RELACIONES
DE DEPENDENCIA
- Las primeras comunidades cristianas viven
en medio de un mundo de relaciones sociales, tal y como se dan
en la sociedad judía y greco-romana del siglo I. Se dan, por ejemplo,
relaciones de dependencia: hombre-mujer, padres-hijos,
amo-esclavos. Ahora bien, si los cristianos todo lo viven en
el Señor, ¿qué pasa entonces? ¿Asumen el modelo social del
mundo antiguo como palabra de Dios? O más bien ¿viven en el Señor
el modelo social que se encuentran? En este caso ¿qué cambios
se introducen? ¿Cómo se viven en el Señor esas relaciones de dependencia?
¿Qué dice la palabra de Dios? ¿Qué dice el Evangelio?
- En la carta a los Colosenses encontramos
los llamados espejos o manuales del hogar, que son
reglamentos domésticos del mundo antiguo: Mujeres, sed
sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos,
amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced
en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor.
Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan el
ánimo. Esclavos, obedeced en todo a vuestros amos de este mundo,
no porque os vean, como quien busca agradar a los hombres, sino
con sencillez de corazón, en el temor del Señor. Todo cuanto hagáis
hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres,
conscientes de que el Señor os dará la herencia en recompensa.
El amo a quien servís es Cristo. El que obre la injusticia, recibirá
conforme a esa injusticia; que no hay acepción de personas. Amos,
dad a vuestros esclavos lo que es justo y equitativo, teniendo
presente que también vosotros tenéis un amo en el cielo (Col
3,18-4,1).
- Un pasaje semejante, más amplio, aparece
en la carta a los Efesios: Sed sumisos los unos a los otros
en el temor de Cristo. Las mujeres a sus maridos, como al Señor,
porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza
de la Iglesia, el salvador del Cuerpo. Así como la Iglesia está
sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos
en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la
Iglesia y se entregó a si mismo por ella, para santificarla, purificándola
mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela
resplandeciente a si mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni
cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada. Así deben amar
los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama
a su mujer se ama a si mismo. Porque nadie aborreció jamás a su
propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo
mismo que Cristo a su Iglesia, pues somos miembros de su Cuerpo.
Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá
a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio
es este, lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia. En todo caso,
en cuanto a vosotros, que cada uno ame a su mujer como a si mismo;
y la mujer, que respete al marido.
- Sigue el pasaje: Hijos, obedeced a
vuestros padres en el Señor; porque esto es justo: Honra
a tu padre y a tu madre, tal es el primer mandamiento que
lleva consigo una promesa: Para que seas feliz y se prolongue
tu vida sobre la tierra. Padres, no exasperéis a vuestros
hijos, sino formadlos más bien mediante la instrucción y la corrección
según el Señor. Esclavos, obedeced a vuestros amos de este mundo
con respeto y temor, con sencillez de corazón, como a Cristo,
no por ser vistos, como quien busca agradar a los hombres, sino
como esclavos de Cristo que cumplen de corazón la voluntad de
Dios; de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres;
conscientes de que cada cual será recompensado por el Señor según
el bien que hiciere: sea esclavo, sea libre. Amos, obrad de la
misma manera con ellos, dejando las amenazas; teniendo presente
que está en los cielos el amo vuestro y de ellos, y que en él
no hay acepción de personas (Ef 5,22-6,9; ver 1 Tm 2,8-15;
5,3-8;6, 1-2; Tt 2,1-10; 1 Pe 2,13-3,7).
- Una cosa llama la atención. La afirmación
de que el hombre es cabeza (o jefe) de la mujer aparece (tal y
como nos llega) en varias cartas paulinas (1 Co 11,3; Ef 5,23;
Tt 2,5) y en la primera carta de Pedro (1 Pe 3,1), pero no
aparece en los evangelios, que son la plenitud de la ley y
los profetas. ¿Qué significa esto? ¿Esa afirmación es palabra
de Dios o sólo refleja la situación social de la mujer, de inferioridad,
dependencia y sumisión, tal y como se da en el mundo antiguo?
Salvo casos aislados, la mujer no desempeña un papel en la vida
pública. Su formación se limita a sus labores. Según el filosofo
griego Aristóteles (384-322 a.C.), que tanto influye en la tradición
cristiana medieval, la mujer es “como un hombre mutilado” (De
generatione animalium, 2,3).
