SALUD DE DIOS PARA TI
2000 años después, celebramos en la Iglesia el nacimiento
de Jesús de Nazaret, la entrada de Cristo en la historia: "el Verbo
se hizo carne", "la Palabra se hizo hombre" (Jn 1,14). Estas palabras del
evangelio de San Juan se escriben a finales del siglo I. Por supuesto,
el evangelista siente la ausencia de Jesús (¡ha pasado tanto
tiempo!), pero anuncia su presencia en la historia. Como en aquella primera
pascua, en plena faena (recogiendo una pesca abundante) proclama con inmenso
gozo el anuncio central del evangelio: "¡Es el Señor!" (21,7).
A la luz de esta buena noticia, lo vivimos todo, también el lado
oscuro de la realidad: el dolor humano que, de diversas formas, se sitúa
y reacciona frente a Dios; los límites de la razón humana,
que no consigue facilitar el encuentro entre Dios y el dolor humano; las
actitudes de muchos creyentes, que tampoco van mucho más allá;
asimismo, buscamos la luz de la Palabra de Dios sobre el origen del mal,
sobre el sufrimiento y la enfermedad, sobre lo que significa Jesús
como Palabra de Dios hecha hombre, como salud de Dios para nosotros.
Cuando se busca la relación de Jesús con la salud, normalmente
se fija la atención en su actividad sanante con los enfermos. Es
cierto que "pasó haciendo el bien y curando", como dice Pedro en
casa de Cornelio (Hch 10,38). Ahora bien, Cristo no se limita a arrojar
espíritus inmundos, sino que introduce en el hombre un espíritu
nuevo. No se limita a luchar contra el mal que hay en el mundo, sino que
crea un mundo nuevo. No sólo cura enfermedades sino que las previene.
Ofrece vida y vida en abundancia (Jn 10,10): a todos, no sólo a
los enfermos.
En el contexto del segundo milenio del nacimiento de Cristo, con estos
materiales de educación en la fe pretendemos:
-
Acercarnos al mundo de la salud y de la enfermedad, descubriendo en el
hombre de hoy su sufrimiento y su enfermedad, sus reacciones ante el dolor,
su deseo de vivir.
-
Reflexionar sobre lo que aporta la Palabra de Dios y, especialmente, el
Evangelio de Cristo a la humanización del mundo de la salud y de
la enfermedad.
-
Plantearnos qué podemos hacer por promover esa humanización,
que es parte esencial del anuncio del Evangelio.
Los destinatarios de estos materiales son, en primer lugar, los
enfermos y sus familias, cuantos trabajan en el mundo de la salud y de
la enfermedad, las parroquias y comunidades cristianas, los grupos de voluntariado,
la sociedad en general.
1. El dolor humano frente a Dios
El dolor lleva a muchas personas a la rebelión contra Dios y,
también, a la negación de su existencia. Les resulta imposible
conjugar ambas realidades: Dios y el dolor. Veamos tres ejemplos, tomados
del campo de la literatura, que -desde presupuestos y talantes distintos-
concuerdan en la mutua exclusión de Dios y el sufrimiento humano.
-
Baudelaire experimenta la quiebra del optimismo moderno. Respira
el tedio universal, el sinsabor y el naufragio de una realidad dominada
por el dolor y la muerte. Percibe la "carroña infame" en todas las
esquinas de su vida y de la sociedad. Vive a fondo el dolor físico:
"Decid si todavía le falta una tortura a este cuerpo sin alma".
En medio de su angustia se pregunta: "¿Dónde está
Dios? ¿Por qué no escucha?". Ante su silencio no le queda
más que la soledad y el abismo: sin Dios, porque "merece
ser negado", pero también contra Dios porque "la blasfemia
flota sobre la nada". En "Las flores del mal" recoge poemas atroces que
alcanzan un tono blasfematorio: habla del Dios que, de modo insolente,
se adormece al sonido de las blasfemias y de los gemidos humanos.
-
Camus adopta otro tipo de rebelión, la de quien se niega
a comprender o a ponerse de rodillas, porque la única actitud digna
es la de luchar contra todo tipo de peste: "La rebelión nace del
espectáculo de la sinrazón, ante una situación injusta
e incomprensible". Esa sinrazón acontece en Orán, cuando
se extiende una peste que de modo súbito e imparable va provocando
multitud de víctimas, lo que conduce al aislamiento de la ciudad.
La virulencia de la situación provoca actitudes y reacciones diversas.
El P. Paneloux, exponente de la actitud religiosa, recurre a la idea de
castigo: "Hermanos míos, lo habéis merecido...Dios ha hecho
que la plaga os visite como ha visitado todas las ciudades de pecado".
