PAZ, JUSTICIA Y PERDON
- El mensaje del papa para la Jornada
Mundial de la Paz (1-1-2002) afirma lo siguiente: "No hay paz sin justicia,
no hay justicia sin perdón", "el perdón se opone al
rencor y a la venganza, no a la justicia". En realidad, ¿qué
está diciendo? El mensaje llega después de los atentados
del 11-S y de la guerra de Estados Unidos contra Afganistán.
- El mundo entero contempló
en directo los atentados del 11-S. Fue tremendo, infernal. Más
de 3.000 víctimas. Las reacciones fueron diversas: la venganza,
la cruzada, la guerra, la represalia, la justa condena, la morbosa satisfacción,
la petición de una justicia llevada a cabo en tribunales internacionales.
- Ocho días después,
el presidente Bush comenzaba la Operación Justicia Infinita,
enviando aviones militares y buques de guerra al Golfo Pérsico y al
Indico. Objetivo: Afganistán, donde (al parecer) se encuentra el principal
sospechoso, Osama Ben Laden. Un 90 % de los norteamericanos apoya la guerra
y un 67% acepta que mueran inocentes.
- Juan Pablo II exhorta al pueblo
americano a "no ceder a la tentación del odio y de la violencia".
La Conferencia Episcopal de Estados Unidos envía al presidente Bush
una carta, en la que apoya la decisión de responder al terrorismo
con las armas: "Nuestra nación, en colaboración con las
demás, tiene el derecho moral y la obligación sacrosanta de
defender el bien común contra los ataques terroristas". Se precisa
que "cualquier acción militar debe respetar los sanos principios
morales". El portavoz vaticano, Navarro Valls, comunica que la Santa
Sede "entendería el uso de la fuerza".
- El Alto Comisionado de las Naciones
Unidas para los Refugiados (ACNUR) informa sobre la catástrofe humanitaria
de Afganistán, después de 3 años de sequía y más
de 20 de conflicto continuado, con violación de derechos humanos. Antes
de los atentados, "ya había cerca de un millón de desplazados
internos en territorio afgano" (17-9-2001). El personal humanitario ha
sido evacuado. Los éxodos masivos pueden provocar miles de muertos.
- El domingo 23 de septiembre,
la denuncia del profeta sacude el embotamiento general (Am 8, 4-7;
ver Hch 28, 27): robar a los pobres clama al cielo. Dios hace suya la causa
del desvalido: "El que la vilipendia y la sofoca, se dice en la introducción
a la lectura, tiene enfrente de sí la justicia infinita". Es toda
una réplica a la Operación que entonces cambia de nombre: Libertad
Duradera. La segunda lectura (1 Tm 2, 1-8) pide oraciones por los que
tienen grandes responsabilidades para que podamos llevar una vida tranquila
y apacible. Nos invita a rezar alzando las manos limpias de ira y de
divisiones. El Evangelio es el pasaje del dinero injusto: No
podéis servir a Dios y al dinero (Lc 16,13). El dinero es un dios
falso e injusto, que embota el corazón y abre abismos sociales entre
ricos y pobres (Lc 16,19-31). Las diferencias escandalosas entre ricos
y pobres son una injusticia (GS 66) y, además, un peligro social: generan
violencia. El fanatismo no lo explica todo.
- Estados Unidos debe aprender
de su propia historia. No es sólo un imperio dominador de pueblos.
Eso es lo que se ataca, como un día hicieron con el imperio romano
los galileos violentos (Lc 13, 1-5; Jn 10, 1-21). Es también un país
nacido de la emigración, convertido en tierra prometida para
masas inmensas de inmigrantes y refugiados. Lo cantan las palabras grabadas
en la Estatua de la Libertad: "Dadme a vuestras masas apiñadas,
cansadas y pobres, que anhelan respirar en libertad, el triste deshecho de
vuestra rebosante orilla. Enviádmelos, a los sin hogar, a los que hacia
mí arrojó la tempestad. ¡Alzo mi antorcha junto a la puerta
dorada!". Esta libertad sí es duradera.
- Pues bien, el domingo 7 de octubre,
aniversario de la batalla de Lepanto (1751), comienzan los bombardeos contra
Afganistán, la respuesta violenta de Estados Unidos a los violentos
atentados del 11 de septiembre. Ese día se lee en todas las iglesias,
un impresionante pasaje de Habacuc (1,2-2,4). El profeta ve una violencia
tras otra (crímenes, injusticias, luchas, catástrofes) y no
entiende el silencio de Dios: ¿Hasta cuándo clamaré, Señor,
sin que me escuches? ¿Te gritaré: ¡Violencia! sin que me salves?
