La enfermedad es una experiencia profunda, un acontecimiento fundamental de la existencia (Dolentium hominum 2), que deja al descubierto la fragilidad humana e introduce a quien la sufre en un mundo lleno de interrogantes.

El tiempo de la enfermedad, ya sea crónica o aguda, más o menos grave, es un tiempo de pausas e inquietudes, de sombras y esperanzas, en el que todo es puesto a prueba.

En una situación así, puede brotar espontáneamente la oración, pero también puede cuestionarse su valor: ¿sirve para algo? Para muchos, la oración ha dejado de interesar por no ser útil. Para otros sigue siendo un asunto privado e intimista. Es preciso revisar qué significa orar hoy y cómo orar en la enfermedad.

 

Con este material de educación en la fe pretendemos:

Los destinatarios son los enfermos y sus familias, los profesionales de la salud y los voluntarios, las parroquias y comunidades cristianas, las congregaciones religiosas, la sociedad en general.

1. Orar hoy


Ante el hecho de la oración y lo que significa orar hoy, nos encontramos con interrogantes profundos:

Junto a los interrogantes, están los desafíos ambientales, propios de las circunstancias en que se desarrolla la vida moderna: Sin embargo, hoy tenemos más oportunidades que en otros tiempos:

Dolores Aleixandre ha recordado la contestación del Superior General de la Compañía de Jesús, P. Kolvenvach, cuando le preguntaron: "Padre, ¿usted cómo reza? / Rezo con iconos / Y ¿qué hace? ¿los mira? / No, me miran ellos a mí". Este hombre, de alta experiencia oriental, coincidía con una mujer, clásica en temas de oración, que aconsejaba lo siguiente: "Se esté allí con El, acallado el entendimiento. Si pudiere, ocuparlo en que mire que le mira" (Santa Teresa, Libro de la vida, 13,22).

La oración puede brotar desde lo más profundo en cualquier momento, en cualquier persona. Orar es necesario: "Oro porque vivo, vivo porque oro" (V. Savoldi). Sin embargo, es lo normal, se necesita un proceso de evangelización. No sabemos orar como conviene. A Dios tratamos de manejarlo todos, consciente o inconscientemente. Para no engañarnos, la oración necesita de continua purificación y discernimiento.

2. Orar es hablar con Dios


Si tiene sentido que el hombre hable con Dios es porque se ha descubierto que Dios habla con el hombre. Jesús de Nazaret primero siembra la palabra de Dios, es decir, el hecho de que Dios habla hoy; después inicia en la oración: Estando él orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos (Lc 11,1). La oración tiene una profunda relación con la escucha de la palabra de Dios. Se trata de una palabra viva, escuchada -de muchas maneras- en el fondo de los acontecimientos personales, sociales y eclesiales. Escuchar y orar son como el anverso y el reverso de la misma medalla. En la liturgia, si la celebración no degenera en rutina, la oración de los fieles brota de la escucha de la Palabra. Y en el proceso de evangelización, iniciar en la escucha de la Palabra es algo fundamental para iniciar en la oración. La oración es diálogo, comunicación, conversación. Dice Santa Teresa: "Podemos tener conversación no menos que con Dios" (1 Moradas 1,6). Como en toda comunicación, hay un decir y un escuchar. De poco sirven las recetas o los esquemas fijos. Sirve más la conciencia de no saber orar como conviene. Lo dice San Pablo: Nosotros no sabemos pedir lo que conviene (Rm 8,26). Una y otra vez necesitamos reconocer que el escuchar y el orar trascienden todo método, son algo que se realiza en la dinámica del espíritu de Dios que viene en ayuda de nuestra debilidad e intercede por nosotros con gemidos inefables. La oración parte de la experiencia, de aquello que estamos viviendo. Dice también Santa Teresa: "Entre los pucheros anda Dios" (Fundaciones 5,8). En el mundo de la salud y de la enfermedad podemos decir lo mismo: Entre los quirófanos anda Dios. La oración nos lleva hacia lo más profundo de nuestra vida; por ello, requiere un clima de silencio, un silencio fecundo, que no es síntoma de bloqueo ni genera angustia, sino que conduce al corazón de la propia historia; un silencio del que pueden brotar conjuntamente la palabra del hombre y la Palabra de Dios; un silencio que es verdadera contemplación de la acción de Dios en medio de la historia.