Pero este intento de justificar el horror desde un Dios airado y distante
se diluye cuando ve morir a un niño entre estertores porque "este,
por lo menos, era inocente". El doctor Rieux no puede aceptar esa fe. Ante
la situación de peste recurrir a Dios resulta absurdo e inútil:
como Dios no existe, hay que reaccionar "luchando contra la creación
tal como es". Sólo un ciego o un cobarde se resignaría a
la peste. No hay que buscar comprender. Hay que curar. Esa es la realidad
del amor. No se trata, por tanto, de buscar culpables o pecadores. No hay
más que víctimas que padecen la violencia o la injusticia.
La realidad del amor y la dignidad del hombre se muestran en la cercanía
a las víctimas.
-
Dostoievsky da un paso más radical en "Los hermanos Karamazov".
Iván, representante del hombre moderno, autónomo y racional,
se niega a aceptar lo que considera inhumano e irracional. Ciertamente
rechaza el mundo creado por Dios, y a Dios en consecuencia, pero niega
además la posibilidad de la reconciliación que permita el
encuentro de los verdugos y las víctimas. Para ello basta apelar
al sufrimiento de los niños. Le basta recordar un hecho reciente.
Un señor feudal entrega a los perros rabiosos al hijo de una mujer
que se negó a aceptar sus deseos. Este horror deposita en la historia
una herida que no puede cicatrizar, un dolor inmenso que no puede ser redimido,
en el que Dios ni se encuentra ni puede encontrarse. Aunque los verdugos
vayan al infierno, aunque la madre llegue a abrazar al verdugo, aunque
Dios pueda perdonar al criminal..."renuncio por completo a la armonía
suprema". Esa armonía no vale la lágrima de un solo niño
martirizado. Y no vale, porque las lágrimas quedaron sin redimir:
"¿Hay en el mundo un ser que pudiera y tuviera derecho a perdonar?
No quiero la armonía, por amor a la humanidad no lo quiero. Prefiero
quedarme con los sufrimientos no vengados". Aliosha, el hermano menor,
que encarna lo más tierno y sensible del cristianismo, pretende
echar un bálsamo en el alma torturada de su hermano: "Hay en el
mundo un ser con derecho a perdonar, y puede perdonarlo todo, a todos y
por todo, pues él mismo derramó su sangre por todos y por
todo".
2. Los límites de la razón
Ante tales experiencias e interrogantes la razón no ha podido
mantenerse al margen y ha tomado postura. Seleccionamos tres filósofos
que, desde planteamientos distintos, no consiguen facilitar el encuentro
entre Dios y el dolor humano.
-
Leibniz intenta justificar a Dios ante la tragedia provocada por
el terremoto de Lisboa. La providencia y la existencia misma de Dios quedaron
cuestionadas por la multitud de víctimas. Salió Leibniz en
defensa de Dios intentando mostrar que no había que denunciar a
Dios como culpable. Dios es el gran arquitecto que evalúa todos
los elementos que deben formar parte del gran edificio del mundo. Si encontró
unas criaturas racionales que podrían abusar de su razón,
pero a pesar de todo las creó, ello se debe a que está de
acuerdo con el mejor plan posible del universo. Vivimos en el mejor de
los mundos posibles, por lo que todo (aun los terremotos) debe encontrar
un sentido positivo y coherente. Dios no quiere el sufrimiento de modo
absoluto, pero sí de modo relativo, como pena debida a la culpa,
como medio para evitar el pecado, como enmienda o ejemplo o advertencia,
como pedagogía para posibilitar una mayor perfección en quien
lo padece. Dios ha de estar siempre feliz y contento porque en definitiva
se somete a una ley racional que explica la armonía y el equilibrio
del conjunto.
-
Kant representa la actitud de la resignación ante lo incomprensible.
Precisamente por su análisis de la razón y por el establecimiento
de sus límites es por lo que reduce al hombre al silencio ante el
mal y el sufrimiento. Intentar comprenderlo o conjugarlo con la existencia
de un Creador sabio resulta un ejercicio presuntuoso por parte de una razón
alocada que pretende rebasar sus propios límites. Esta idea la desarrolla
en un breve tratado: "El fracaso de toda teodicea filosófica". Queda
frustrada la posibilidad de toda defensa de Dios porque el pecado aniquila
la santidad de Dios, el dolor físico niega la bondad de Dios y la
inadecuada distribución de los males en el mundo contradice la justicia
de Dios. Por ello la actitud más coherente es que la razón
reconozca humildemente que los planes de Dios son un libro cerrado. Tal
fue la actitud de Job que se somete al carácter inescrutable de
los designios de Dios. Sin embargo, Dios queda lejos del dolor y el ser
humano abandonado en la soledad de su sufrimiento.