El profeta recibe esta respuesta: Escribe la visión, ponla en tablilla...
El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por la fe.
Ahora bien, ¿qué escuchamos en este pasaje? ¿Dónde está
el injusto que tiene el alma hinchada? ¿Dónde el justo que vive por
la fe? La lectura de la liturgia es muy corta. Es preciso leer el texto y
su contexto. Además, hace falta una catequesis: Pon la visión
en tablilla.
- Denunciando una violencia tras
otra (¡tiene que gritar!), el profeta se dirige a Dios y se le queja:
¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? ¿Te
gritaré: ¡Violencia! sin que me salves?¿Por qué me haces ver
crímenes, me enseñas injusticias, violencias y catástrofes;
surgen luchas, se alzan contiendas? Pues la ley cae en desuso y el derecho
no sale vencedor, los malvados cercan al inocente y el derecho sale conculcado
(Ha 1,2-4). Donde el injusto dice: ¡justicia!, el profeta grita: ¡violencia!
No comprende el silencio de Dios. Triunfa la injusticia, se atropella el derecho,
que la ley debería garantizar. A esa violencia se llama justicia. No,
no puede creer que la obra de Dios, la que nadie creerá aunque se la
cuenten, sea precisamente ésta: Yo movilizaré a un pueblo
cruel y resuelto que recorrerá la anchura de la tierra conquistando
poblaciones ajenas. Es temible y terrible: él con su sentencia impondrá
su voluntad y su derecho. Sus caballos son más veloces que panteras,
más afilados que lobos esteparios. Sus jinetes brincan, sus jinetes
vienen de lejos volando como rauda águila sobre la presa... Su fuerza
es su dios (1,5-8).¿Un pueblo injusto y violento viene a hacer justicia?
En vez de derecho trae violencia. Además, está divinizando su
fuerza militar. Se denuncia la alegría con que esa gran potencia se
apodera de los pueblos: ¿Hiciste tú a los hombres como peces del
mar? Ese pueblo los apresa en la red (1,14). A hombres, que han
sido hechos para dominar sobre los peces del mar (Sal 8,9), se les somete
a una relación brutal de dominación: ¿es ésta la voluntad
de Dios?
- El profeta se queda a la espera,
como centinela. Y el Señor respondió: Escribe la visión,
ponla clara en tablilla para que se pueda leer de corrido. Porque es aún
visión para su fecha, aspira ella al fin y no defrauda; si se tarda,
espérala, pues vendrá ciertamente sin retraso. El injusto tiene
el alma hinchada, pero el justo por su fidelidad vivirá (2,1-4).
El injusto, que se hincha con su ambición y arrogancia, perecerá.
Sin embargo, el justo, que no recurre a la fuerza y se fía de Dios,
vivirá.
- Pero hay más. Los pueblos
oprimidos y explotados profetizarán la caída del imperio agresor.
Dirán: ¡Ay del que amontona lo que no es suyo... por haber saqueado
a naciones numerosas, los demás pueblos te saquearán...;
¡Ay del que construye con sangre la ciudad y asienta la capital en el crimen!...;
¡Ay...!¿de qué le sirve al artífice confiar en su obra o
fabricar ídolos mudos? (2,6-20). La idolatría va unida a
la injusticia. Los ídolos mudos no exigen justicia. Las estatuas no
hablan, como hace el Señor, que denuncia la violencia y asume los
ayes de los pueblos oprimidos: ¡Ay del imperio!
- El profeta termina con una
confesión de fe: ¡He oído tu fama, Señor, he visto
tu acción¡ En medio de los años actúala... Tranquilo
espero el día de la angustia, que va a venir sobre el pueblo que nos
asalta. Aunque la higuera no eche yemas y las cepas no den uvas, aunque falle
la cosecha del olivo y de los campos, aunque se acaben las ovejas del redil
y no queden vacas en el establo, yo celebraré al Señor, me alegraré
en Dios, mi salvador (3,2-18). El justo pone su confianza en Dios, aunque
se conmuevan los cimientos de la tierra. El Señor es su fuerza frente
a los arrogantes (Sal 91, 75, 46).
- En medio de la conmoción
mundial por los atentados del 11-S, se recuerdan los terribles versos
de Rafael Alberti, escritos en 1980 con motivo de su visita a Nueva York,
las Torres Gemelas acababan de construirse: "Aquí no baja el viento,
/ se queda allí en las torres, / en las largas alturas, / que un día
caerán, / batidas, arrasadas de su propia ufanía. / Desplómate,
ciudad, de hombros terribles, / cae desde ti misma./ Qué balumba /
de ventanas cerradas, / de cristales, de plásticos, / de vencidas,
dobladas estructuras. / Entonces entrará, / podrá bajar el viento
/ hasta el nivel del fondo / y desde entonces no existirá / más
arriba ni abajo" (ABC, 24-9-2001).