Dios habla hoy

Es la experiencia central de toda la Biblia: Dios habla hoy. Por eso se dice en el salmo 95: Ojalá escuchéis hoy su voz. Si Dios habla, de la forma que sea, el creyente ha de escuchar. Esto supone: un respeto a la iniciativa de Dios: quien habla es Dios, no el hombre; un discernimiento imprescindible, que puede realizarse a diversos niveles: personal, pastoral, comunitario; finalmente, la acogida de algo que, por encima de todo, es don de Dios, no producto del hombre. La palabra de Dios, viva y eficaz, transciende todo método: se cumple en la dinámica del Espíritu. Se requiere, eso sí, una actitud de escucha y un fiel discernimiento, que respete la iniciativa de Dios y acoja, en cada caso, el don de Dios, más allá de todo racionalismo (que considera imposible que Dios hable hoy), más allá de todo iluminismo (falsa iluminación que anuncia una nueva revelación) y más allá de toda magia, juego o manipulación (que pretende falsamente hacerle hablar a Dios). Para Santa Teresa, Dios habla hoy, le habla a ella: "zPensáis que está callando? Aunque no le oímos bien, habla al corazón" (Camino de perfección, 24,4). Teresa llama locuciones a las palabras que recibe de Dios. El Señor, para hablar, repite - en el fondo - su palabra bíblica. La Palabra le llega "tan de presto, a deshora, aun algunas veces estando en conversación, muy en el espíritu, con poderío y señorío, hablando y obrando". San Juan de la Cruz habla también de las locuciones de Dios: "Y son de tanto momento y precio, que le son al alma vida y virtud y bien incomparable, porque le hace más bien una palabra de estas que cuanto el alma ha hecho en toda su vida. Acerca de estas, no tiene el alma qué hacer (ni qué querer, ni qué no querer, ni qué desechar, ni qué temer)... Dichoso el alma a quien Dios le hablare. Habla, Señor, que tu siervo oye" (1 R 3,10; Subida del monte Carmelo, XXXI).

PARA LA REVISIÓN PERSONAL O DE GRUPO

¿Escucho la Palabra de Dios? ¿Cómo la escucho?

3. Enseñar a orar

Quien inicia en la oración ha de tener conciencia de los propios límites. Como dice San Juan de la Cruz: "No cualquiera que sabe desbastar el madero sabe entallar la imagen, ni cualquiera que sabe entallar sabe perfilarla y pulirla, y no cualquiera que sabe pulirla sabrá pintarla, ni cualquiera que sabe pintarla sabrá poner la última mano y perfección" (Llama 3,57).

Iniciar en la oración, enseñar a orar, es parte del proceso de evangelización. En realidad, no sabemos cómo orar. Nos faltan las palabras. Sin embargo, podemos orar con los salmos, como las primeras comunidades, en el espíritu de Jesús.

Los salmos son poemas, cantos y oraciones. Son la oración de Israel, expresión de la experiencia humana vuelta hacia Dios. En los salmos, todo (la vida del pueblo y del individuo) se va convirtiendo en oración, viva y variada, por medio de autores que transforman en palabra la experiencia.

El libro de los salmos

El libro de los salmos es sencillo y familiar. Los salmos han sido compuestos por una cadena anónima de autores. Su origen puede situarse en los primeros años de la monarquía (s.X a. C.) y su florecimiento en el periodo que va hasta la mitad del siglo VIII.

El libro de los salmos manifiesta la huella de las distintas épocas por las que ha ido pasando la religiosidad israelita. La influencia mayor vino de los profetas, cuyo efecto más significativo fue el poco valor concedido al culto externo. Los creyentes aprendieron a entonar sus salmos en la vida ordinaria.

Los salmos tienen su origen en el culto de Israel. Sin embargo, hay muchos (de hecho, la mayor parte), en los que no se hace alusión al culto o la referencia es muy escasa. Estos salmos nacen en la oración privada y poseen un carácter más personal.

La oración de los salmos varía según la situación individual o colectiva que la provoca. Cada salmo tiene una unidad, que le da sentido. Además, cada salmo es único, tiene algo que le distingue. Hay salmos que no olvidamos. A ello añade cada cual su actitud, preocupaciones, el tono de su voz, su resonancia espiritual y corporal.

No es sólo el mensaje. El creyente hace suyos los sentimientos y el lenguaje de los salmos: "El salmo queda abierto y disponible, incluso para el salto trascendental, cuando el orante de los salmos es, sin que pierdan su sentido precedente judío, Jesucristo. De aquí arranca la llamada lectura cristiana de los salmos, que podría llamarse oración cristiana" (Schökel).