- En el mundo judío, hasta los doce años
y medio, el padre tiene sobre la hija la patria potestad: “Ella
permanecerá siempre bajo la autoridad paterna hasta que no pase,
con las nupcias, a la dependencia del marido”, se dice en La
Misná, que recoge la tradición oral judía hasta el siglo II
d.C. (Orden tercero, IV,5). “La mujer, dice la ley, está sometida
al marido en todo” (Josefo, Contra Apionem, 2,24). Lo mismo
aparece en la carta a los Efesios: “Las mujeres deben someterse
a sus maridos en todo” (Ef 5,24). Afortunadamente, en nuestro
tiempo, la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948)
establece la igualdad entre marido y mujer: “el hombre
y la mujer tienen los mismos derechos antes, durante y después
del matrimonio” (artículo 16).
- En la carta a los Corintios, hablando
del buen orden en las asambleas, se ordena que la mujer se cubra
la cabeza, es decir, que se ponga el velo: Quiero que
sepáis que la cabeza de todo hombre es Cristo; y la cabeza de
la mujer es el hombre; y la cabeza de Cristo es Dios. Todo hombre
que ora o profetiza con la cabeza cubierta, afrenta a su cabeza.
Y toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta
a su cabeza... El hombre no debe cubrirse la cabeza pues es imagen
y reflejo de Dios; pero la mujer es reflejo del hombre. En efecto,
no procede el hombre de la mujer, sino la mujer del hombre. Ni
fue creado el hombre para la mujer, sino la mujer para el hombre.
Por eso la mujer debe llevar sobre la cabeza una señal de sujeción
por razón de los ángeles. Por lo demás, ni la mujer sin el hombre
ni el hombre sin la mujer, en el Señor. Porque si la mujer procede
del hombre, el hombre, a su vez, nace de la mujer. Y todo procede
de Dios (1 Co 11,3-12).
- Detrás de la imposición del velo a la
mujer, está la ley judía. En el mundo judío la mujer que salía
sin llevar la cabeza cubierta podía ser despedida por su marido
sin ningún tipo de indemnización: “Estas son las mujeres que han
de ser despedidas sin entregarle la dote: aquella que quebranta
la ley de Moisés o la ley judía. ¿Cuál es la ley de Moisés? Si
da, por ejemplo, de comer sin haber separado antes el diezmo,
o si tiene relación sexual durante el periodo de la menstruación...
¿Cuál es la ley judía? Si sale con el pelo suelto, o si teje en
la plaza, o si habla con cualquier hombre” (La Misná, Orden
Tercero, VII, 6).
- En la carta a los Corintios, un poco más
adelante, se ordena también que la mujer se calle en la asamblea:
Como en todas las iglesias de los santos, las mujeres cállense
en las asambleas; que no les está permitido tomar la palabra.
Que estén sumisas, como también la ley lo dice. Si quieren aprender
algo, pregúntenlo a sus propios maridos en casa (1 Co 14,34-35).
Pero entonces ¿cómo puede profetizar, según se dice anteriormente?
(11,5). ¿Cómo puede el autor de la carta afirmar dos cosas, de
suyo contradictorias? Con razón, se ha denunciado aquí una interpolación
posterior, que altera el texto paulino (G.Fitzer, 1963; ver nota
Biblia de Jerusalén, 1998: algunos manuscritos ponen los vv. 34-35
después del v.40). Esta nueva imposición se presenta como mandato
del Señor (14,37). No se puede alegar al respecto el siguiente
pasaje: Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará (Gn
3,16). La dominación del marido sobre la mujer es consecuencia
del pecado. No pertenece al proyecto de Dios. En la primera
carta a Timoteo encontramos también la ley del silencio y de la
sumisión (1 Tm 2,11-13). Según la ley judía, “las mujeres,
los esclavos y los menores (no son incluidos en el número que
es mínimo) para hacer la invitación (a la acción de gracias en
común)”: la mujer “tampoco puede ser maestra de niños” (La
Misná, Orden Primero, VII,2 y Orden Tercero, IV, 13). La sumisión
de la mujer limita su libertad en todos los aspectos, también
en el servicio religioso.
- Se argumenta, a partir del segundo relato
de la creación (s. X a.C.), que el varón fue creado primero: Dios
formó al hombre con polvo del suelo (Gn 2,7), la mujer fue
formada de una costilla del hombre (2,22), del varón
ha sido tomada (2,23). Sin embargo, el texto en cuestión refleja
la situación social del mundo antiguo. Se ignora el pasaje, que
viene a continuación y que es asumido por el Evangelio, un pasaje
que proclama la oportuna autonomía con respecto a los padres,
así como la unidad e igualdad del hombre y de la mujer: Por
eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer,
y serán los dos una sola carne (2,24). Además, el primer relato
de la creación (s. V a.C.) presenta al ser humano, diferenciado
desde el punto de vista sexual. Ambos, hombre y mujer,
son imagen de Dios, no sólo el hombre: Creó Dios al
ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer
los creó (Gn 1,27).
