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¿PIEDRA DE CONSTRUCCIÓN O DE ESCANDALO?
Domingo, 21 de agosto de 2005. En la explanada de Marienfeld, junto a Colonia, el papa Benedicto XVI celebra la misa de clausura de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Asiste un millón de jóvenes. Según un sondeo realizado por el diario alemán Die Welt, sólo el 20% acude por motivos religiosos. Casi la mitad, el 43%, dice viajar simplemente para encontrarse con otros jóvenes. El papa hace una catequesis sobre la eucaristía y encomienda a los jóvenes la misión de ayudar a otros a descubrir a Cristo. Ellos mismos han de conocerlo mejor para poder guiar a los demás. Para ello es importante conocer la Sagrada Escritura y el sentido de la misma que muestra la fe de la Iglesia. Benedicto XVI recomienda una “obra maravillosa” (eso dice): el Catecismo de la Iglesia Católica y su Compendio. Entonces viene un párrafo leído en español: “Obviamente, los libros por sí solos no bastan. ¡Construid comunidades basadas en la fe! En los últimos decenios han nacido movimientos y comunidades en los cuales la fuerza del Evangelio se deja sentir con vivacidad. Buscad la comunión en la fe como compañeros de camino que juntos van siguiendo el itinerario de la gran peregrinación que primero nos señalaron los Magos de Oriente. La espontaneidad de las nuevas comunidades es importante, pero es asimismo importante conservar la comunión con el Papa y con los Obispos. Son ellos los que garantizan que no se están buscando senderos particulares, sino que a su vez se está viviendo en aquella gran familia de Dios que el Señor ha fundado con los doce Apóstoles”. La invitación a formar comunidades es necesaria en un contexto eclesial que (a gran escala) se caracteriza por la ausencia alarmante de comunidades vivas. Ciertamente, la floración de comunidades que brota después del Concilio supone una primavera eclesial. Por supuesto, es importante buscar la comunión en la fe, cuyo fundamento no puede ser otro que la palabra de Dios. Eso sí, una palabra que tiene vigencia actual en las circunstancias ordinarias de la vida. Se dice en el salmo 95: ¡Ojalá escuchéis hoy su voz!. El papa destaca la espontaneidad como rasgo de las nuevas comunidades. En realidad, parece una consideración superficial y reductora. En el fondo ¿qué se quiere decir? ¿Que falta reflexión y discernimiento? ¿Qué así se explica la falta de comunión que puede darse con el papa y los obispos? Sin embargo, como dice el Concilio, ni el papa ni los obispos están por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio (DV 10). Espontaneidades aparte, en una comunidad viva la participación está abierta a todos, como en un principio: Cada cual puede tener un salmo, una instrucción, una revelación, un discurso en lengua, una interpretación, ... podéis profetizar todos por turno para que todos aprendan y sean exhortados (1 Co 14,26-31). El discernimiento es también cosa de todos: Examinadlo todo y quedaos con lo bueno (1 Ts 5,21). Se trata de descubrir la voluntad de Dios (Rm 12,2), manifestada en su palabra. El fundamento de la comunión, lo que verdaderamente aglutina a la nueva familia de los discípulos, es la palabra de Dios. Lo dice Jesús: Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (Lc 8,21). En las primeras comunidades, la palabra de Dios se hace experiencia de Cristo (Hch 2,36) y experiencia de conversión (2,38). En nuestro tiempo, es preciso volver a las fuentes de la experiencia comunitaria, para que la Iglesia se renueve profundamente y pueda evangelizar al hombre de hoy. El modelo está en las primeras comunidades. El propio Concilio Vaticano II fue convocado para esto: “para devolver al rostro de la Iglesia de Cristo todo su esplendor, revelando los rasgos más simples y más puros de su origen” (JUAN XXIII, Discurso preparatorio del Concilio, 13 de noviembre, 1960; ver catequesis Como una gran familia). En medio de grandes resistencias por parte de aquellos para quienes todavía no llegó la hora (Ag 1,2;DGC 28), el Concilio creó la atmósfera que ha hecho posible la aparición, desarrollo y reconocimiento de las pequeñas