Los salmos son, ante todo, fruto de oración. Para comprender a fondo los salmos, hay que orar personalmente con ellos. Israel tiene la convicción de ser un pueblo que habla con Dios, con un Dios vivo que habla con el hombre: El revela a Jacob su palabra, sus preceptos y sus juicios a Israel (Sal 147,19).

Siguiendo el rastro de los salmos en el Nuevo Testamento, podemos ver hasta qué punto los cantos y oraciones de Israel estuvieron presentes en el cristianismo primitivo. En las primeras comunidades aparecen con espontaneidad los salmos más diversos. En ocasiones son sólo unas pocas palabras, pero su alusión es inconfundible.

De una forma especial, del libro de los salmos (Lc 20,42;Hch 1,20) toman su lenguaje los cantos y oraciones de la primera comunidad cristiana. Dios mismo habla a los corazones amonestando y consolando, instruyendo y auxiliando. En las primeras comunidades se compusieron y cantaron salmos nuevos, himnos y cánticos inspirados (Col 3,16).

En los primeros siglos, la oración del Señor era un secreto que se comunicaba sólo al final del proceso de evangelización a los adultos que se preparaban para recibir el bautismo: se les entregaba el Padrenuestro en el contexto de una catequesis intensiva sobre la oración.

La oración del Señor

La oración del Señor no es sólo una fórmula común de oración, sino también un esquema de evangelización, un modelo según el cual nos atrevemos a orar como Jesús:


La confianza es el fundamento de la oración. Muchas veces se afirma con sencillez: Confío en ti (Sal 13,6), tú eres mi Dios (Sal 31,13). Con frecuencia se le llama al Señor Dios mío (Sal 104,1). El amor de una madre (Sal 131,2) y la ternura de un padre (Sal 103,13) son reflejo de su amor: Dios es amor.

Veamos esta oración de Jesús, en la que da gracias al Padre por el fruto de su misión entre la gente sencilla: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños (Mt 11,25). Dice más adelante: Venid a mi todos los que estáis fatigados y sobrecargados... y hallaréis descanso para vuestras almas. Jesús ora con palabras del salmo 34: Bendeciré al Señor en todo tiempo, sin cesar en mi boca su alabanza; en el Señor mi alma se gloría, que lo oigan los humildes y se alegren. Se dice también: He buscado al Señor y me ha respondido: me ha librado de todos mis temores. Y finalmente: El salva a los espíritus hundidos.

En una circunstancia muy distinta, ante la tumba de Lázaro, Jesús ora así: Padre, te doy gracias por haberme escuchado (Jn 11,42). La situación es esta: ha muerto su amigo, ha recibido un reproche por no haber estado allí, los judíos le buscan para darle muerte. Se produce una señal, se anuncia la vida que vence a la muerte: ¡Lázaro vive! Jesús da gracias con palabras que encontramos en el salmo 138: Te doy gracias, Señor, de todo corazón, pues has escuchado las palabras de mi boca.

En la última cena, Jesús ora por los discípulos: Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado (Jn 17,11). Acecha la traición de Judas: El que come mi pan levanta contra mi su calcañar (Sal 41,10). En la soledad del huerto, Jesús siente tristeza y angustia hasta el punto de morir (Sal 42,7). Entonces ora así: Padre mío, si es posible, que pase de mi este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú (Mt 26,39). Se dice en el salmo 40: Heme aquí que vengo para hacer tu voluntad. Sobre la cruz proclama el cumplimiento del salmo 22 en todo lo que está pasando: burlas, reparto de los vestidos, crucifixión, sed. Finalmente, en el momento de morir, ora con palabras del salmo 31: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23,46).

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¿Qué significan los salmos para nosotros?

El Concilio Vaticano II ha recordado la importancia de la Biblia en el diálogo del hombre con Dios: "En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos" (DV 21). Cuando los discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar, le están pidiendo algo esencialmente original del Evangelio. Cada grupo, entonces como ahora, se distingue por su forma de orar. La oración de Jesús manifiesta lo esencial de su misión. La oración de Jesús comienza por esta palabra: Padre (Lc 11,2). A Dios Jesús siempre le llama Padre, en arameo abba, el término familiar con el que un niño se dirige a su padre. La confianza en el Padre y el diálogo con él son el verdadero corazón del evangelio. Jesús enseña a sus discípulos a dirigirse al Padre con la confianza de un niño: Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos (Mt 18,3).
4. Orar en la enfermedad

La oración del enfermo tiene la característica común a toda oración. En cualquiera de sus formas es siempre relación, diálogo, encuentro, comunicación, amor. Pueden surgir intentos de manipulación de Dios en beneficio propio. Pero la oración o es expresión de amor o no es nada: Santificado sea tu nombre (Mt 6,9).

