65. HEMOS VISTO SU GLORIA

 

1.- El evangelio de Juan es distinto. Es como el águila, se pierde en las alturas, ve desde allí y se lanza en picado. Desde el prólogo al epílogo,  pasando por las señales, los diálogos y la hora pascual, el evangelio sigue el rastro de la Palabra. Por supuesto, el discípulo siente la ausencia de Jesús, pero vive su misteriosa presencia. Con él una red de comunidades lo atestigua: Hemos visto su gloria (Jn 1,14). ¿Podemos nosotros decir lo mismo?

2.- Una antigua tradición atribuye el cuarto evangelio al apóstol Juan, que (con Santiago) es uno de los hijos de Zebedeo (Mc 1,19), los hijos del trueno (Mc 3,17)Ellos y Pedro tienen especial confianza con Jesús (Mc 5,37;9,2;14,33). Ireneo (hacia 140-202) identifica a Juan con el discípulo amado (Adv. Haer.,III,1,2), uno de los apóstoles (ib.,II,33,3); en su niñez, escuchó a Policarpo (obispo de Esmirna) y le oyó hablar de sus contactos con “Juan, el discípulo del Señor" (ib.,III,3,4; Eusebio, HE,V,20,5). Clemente de Alejandría (hacia 180-211) dice que Juan “al ver que el aspecto material de las cosas ya había salido a la luz en los evangelios, movido por sus discípulos e inspirado por el soplo divino del Espíritu, compuso un evangelio espiritual" (HE, VI, 14,5-7). 

 

El águila, símbolo de Juan

 

Mosaico del s. XII (San Marcos, Venecia)

3.- El evangelio se escribe con este fin: para que creáis que Jesús es el Cristo, el hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre (Jn 20,31). A la confesión de Jesús como Señor se llega poco a poco, en medio de un proceso de maduración. Así el ciego de nacimiento, que descubre la luz que se llama Cristo, va dando pasos. Primero dice: Ese hombre que se llama Jesús (9,11). Luego afirma: Es un profeta (9,17). Finalmente confiesa: Creo, Señor  (9,38).

4.- La última redacción del evangelio se sitúa a finales del siglo I. Para entonces las comunidades que viven el evangelio de Juan (en torno a Efeso) tienen una larga historia de rechazo y de expulsión por parte de la sinagoga. Por otra parte, la gnosis (conocimiento), corriente religiosa y filosófica de la época, defendía la existencia de dos mundos distintos y opuestos entre sí. Como consecuencia de ese dualismo, Cristo habría sido hombre sólo en apariencia (docetismo).

5.- En el principio era la Palabra (1,1), proclama Juan. Su vuelo se remonta a las primeras páginas del Génesis: por la palabra de Dios se hizo el mundo, todo se hizo por ella (1,3). Dijo Dios: Haya luz, y hubo luz (Gn 1,3), y así sucesivamente. Dios llama a las cosas que no son para que sean (Rm 4,17). El mundo no es producto del azar ni está ciegamente orientado. Se canta en los salmos: El que hizo el ojo ¿no va a ver? (Sal 94,9). El universo es un libro abierto: nos habla de Dios. Más aún, el universo está inspirado: Dios nos habla a través de la creación. Según la tradición rabínica, en el principio era la Ley: "Siete cosas fueron creadas antes que el mundo lo fuera: la Ley, el Arrepentimiento, el Paraíso, la Gehenna, el Trono de Gloria, el Santuario y el Nombre del Mesías" (Pesahim 54ª Bar.; ver Jn 17,24). Sin embargo, el evangelista proclama: En el principio era la Palabra y la Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios (1,1-2).

