LLAMADOS Y ELEGIDOS
Asociados para evangelizar

 

 

 

1. La Asociación Comunidad de Ayala, al inscribir a sus socios, se inspira en la tradición catecumenal de la inscripción del nombre, en la experiencia bíblica y evangélica de la elección, en el elemento de respuesta y opción personal propio del seguimiento evangélico y en el carácter compartido y comunitario de la misión evangelizadora. Este compromiso de asociación es fruto de un proceso de evangelización en el que se llega a vivir lo que significa el bautismo.

2. En el catecumenado antiguo la inscripción del nombre es un paso importante, dado por quien se prepara a recibir próximamente el bautismo. Al comienzo de la cuaresma, la víspera del primer domingo, un sacerdote anota los nombres de quienes piden ser bautizados en la próxima Pascua. Al día siguiente, tiene lugar una ceremonia muy solemne, presidida por el obispo. La ceremonia incluye discernimiento e inscripción.

3. El discernimiento se centra en torno a esta cuestión: ¿han demostrado con su vida que son dignos de ser bautizados? Si el discernimiento es favorable, el obispo inscribe de su puño y letra en el libro de la Iglesia el nombre de quien va a ser bautizado, que así pasa a ser elegido o iluminado. No es una pura formalidad administrativa. En ese caso habría bastado lo que el sacerdote hizo la víspera, es decir, la simple anotación. Ser inscrito en el registro es, también, quedar inscrito entre los ciudadanos de la Jerusalén celeste. Como dice S. Gregorio de Nisa (s.IV): Dadme vuestros nombres para que yo los escriba con tinta. El Señor los grabará en tablas imperecederas, inscribiéndolos con su propia mano.

4. En cualquier caso, lo que más importa es la realidad profunda: El Señor a los pueblos inscribe en el registro (Sal 87,6). Lo dice Jesús en el evangelio: Vuestros nombres están escritos en los cielos (Lc 10,20). Ello no obsta, al contrario, para que todo proceso de evangelización verifique siempre la diferencia existente entre quienes son llamados por Dios y quienes, por su respuesta, son finalmente elegidos. En realidad, muchos no responden. Es el caso del joven rico (Mt 19,22). Lo dice también Jesús: Muchos son los llamados y pocos los elegidos (Mt 22,14).

5. No todos entienden el hecho de la elección de parte de Dios. Hay quien se resiste a aceptar lo que venga como regalo de Dios: protesta, si otro lo recibe (Mt 20,15); y, cuando él mismo es el favorecido, ni siquiera da las gracias (Lc 17,18). Sin la elección no es posible comprender el plan de Dios sobre el hombre. En Israel, la experiencia de la elección implica un destino diferente al de los otros pueblos, una condición singular debida, no a un concurso ciego de circunstancias ni de méritos humanos, sino a la libre iniciativa de Dios: No porque seáis el más numeroso de todos los pueblos se ha prendado el Señor de vosotros y os ha elegido, pues sois el menos numeroso de todos los pueblos; sino por el amor que os tiene y por guardar el juramento hecho a vuestros padres (Dt 7,7-8).

6. El fin de la elección es constituir un pueblo santo, consagrado al Señor, un reino de sacerdotes y una nación consagrada (Ex 19,6). En la serie de personas especialmente elegidas (patriarcas, profetas, sacerdotes, reyes) aparece la figura del Siervo, mi elegido (Is 42,1), como el único al que Dios puede confiar plenamente su obra. Esto se cumple en Cristo, como se dice en el momento de su bautismo: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco (Mt 3,17). Jesús comparte su misión y, así, elige a los doce (Mc 3,14) o a los setenta y dos (Lc 10,1). La iniciativa es siempre suya: No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros (Jn 15,16). La Iglesia, edificada sobre testigos de Cristo Resucitado, se llamará raza elegida y pueblo santo (1 P 2,9). Y sus miembros se llamarán los elegidos (Rm 16,13;2 Tm 2,10;1 P 1,11).

7. La meta de la actividad de Jesús no la constituye la enseñanza tradicional, sino el anuncio de la cercanía de Dios en palabras y obras, la llamada a la conversión, la proclamación de la voluntad de Dios, entendida radicalmente en su referencia a la acción de Dios que irrumpe en la propia actuación de Jesús. Seguir a Jesús es entrar ya desde ahora en el reino de Dios que está presente, es asociarse a su suerte y, por tanto, a su destino inseguro y hasta peligroso, es participar de su cruz y de su gloria. La llamada del Señor (Mc 1,16-20) es una poderosa fuerza de atracción que termina situando al discípulo ante radicales opciones: por encima de los bienes, por encima de la familia, por encima de uno mismo (Mc 8,34-38;10,23-34). El seguimiento de Jesús supone un continuo ejercicio de libertad.

8. Cuando Jesús envía a sus discípulos a hacer discípulos (Mt 28,19), no les dice tanto que hagan alumnos, cuanto que hagan socios. Como en aquel tiempo, también hoy se cumplen aquellas palabras: Designó el Señor a otros setenta y dos (Lc 10,1). El Señor sigue eligiendo, el Señor sigue enviando. Se trata de compartir una misión, la misión de Jesús y de la Iglesia. Y ello, de forma asociada, comunitaria: unidos para evangelizar.

9. Como dice el Concilio Vaticano II, el apostolado asociado (AA 18) responde muy bien a las exigencias humanas y cristianas, siendo al mismo tiempo expresión de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo, que dijo: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18,20).

10. En 1987 nos constituimos en asociación, reconocida eclesial y civilmente, la Asociación Comunidad de Ayala (c/ Saliente,1). Esto ha dado asentamiento eclesial y civil a la acción evangelizadora que estamos desarrollando. También señala el horizonte en el que desemboca el proceso catecumenal: asociados para evangelizar.

11. Pertenecer a la Asociación no es algo obligatorio para estar en un grupo o en una comunidad. Es un compromiso madurado, discernido y celebrado, que -además- se formula por escrito. En nuestra sociedad y en nuestra Iglesia, ese compromiso escrito es no sólo conveniente, sino necesario para que la Asociación tenga carta de identidad.

12. "Serán socios, sin limitación de número, todas aquellas personas, mayores de edad, que: estén en comunión eclesial; estén integradas en grupo o comunidad promovida por la Asociación; soliciten su ingreso en la Asociación, manifestando respetar los fines de la misma; sea aceptada su admisión por el Consejo Rector y ratificada por la Asamblea General Extraordinaria" (Estatutos, art. 6,1).