- Según el modelo social del mundo antiguo,
la mujer está en casa y el hombre en el trabajo.
Esta distribución de papeles hoy se somete a profunda revisión.
La mujer (en situación de sumisión) no es la reina del hogar,
sino la esclava; la relación de amor se convierte en dominación.
El trabajo no es una actividad creadora y estimulante,
sino una realidad dura, espinosa y esclavizante; la relación laboral
degenera en explotación (Gn 3,16-18). Este no es el mundo querido
por Dios. Es consecuencia del pecado humano.
- La mujer participa en la misión de Jesús
y en las primeras comunidades. Ahí están las mujeres que acompañan
a Jesús (Lc 8,1-3). Ellas anuncian a los once y a todos los demás
la resurrección del Señor (Lc 24,10; Jn 20, 18), toman la palabra
en la comunidad: Profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas
(Hch 2,17; 1 Co 11,5); muchas se distinguen en el servicio del
evangelio (Col 4,15; 1 Co 1,11; Rm 16; Flp 4,2); hay profetisas
(Hch 21,9) y diaconisas (Rm 16,1). Junto a las grandes comunidades,
como Jerusalén o Antioquía, están las pequeñas comunidades, cuya
dirección podría corresponder al cabeza de familia, varón o mujer
(Rm 16,3-5;Col 4,15). En Filipos, la comunidad empieza por un
grupo de mujeres; ellas tienen un papel predominante (Hch 16,12.15;Flp
4,2).
- Veamos el caso de la carta a Filemón, cristiano de Colosas. Pablo ha
conocido en la prisión a Onésimo, que se había escapado de la
casa de su amo, Filemón. Ahora se lo devuelve no como esclavo,
sino como un hermano querido: Si me tienes como algo unido a ti,
acógele como a mi mismo. Y si en algo te perjudicó, o algo te
debe, ponlo a mi cuenta (Fil 16-18). Aunque permanece la condición
social de Onésimo, cambia la relación.
- En la carta
a los Gálatas, la carta de la libertad cristiana, Pablo dice:
Ya no hay ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre
ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Ga
3,28). El Evangelio pone en cuestión la circuncisión y la ley
judía, la esclavitud y la sumisión. El concilio de Jerusalén supone
para los gentiles convertidos al cristianismo la liberación de
la ley judía (Hch 15,18). Esta es la lucha de Pablo: Habéis
roto con Cristo todos cuantos buscáis la justicia en la ley, os
habéis apartado de la gracia (Ga 5,4). Entonces ¿cómo se explican
las leyes sobre la sumisión de la mujer, el velo y el silencio?
Nos parece que hay interpolación, añadido posterior a las cartas
de Pablo, además, realizado por adversarios (judaizantes). Pablo
lo veía venir: Yo sé que, después de mi partida, se introducirán
entre vosotros lobos feroces que no perdonarán al rebaño (Hch
20,29). A finales del siglo I, en tiempos de la segunda persecución,
una grave crisis divide a la comunidad de Corinto, según la carta
de Clemente Romano.
- En el siglo II el Canon de Muratori
da una lista de las cartas de Pablo: “A los Corintios, la
primera; a los Efesios, la segunda; a los Filipenses, la tercera;
a los Colosenses, la cuarta; a los Gálatas, la quinta; a los Tesalonicenses,
la sexta; a los Romanos, la séptima; por más que a los Corintios
y a los Tesalonicenses repita para su corrección... También una
a Filemón, una a Tito y dos a Timoteo, (escritas) por afecto y
amor; pero santificadas por el honor de la Iglesia católica”.
- Durante toda la Edad Media y el Renacimiento
se cita a Ambrosio, Jerónimo y Agustín como comentaristas de Pablo.
Sin embargo, ni Ambrosio ni Jerónimo escriben las obras que se
les atribuyen. Se utiliza su autoridad. El que suplanta a Ambrosio
es desconocido, se le llama Ambrosiaster. El que suplanta
a Jerónimo se le identifica con Pelagio, monje irlandés que dio
origen al pelagianismo. Los dos comentaristas dan una visión muy
“romana” de los textos paulinos: “práctica, jurídica y un tanto
racionalista” (J. Sánchez Bosch, Escritos paulinos, Ed.