6.- En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron (1,4-5). Desde el comienzo de la creación hasta el presente, se libra un inmenso combate entre la luz y las tinieblas. Luz y vida se identifican: En ti está la fuente de la vida y en tu luz vemos la luz (Sal 36,19). En la tradición rabínica "la Ley... proporciona, a los que la practican, la vida en esta edad y en la edad venidera" (Pirqé Abot 7,6). En los Proverbios, el mandamiento es una lámpara y la enseñanza una luz (Pr 6,23). Y en los salmos, tu palabra es una lámpara para mis pasos, luz en mi sendero (119,105).

7.- Pues bien, hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este vino para un testimonio... No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz (1,6-8). Se trata de Juan el Bautista. testigo de la luz que se llama Cristo: En medio de vosotros está uno a quien no conocéis (1,26-27), el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo (1,15). Algo parecido dice Jesús en relación a Abraham: Antes de que Abraham existiera, yo soy (8,58). Se evoca la tradición rabínica, según la cual Dios creó el nombre del Mesías (en griego, Cristo) antes de la creación del mundo. Se dice en los salmos: ¡Sea su nombre bendito para siempre, que dure tanto como el sol! (Sal 72,17). Y se comenta así: "antes que existiera el sol fue establecido su nombre". En Jesús brilla la gloria de Dios (Jn 17,1),  en él se cumple el proyecto que Dios tenía desde el principio (1,1).  

8.- En frases cortas, por aproximaciones sucesivas, el evangelio canta (en un himno de acción de gracias) la inmensa aventura de la Palabra, la luz verdadera, que ilumina a todo hombre y viene a este mundo (1,9), siguiendo estas grandes etapas: el mundo, el pueblo elegido, Cristo.

9.- En primer lugar, la Palabra vino al mundo: En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció (1,10). En los Proverbios  la sabiduría de Dios dirige el desarrollo del mundo: El Señor me creó en el principio de sus caminos...cuando asentó los cimientos de la tierra, allí estaba yo como arquitecto (Pr 8,22-30). Dios nos habla a través de la creación: Los cielos cantan la gloria de Dios (Sal 19,2). Pero el mundo no le conoció: Sí, vanos por naturaleza todos los hombres que ignoraron a Dios...contemplando sus obras, no reconocieron al Artífice (Sb 13,1;ver Rm 1,19-21).

10.- Vino a su casa y los suyos no la recibieron (Jn 1,11). En medio de la indiferencia general, Dios elige un pueblo, al que pudiera hablar de manera más clara y familiar. Dios llama a todos: ¿No está llamando la sabiduría? Y la prudencia, ¿no alza su voz? A vosotros, hombres, os llamo...escuchad: voy a decir cosas importantes (Prov 8,1-6). Además, la sabiduría se ha edificado una casa...ha mezclado su vino, ha aderezado también su mesa (9,1-2;ver Mt 22,1-14). En vano, en su conjunto, el pueblo elegido, rechazó la palabra de Dios. Pero hubo (y hay) un resto: A todos los que la recibieron les dio el poder de hacerse hijos de Dios (1,12). Según la tradición rabínica, la Ley hace a los hombres hijos de Dios: "Amado es Israel, pues se les llama hijos de Dios... les fue concedido el precioso instrumento con que fue creado el mundo...no abandonéis mi Ley" (Pirqé Abot 3,19). Sin embargo, quienes escuchan la Palabra, llegan a ser hijos de Dios (1,12;ver 10,34-36). Dice Jesús que la Escritura llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la Palabra (10,34), que la Palabra resucita a los muertos (5,25), que son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección (Lc 20,36). Es preciso nacer de nuevo, nacer de lo alto, nacer de Dios (Jn 3,3-6). 

11.- Y la Palabra se hizo hombre y puso su tienda entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad (1,14). La Palabra se hace hombre, para que el hombre escuche la palabra de Dios. El cuerpo de Cristo es la tienda del encuentro con Dios (Ex 40,34-35), el lugar de su presencia en medio de nosotros. Se cumple así la palabra que dice: Pon tu tienda en Jacob (Eclo 24,8). Cristo ofrece lo que la ley no puede dar, el verdadero conocimiento de Dios: la ley fue dada por Moisés, la gracia y la verdad nos son dadas por medio de Cristo (1,17), de su plenitud hemos recibido todos, gracia tras gracia (1,16). De Dios no se tiene ni idea: el Hijo único, que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer (1,18). Jesús está ahora en su origen más profundo: Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre (16,28). Las escrituras dan testimonio de mi,  dice Jesús (5,39).