La oración del enfermo

La oración del enfermo tiene una característica especial. Dice Jesús Burgaleta, profesor del Instituto Superior de Pastoral, que ha pasado por una enfermedad seria y larga:

"En la enfermedad te sientes débil, incapaz, sin fuerza, sin posibilidad de decidir por ti mismo, en manos de otros; ni siquiera puedes huir aunque lo desees: Se consumen de pena mis ojos, mi garganta y mi vientre; mi vida se gasta en la congoja, mis años en los gemidos (Sal 31, 10-11). Entre este marasmo de sentimientos duros puede correr una tenue brisa de confianza y vivir la experiencia de la Presencia, la compañía, la acogida: El Señor está cerca de los atribulados (Sal 34,19).

El enfermo puede vivir en la oración una bellísima experiencia de la ternura de Dios: Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recogerá (Sal 27,10), aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo (Sal 23,4).

La larga jornada del enfermo, y su noche, son ocasión para realizar ante Dios una actividad fundamental, rememorar, recordar el pasado: En mi angustia te busco, Señor, de noche rebullen mis manos sin descanso... repaso los tiempos antiguos, recuerdo los años remotos (Sal 77,3-6)... En este repaso de la vida van a destacar aspectos muy importantes, ricos, fecundos, llenos de sentido y de plenitud, que no podrán menos que provocar la alabanza y la bendición a Dios. ¿Quién no puede descubrir en su vida destellos de la presencia actuante de Dios?

Cuando se hace con verdad la memoria de la vida en ella aparece, también, la cara negativa del fracaso, de la responsabilidad que ha arruinado tantas posibilidades, del pecado y de la culpa. Aspectos que en la enfermedad pueden agigantarse, desmesurarse y asaltarnos amenazadoramente... La oración que confiesa el pecado y pide perdón y la experiencia del Dios que perdona y abraza es fundamental para asumir con madurez lo negativo de la vida, acogerse y poder cambiar...

La oración de petición es la palabra más espontánea en la boca del dolor humano: Que no me arrastre la corriente, que no me trague el torbellino (Sal 69,16). Se pide lo que el discípulo de Jesús ha deseado a lo largo de su vida y, sobre todo, en los períodos de prueba: No nos dejes caer en la tentación, para que no caigamos en las manos del mal (Mt 6,13). Y se pide que mi voluntad sea lo que Dios quiera, no lo que quiera yo: Realícese tu designio en la tierra como en el cielo.

Cuando le pides a Dios lo que El quiere, desembocas inmediatamente en la aceptación de la realidad. La enfermedad no sólo te pone en tu lugar, sino que te desvela descarnadamente lo que eres: Los años de nuestra vida son unos setenta u ochenta, si hay vigor; mas la mayor parte son trabajo y vanidad, pues pasan deprisa y vuelan (Sal 90, 10). Hay una oración, muy necesaria, de acatamiento de la limitación, de madura y saludable resignación. Mediante ella, desde la profundidad del encuentro con Dios, uno adquiere la sabiduría de saber colocarse en su sitio, sin extralimitarse; de situarse en la realidad, sin creerse que vive en un mundo fantástico; de reconocerse criatura, de reconocer que uno no posee la fuente de la propia existencia: Hazme saber, Señor, mi fin, y cuál es la medida de mis días, para que sepa yo cuán frágil soy (Sal 39,5).

¿Quiere esto decir que hay que dejarse vencer por la enfermedad, que tenemos que aceptar la doma del dolor, que hay que agachar la cabeza ante el destino? ¡De ningún modo!".

En los salmos el enfermo acusa el golpe, pero no se queda pasivo, resignado, sino que saca fuerza para luchar por la salud. Tras el grito inicial comienza una actividad que incluye muchos pasos hasta lograr una nueva experiencia de salud, que desemboca en acción de gracias. Cuando el mal es irremediable, el creyente se pone en manos de Dios. Es muy importante poder reconocer su presencia misteriosa. Como dice el recordado poeta Claudio Rodríguez: "Hoy más que nunca yo le pido al cielo, no que me salve, que me acompañe".