-
Hegel es el filósofo que con mayor convicción ha pretendido
una visión global de la realidad porque, aun reconociendo sus fisuras,
aspira a alcanzar la reconciliación como resultado final. Hasta
lo negativo y el sufrimiento encuentran su función y su sentido
en la totalidad. No deja sin embargo de reconocer la inmensidad de la aflicción
humana: "La historia no es el terreno de la felicidad". La historia concreta
puede ser considerada "como ese ara sobre el que se ha sacrificado la dicha
de los pueblos". Pero sería un signo de superficialidad no ver más
que lo malo. La filosofía ayuda a descubrir que el mundo real es
lo que debe ser, que Dios (la Razón) gobierna realmente el mundo,
que la historia no es un acontecer loco e insensato, que hasta lo que parece
injusto se transfigura en racional. Ni los "inauditos sacrificios" ni los
"sufrimientos monstruosos" han acontecido en vano: la libertad y la razón
se han ido abriendo camino a pesar de todo, y ese es el verdadero sentido
de la historia.
3. La actitud de los creyentes
La actitud de muchos creyentes es la de salir en defensa del Dios acusado.
Saben que el mal es utilizado frecuentemente para cuestionar su bondad
o para negar su existencia. Angustiados o escandalizados por la osadía
del adversario, se aferran al principio de la sabiduría y de la
bondad divinas. Pero esa reacción tan rápida y convencida
tiene sus riesgos. El creyente, con sus conceptos aprendidos, se sitúa
en el centro y, lo que es peor, no deja espacio ni ocasión para
escuchar al hombre que sufre y al Dios que se revela. No escucha el grito
trágico del hombre ni lo que de escándalo hay en su experiencia.
No tiene paciencia suficiente para captar el sentido de su protesta, pues
debajo de ella puede haber un amor decepcionado, una esperanza frustrada
o, tal vez, una nostalgia. Por eso queda bloqueada la insinuación
de que quizá la imagen de Dios que se presenta no deje ver su verdadero
rostro. Porque no siempre el creyente transmite el sentido genuino de la
fe. Colocarse subjetivamente de parte de Dios no implica necesariamente
dejar que hable realmente Dios. El Dios que se presenta (en el fondo, el
Dios de la razón) tampoco responde desde el dolor compartido. El
Dios sabio y omnipotente no se encuentra con el dolor del hombre.
Una solución muy extendida considera que Dios no quiere el mal
sino que lo permite. Las razones que se aducen son diversas: respetar la
libertad del hombre, conseguir bienes mayores...La permisión supone
una concepción del poder de Dios al que se atribuye la capacidad
de eliminar el mal. Lo cual, precisamente, acentúa el escándalo
de un Dios que permite (aun pudiendo evitarlo) la tortura del niño
destrozado por los perros. Además mantiene la distancia y deja al
hombre en las afueras de Dios y a Dios en la soledad de su transcendencia.
La ambigüedad de la permisión no oculta, por tanto, la acción
positiva de la voluntad de Dios. Por ello puede derivar fácilmente
hacia un lenguaje más fuerte y crudo. Así, por ejemplo, ante
determinadas enfermedades o catástrofes naturales, se termina diciendo:
"Dios lo ha querido así", "es un castigo de Dios", etc.
Otro recurso es apelar a lo incomprensible, es decir, reconocer que
el problema del mal nos desborda. Es indudable que en esta actitud existe
un fondo de verdad. Pero no debe significar simplemente el silencio. Ese
silencio no se puede producir demasiado pronto, sino que debe acontecer
al ritmo de la dinámica de la fe. La fe no es simplemente aceptación
de lo incomprensible, sino ante todo acogida de la acción de Dios
tal y como se manifiesta en la historia. La actitud del creyente no excluye,
en principio, colocarse del lado de la pregunta de los hombres, de su protesta
y de su interpelación. A partir de esa opción se debe escuchar
la respuesta de Dios y se debe percibir el lugar desde el que habla Dios.
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CUESTIONARIO
El dolor, la enfermedad y el mal llevan frecuentemente a una reacción
humana (pregunta, protesta, interpelación) dirigida a Dios. En estas
ocasiones ¿cuál es nuestra actitud?