Verbo Divino, Estella, 1998, 96). Se supone apoyo oficial.
- La crítica especializada en la
Biblia sostiene unánimemente la autenticidad paulina de estas
siete cartas: Romanos, 1 y 2 Corintios, Gálatas, Filipenses, 1
Tesalonicenses, Filemón. Se discute la autenticidad paulina de
las otras seis, que podrían atribuirse a discípulos del apóstol:
Efesios, Colosenses, 2 Tesalonicenses, 1 y 2 Timoteo, Tito. Por
supuesto, tiene su peso la antigua tradición del Canon
de Muratori, que cita las trece cartas de Pablo. El contenido
no paulino, que aparece en algunas, no tendría por qué provocar
un rechazo global de las mismas. Solamente habría que detectar
y denunciar las eventuales interpolaciones.
- Supuesto lo anterior, en la vida humana
se dan relaciones de dependencia: conyugal, familiar, social,
laboral. En cierto sentido, el amor de marido y mujer supone mutua
dependencia. Hasta la emancipación, la dependencia de los hijos
es natural. “El niño, por su falta de madurez física y mental,
necesita protección y cuidado especiales, incluso la debida protección
legal, tanto antes como después del nacimiento”, dice la Declaración
de los Derechos del Niño (1959). La convivencia social, justa y pacífica, supone también
una dependencia: somos dependientes los unos de los otros. Nuestros
derechos se han de conjugar con los derechos de los demás. Es
lo que sucede cada día en la relación laboral. En la relación
comunitaria, más aún, somos miembros los unos de los otros
(1 Co 12,27).
- La Iglesia, dice el Concilio Vaticano
II, “tiene el deber permanente de escrutar los signos de los tiempos
y de interpretarlos a la luz del Evangelio”, ha de discernir en
los cambios profundos y rápidos del mundo de hoy las señales
de los tiempos que manifiestan la acción del espíritu de Dios:
“Hoy el género humano se halla en una edad nueva de su historia,
en la que cambios profundos y rápidos se extienden progresivamente
al universo entero” (GS 4), “las comunidades locales tradicionales,
como las familias patriarcales, los clanes, tribus, aldeas, los
diversos grupos y las mismas relaciones de convivencia social
experimentan cada día más importantes cambios. Poco a poco se
difunde el tipo de sociedad industrial, que lleva a algunas naciones
a la opulencia económica y transforma profundamente las nociones
y condiciones de vida social establecidas desde siempre” (GS 6),
“en la familia se originan grandes discrepancias, bien por las
acuciantes condiciones demográficas, económicas y sociales, bien
por las dificultades que surgen entre las generaciones que se
suceden, bien por las nuevas relaciones sociales entre hombres
y mujeres” (GS 8), “la mujer, allí donde todavía no lo ha logrado,
reclama igualdad de derecho y de hecho con el hombre” (GS 9),
“en nuestro tiempo, por varias causas, se multiplican de día en
día las relaciones mutuas y las interdependencias” (GS 25), el
bien común “se universaliza más y más”, “en consecuencia, implica
derechos y obligaciones que afectan a todo el género humano” (GS
26).
- La igualdad fundamental de todos es una
señal de nuestro tiempo discernida por el Concilio como
acción del espíritu de Dios en el mundo de hoy: “Toda forma de
discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya
sea social o cultural, por motivo de sexo, raza, color, condición
social, lengua o religión, debe ser superada y eliminada por ser
contraria al plan de Dios”, “esfuércense las instituciones humanas,
ya sean privadas o públicas, en servir a la dignidad y al fin
del hombre, mientras luchan esforzadamente contra cualquier clase
de esclavitud social o política, y defiendan los derechos fundamentales
de los hombres bajo cualquier régimen político” (GS 29), “las
mujeres trabajan ya en casi todos los campos de la vida; pero
conviene que puedan asumir plenamente su papel conforme a su propio
modo de ser” (GS 60), “como en nuestros días las mujeres participan
cada vez más en toda la vida de la sociedad, es importante que
crezca igualmente su participación en los distintos campos del
apostolado de la Iglesia” (AA 9); muchísimas veces, el trabajo
asociado de los hombres se hace “en detrimento de algunos trabajadores”,
“quedan en cierto modo esclavos del trabajo realizado” (GS 67).
- Diálogo:
Sobre lo que nos parece más importante.
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