La confirmación presenta
problemas. Para muchos es algo que pasó, pero que no tuvo mayor
importancia. Lo que se recuerda es casi nada. Presión social existe,
pero menos que en otros sacramentos. Se advierte una paradoja: por un lado,
se quieren abandonar las confirmaciones en serie (por edades, años
de catequesis, cursos escolares), cuyo automatismo encaja demasiado con los
ritos sociales; por otro lado, faltan comunidades vivas que puedan ofrecer
acogida y proceso de evangelización a quienes se confirman. Sin proceso
de evangelización y sin comunidad el rito deriva hacia el ritualismo
vacío. Tras la confirmación se constata desbandada general.
Hablando de edades, antes era a los siete, después se pasó a
los catorce y a los dieciocho, ahora se vuelve hacia atrás. En la edad
adulta y en el diálogo ecuménico, también se detectan
problemas, algunos de fondo: żEn qué consiste? żEs un sacramento añadido
y secundario? żEs necesario? żEstá en vía de desaparición?
żDebe unir o debe dividir a los cristianos?
Hay que acudir a los datos
de la historia. De hecho, se tardó mucho tiempo (más de
un milenio) en establecer la confirmación como un sacramento autónomo,
distinto del bautismo. Sin embargo, en los primeros siglos, la confirmación
se considera como coronación y plenitud del bautismo: "constituye
generalmente una única celebración con el bautismo, y forma
con éste, según la expresión de San Cipriano, un sacramento
doble". Después cambian las cosas. En Occidente se reserva
al obispo el acto de conferir la plenitud al bautismo, lo que después
se llamará confirmación. En Oriente se conservan unidos los
dos sacramentos: da la confirmación el presbítero que bautiza.
Son dos tradiciones distintas: "La práctica de las Iglesias
de Oriente destaca más la unidad de la iniciación cristiana.
La de la Iglesia latina expresa más netamente la comunión del
nuevo cristiano con su obispo" (Catecismo de la Iglesia Católica,
1290 y 1292).
En los orígenes, la iniciación
cristiana culmina en dos momentos inseparables, normalmente celebrados
uno a continuación del otro, en el marco de la comunidad cristiana,
presidida por el obispo. Son el bautismo y la eucaristía.
El bautismo es el sacramento de la fe: El que crea y sea bautizado se salvará
(Mc 16, 16). No es un acto mágico, es fruto del proceso de evangelización
que tiene estas constantes: reconocimiento de Jesús como Señor,
conversión a la justicia del Evangelio, perdón de parte de Dios,
el don del espíritu, enseñanza, comunión, fracción
del pan (eucaristía), oración, señales, comunicación
de bienes, incorporación a la comunidad. Todo esto lo recibe quien
se convierte al Evangelio y se bautiza Lo proclama Pedro el día de
Pentecostés: Convertíos y bautizaos en nombre de Jesucristo
para remisión de vuestros pecados y recibiréis el don del espíritu
santo... El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que
se iban salvando (Hch 2, 38-47).
La confesión de fe se
centra en la persona de Jesús, Señor de la historia. Se bautiza
en nombre de Jesús. Además, el bautismo supone conversión.
Se renuncia a la incredulidad para vivir en la fe, es decir, en función
de Dios. Se supera así la pretensión original del hombre pecador:
ser como Dios prescindiendo de Dios (Gn 3, 5). Asimismo, el bautismo se celebra
en la dinámica del espíritu: Nadie puede decir: Jesús
es Señor, sino en el espíritu santo (1 Co 12, 3). Y también:
El espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio
de que somos hijos de Dios (Rm 8, 16). Según la experiencia de
los primeros cristianos, esto no siempre se capta. Pablo se encuentra en Efeso
con unos discípulos que habían sido bautizados sólo con
agua (19, 1-7; Mc 1, 8). Y los bautizados por Felipe en Samaría
son confirmados por los apóstoles Pedro y Juan (Hch 8, 14-17). Se puede
reconocer (en el espíritu) que Jesús es el Señor (experiencia
de Pascua) y, sin embargo, no tener fuerzas para ser sus testigos. Es la situación
que viven los discípulos antes de Pentecostés. Les dice el Señor:
Recibiréis la fuerza del espíritu santo, que vendrá
sobre vosotros, y seréis mis testigos (Hch 1,8). Además,
conforme a la promesa de Jesús, los discípulos reciben una profunda
comprensión de la fe, la verdad completa (Jn 14, 26;16,13).
