también
el bautismo de las sectas judías, por ejemplo, entre los esenios
de Qumram. Flavio Josefo (De bello iudaico II,8,7) habla de una larga
prueba a la que eran sometidos los nuevos miembros. Un primer examen decidía,
a título de postulante, la admisión del candidato. Durante un
año, el aspirante debía ejercitarse en la vida esenia, pero
no podía participar plenamente de la comunidad. Al final del segundo
año ingresaba en las aguas santas de purificación y participaba
del banquete sagrado. El bautizado se comprometía a observar la ley
de Moisés, empezaba una vida nueva para dar frutos de conversión.
Se dice en la Regla de Unión: "Entonces Dios purificará en su
verdad todas las acciones del hombre.... Y El derramará sobre el hombre
el espíritu de verdad como agua lustral, para absolverle de todas las
abominaciones fraudulentas" (4,19-22).
El bautismo de Juan prepara
el camino de Aquel que bautizará en espíritu santo y fuego
(Mt 3,11). Juan se dirige a todos: pecadores, paganos, fariseos, saduceos
(Mt 3,7-10;Lc 3,12-14). Denuncia la falsa ilusión de tener por padre
a Abraham, sin practicar la justicia (Mt 3,8). Anuncia un bautismo de conversión
para el perdón de los pecados (Mc 1,4), para preparar al Señor
un pueblo bien dispuesto (Lc 1,17). Atestigua la presencia del Mesías:
Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua
me dijo: Aquel sobre quien veas que baja el espíritu y se queda sobre
él, ése es el que bautiza con espíritu santo. Y yo le
he visto y doy testimonio de que éste es el elegido de Dios (Jn
1,33-34).
El bautismo de Jesús
manifiesta que posee el espíritu de Dios. No se dan detalles, pero
la experiencia se describe con estas imágenes: se abren los cielos
(Ez 1,1;Is 63,19), desciende el espíritu (Is 42,1;Ez 36,5;Jl
3,1), se escucha una palabra de Dios: Tú eres mi hijo amado, en
quien me complazco (Sal 2,7;Is 42,1-3;Mt 3,17). El espíritu de
Dios viene sobre Jesús y reposa sobre él (Is 11,2;Mt 3,16).
Con la querencia de una paloma sobre su nido.
El canto primero del siervo del
Señor (Is 42) se cumple en el bautismo de Jesús, modelo de todo
bautismo. Dios mismo presenta a su servidor y le sostiene: He aquí
mi siervo, a quien yo sostengo, mi elegido a quien prefiero. El siervo
tiene el don de Dios y una misión que cumplir: He puesto mi espíritu
sobre él: dictará ley a las naciones. No vociferará ni
alzará el tono, y no hará oír en la calle su voz. Caña
quebrada no partirá, y mecha mortecina no apagará. Lealmente
hará justicia; no desmayará ni se quebrará hasta implantar
en la tierra el derecho y su instrucción atenderán las islas.
La misión del siervo, sin fronteras, es implantar el derecho y
la ley de Dios, dar a conocer su voluntad, hacer justicia. No se impondrá
por la fuerza ni avasallará, pero tampoco se callará ni desmayará.
El siervo es creación de Dios y obra de sus manos, respuesta a la llamada
de Dios, cumplimiento de un destino recibido de Dios: Yo, el Señor,
te he llamado en justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he
destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes, para abrir los ojos
ciegos, para sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven
en tinieblas.
El segundo canto del Siervo (Is
49) es también maravilloso: ¡Oídme, islas, atended, pueblos
lejanos! El Señor desde el seno materno me llamó, desde las
entrañas de mi madre recordó mi nombre. Hizo mi boca como espada
afilada, en la sombra de su mano me escondió; me hizo como saeta aguda,
en su carcaj me guardó. Me dijo: Tú eres mi siervo (Israel)
de quien estoy orgulloso. Pues yo decía: Por poco me he fatigado, en
vano e inútilmente mi vigor he gastado. ¿De veras que el Señor
se ocupa de mi causa y mi Dios de mi trabajo? Mas yo era glorificado a los
ojos del Señor, mi Dios era mi fuerza. La llamada del Señor
arraiga en las raíces de la propia existencia. La boca del siervo,
que proclama la palabra de Dios, es espada afilada y saeta aguda, un arma
para cerca y un arma para lejos, un arma que utiliza el Señor en el
momento oportuno. Por un tiempo, la espada está escondida en la sombra
de su mano y la saeta guardada en su aljaba. Pero no es tiempo perdido ni
el trabajo es inútil. El fracaso del siervo es sólo aparente.
La misión permanece y se ensancha, hasta los confines de la tierra:
Poco es que seas mi siervo en orden a reunir las tribus de Jacob, y de
hacer volver a los rescatados de Israel. Te voy a poner por luz de las gentes
para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra. No
se trata sólo de unir, de reunir a las tribus de Jacob, de superar
cismas y destierros (ahora, la división de las Iglesias). No, lo que
Dios prepara en el escenario de la historia es un acontecimiento universal,
visible para todas las naciones.