-
salimos en defensa del Dios acusado
-
no dejamos espacio ni ocasión para escuchar a la persona que sufre
-
decimos que Dios no quiere el mal, sino que lo permite
-
reconocemos que el problema del mal nos desborda
-
nos colocamos del lado de la pregunta humana
-
escuchamos la respuesta de Dios
-
acogemos su acción en la historia
-
el amor se muestra en la cercanía a las víctimas
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4. El origen del mal
La historia de la salvación es la respuesta de Dios a la situación
de desgracia de los hombres. Más aún, las primeras páginas
de la Biblia surgen como respuesta a la pregunta que se levanta desde la
desgracia humana. Los textos más antiguos del Génesis fueron
provocados por el interrogante que se arrastra en la historia de la humanidad:
cómo se puede explicar la situación de desventura de los
hombres si estos han salido de las manos de Dios.
El relato del Génesis (capítulos 2 y 3) es una primera
respuesta: Dios no es responsable de tal situación. Entre el mundo
de nuestra experiencia y la creación original no hay una continuidad
perfecta: en un momento dado se produce una ruptura. En un mundo, que es
bueno al salir de las manos de Dios (Gn 1 y 2) y que queda en manos del
hombre ("Llenad la tierra y sometedla", se introduce un elemento perturbador:
el pecado humano (Gn 3).
El relato del Génesis pone al descubierto que el hombre y la
mujer, en su más profundo error, evitan la presencia de Dios. Se
ocultan. Dios tiene la costumbre de pasear por el jardín de la historia
humana. Pero el hombre y la mujer piensan que Dios no les interesa para
vivir, que Dios es envidioso, enemigo de su felicidad y de su vida: "Se
os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del
bien y del mal" (3,5). Dios aparece no ya como una ilusión, sino
como una mentira, una opresión de la que es preciso librarse. Ellos
mismos sabrán y decidirán por propia cuenta lo que es bueno
y lo que es malo. Todo queda afectado: la relación con Dios, la
relación con los demás (casa, trabajo), la forma en que se
vive la muerte (sin esperanza).
Lo que Dios hubiera querido, el proyecto de Dios, es la situación
y el estado descritos en la creación original. La armonía
con la naturaleza, el equilibrio interior, la relación adecuada
con Dios y con los demás hombres recogen las características
fundamentales de esa situación ideal. Tal armonía, efectivamente,
se ha roto: el sufrimiento y la soledad, la ruptura interior y la acusación
mutua, el homicidio y las armas, el enfrentamiento entre los pueblos...todo
ello irá configurando la situación humana, que (con mayor
precisión) queda definida así: entre la gracia y la desgracia.
5. La figura de Job
La figura de Job supone una profunda reflexión sobre el sufrimiento
humano. El problema fundamental que se plantea es el siguiente: si es cierto
que Dios premia a los buenos y castiga a los malos en esta vida ¿por
qué sufren los justos? ¿ por qué triunfan los malvados?
¿Es que pagan justos por pecadores? ¿Por qué sufre
Job, si es justo?
Los amigos de Job (Elifaz, Bildad y Sofar) son tres personajes importantes
que viven en distintas localidades, todas ellas situadas en la región
de Edom, patria de hombres sabios. Al llegar y ver a Job, quedan profundamente
impresionados: ni siquiera parece él. En principio, lo que hacen
es el duelo por un muerto. Se quedan mudos. Les parece que la palabra podría
resultar vana, vacía, casi hiriente.
Job es el primero en romper el largo y tenso silencio. Y lo hace con
una queja o lamento, describiendo su dolor. Incluso reniega del día
en que nació (Job 3,3). Los amigos argumentan desde la doctrina
tradicional de la retribución en esta vida: Dios es justo, la felicidad
de los malvados es efímera, el sufrimiento siempre responde a pecados
cometidos por el que sufre, aunque no se recuerden o se ignoren. Incluso
no tienen inconveniente en inventar pecados de Job con tal de que quede
a salvo la justicia de Dios.
Job advierte la palabrería de sus amigos. Si se cambiaran las
tornas, también él sería capaz de componer bellos
discursos y sentirse tan seguro. Pero las palabras que no salen de un corazón
capaz de aproximarse a la desgracia del otro no sirven para nada. Se lo
echa en cara: "vosotros, en vez de consolar, atormentáis" (16,2).
Elihú aparece como un personaje joven, bastante creído
en su ciencia religiosa. Le mueve a hablar el hecho de que Dios queda como
culpable. Ha escuchado a Job esta afirmación: "Soy puro, no tengo
pecado; soy inocente y no hay culpa en mí; pero Dios halla pretextos
contra mí y me considera su enemigo; me tiende trampas a cada paso
y vigila todos mis movimientos" (33,9-11). Al final, Elihú arremete
contra Job: "A su pecado añade la rebelión, se burla de nosotros
y multiplica sus palabras contra Dios" (34,37).
