·           LOS SACRAMENTOS, ACCIONES DE CRISTO

 

            1. Sobre los sacramentos surgen hoy diversos interrogantes: ¿qué son? ¿ritos vacíos de significado? ¿algo rutinario? ¿algo mágico? ¿opio para el consumo religioso del pueblo? ¿fuente de engaño y de alienación? ¿señales del encuentro del hombre con Dios? ¿acciones de Cristo? En muchos casos lo que la gente percibe son ritos vacíos: "Para comprender esto, hay que tener en cuenta que el rito tiene dos características: por una parte, se trata de una acción socialmente estereotipada y sometida a una reglamentación fija; por otra, el rito produce su efecto por el solo hecho de ser ejecutado con fidelidad y exactitud...Por eso la práctica de los ritos ofrece seguridad al que los ejecuta. Pero, por otra parte, cuando en la vida fallan o faltan las experiencias, se corre el peligro de seguir ejecutando la mera expresión externa, es decir, el mero ritual" (J.M.Castillo).

            2. Originariamente, en el mundo romano, sacramento es el acto por el cual el soldado promete fidelidad total a su emperador. Por analogía, Tertuliano (hacia 160-220) llama al bautismo sacramento en cuanto incorpora a la militancia cristiana. En la versión latina del NT la palabra griega misterio unas veces se traduce por sacramento; otras, se transcribe simplemente. San Pablo usa la palabra misterio-sacramento para indicar el plan escondido desde siglos y generaciones en Dios, y manifestado ahora a sus santos (Col 1,26). También se usa la palabra signo. Según San Agustín, cuando un signo dice relación a cosas divinas se llama sacramento. Su uso es amplio y va desde el ver sacramentos en los acontecimientos, personajes y palabras del Antiguo Testamento, en cuanto referibles al Nuevo, hasta designar como sacramentos las acciones, gestos y palabras de Cristo, o también e incluso principalmente -desde los ss.IV y V- los ritos sagrados de la Iglesia.

            3. En el siglo XIII, bajo el influjo de Pedro Lombardo, surge la distinción entre los sacramentos "principales o mayores" y "otros sacramentos" que podemos llamar sacramentales y que dependen de aquellos. Hoy se agrupan en tres categorías: consagraciones, bendiciones y exorcismos.  Según el Concilio Vaticano II, los sacramentales son "signos sagrados creados según el modelo de los sacramentos, por medio de los cuales se expresan efectos, sobre todo de carácter espiritual, obtenidos por intercesión de la Iglesia. Por ellos los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y santifican las diversas circunstancias de la vida" (SC 60). El Concilio pide una revisión de sus ritos (SC 79), se iluminen sus verdaderos valores y respondan a las necesidades presentes (SC 62).

            4. En la Iglesia apostólica existen gestos y acciones que, aunque no se presenten con el nombre específico de sacramentos, la tradición eclesial los ha identificado con los que en tiempo posterior se llamaron sacramentos. Así se habla del bautismo (Hch 2,38.41), del don del Espíritu (8,17;19,6), de la fracción del pan (2,42.46) llamada también cena del Señor (1 Co 11,20), de la unción de los enfermos (Sant 5,14), de la constitución de alguien en el ministerio eclesial (Hch 6,6;1 Tm 1,12;4,14), de casarse en el Señor (1 Co 7,39). Sin embargo, en el Nuevo Testamento no se explican los rituales que con ese motivo se practicaran en la Iglesia primitiva. Siguiendo la tradición profética, se denuncia la hipocresía de un culto formalista y exterior, que olvida lo fundamental (Jr 7;Mt 21;Sant 5,1-6).

            5. Los sacramentos son los grandes momentos de la vida de fe, que la comunidad cristiana celebra. La Iglesia enumera siete. Siendo un mismo Espíritu el que actúa en todos (1 Co 12,11), la diversidad de los sacramentos responde a diversas situaciones de la vida del creyente, que en cierto modo suponen un nuevo comienzo. Así el bautismo es el sacramento del nacimiento a la fe; la confirmación, el sacramento del testimonio de la fe; la eucaristía, el sacramento del Pan de Vida y celebración de la Pascua del Señor; la penitencia, el sacramento de la conversión y del perdón; la unción de los enfermos, el sacramento de la esperanza cristiana frente al dolor de la enfermedad y de la muerte; el orden, el sacramento del servicio a la comunidad eclesial; el matrimonio, el sacramento del amor humano, signo de fidelidad definitiva y de paternidad responsable.