- El magistrado de la Audiencia
Nacional, Baltasar Garzón, tuvo la valentía de denunciar la
respuesta de las armas como atentado contra la legalidad: Frente al terrorismo
el derecho, no las armas. "Resulta preocupante, dijo, que
países como Francia o España no hayan alzado la voz en forma
clara para decir no, para no aceptar la solución violenta como única
posible, para desvelar la gran mentira de la ‘solución final’ contra
el terrorismo. Se predica la legalidad y a la vez se prescinde de la misma,
aduciendo la necesidad y la urgencia para acabar con el peligro que la organización
terrorista representa, e igualmente se exige la aceptación sin condiciones
de que ‘existen’ pruebas que, curiosamente, están siendo analizadas
por los políticos, y no por los jueces, y, con base a ello, se sentencia
a los ‘culpables’ y a los que no lo son. Realmente grave" (El País,
2-10-2001).
- Entonces ¿qué debemos
hacer? La palabra de Pedro, el día de Pentecostés, tiene
valor permanente: ¡Salvaos de esta generación perversa! (Hch
2, 40). Es lo que hace Pablo, se distancia de su generación embotada
y violenta, toma conciencia de su error: cuando se derramó la sangre
de Esteban, él se hallaba presente y aprobaba su muerte (22,20).
- Pero falta conciencia.
Los malos son siempre los otros. Se hace necesaria la denuncia del profeta
Natán a David: En una ciudad había dos hombres, uno rico y otro
pobre. El rico tenía ovejas y bueyes en abundancia; el pobre no tenía
nada, sólo una corderilla, que él quería como a una hija.
Crecía con él, comía su pan, bebía en su vaso,
dormía en su pecho. Un día llegó un huésped a
la casa del rico, y para festejarlo... mató la ovejita del pobre. David
reaccionó indignado, diciendo: ¡Ese hombre merece la muerte! Pero Natán
le dijo: ¡Ese hombre eres tú! Tú has hecho que Urías,
el hitita, muriera en guerra para quedarte con su mujer... (2 Sm 11 y 12).
Pues bien, por llevarle a Nueva York vivo o muerto a quien "se busca",
el rico ha matado la oveja del pobre. Es preciso recordar la denuncia del
Concilio Vaticano II: "Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente
a la destrucción de ciudades enteras o de extensas regiones, junto
con sus habitantes, es un crimen contra Dios y contra la humanidad que hay
que condenar con firmeza y sin vacilación" (GS 80).
- El Sínodo de Obispos,
reunido en Roma durante el mes de octubre, permanece mudo. Sin embargo,
el cardenal Louis-Marie Billé, presidente de la Conferencia Episcopal
Francesa y arzobispo de Lyon, rompe el silencio: "Es legítimo
prevenir y reprimir los actos terroristas. Ahora bien, la paz no vendrá
de una violencia que responde a otra violencia". Un grupo de obispos
reunidos en Sao Paulo (entre ellos, Pedro Casaldáliga) denuncia los
bombardeos contra Afganistán como actos de violencia, venganza y
represalia: "La indebida transformación del clamor por la
justicia en actos de venganza y represalia con bombardeos aéreos contra
Afganistán es igualmente terrorismo, practicado ahora por gobiernos
que se presentan como democráticos, civilizados y cristianos. Los bombardeos
están provocando innumerables víctimas, incluyendo mujeres,
niños y ancianos, destrucción de infraestructura, aumento del
hambre y la desesperación, agravamiento de la situación sanitaria,
están echando a las calles a millones de refugiados". La Conferencia
Episcopal Francesa, reunida del 4 al 10 de noviembre, también hace
oír su voz: "Es tiempo de buscar otros medios para no añadir
mal al mal, violencia a la violencia", "el combate digno de la humanidad
es compromiso de todos, y especialmente de nuestros países más
favorecidos, para reducir las indignantes desigualdades entre los pueblos".
- Por su parte, Juan Pablo II invita
a los líderes religiosos del mundo a una jornada de oración
por la paz en Asís, el 24 de enero: "La religión no
debe ser nunca motivo de conflicto, de odio y de violencia", "la
humanidad necesita ver gestos de paz y oír palabras de esperanza"
(Vida Nueva, 24-11-2001). En realidad, parece un gesto vacío,
contradictorio. No es posible la cuadratura del círculo. No se pueden
realizar gestos de paz, sin denunciar la violencia de la guerra contra Afganistán,
que (además) presenta una escandalosa cobertura episcopal (USA) y vaticana:
legítima defensa.