Ante el fracaso de los sabios, incapaces de consolar a Job en su desgracia,
Dios responde a Job desde el seno de la tempestad. Con la evocación
de la naturaleza y, en especial, del mundo animal, tan misterioso para
el hombre, Dios lleva a Job a reconocer la vaciedad de su sabiduría:
"He hablado a la ligera: ¿qué voy a responder?" (40,4). Y
también: "Era yo el que empañaba el consejo con razones sin
sentido...Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te
han visto mis ojos" (42,2-6). Job se encuentra con Dios y esa profunda
experiencia religiosa supera la doctrina tradicional de todos aquellos,
que hablan mucho de Dios, pero poco con Dios.
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CUESTIONARIO
-
¿Qué enseñanza aporta la figura de Job sobre el sufrimiento
humano?
-
¿Cómo afrontamos la enfermedad?
-
acudiendo al médico
-
como condición humana
-
como chequeo de toda la persona
-
como señal del mal
-
como castigo de Dios
-
con rebeldía ante Dios
-
como negación de Dios
-
a la luz de la Palabra de Dios
-
recurriendo a la oración
-
haciendo lo que hizo Jesús: pasó curando.
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6. La Palabra se hizo hombre
El Evangelio de San Juan canta (al comienzo) la inmensa aventura de
la Palabra de Dios en la historia de la salvación, una epopeya que
ha seguido estas grandes etapas: el mundo y el hombre, el pueblo elegido,
Cristo.
En primer lugar, la Palabra vino al mundo: "En el mundo estaba, y el
mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció" (1,10).
El universo es como un libro abierto: nos habla de Dios. Más aún,
el universo está inspirado: Dios nos habla a través de la
creación. Pero el mundo, pagano, no le conoció.
Ante la indiferencia general, Dios elige un pueblo, al que pudiera hablar
de una manera más clara y más íntima. Dios llama a
todos en cualquier momento y situación: "¿No está
llamando la Sabiduría? Y la Prudencia, ¿no alza su voz? A
vosotros, hombres, os llamo...escuchad: voy a decir cosas importantes"
(Prov 8,1-6). Además, "la Sabiduría se ha hecho una casa,...ha
mezclado su vino, ha aderezado también su mesa" (9,1-2). En vano.
El pueblo elegido, en su conjunto, no escuchó la Palabra de Dios.
"Y la Palabra se hizo hombre y puso su tienda entre nosotros" (1,14).
La Palabra de Dios se hizo hombre, para que los hombres pudiéramos
entender el lenguaje de Dios. El cuerpo de Cristo es la tienda del encuentro
del hombre con Dios (Ex 40,34-35), el lugar de su presencia en medio de
nosotros. Se cumple así la voluntad de Dios, que dijo: "Pon tu tienda
en Jacob" (Eclo 24,8).
La Encarnación es el momento culminante de un movimiento que
atraviesa toda la historia de la salvación: Dios busca al hombre.
Y en ese movimiento baja, se anonada, la eternidad entra en el tiempo,
el absoluto se hace relativo, el señor se hace esclavo, lo divino
se hace humano.
Además, la Encarnación nos enseña un nuevo realismo:
el hombre es solamente hombre. Es una lección que aprender a lo
largo de la vida. Es preciso dejarse diagnosticar y dejarse curar de la
perniciosa pretensión de ser como Dios (Gn 3,5) y, en el extremo
opuesto, de la tentación de vivir al dictado de la simple condición
biológica. Nos enseña, por tanto, a ser criaturas y a aceptar
los límites inherentes a nuestra existencia. No viene a liberarnos
del cuerpo, sino a ayudarnos a vivirlo sanamente.
No hay fundamento bíblico que justifique dualismos ni visiones
peyorativas en torno al cuerpo. Cuando cuerpo (o carne) se contrapone a
espíritu, no se trata normalmente de la diferencia entre cuerpo
y alma, sino de la diferencia entre criatura y creador. En la Encarnación
esa antítesis no es eliminada, sino superada. Tomar la carne humana
significa bajar, asumir una condición de inferioridad con respecto
a Dios y confirma la inutilidad de la pretensión de la criatura
humana de salvarse por sí misma.
A partir de la resurrección, el cuerpo de Cristo desaparece del
horizonte visible de nuestra existencia. En este sentido, ya no podemos
encontrarnos con Dios en el cuerpo histórico de Jesús. Pero
no por ello se pierde la dimensión corporal del encuentro (por medio
de Cristo) entre Dios y los hombres. La Iglesia, animada por el Espíritu,
es ahora el Cuerpo de Cristo, la comunidad que le "da cuerpo" prolongando
a lo largo de la historia su presencia corporal en el mundo: "Vosotros
sois el cuerpo de Cristo y cada uno por su parte es miembro" (1 Co 12,27).
