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EL SECRETO DE LAS PARÁBOLAS
- Todo parece tan sencillo que cualquiera lo puede comprender. Sin
embargo, existe un problema: descubrir el sentido original de las
parábolas. Ya en los primeros tiempos,
sufren ciertas interpretaciones. Se da a cada detalle de la
parábola un significado especial, independiente, arbitrario. El resultado
es un galimatías. De hecho, durante siglos, un espeso velo
cubre el sentido de las parábolas. La parábola (simple imagen o relato extenso)
presenta un solo punto de comparación.
- En la Biblia la parábola es una enseñanza en forma de comparación,
frecuentemente enigmática. Es preciso descubrir ese enigma
(Eclo 39,3). Los discípulos se sorprenden de que Jesús hable en parábolas
(Mt 13,10). Les parece un merodeo inútil, una pérdida de tiempo: hay que
ir al grano. Sin embargo, Jesús cumple la Escritura que dice: Abriré
en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del
mundo (Sal 78,2). Además, Mateo y Marcos
presentan las parábolas tras la ruptura de Jesús con los fariseos (Mt 12;
Mc 3). Aclaran el sentido de esta situación crítica.
- Aunque aparezcan recopiladas, las parábolas hay que situarlas en
la vida de Jesús. En realidad, no inculcan máximas o principios generales.
No son historias amenas que terminan con una moraleja. No, cada parábola
es pronunciada en una situación concreta, que es preciso reinterpretar.
Sirve de justificación, de defensa, de ataque, de desafío. Es, con frecuencia,
un arma de combate. El problema es descubrir qué quiso decir Jesús
en aquel momento y, también, qué nos quiere decir hoy.
Veamos algunas parábolas del reino de Dios.
- En primer lugar, la parábola del sembrador: Una
vez salió un sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas semillas cayeron
a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron
en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron en seguida por no
tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por
no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos
y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento,
otra sesenta, otra treinta (13,8-9 (Mt 13,1-7;Mc 4,1-9;Lc 8,4-8).
Los fracasos de la semilla se deben a causas diversas: condiciones
de la tierra, los pájaros, el sol, las espinas. La semilla se pierde por
varios motivos: se la lleva el diablo, una tribulación o persecución por
causa de la Palabra, las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas.
A pesar de todo, hay una gran cosecha.
Lo que faltan son obreros: La mies es mucha y los obreros pocos.
Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies (Mt 9,37-38). La palabra de Dios es viva y eficaz. Está
sucediendo algo increíble, lo que desearon ver profetas y reyes: El reino
de Dios ha llegado a vosotros (Mt 12,28). Hemos de estar atentos: El que tenga
oídos, que oiga.
- Acercándose a Jesús, los discípulos le preguntan: ¿Por qué
les hablas en parábolas? Suponen que sería mejor ir sin rodeos, en corto
y por derecho. El les responde: Es que a vosotros se os ha dado el conocer
los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no... Por eso les hablo
en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos
se cumple la profecía de Isaías (Mt 13,10-14;Mc 4,10-12;Lc 8,9-10).
Jesús tiene en cuenta el auditorio: están ellos y estáis vosotros.
Los secretos del reino de Dios son un enigma para quienes están fuera,
no para quienes están dentro. A sus propios discípulos les dedica
una enseñanza especial, les explica en privado (Mc 4,34) los secretos
del reino de Dios.
- Es el año 739 a.C. Isaías tiene una experiencia, que le cambia la
vida: la visión de la gloria de Dios que determina su vocación y
su misión. El profeta siente su propia limitación, pero la visión
le purifica y le conforta. La pregunta
queda en el aire: ¿A quién enviaré? ¿Quién irá de nuestra parte?
Isaías se considera aludido y se ofrece como voluntario: Aquí estoy,
envíame. En realidad, su misión es imposible: dirigirse como mensajero
de Dios a un pueblo rebelde, que no quiere cambiar. Encontrará desconfianza
y desprecio. Provocará el endurecimiento general. Entonces ¿no sería mejor
callar? Ciertamente, ese pueblo está embotado, no tiene corazón
para entender, ojos para ver, ni oídos para oír (Dt 29,3; Hch 28,26),
pero el Señor es fiel a la alianza y exige el respeto de la justicia. No
se calla ni se cansa, sigue actuando y hablando.