12.- El evangelio se abre paso por el testimonio, no por la especulación. La especulación es una señora que se pierde de noche en la ciudad y no encuentra el camino de casa. Eso es lo que está pasando desde hace siglos. Por el testimonio de Juan el Bautista, dos de los suyos se hacen discípulos de Jesús. Uno de ellos es Andrés, el hermano de Simón. Andrés le dice: Hemos encontrado al Mesías (1,41). Le lleva donde Jesús, que le dice: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, que quiere decir piedra (1,41-42).

13.- Al día siguiente, Jesús llama a Felipe. Este se encuentra con Natanael y le dice: Ese del que escribió Moisés en la Ley, y  también los profetas, lo hemos encontrado, Jesús, el hijo de José, el de Nazaret. Le responde Natanael: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Dice Felipe: Ven y lo verás. Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo: Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño. Le dice Natanael: ¿De qué me conoces? Le responde Jesús: Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi. Le dice Natanael: Rabí, tú eres el hijo de Dios, tú eres el rey de Israel. Jesús le contesta: ¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores,... veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el hijo del hombre (1,43-51). Como los primeros discípulos, también nosotros podemos decir: Hemos encontrado lo que buscábamos.

14.- Las señales manifiestan que la creación no ha terminado: Mi Padre trabaja hasta ahora y yo también trabajo (5,17). El mundo nuevo pensado por Dios está en acción en la misión de Jesús. La primera señal es la conversión del agua en vino (2,1-12): una boda en Caná de Galilea se celebra con el vino del Evangelio, no con el agua de las purificaciones judías. La segunda señal es, también en Caná, la curación del hijo del funcionario real: el padre comprobó por la hora que Jesús le había curado (4,46-54). La tercera señal es la curación del paralítico en la piscina de Betesda (5,1-18). La cuarta señal es la multiplicación de los panes en la otra orilla del mar de Galilea (6,1-15).La quinta señal, pasando a la otra orilla del mar, es la tempestad calmada: Jesús abre un camino en medio de las aguas (6,16-21). La sexta señal es la curación del ciego de nacimiento en la piscina de Siloé (9,1-41): un joven se encuentra con la luz que se llama Cristo. La séptima señal es la resurrección de Lázaro en Betania (11,1-54): El que crea en mi, aunque muera vivirá, dice Jesús. Aunque había realizado tan grandes señales, los judíos no creyeron en él (12,37). Al final, se añade otra señal: la pesca de 153 peces (21,1-8).

15.- Los diálogos explican lo que hace y dice Jesús. Frecuentemente,  se afronta un malentendido. Siempre hay alguien que no entiende, pero sirve para el avance general. Con la purificación del templo, Jesús se presenta como el nuevo templo (2,13-22). Hay que nacer de nuevo, le dice Jesús a Nicodemo (3,1-21). La samaritana pasa de la sed al agua de la vida y los samaritanos reconocen a Jesús como el salvador del mundo (4,1-42). Tras la curación del paralítico en la piscina de Betesda, Jesús responde a la acusación de que se hace a sí mismo igual a Dios: El hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al padre (5,19). Tras la multiplicación de panes, Jesús se presenta en la sinagoga de Cafarnaúm como el pan de vida (6,35). En la fiesta judía de las tiendas, Jesús anuncia el agua viva (7,38), él es la luz del mundo (8,12); el conflicto con los judíos se agudiza (8,39). Jesús es la puerta (10,7.9), el buen pastor (10,11). En la fiesta de la dedicación, dice Jesús: Yo y el padre somos uno (10,10), pero también dice a sus discípulos:  El padre es más que yo (14,28). En la muerte de Lázaro, Jesús es la resurrección (11,25). Tras la unción de Betania y la entrada en Jerusalén, Jesús anuncia su muerte como la hora de la glorificación (12,23). En la última cena, tras el lavatorio de los pies, Jesús anuncia la traición de Judas (13,21), su presencia nueva (14,19), la unidad de los sarmientos con la vid (15,1-17), el juicio del mundo y el don del espíritu (16,7-15);  ora por los discípulos (17,11). En el interrogatorio de Pilato, Jesús alega: Mi reino no es de este mundo (18,36).