El bautismo cristiano
es un baño en el espíritu: Juan bautizó con
agua, vosotros seréis bautizados en espíritu santo (Hch
1,5). El espíritu es don de Dios que se da a quien es bautizado (Hch
2,38;Rm 5,5). Es signo de la presencia de Cristo resucitado en el creyente.
Lo dijo Jesús: Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el
que crea en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán
ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al espíritu
que iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún no había
espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado
(Jn 7,37-39). El baño en el espíritu es la regeneración
por la que el hombre nace de lo alto (Jn 3,3), el caudal que derrama
Jesús en quienes creen en El, la gracia del Evangelio: Un solo Señor,
una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está
sobre todos, por todos y en todos (Ef 4,5-6;ver 1 Co 6,11).
El espíritu es
el don de Dios (Hch 8,29;Jn 4,10), comunicación que sólo
Dios puede hacer, ya que se da a sí mismo. Todo lo que acontece desde
Dios, acontece en el espíritu. El Símbolo de la fe dice, según
el texto original griego: Creo en espíritu santo. Aquí
aparece también la palabra espíritu santo con minúscula
y sin artículo. Por ese don el Señor glorificado sigue presente
entre los suyos, lo mismo que el Padre. Lo dijo Jesús: Si alguno
me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos
a él y haremos morada en él (Jn 14,23).
El bautismo supone purificación
(1 Co 6,11;Ef 5,25-26), nuevo nacimiento (Jn 3,3-5;Gal 4,29), regeneración
(Tt 3,5-8), iluminación (Ef 5,8-14). Dice San Pedro: Como
niños recién nacidos, desead la leche espiritual pura a fin
de que, por ella, crezcáis para la salvación (1 P 2,2).
El bautismo supone crecimiento y, también, una conducta ejemplar
(2,12), una vida nueva (Rm 6,4). Clemente de Alejandría (+hacia
215) expresa así la profundidad del misterio: "Bautizados, son iluminados;
iluminados, son adoptados como hijos; adoptados como hijos, se vuelven perfectos;
al ser perfectos, reciben la inmortalidad... Esta operación recibe
muy diversos nombres: don o carisma, iluminación, perfección,
baño" (Paedagogus I,6). Bautizados en Cristo, estamos marcados por
un sello indeleble, como el mismo Jesús, y "esta unción es el
espíritu santo", dice San Cirilo de Jerusalén (Mystagogica 3,1).
En el bautismo queda anulada la pretensión original del hombre pecador:
ser como Dios, prescindiendo de Dios (Gn 3, 5).
En los primeros siglos, "el
bautismo de adultos es la práctica más común", "el
catecumenado (preparación para el bautismo) ocupa entonces un lugar
importante" (Catecismo de la Iglesia Católica, 1247). Iniciación
a la fe y a la vida cristiana, el catecumenado prepara para recibir el don
de Dios en el bautismo, la confirmación y la eucaristía. En
la tradición catecumenal, las entregas del Símbolo de la fe
y del Padrenuestro son elementos importantes en la celebración del
bautismo. La Iglesia entrega a quienes se bautizan el compendio de su fe y
de su oración. El bautismo es el signo eficaz de que se ha recibido
la fe y la vida nueva que entraña: por medio de Cristo tenemos acceso
al padre en un mismo espíritu (Ef 2,18). O lo que es lo mismo,
ponemos nuestra confianza en Dios, porque somos hijos. La prueba
de ello es que Dios ha enviado a nuestros corazones el espíritu
de su hijo que clama: abba, padre (Ga 4, 6).
En las circunstancias actuales
la maduración en la fe de los bautizados requiere una catequesis de
inspiración catecumenal. Así lo propuso Pablo VI: "Sin
necesidad de descuidar de ninguna manera la formación de los niños,
se viene observando que las condiciones actuales hacen cada día más
urgente la enseñanza catequética bajo la modalidad de un catecumenado
para un gran número de jóvenes y adultos que, tocados por la
gracia, descubren poco a poco la figura de Cristo y sienten la necesidad de
entregarse a él" (EN 44). De hecho, muchos bautizados son "verdaderos
catecúmenos" (Juan Pablo II, CT 44).
Los niños no son bautizados
en una fe personal, sino en la fe de la comunidad cristiana. Después
poco a poco han de ir personalizando su fe, si realmente quieren que el bautismo
signifique algo en su propia vida. Por supuesto, se ha de respetar su libertad:
Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis
(Mt 19, 14), dijo Jesús. En determinados medios, habría que
añadir: No se lo impongáis. Los testimonios más antiguos
de la práctica del bautismo de niños son del siglo III. El bautismo
de niños no debe ser un acto rutinario. Por ello se plantea la cuestión:
¿qué garantías hay de que el niño va a ser educado en
la fe?
¿Y los niños que mueren
sin bautizar? En el pasado se les aplicó (de mala manera) lo que dice
Jesús al adulto Nicodemo: El que no nazca de agua y de espíritu
no puede entrar en el reino de Dios. Hoy día esa aplicación
resulta insostenible: Dios quiere que todos los hombres se salven (1
Tm 2, 4), los niños no tienen pecados personales, son objeto de la
predilección divina (Mt 18,10), son también hijos de Dios,
siendo hijos de la resurrección (Lc 20, 36)..
* Diálogo:
¿Hemos llegado a vivir lo que significa el bautismo?