Se trata de una realidad que cualquiera puede vivir. Cristo, como dice
el concilio Vaticano II, "constituyó a su Cuerpo, que es la Iglesia,
como sacramento universal de salvación" (Lumen Gentium 48).
7. Jesús, salud de Dios para ti
Cuando se busca la relación de Jesús con la salud, normalmente
se fija la atención en su actividad sanante con los enfermos. Es
cierto que "pasó haciendo el bien y curando", como dice Pedro en
casa de Cornelio (Hch 10,38). Ahora bien, Cristo no se limita a arrojar
espíritus inmundos, sino que introduce en el hombre un espíritu
nuevo. No se limita a luchar contra el mal, sino que crea un mundo nuevo.
No sólo cura enfermedades sino que las previene. Ofrece vida y vida
en abundancia (Jn 10,10): a todos, no sólo a los enfermos.
La salud, más que a acciones concretas de Cristo (que, sin embargo,
no podemos menospreciar) está profundamente ligada a su persona:
"De él salía una fuerza que sanaba a todos" (Lc 6,19). Es
agua (Jn 4,10-14), pan (6,34), luz (9,5), resurrección (11,25),
camino, verdad y vida (14,6): salud de Dios para ti.
Dios se nos da a su medida y a la medida del hombre. Desciende como
salvación (a la medida de Dios) ofrecida como salud (a la medida
humana). Salvación y salud: dos acentos que no se excluyen, pero
que no se igualan. La salvación de Dios alcanza a toda la humanidad
y al hombre entero: la biografía y la historia, el cuerpo y el espíritu,
la enfermedad y la curación, la vida y la salud. Siendo a la medida
del hombre, la salvación se traduce también en experiencia
de salud.
Ahora bien, ¿de qué salud estamos hablando? De la salud
que brota de la acción de Dios, aprendiendo a vivir como hombres,
asumiendo los límites de la condición humana y, al propio
tiempo, llevando lo humano a su plenitud, en una nueva calidad de vida:
-
La salud humana dice siempre relación estrecha con el cuerpo. Es
siempre un modo de vivir el propio cuerpo. Lo cual puede ser explicado
en términos de integración, de armonía, de desarrollo
de las propias potencialidades, de encuentro, etc.
-
Vivir en salud significa acogerse, tarea realmente difícil, pues
implica también acoger la imperfección, la limitación,
la incertidumbre, la fragilidad, la enfermedad, la muerte. Acecha siempre
la tentación de rehuir las leyes biológicas y tomar los atajos
de la magia. Sólo un cuerpo asumido es un cuerpo salvado y sanado.
Aquí radica en última instancia la razón de tanto
desasosiego, de conflictos librados contra uno mismo, de búsquedas
exasperadas de un bienestar a menudo imposible, de enfermedades psicosomáticas
que revelan una relación equivocada con el propio cuerpo. Sólo
un cuerpo asumido, sobre todo si ayuda la fe, puede ser vivido como obra
bien hecha ("y vio Dios que era muy bueno"), como homenaje permanente al
creador y, por tanto, con respeto agradecido, con amor que no maltrata
sino que previene, cura y potencia.
-
Otro modo saludable consiste en vivir el propio cuerpo como lugar de encuentro,
en la soledad fecunda y en la apertura al otro. Nuestro cuerpo es la dimensión
visible de lo que somos. Vivirlo saludablemente requiere saber conjugar
en equilibrio la intimidad y la comunión.
-
Asimismo, hemos de cultivar actitudes y valores que humanizan: la acogida,
el respeto, la compasión, el amor, el afecto, la cercanía,
el servicio, la escucha, la entrega. En lo que esté de nuestra parte,
hemos de hacernos presentes en las instituciones y estructuras sanitarias,
tratando de impregnarlas de estos valores, de modo que el Reino de Dios
se vaya haciendo presente en ellas.
-
Vivir saludablemente significa ofrecer el propio cuerpo en servicio de
los demás, en la entrega generosa a partir de los límites
impuestos por el sufrimiento y por la enfermedad.
-
La experiencia acredita que una curación verdadera y profunda no
es posible sin la recuperación de la dignidad perdida o injustamente
usurpada. Vivir en salud significa experimentar la propia dignidad, una
verdadera recomposición, no sólo de la salud del cuerpo,
sino también de la biografía personal, una mirada diferente
sobre sí mismo.