16.- En el evangelio aparecen distintos grupos: los que pertenecen al mundo, que prefieren las tinieblas a la luz (3,19); los judíos, que están en las sinagogas y expulsan a quien reconocen a Jesús como Cristo (9,22); los seguidores de Juan el Bautista: unos siguen a Jesús (1,37), otros no; los judíos que pretenden creer, pero no pueden, porque prefieren la gloria de los hombres a la gloria de Dios (5,44); los familiares de Jesús: María (2,4;19,25), sus hermanos que no creen (7,5); los que se hacen discípulos: galileos (2,11), samaritanos (4,42), judíos (8,30), griegos (12,20); los discípulos que dejan de serlo (6,66).

17.- La misión de Jesús se presenta en el marco de seis días: la pascua (2,13), una fiesta (5,1), la pascua (6,4), la fiesta de las tiendas (7,2), la fiesta de la dedicación (10,22), la pascua (11,35). La primera (1,19;1,29;1,35;1,43;2,1) y la última pascua (11,55;12,1) están precedidas a su vez de seis días: está naciendo (¡en génesis!) un mundo nuevo.

18.- En el lenguaje simbólico de las constelaciones, cada evangelio es una constelación de estrellas (de luces, de señales, de comunidades) que brillan en medio de la noche. Si Acuario, Tauro y Leo corresponden a Mateo, Lucas y Marcos,  Escorpio (representado en la antigüedad también como un águila en vuelo) corresponde a Juan.

19.- Culminación de todo lo que hace y dice Jesús es el acontecimiento pascual, su hora de pasar de este mundo al Padre (13,1). Es momento de sufrimiento y de soledad, pero también de gloria. De la muerte surge la vida. Las parábolas del grano de trigo que cae en tierra (12,24) y de la mujer que da a luz (16,21) manifiestan cómo vive Jesús su propia muerte: produce mucho fruto, es como un parto, la tristeza se convierte en alegría. Con su mirada de águila, Juan percibe ya, en el cumplimiento de la Palabra, la gloria de la cruz (19,24.28.36-37;ver Sal 22,19.16; 34,21).

20.- La experiencia de los discípulos es dura, escandalosa, desconcertante: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto (20,2). No sólo le han crucificado, sino que pretenden que no quede ni rastro. Pero hay huellas que nadie puede borrar: el Señor se aparece a María Magdalena, que es llamada por su nombre (20,16); a los discípulos, que reciben la señal de la paz y el soplo del espíritu (20,19-23); al incrédulo Tomás, que  confiesa: Señor mío y Dios mío (20,28); a siete discípulos, que habían pasado la noche sin pescar nada y que, por su palabra, pescan 153 grandes peces. El discípulo amado lo proclama: ¡Es el Señor! (21,7). Aquí llega la experiencia cristiana de la fe, al reconocimiento de Jesús como Señor de la historia (¡lo mismo que Dios!). Sólo desde aquí, se puede entender lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplaron y tocaron nuestras manos  (1 Jn 1,1). Es la gloria de la resurrección. Lo dijo Jesús en la última cena: Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis (14,19).

 

* Para la reunión de grupo: ¿Hemos visto su gloria? Experiencias actuales. Diálogo.