comunidades, llamadas de talla humana, donde es posible una relación de fraternidad: "La aparición de las pequeñas comunidades es la manifestación más importante de la recepción y realización del Concilio en la Iglesia" (J.Losada, Eclesiología de las pequeñas comunidades, en Sal terrae 12 (1982) 879;ver LG 26;EN 15). Pues bien, volvemos a la homilía del papa en la explanada de Marienfeld. El papa Benedicto no dice ni palabra de las lecturas propias del día. Precisamente son las mismas que se leyeron hace 27 años la tarde del 26 de agosto, en que fue elegido Juan Pablo I. La primera lectura es un pasaje del profeta Isaías. Se le dice al mayordomo de palacio: Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo (Is 22,19-23). Juan Pablo I había tomado la decisión de destituir al mayordomo de palacio y presidente del IOR (Instituto para Obras de Religión), el Banco vaticano. Era una decisión importante y arriesgada, que le terminaría costando la vida. Estas son sus palabras: El presidente del IOR debe ser sustituido”, “aquella que se llama sede de Pedro y que se dice también santa, no puede degradarse hasta el punto de mezclar sus actividades financieras con las de los banqueros, para los cuales la única ley es el beneficio y donde se ejerce la usura, permitida y aceptada, pero al fin y al cabo usura. Hemos perdido el sentido de la pobreza evangélica; hemos hecho nuestras las reglas del mundo. Yo he padecido ya de obispo amarguras y ofensas por hechos vinculados al dinero. No quiero que esto se repita de papa”. El salmo propio del día (Sal 138), que se leía también el día de su muerte, es una oración de acción de gracias: Te doy gracias, Señor, de todo corazón, pues tú has escuchado las palabras de mi boca. Para el que cree, todo (la enfermedad, la muerte prematura, incluso la muerte violenta) se puede transfigurar en gloria de Dios (Jn 11,4.40). El salmo dice también: Canten los caminos del Señor, porque la gloria del Señor es grande. Como es sabido, la humildad es un rasgo distintivo de la personalidad de Juan Pablo I y, de hecho, es su lema: humilitas. El salmo recoge este detalle de identidad en el día de su elección como papa: El Señor se fija en el humilde. La segunda lectura, tomada de la carta a los romanos, invita a reconocer y proclamar la sabiduría de Dios: ¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! (Rm 11,33-36). Esta lectura fue utilizada en el funeral de Juan Pablo I al servicio de la posición oficial, al amparo de una oscuridad eficazmente mantenida por intereses ocultos. En el fondo, una blasfemia, que es lo contrario de la profecía. El evangelio no puede ser más oportuno (Mt 16,13-20). Una confesión de fe: ¡Tú eres el Cristo, el hijo de Dios vivo! En la que sería su última jornada, Juan Pablo I recibe a un grupo de obispos filipinos. Al darles la bienvenida, les recuerda un pasaje encontrado en el Breviario: “Este pasaje nos ha conmovido fuertemente. Se refiere a Cristo y fue citado por Pablo VI durante su visita a Filipinas: Yo debo dar testimonio de su nombre: Jesús es el Cristo, el hijo de Dios vivo”. Es la confesión de Juan Pablo, la confesión de Pedro. Y una palabra de elección: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Y también, una promesa: El poder del infierno no prevalecerá contra ella. Todo esto aparece en El día de la cuenta, libro que ha tropezado con fuertes dificultades eclesiásticas para salir a la luz. Tras la confesión de Pedro, Jesús tiene fuego en el corazón, como Jeremías, el profeta que se juega la vida por la denuncia del templo (Jr 20,7-9). Y comienza a manifestar a sus discípulos que él debe ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas. Pero Pedro no quiere saber nada de eso. Se sitúa por encima de Jesús, pretende ayudarle y decirle cómo debe actuar. Entonces Jesús le dirige el reproche más duro que cabe imaginar: ¡Apártate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, pues tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres! Está en el evangelio de hoy (Mt 16,21-27). Se puede ser piedra de construcción, pero también piedra de escándalo. La historia de los papas lo confirma con muchos ejemplos. |