En la carta a los Hebreos se recuerda, entre los primeros elementos de la
iniciación cristiana, la doctrina del bautismo y la imposición
de manos, por la que se comunica el don del espíritu (Hb 6,2). Finalmente,
la experiencia de fe se vive en comunidad. La comunidad es el cuerpo de
Cristo (1 Co 12, 27): Todos nosotros hemos sido bautizados en un solo
espíritu, para constituir un solo cuerpo (1 Co 12, 13; ver Ef 5,
25).
A partir del siglo III, se desarrollan
los ritos de la iniciación bautismal. En torno al rito del agua
aparecen poco a poco ritos previos (imposición de manos, unción
con óleo, señal de la cruz, soplo del ministro sobre el futuro
bautizado, etc) y ritos de prolongación, que repiten en gran
parte los precedentes (imposición de manos, unción, señal
de la cruz, etc). Los ritos que prolongan el rito del agua no añaden
nada verdaderamente nuevo a lo que significa la iniciación bautismal
en el Nuevo Testamento. Sólo insisten en ciertos aspectos. Veamos los
ritos más importantes.
La imposición de manos
significa, de manera bastante constante, el don del espíritu. No
es un acto mágico. En cierto sentido, el don del espíritu es
fruto del ministerio apostólico y de la oración
que espera la promesa de Jesús (Hch 1, 14). En los rituales se citan
los dones del espíritu: espíritu de sabiduría e inteligencia,
espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y de temor
del Señor (Is 11, 2). Se citan también los pasajes de los
Hechos de los Apóstoles que presentan la imposición de manos
vinculada a la comunicación del espíritu (Hch 8, 9-24; Hch 19,
1-7). He aquí algunos testimonios del siglo III: "Se nos impone
la mano invocando y atrayendo sobre nosotros el espíritu santo por
la oración que acompaña a ese rito sagrado" (Tertuliano,
Tratado del bautismo), "Los bautizados en la Iglesia son presentados
a los jefes de la Iglesia a fin de recibir el espíritu santo por nuestra
oración y la imposición de la mano" (Cipriano, Carta 73,9),
"El Señor, por la imposición de manos de los obispos durante
el bautismo, ha dado testimonio a cada uno de vosotros y ha dejado oír
sobre vosotros su voz santa: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado"
(Didascalia de los Apóstoles II, 32).
La unción tiene
el mismo significado que la imposición de las manos. El Nuevo Testamento
no habla de unción con aceite. El Antiguo Testamento, sí: se
ungen reyes y sacerdotes (1 Sa 16, 13; Lv 8,12), pero no profetas (1 R 19,19).
He aquí algunos testimonios del siglo IV: "Después de haber
sido bañado, te has acercado al obispo. żQué te ha dicho? Dios
Padre todopoderoso que te hizo nacer del agua y del espíritu, perdonándote
tus pecados, él mismo te unge en la vida eterna. Considera dónde
has sido ungido: dice que en la vida eterna. No prefieras esta vida a aquella"
(Ambrosio, De los Sacramentos, II, 24), "Os habéis convertido
en ungidos cuando habéis recibido la marca simbólica del espíritu
santo... Admitidos a esta unción, sois llamados cristianos y vuestra
regeneración justifica este nombre" (Cirilo de Jerusalén,
Catequesis mistagógicas, III, 1,5), "Terminarás (el bautismo)
sellando con óleo. El óleo es el sello de los compromisos"
(Constituciones Apostólicas, Siria).
