ANIVERSARIO DEL CONCILIO

 

Día 11 de octubre de 2005. Hace 43 años comenzó el Concilio Vaticano II. Con este motivo, es preciso recordar que este gran acontecimiento del siglo XX tuvo dos grandes objetivos, que - a gran escala - están todavía pendientes de verdadera realización y efectivo cumplimiento:
* La renovación de la Iglesia, volviendo a las fuentes de la experiencia comunitaria original. Se ha dicho certeramente que el texto más importante del Concilio es el de los Hechos de los Apóstoles (2, 42-47) que recoge la experiencia de la primera comunidad cristiana. Cuando el Concilio se plantea lo que debe ser la Iglesia (LG 13;DV 10), lo que debe ser la vida del sacerdote (PO 17 y 21), lo que debe ser la vida del misionero (AG 25) y lo que debe ser la vida religiosa (PC 15), en todos estos casos, acude al texto de los Hechos. El mismo Concilio fue convocado para esto: Para devolver al rostro de la Iglesia de Cristo todo su esplendor, revelando los rasgos más puros y más simples de su origen (Juan XXIII, Discurso preparatorio, 13-11-1960). La Iglesia renovada es comunidad que escucha la palabra de Dios y establece un diálogo evangelizador con el mundo de hoy.
* La reconstrucción de la unidad entre los cristianos. El problema de la unidad de los cristianos fue abordado por el Concilio en el Decreto sobre el ecumenismo (UR). Se olvida frecuentemente que "promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno de los principales propósitos del Concilio ecuménico Vaticano II". La división "contradice abiertamente la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña a la causa santísima de la predicación del Evangelio a todos los hombres". En nuestro tiempo, el Señor ha dado a muchas personas y comunidades "el arrepentimiento y el deseo de la unión". El Concilio "quiere proponer a todos los católicos los medios, los caminos y las formas para responder a esta gracia y vocación divinas" (UR 1).
Ahora bien, si se quiere tomar en serio estos grandes objetivos conciliares, cada iglesia cristiana (la nuestra también) ha de tener el valor de revisar la propia tradición a la luz de la palabra de Dios, a la luz del Evangelio. Este, y no otro, es el punto de encuentro. Se dice hoy en todas las iglesias: "Yo no me avergüenzo del Evangelio, que es fuerza de Dios para todo el que cree, primero para el judío, también para el griego" (Rm 1,1). Quizá para ello haga falta un nuevo concilio, un nuevo "concilio de Jerusalén", que libere a las iglesias de viejas tradiciones y duros legalismos.