-
A la luz de la Palabra de Dios todo es visto de modo diferente: el propio
cuerpo, la salud y la enfermedad, el sufrimiento y la muerte, las realidades
del mundo, Dios. Sabemos bien que las experiencias no dependen únicamente
de la realidad objetiva sino también del modo de verla, de situarse
frente a la misma. Pues bien, Cristo no vino para eliminar las realidades
dolorosas de la vida (la enfermedad, en este caso) sino para transformar
su experiencia. Para ello, es importante vivir la experiencia del Evangelio
en grupo, en comunidad: el Evangelio se anuncia para ser compartido.
-
Esa mirada diferente cura porque restituye la dignidad y conduce al curado
a sentirse no sólo amado sino también digno de ser reconocido
y respetado, condición normalmente necesaria para que los enfermos
(y todos los somos de alguna forma) puedan mirarse a sí mismos de
forma diferente y descubrir que el sufrimiento y la enfermedad están
a menudo habitados por un fuerte dinamismo interior, capaz de desencadenar
recursos desconocidos, de conducir al hombre a un sano realismo y de abrir
tal vez frente a él la oportunidad de un camino, seguramente más
laborioso, pero también más saludable.
-
Vivir sanamente significa ir integrando, caminando hacia la unificación,
reuniendo lo disperso, liberando lo alienado, reconstruyendo lo destruido,
recomponiendo lo desbaratado. Tarea para toda la vida, que tiene -sin embargo-
su urgencia especial en el momento de la enfermedad o en la fase final
de la vida. Es entonces cuando se entiende mejor ese camino paradójico
de la salud: para vivir es preciso desvivirse, dar vida e incluso la vida;
para que nazca algo nuevo es necesario que algo muera; para dar fruto es
necesario dejarse sepultar. Dicho de otra manera, significa encontrar la
vida en el hecho de darla, experimentar la fuerza de Dios en medio de la
debilidad del hombre, integrar activamente los propios límites,
aceptar con confianza lo inevitable, anunciar la resurrección y
la vida en medio de la muerte.
Todo creyente y, de forma especial, quien está al servicio de la
salud ha de hacer suyo aquel "he venido para que tengan vida", que remite
al corazón mismo de la Encarnación. Es preciso estar dispuesto
a bajar, a partir desde abajo, a buscar al otro allí donde verdaderamente
se encuentra, a caminar con él, a ayudarle a descubrir los caminos
que llevan a la plenitud. El servicio de la salud es un servicio atravesado
por la esperanza.
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Testimonios
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"A mi padre, al cual no veíamos desde hace casi dos años,
le han diagnosticado un cáncer de páncreas. Mis padres están
separados desde este tiempo y nos llega la noticia a través de la
compañera que vive con él. Uno de mis hermanos recibe la
noticia y rápidamente se pone en contacto con nosotros. Somos nosotros
los que le damos la noticia a mi madre. En nuestros corazones no existe
el menor rencor, y sentimos el deseo de acompañar a mi padre en
todo lo necesario. Encima tiene una fuerte depresión y no come casi
nada. En unos días nos hemos movilizado y hemos estado viendo las
posibles soluciones en relación con el acompañamiento de
mi padre, para que no esté solo. Su compañera se tiene que
ausentar dos semanas por motivos de trabajo. Hay un acompañamiento
del Señor, que yo estoy sintiendo y que, al compartirlo en la comunidad,
lo estamos percibiendo todos. Ahora a mi madre se le vienen encima muchos
problemas que vamos a tener que solucionar, cuestiones de tipo económico
y otros bienes que tienen en común. Hay muchas cuestiones pendientes,
puntos vacíos y oscuros que están sin solucionar y que vamos
a tener que plantear y que buscar remedio cuanto antes, lo que supondrá
mucho dolor, trauma, tensiones...Ruego que el Señor escuche nuestra
oración y que mi padre reciba su misericordia. Ruego también
al Señor que le dé fuerzas a mi madre, que sienta el paso
de Cristo en su espíritu, y también ruego para que nos dé
fuerzas a nosotros, sus hijos, para que no desfallezcamos. Ruego por mi,
porque por las circunstancias, tengo que ser la que lleve su luz en medio
de esta oscuridad e incertidumbre, para que sea él quien me guíe
en todo momento" (M.L.).
