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45.
EN TIERRA EXTRAÑA
- El destierro
es un periodo crucial en la historia de Israel. Abarca casi sesenta
años del siglo VI antes de Cristo (597-538). Un periodo duro, pero fecundo:
Al ir, se va llorando, llevando la semilla; al volver, se vuelve
cantando, trayendo las gavillas (Sal 126). Un periodo vivido, durante
años, por Ezequiel, un sacerdote que se vuelve profeta. Su trayectoria
asume el sentido profundo de la historia que le toca vivir: en tierra
extraña. A pesar de la distancia de siglos que nos separa, la experiencia
de Ezequiel llega hasta nosotros como agua limpia que lo purifica todo,
fecunda la tierra sedienta, descubre el sentido profundo de la historia
que nos toca vivir.
- El contexto
es el siguiente. En un primer asedio (597) Nabucodonosor, rey de Babilonia,
toma Jerusalén: muchos habitantes son deportados, queda la gente
pobre del país (2 Re 24,14). En un segundo asedio (586) el ejército
babilonio incendia el templo y la ciudad, derriba sus murallas: parte
de la población es deportada, quedan los pobres del país (25,12). Desaparece
el reino de Judá. La situación es inquietante. La preocupación llega
al límite: ¿Hasta cuándo, oh Dios, provocará el adversario? ¿Ultrajará
tu nombre por siempre el enemigo? (Sal 74).
- Los desterrados
evocan la dura situación: Junto a los canales de Babilonia nos sentamos
a llorar con nostalgia de Sión; en los sauces de sus orillas colgábamos
nuestras cítaras. Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar,
nuestros opresores a divertirlos: Cantadnos un cantar de Sión. Pero
¡cómo cantar un cántico del Señor en tierra extraña! (Sal 137).
- Corre el año
592. En el oriente, junto al río Kebar, reside una pequeña comunidad
judía, desterrada tras el primer asedio de Jerusalén. El sacerdote Ezequiel
se encuentra entre los deportados. Allí se le dirige la palabra del
Señor (Ez 1,3). Contempla la apariencia visible de la gloria
de Dios (1,28). El Dios vivo no tiene residencia fija en el templo
de Jerusalén. Su trono está en la bóveda del cielo y recorre la tierra
de punta a punta, en las cuatro direcciones (1,17). Viene a juzgar.
- Sedecías, rey
de Judá, prepara una coalición contra Babilonia, donde se producen revueltas
internas. Se cree que Jerusalén, la ciudad santa, no puede sucumbir
y que el destierro durará poco. El momento de la independencia parece
estar cerca. Pero no será así, dice Ezequiel. La situación actual no
es coyuntural. Viene de lejos. Los príncipes de Israel o de las naciones
(egipcios, asirios, babilonios) no salvan (Sal 146). Más bien, dividen
y oprimen. Además, el profeta es centinela de la espada que viene
y tiene la responsabilidad de avisar (3,17).
- Ezequiel recibe
la palabra del Señor y, al propio tiempo, un libro que
ha de devorar: Abre la boca y come lo que te voy a dar. Yo miré:
vi una mano que estaba tendida hacia mí y tenía un libro enrollado:
Lo desenrolló ante mi vista; estaba escrito por el anverso y por
el reverso; había escrito: Lamentaciones, gemidos y ayes (2,8-10).
Ezequiel devoró el libro. Su contenido es tremendo, está lleno de denuncias
y avisos, pero le supo dulce como la miel (3,3).
- Por supuesto,
la misión del profeta es difícil: ha de anunciar a un pueblo rebelde
el juicio del Señor. Se le dice: No tengas miedo de sus palabras,
si te contradicen y te desprecian, y si te ves sentado entre escorpiones
(2,6), la casa de Israel no quiere escucharte a ti porque no
quiere escucharme a mí (3,7), hago tu rostro duro como su rostro
y tu frente dura como su frente (3,8). Tienen ojos para ver y no
ven; oídos para oír y no oyen. Sin embargo, se dicen unos a otros: Vamos
a escuchar qué palabra nos viene del Señor. Dicen amores con su boca,
pero su corazón busca su interés. Ezequiel es para ellos como una
canción de amor, graciosamente cantada. Escuchan sus palabras, pero
no las ponen por obra: Mas cuando todo esto llegue – y he aquí que
llega -, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos (33,33).
- Ezequiel ha
de realizar diversas acciones simbólicas. Por ejemplo, el gesto del
deportado: Prepararás tu equipaje, como hacen los deportados,
de día, ante sus ojos. Y saldrás, por la tarde, ante sus ojos, como
salen los deportados. Haz, a la vista de ellos, un agujero en la pared,
por donde saldrás (12,4-5). Pues bien, esa es la suerte que aguarda
a los habitantes de Jerusalén. Habrá un segundo asedio y una segunda
deportación. Un hombre vestido de lino, con una cartera de escriba
a la cintura, recorre la ciudad y marca una cruz en la frente a todos
aquellos que gimen y lloran por las abominaciones que se cometen dentro
de ella (9,3-4).
- Sin embargo,
hay quienes siempre tienen el refrán adecuado para burlar la
palabra de Dios, para anularla. Por ejemplo: Los días pasan y la visión
no se cumple. Pues bien, así dice el Señor: Ya no habrá más dilación
para ninguna de mis palabras. Lo que yo hablo es una palabra que se
cumple (12,28). Hay falsos profetas que no luchan por la causa común.
Más bien, hacen lo contrario, tapan las grietas del muro ruinoso.
Pues bien, así dice el Señor: Derribaré el muro que habéis recubierto
de argamasa (13,14). Se os caerá encima.