La señal de la cruz
o signación hace referencia a Cristo, a quien Dios ungió
con la fuerza del espíritu y a quien mataron colgándole de un
madero. Se requiere la fuerza del espíritu para asumir la cruz de Jesús:
"Los bautizados en la Iglesia son presentados a los jefes de la Iglesia...
a fin de ser completados por la señal del Señor" (Cipriano,
Carta 73, 9), "La señal de la cruz convierte en reyes a todos
los que han sido regenerados en Cristo" (Papa León, Sermón
4,1). La liturgia romana del siglo VI (Sacramentario gelasiano) acompaña
la señal de la cruz sobre la frente (hecha por aquel entonces al mismo
tiempo que la unción) con la fórmula: Señal de Cristo
para la vida eterna.
A partir del siglo III, se generaliza
el bautismo de niños y se multiplican los lugares de culto. Entonces
el obispo no puede presidir todas las celebraciones bautismales. Se dan dos
soluciones. En Oriente, al menos desde el siglo IV, el sacerdote lleva a cabo
la totalidad de la iniciación. En Occidente (siglos V y VI) los ritos
de la iniciación bautismal quedan separados en dos celebraciones.
El sacerdote administra el bautismo del agua y realiza algunos ritos posteriores.
El obispo interviene cuando le es posible en el marco de una nueva celebración
con estos ritos: imposición de la mano, nueva unción (sobre
la frente de los bautizados) y signación. Esta segunda celebración
se llama confirmación a partir del siglo V. Asimismo, la unción
y la signación se unen en un solo rito. Entonces se habla de consignación
(Carta de Inocencio I a Decencio) y, más tarde, de crismación
En el Pontifical Romano del siglo
XII aparece por primera vez la fórmula que después se hizo común:
Yo te marco con el signo de la cruz y te confirmo con el crisma de la salvación.
Tomás de Aquino (1225-1274) destaca la importancia comunitaria de la
confirmación, por ella se comunica el Espíritu Santo al bautizado
con el fin de fortalecerlo para dar testimonio de Cristo y luchar contra el
mal. La profesión de fe suscrita por los legados del emperador de Oriente
Miguel Paleólogo (1274) sostiene que "hay siete sacramentos".
El Concilio de Florencia (1439) precisa el efecto de la confirmación:
"se da a los cristianos el Espíritu Santo, como fue dado a los
Apóstoles en Pentecostés, para tener fuerzas y confesar con
valentía el nombre de Cristo". En Occidente, el ministro ordinario
de la confirmación es el obispo. Sin embargo, el concilio de Trento
(1547) no condena la práctica de las Iglesias orientales. Para los
reformados la confirmación no es un sacramento autónomo, es
una ratificación del bautismo y la relacionan con el rito de la imposición
de manos.
Si no es un rito vacío,
la confirmación difunde en la Iglesia la gracia de Pentecostés:
se cumple la promesa de Jesús, el don del espíritu. Es
un hecho nuevo y decisivo, anunciado por el profeta Joel (3, 1-5), señal
de que los "últimos tiempos" han llegado. Se cumplen plenamente
las promesas de Dios: Dios da a los hombres todo, les da su espíritu.
El Concilio Vaticano II presenta así la confirmación: los bautizados
"se vinculan más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con
una fortaleza especial del Espíritu Santo, y de esta forma se obligan
con mayor compromiso a difundir y defender la fe, con su palabra y sus obras,
como verdaderos testigos de Cristo" (LG 11).
Tanto en Oriente como en Occidente,
durante siglos se practica la crismación, que representa de alguna
manera la imposición de manos que realizaban los Apóstoles.
En el nuevo Rutual de la Confirmación (1971) Pablo VI confirma la práctica
de la crismación y como fórmula prefiere, no la usada en la
Iglesia latina, sino la propia del rito bizantino, con la que se expresa el
don del espíritu, la gracia de Pentecostés: Recibe por esta
señal el Don del Espíritu Santo (DCN).