-
"Tras un año escolar física y moralmente agotador, pasé
las vacaciones como encargada de tres campamentos y una colonia. Al regreso
no pude resistir más y sufrí un principio de depresión
bastante grave. Tuve que permanecer inactiva durante cuatro meses. Los
caminos de Dios son misteriosos y el quebranto de la salud me ha facilitado
el encuentro con Cristo. Profundizando cada vez más, he llegado
al convencimiento de que todo lo que había realizado hasta entonces
no tenía sentido, porque había prescindido de El. Es cierto
que he tenido responsabilidades en la parroquia y que en el barrio se me
conoce como mujer abnegada. Pero hoy comprendo que si no he sido realmente
feliz es porque quise llevar mi vida sola. Dedicaba a Cristo y al Padre
una o dos horas semanales, pero no intervenían en mi vida. He encontrado
a Cristo, vuelvo a encontrarlo diariamente, en cada minuto de mi existencia.
El da sentido a todo acontecer, feliz o aciago. Gradualmente me ha revelado
al Padre con su plan de amor a los hombres, a ese Padre atento a cada uno,
con amor inquebrantable" (profesora).
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"Nuestro padre se fue tan rápido, que todavía no lo podemos
creer. Nos parece que en cualquier momento va a volver...Pasó con
buen ánimo todas las pruebas que le hicieron, esperando los resultados
que nunca llegaron. No dio un problema en el hospital, no se quejó;
hasta el final nos dio ejemplo de valor, esperanza y entrega; se dejó
querer, aceptando lo que vivía cada uno de los 17 días que
duró su estancia en el hospital y, la última noche, llamando
por dos veces a Dios y Dios se hizo presente. La vida para nuestro padre
no era fácil, pero siempre luchó, trabajó y vivió
por nosotros. Eramos, junto con nuestra madre, lo más importante
de su vida y, aunque no lo expresaba con palabras, nos dio todo lo que
era y tenía. Ahora nos queda decirte: gracias por mamá; por
todo lo que somos; por tus ratos, tu trabajo, tus historias, tu austeridad,
tu buen y mal humor, porque con todo hemos aprendido algo siempre; por
el último mes y tu entrega final; gracias por estar ahí incluso
ahora. Sin ti no podríamos haber escrito esto" (tus hijos).
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CUESTIONARIO
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¿Qué aporta la Palabra de Dios y, especialmente, el Evangelio
de Cristo a la humanización del mundo de la salud y de la enfermedad?
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nos responde a la pregunta que se levanta sobre la desgracia humana.
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nos ayuda a tener una relación sana con Dios.
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nos ayuda a asumir la propia responsabilidad.
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nos libera de la perniciosa pretensión de ser como Dios.
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nos invita a hacer lo que hace Jesús: no sólo cura, ofrece
vida en abundancia.
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nos invita a llevar lo humano a su plenitud.
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¿Qué podemos hacer para promover esa humanización,
que es parte esencial del anuncio del Evangelio?
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promover una relación sana con el cuerpo.
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asumir las propias limitaciones.
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vivir el cuerpo como lugar de encuentro, en la soledad fecunda y en la
apertura al otro.
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cultivar actitudes y valores que humanizan: la acogida, el respeto, la
compasión, el amor, el afecto, la cercanía, el servicio,
la escucha, la entrega.
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en lo que esté de nuestra parte, hacernos presentes en las instituciones
y estructuras sanitarias, tratando de impregnarlas de estos valores.
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ofrecer el propio cuerpo, la propia vida, en servicio de los demás.
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experimentar o recuperar la propia dignidad, quizá perdida o injustamente
usurpada.
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buscar la transformación de la propia experiencia a la luz de la
Palabra de Dios.
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vivir la experiencia del Evangelio en grupo, en comunidad.
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descubrir que el sufrimiento y la enfermedad están a menudo habitados
por un fuerte dinamismo interior, capaz de desencadenar recursos desconocidos.
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bajar, partir desde abajo, buscar al que sufre donde verdaderamente se
encuentra.
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ORACION
Gracias, Señor,
porque eres la luz,
porque viniste para darnos vida
y vida en abundancia,
porque ensanchas nuestro corazón
y das alas a nuestra libertad,
porque curas nuestras heridas,
nos invitas a servir a los demás,
a vivir sanamente
el dolor y la enfermedad.
Gracias, Señor,
por recorrer nuestro camino,
por amarnos hasta el final,
por revelarnos que sólo el amor
sana y salva.
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BIBLIOGRAFIA
-ALVAREZ F., Encarnación: misterio terapéutico y saludable,
Madrid 1999.
-BUENO DE LA FUENTE E., Teología del dolor en Dios, Madrid
1999.
-IAMMARONE G., Encarnación, en AA.VV., Diccionario
teológico enciclopédico, Estella, 1995.
-LOBATO FERNANDEZ J.B., La experiencia del sufrimiento en Job,
Madrid 1999.
-PAGOLA J.A., La Palabra de Dios se hizo carne: el gesto sanador
de Dios, San Sebastián, 1999.