- El 11 de diciembre se hace público
el mensaje del papa para la Jornada Mundial de la Paz: "No hay
paz sin justicia, no hay justicia sin perdón". Tras denunciar
el fenómeno del terrorismo como "auténtico crimen contra
la humanidad", dice el papa: "Existe un derecho a defenderse del
terrorismo. Es un derecho que, como cualquier otro, debe atenerse a reglas
morales y jurídicas, tanto en la elección de los objetivos como
de los medios. La identificación de los culpables ha de ser probada
debidamente, porque la responsabilidad penal es siempre personal y no puede
extenderse a las etnias o a las religiones a las que pertenecen los terroristas".
Aunque tarde, parece haber aquí una velada crítica a la intervención
americana en Afganistán.
- Como denuncia un periodista que
ha cubierto la guerra de Afganistán, graves preguntas quedan
sin respuesta: ¿Por qué los talibanes se rindieron con tanta facilidad?
¿Cuánta gente ha muerto? ¿Cuántos civiles han caído bajo
las bombas americanas? Ni siquiera hay una cifra aproximada. Es una cuestión
que los vencedores no están dispuestos a responder (El País,20-12-2001).
Por lo demás, la guerra sigue.
- Pues bien, en la fecha indicada
se celebra el encuentro de Asís. Setenta líderes de 12
religiones distintas se reúnen para rezar (por separado) por la paz.
Dice el papa: "Nunca más violencia. Nunca más guerra. Nunca
más terrorismo. En nombre de Dios que cada religión traiga a
la Tierra justicia y paz, perdón, vida y amor".
- A todo esto, ¿qué dijo,
o mejor, qué dice San Francisco? El 29 de agosto de 1219 había
contemplado la derrota del ejército cristiano en Damieta (Egipto):
"entre muertos y cautivos perdieron 6.000". El cardenal legado sueña
con barrer la Media Luna. Sin su permiso, Francisco decide presentarse al
sultán y anunciarle el Evangelio. Le acompaña el hermano Iluminado.
Van indefensos, sin otro apoyo que la palabra del Señor: Cogerán
serpientes en sus manos y, si bebieren veneno, no les hará daño
(Mc 16, 18). Son apresados y llevados ante el sultán, el cual
les hace la inquietante pregunta: "¿Por qué los cristianos predican
el amor y hacen la guerra?". A Francisco le afloran las lágrimas.
Tampoco él entiende la cruzada de las armas. Sus palabras llegan ahogadas
al oído del sultán: El Amor no es amado. De nuevo, el 5 de noviembre,
el ejército de los cruzados ataca Damieta. Francisco presencia de lejos
la toma de la ciudad y lamenta los brutales excesos de la guerra. Huye hacia
el puerto avergonzado. Estos cristianos no son testigos del amor, niegan con
las armas la verdad que él anuncia con la fuerza del Evangelio. El
pasaje del Evangelio, que Francisco lleva en el corazón al encuentro
con el sultán, se leía en todas las iglesias el 25 de enero
pasado, cuando los periódicos daban la noticia del encuentro de Asís.
Lo leímos en un pequeño grupo. También leímos,
fue todo un regalo, el salmo 142, con el que murió San Francisco: En
torno a mí los justos harán corro por tu favor para conmigo.
Entendimos que el pobre de Asís sigue diciendo lo mismo: El Amor
no es amado.
- "El perdón, dice
el papa, se opone al rencor y a la venganza, no a la justicia". Por tanto...
Sin embargo, dice la Escritura, el reconocimiento del pecado obtiene su perdón
(Sal 32). Además, en el proceso de corrección fraterna, sin
conversión, no hay perdón (Mt 18). Lo dijo Juan Bautista y lo
asume el Evangelio. No basta con decir: Somos hijos de Abraham. O lo que es
lo mismo: Somos católicos de toda la vida. Es preciso dar frutos
de conversión (Lc 3, 8).
- Diálogo: sobre paz,
justicia y perdón
- la paz es obra de la justicia
- a la violencia se le llama
justicia
- no se puede hablar de paz
sin denunciar la injusticia y la violencia
- el terrorismo es un crimen
contra la humanidad
- hay varios terrorismos
- la utilización de
armas de destrucción masiva e indiscriminada es un crimen contra
Dios y contra la humanidad
- el perdón se opone
al rencor y a la venganza, no a la justicia
- el reconocimiento del pecado
obtiene su perdón
- sin conversión no
hay perdón
- hay que dar frutos de conversión