- Y la misión ¿hasta cuándo? Hasta el final. Sólo quedará un resto.
Serán como la encina o el roble, en cuya tala queda un tocón. Pero
ese tocón será semilla santa (Is 6, 13). El resto que sobrevive a
la desolación será semilla de un nuevo pueblo. Esto se cumple en
los discípulos de Jesús: ¡Dichosos vuestros ojos porque ven y
vuestros oídos porque oyen! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron
ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís,
pero no lo oyeron (Mt 13,16).
- La parábola de la semilla es propia de Marcos: El reino
de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra; duerma o se
levante, de noche o de día, la semilla brota y crece, sin que él sepa cómo.
La tierra da el fruto por sí misma: primero hierba, luego espiga, después
trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo permite, en seguida se
le mete la hoz, porque ha llegado la siega (Mc 4,26-29). Así pues, todo
un proceso: siembra, crecimiento, fruto, siega. La siega es símbolo del
día del Señor o día del juicio. Jesús envía a sus discípulos
a segar la mies: Alzad los ojos y ved los campos que blanquean ya para
la siega (Jn 4,35). La recolección es el final del proceso.
- El reino de Dios es como un grano de mostaza: Cuando se siembra en la tierra es más pequeña
que cualquier semilla... pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que
todas las hortalizas y echa ramas, tan grandes que las aves del cielo anidan
a su sombra (Mc 4, 30-32; Mt 13,34-35;Lc 13,19). La mostaza es una planta
de crecimiento rápido. En el Antiguo Testamento (Dn 4,12; Ez 31,6; 17,23),
el árbol es símbolo de un imperio que ofrece protección a sus súbditos.
El reino de Dios es como una pequeña semilla. Los comienzos son humildes,
pero se hace árbol y las aves del cielo vienen a cobijarse en sus ramas.
- La parábola de la cizaña es propia de Mateo: El reino de
los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo.
Pero cuando la gente dormía, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo...
Los siervos dijeron: ¿Quieres que vayamos a arrancarla? El dijo: No, al
arrancar la cizaña podríais arrancar también el trigo. Dejad que crezcan
ambos hasta la siega; y al tiempo de la siega diré a los segadores: Recoged
primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y amontonad el trigo
en mi granero (Mt 13,24-30). El labrador descubre que entre su trigo
hay cizaña y lo lamenta, pero prefiere dejar las cosas como están, sabiendo
que la siega será una buena ocasión para separar la cizaña del trigo.
- El reino de Dios es como la levadura que tomó una mujer
y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo (Mt 13,33;Lc
13,20). La levadura es símbolo de diversas influencias: negativas, como
la de los fariseos (Mc 8,15), o positivas, como la del reino. Al principio, la levadura está
oculta y no sucede nada en apariencia. Al final, fermenta y levanta la masa.
- Las parábolas del tesoro y de la perla son propias
de Mateo: El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en
un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría
que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel. También
es semejante el reino de los cielos a un mercader que anda buscando perlas
finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que
tiene y la compra (Mt 13,44-45). El reino de Dios es un gran valor que
se encuentra, lo más importante en la vida, y todo queda subordinado a ese
descubrimiento.
- La parábola de la red es también propia de Mateo: El reino
de los cielos es semejante a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando
está llena, la sacan a la orilla, se sientan y recogen en cestos los buenos,
y tiran los malos (Mt 13,47-48). Jesús emplea la pesca como una comparación para designar la
tarea del Evangelio. Así aparece en la llamada de los primeros discípulos:
Seguidme, y os haré pescadores de hombres (Mc 1,17). Ahora bien, veamos el sentido original
de la parábola: cuando se pesca con una red barredera, no se puede seleccionar
el pescado. La selección, el discernimiento, se hace después. Así también
sucede con el reino de Dios: muchos son los llamados, mas pocos los escogidos
(Mt 22,14).
* Diálogo: ¿Descubrimos el
secreto de las parábolas?