            6. En el contexto del misterio de la Iglesia, los sacramentos son actos personales del mismo Cristo que significan la salvación de Dios en el plano visible de la Iglesia. Tal es el núcleo auténtico de la presencia de Cristo a modo de misterio. Como dice el Concilio Vaticano II, "Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en las acciones litúrgicas. Está presente en el sacrificio de la Misa...Está presente con su fuerza en los sacramentos de modo que cuando alguien bautiza, es Cristo mismo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos" (SC 7). Los sacramentos no son cosas. Inscritos en el nivel visible de las realidades sensibles y de las acciones humanas, son encuentros con Cristo. Quien celebra los sacramentos de forma viva puede hacer suyas estas palabras: "Cristo, te me has manifestado cara a cara: te encuentro en tus sacramentos" (San Ambrosio, Apología del profeta David, 12,58).

            7. En los sacramentos no celebramos acontecimientos meramente naturales, como el nacimiento, la mayoría de edad, el matrimonio o la muerte. Esto lo hacen las llamadas religiones naturales. Los sacramentos son encuentros del Señor con nosotros en momentos decisivos de nuestra fe, que se expresan y realizan en acciones elementales de nuestra existencia: salir del agua (cruzar el mar), compartir la mesa, curar, recibir una misión, casarse, confesar la propia culpa. En la celebración cristiana, estas realidades del existir humano pasan a ser signos de la nueva creación que ha inaugurado ya el Señor Resucitado. Así, bautizarse no es tomar un baño ni celebrar la eucaristía es saciar el cuerpo. El bautizado se baña ya en un mundo nuevo y es en un mundo nuevo donde come la comunidad.

            8. Los sacramentos son prolongación viva del Cuerpo del Señor. Como dice San León Magno, "lo que era visible en Cristo, ha pasado a los sacramentos de la Iglesia" (Sermón 74,2). Los sacramentos son celebraciones de la comunidad, de la que dice San Pablo: vosotros sois el cuerpo de Cristo (1 Co 12,27). Siendo comunidad, la Iglesia es luz de las gentes (LG 1), signo levantado en medio de las naciones (SC 2), sacramento universal de salvación (GS 45). No es el individuo sino la comunidad quien puede evangelizar. No es el individuo sino la comunidad quien puede vivir hoy las señales del Evangelio. No es el individuo sino la comunidad quien celebra los sacramentos.

            9. El signo sacramental tiene un parentesco muy estrecho, por una parte, con la palabra y, por otra, con la acción: expresa y realiza la relación efectiva del hombre con Dios. El signo es la fe en acto y la gracia es precisamente esa comunión personal con Dios. Los sacramentos (en primer lugar, el bautismo) llevan el sello de Dios vivo (Ef 1,13;Ap 7,2). El Bautismo, la Confirmación y el Orden se reciben una sola vez. Sellan con una marca definitiva: imprimen carácter. El sacramento es un signo eficaz de la gracia, un signo que efectivamente opera la gracia que significa. El Concilio de Trento definió que los sacramentos, supuestas las disposiciones requeridas en la persona que los recibe, realizan la gracia ex opere operato (DS 1606-1608). Esta expresión, para evitar su uso mágico y rutinario, se ha reinterpretado como eficacia a partir del misterio de Cristo. Además, es preciso tener en cuenta que, en los primeros siglos, un proceso catecumenal precedía a la celebración de los sacramentos de iniciación (bautismo, confirmación, eucaristía).

            10. La Iglesia celebra los sacramentos por medio de ministros. El deseo de Pablo es este: Que nos tengan los hombres por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios (1 Co 4,1). Por supuesto, lo que se exige de los administradores es que sean fieles (4,2). El ministro no actúa en nombre propio, sino en nombre de Cristo y de la Iglesia, porque "no purifica Dámaso, ni Pedro, ni Ambrosio, ni Gregorio. Nosotros somos los ministros, pero los sacramentos son tuyos. Comunicar los dones divinos no procede de las fuerzas humanas, sino de tí, Señor" (San Ambrosio, Sobre el Espíritu Santo, 1).

             * Diálogo: sobre aquello que nos parezca más importante.