- Ezequiel denuncia
la culpa de Jerusalén, capital de Israel, mediante una historia simbólica.
La primera vez que el Señor pasó junto a ella era una niña abandonada,
expuesta en pleno campo nada más nacer. El Señor le dijo: Vive (16,6).
La segunda vez que pasó era joven: Me comprometí con juramento,
hice alianza contigo (16,8), dice el Señor. La tercera vez que pasó
junto a ella era una prostituta: Entregaste tu cuerpo a todo transeúnte
(16,25), egipcios, sirios y mercaderes caldeos (16,26-29). Inmolaste
a tus hijos, haciéndoles pasar por el fuego (16,21).
- El profeta
contempla en una visión las grandes abominaciones que se cometen
en el templo (8,6). Debía ser la casa del Señor, pero se ha convertido
en casa de idolatría, prostitución y violencia: ¡Ay,
por todas las abominaciones de la casa de Israel! (6,1), pediré
cuenta de tu conducta (7,4), esta tierra está llena de delitos
de sangre (7,23). Y encima andan diciendo: El Señor no lo ve (8,12).
Pues bien, la gloria del Señor abandona el templo y se dirige al oriente,
donde los desterrados. Con ellos Ezequiel comparte lo que el
Señor le ha hecho ver (11,23-25).
- A pesar de
todo, se formula una objeción. No es justo el proceder del Señor: ¿por
qué han de pagar justos por pecadores? ¿Los padres comieron el agraz
y los hijos sufren la dentera? Vuestro pecado es actual, responde Ezequiel.
Cada cual es responsable de sus propios actos: Apartaos de todos
los delitos que habéis cometido y estrenad un corazón nuevo y un espíritu
nuevo (18,31).
- Año 586. El
ejército babilonio toma Jerusalén. La ciudad es una olla puesta
al fuego, como había anunciado Ezequiel (24,3). El templo
es incendiado: Prendieron fuego a tu santuario (Sal 74), han
profanado tu sagrado templo (Sal 79). El país es arrasado. El destierro
se prolonga por tiempo indefinido. El desconcierto es total. Un fugitivo
de Jerusalén le da la noticia al profeta: La ciudad ha sido tomada (33,21).
Dios, se dice, ha abandonado a su pueblo. Sin embargo, Ezequiel, otra
vez a contra corriente, levanta de nuevo su voz (33,22). ¡Ahora, precisamente,
es posible que nazca lo nuevo!
- Tras la destrucción
de Jerusalén, Ezequiel denuncia a los principales responsables del desastre:
los jefes de Israel han sido malos pastores que sólo pensaron
en aprovecharse del rebaño y lo abandonaron en el peligro. Por ello,
así dice el Señor: Yo arrancaré mis ovejas de su boca y no serán
más su presa (34,10). Dios enviará a un buen pastor que se
pondrá al servicio del rebaño: Les daré un pastor que las apaciente
(34,23).
- El profeta
proclama también el juicio de las naciones. El Señor se sirvió
de ellas para castigar a su pueblo. Pero se llenaron de orgullo, se
creyeron el dios de este mundo, llegaron a pensar que el Señor no es
nada. El juicio de las naciones (25-32) es sólo un aspecto de una lucha
más profunda, la lucha contra la misma potencia del mal, que
concibe y ejecuta planes perversos: Aquel día te vendrán pensamientos
y concebirás planes perversos: Invadiré un país abierto y atacaré a
gente pacífica que habita confiada en ciudades sin murallas, sin cerrojos
y sin puertas; para entrar a saco y alzarme con el botín, para alargar
la mano a las ruinas repobladas (38,10-12). Además, los mercaderes
y traficantes están a la espera. Te dirán: ¿Conque vienes a saquear?
¿Has reclutado tu ejército para alzarte con el botín, para robar plata
y oro, para arrebatar ganado y hacienda? (38,13). ¿Nos recuerda
algo?
- ¿Y lo nuevo?
¿Dónde está lo nuevo? Sólo el Señor puede hacer que nazca. Sólo el espíritu
de Dios puede hacer revivir lo que está muerto. La situación del pueblo
de Israel, en el destierro, es la de un campo de huesos secos: ¿podrán
vivir estos huesos? (37,2-3). Han de escuchar la palabra de Dios
(37,4), ha de venir el espíritu, de cada punto cardinal,
de los cuatro vientos (37,9), para que el pueblo de Dios vuelva a su
tierra, a su lugar, a su casa. O, lo que es lo mismo, salga de la tumba,
resucite, viva. Dice el Señor: Os haré salir de vuestras tumbas,
pueblo mío, y os llevaré de nuevo a la tierra de Israel (37,12).
- Entonces
se entonará el canto del regreso: Cuando el Señor cambió la
suerte de Sión, nos parecía soñar (Sal 126). Entonces se trazarán
los planos del nuevo templo con el que sueña Ezequiel: Había
allí un hombre que parecía de bronce. Tenía en la mano una cuerda de
lino y una vara de medir (40,3). Los desterrados ven en el templo
renovado una maravillosa señal de esperanza. El agua que mana
del templo se hace un torrente que lo purifica todo y fecunda la tierra
reseca (47,2-12).
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Diálogo:
¿Estamos en tierra propia o en tierra extraña? ¿Es actual la experiencia
de Ezequiel? Algunos aspectos más importantes:
-
un
sacerdote se vuelve profeta
-
el
libro devorado
-
el
juicio de la casa de Israel
-
la
historia de Jerusalén
-
la
denuncia del templo
-
el
juicio de las naciones
-
el
nuevo templo
-
el canto del regreso.
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