La confirmación, dice
el Concilio, tiene "una íntima relación con toda la iniciación
cristiana" (SC 71). Es un momento de la misma. La iniciación
cristiana se desarrolla dentro de un proceso que tiene diversas etapas
y momentos: evangelización primera, catecumenado o catequesis,
bautismo, confirmación, eucaristía. El misterio cristiano no
se puede captar totalmente en un solo acto, de una vez. Requiere tiempo. Si
el bautismo es el umbral decisivo, el viraje importante de una vida humana
frente al Evangelio, la confirmación y la eucaristía son su
remate y su culminación. La iniciación cristiana nos muestra
los momentos decisivos de nuestra relación con Dios. El iniciado es
un creyente a quien le es dado comprender que el espíritu de Dios y
de Cristo es también el espíritu de la Iglesia. El don del espíritu
sitúa al iniciado en el corazón de la Iglesia.
El Concilio Vaticano II ordena
la restauración del catecumenado de adultos, "dividido
en diversos grados" (SC 64), lo que se plasma en el Ritual de la Iniciación
Cristiana de Adultos (1972). Con ello, tanto en Oriente como en Occidente,
la iniciación cristiana de adultos comienza con su entrada en el catecumenado,
para alcanzar su punto culminante en una sola celebración de
los tres sacramentos: bautismo, confirmación y eucaristía (Ver
Catecismo de la Iglesia Católica, 1232-1233).
En los primeros siglos, la iniciación
supone integración en la comunidad, pero también reconocimiento
de la gracia concedida a otros en otros contextos. Es la experiencia de Pedro
en casa de Cornelio (Hch 10). El don del espíritu unifica y diferencia
dando cabida a la experiencia global cristiana. Es todo un reto, unidad
y diversidad. La iniciación no puede ser simple absorción,
anexión uniformadora. La comunión es pluralista. Desde el principio,
en diversas lenguas y culturas se expresa el mismo lenguaje del espíritu,
la proclamación de las maravillas de Dios (Hch 2, 4.11).
La experiencia de fe no es abstracta.
Entraña momentos de plenitud, que marcan la vida. Un encuentro
en el que ha habido tal calidad de comunicación que, después,
ya no somos los mismos. Los comienzos de un amor, con la impresión
fuerte de lo nuevo y de lo misterioso. Un acontecimiento personal o colectivo
que entusiasma y sorprende como señal de la presencia de Jesús,
Señor de la historia. Una larga fidelidad conyugal que profundiza y
depura los valores del amor arraigándolos profundamente en el corazón.
Una desgracia, el fallecimiento de un ser querido, hace que no sea tan firme
el suelo que pisamos, pero luego percibimos las señales de su misteriosa
presencia, nos sobreponemos, seguimos adelante. El nacimiento de un nuevo
ser en el hogar, que colma de felicidad a los padres y les abre rutas desconocidas
para una mayor acogida y comprensión. Un compromiso político
que no pacta con una sociedad injusta y que nos lanza a la construcción
de un mundo más justo y fraterno.
En cierto sentido, supuesta la
iniciación cristiana, tenemos la necesidad de ser confirmados muchas
veces. Se pide en el salmo: Renuévame por dentro con espíritu
firme (Sal 51, 12). A Pedro se le encomienda esta función: Confirma
a tus hermanos (Lc 22, 32). El Señor confirma con señales
la palabra anunciada por los discípulos (Mc 16, 20). Pablo recorre
Siria y Cilicia confirmando o consolidando a las iglesias (Hch 15, 41). En
cualquier caso, es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en
Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y
nos dio en arras el espíritu en nuestros corazones (1 Co 1, 22).
Diálogo sobre la confirmación:
es coronación y plenitud
del bautismo
es ratificación del
bautismo
es la gracia de Pentecostés,
el don del espíritu
hay distintas tradiciones
eclesiales
no es cuestión de
edad
lo que importa es el proceso
de evangelización
la evangelización
tiene diversas etapas y momentos
hay que recuperar la conciencia
eclesial de la iniciación cristiana