Cuando uno está enfermo, se encuentra con un caudal inmenso de preocupaciones, deseos, intenciones, recuerdos, ánimos y fuerzas que vienen de los demás y que se expresan por medio de la oración: "rezamos por ti", "¡cuánto hemos rezado por ti!". Y también: "rezamos contigo". Es particularmente eficaz la oración comunitaria, como dice Jesús: Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18,19).

Es la experiencia de Encarna. En su habitación se reúne un grupo de oración una vez a la semana. La oración compartida es para ella como el aire que respira. El capellán de la Residencia percibe la señal y escribe en su diario: "Gracias, Encarna. Estás tumbada boca abajo desde hace muchos años y, cuando te llevo la comunión, sonríes. Tus codos están callosos de apoyarte un día y otro en el colchón. Los días pasan y siempre sonríes. Yo me pregunto: ¿por qué? Y no sé responderme. Encierras un misterio que te hace feliz postrada en cama. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida, dice el salmo. Creo que este país ya está entre nosotros, si sabemos descubrirlo, como Encarna".

La enfermedad puede cumplir diversas funciones. Puede ser prueba y crisol, castigo y correctivo, ocasión de maduración de la persona y lugar del alumbramiento de una nueva salud. En la enfermedad se viven situaciones en las que se hace aguda la necesidad de la reconciliación. Todo queda al descubierto. Tal es el caso de viejos odios y de problemas no resueltos. Junto al lecho del enfermo se dan las grandes reconciliaciones.

En medio de la enfermedad el creyente se pregunta: ¿Qué dice Dios de mi enfermedad? ¿Qué está haciendo con ella? En realidad, no existen respuestas fáciles ante el problema del mal, del sufrimiento y de la muerte. Es preciso orar. Se dice en la carta de Santiago (5,13-15):

¿Sufre alguno entre vosotros? Que ore. ¿Está alguno alegre? Que cante salmos. ¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo.

La carta de Santiago relaciona el sufrimiento con la oración y la enfermedad con la oración y la unción. El contexto se refiere a la oración. La expresión oración de fe se refiere a la oración hecha con fe, que excluye toda magia y supone una relación viva con el Señor. Además se propone la oración ferviente, es decir, asidua. Se afirma que, si se hace así, tiene mucho poder (5,16).

Nos dice Jesús que la oración ha de ser perseverante: Hemos de orar sin desfallecer y en todo tiempo (Mt 18,1). Su eficacia se manifiesta en el don del Espíritu, que el Padre da a quienes se lo piden (Lc 11,13).

El sacramento de la unción no debe ser un hecho aislado, una breve visita del Señor. Debe situarse en el contexto de oración y de lucha contra la enfermedad. La oración envuelve la acción, la unción del aceite que cura las heridas. El servicio sanitario mismo adquiere un valor sacramental, que comienza con los gestos humanos de acogida al ingresar en el hospital y continúa con los diferentes servicios prestados al enfermo. El amor de Cristo a los enfermos se pone de manifiesto a través de las curas médicas, a través de las visitas fraternas, a través de la oración.

Como dice el Concilio, "con la unción de los enfermos y la oración de los presbíteros, toda la Iglesia encomienda al Señor paciente y glorioso, para que los alivie y los salve" (LG 11). La persona del enfermo es así el centro de atención de toda la comunidad y el sacramento se convierte en el signo de la presencia de Cristo y de la lucha emprendida por El contra el mal, la enfermedad y el sufrimiento.


Veamos algunos testimonios de oración en la enfermedad:

TESTIMONIOS


El pasado 8 de marzo fallecía mi suegra, doña Eladia, tras una larga enfermedad. Desde hace unos dos años, aproximadamente, se le diagnosticó un mieloma múltiple, aunque fue sobre todo en el último año cuando se observó un empeoramiento general de su estado de salud: pérdida de peso, debilitamiento físico, transfusiones cada vez más frecuentes... Poco a poco empezaría a valerse menos por sí misma, hasta que llegó el momento inevitable de tener que permanecer en cama en la fase final de su enfermedad. Desde hace veinte años, doña Eladia escuchaba asiduamente la Palabra, acostumbrada a alimentarse con el pan cotidiano que ofrecen las lecturas de la liturgia. Durante su enfermedad, la progresiva pérdida de visión (a causa de unas cataratas) le impedía ya leer, pero sus oídos siempre estaban dispuestos y atentos. Con frecuencia quería que le leyesen salmos, por los que tenían una especial predilección. Siempre tuvo a su lado alguien que compartiera su oración y, en el mejor de los casos, comentase – como a ella le gustaba – el significado actual de la lectura o del salmo. En este sentido, la oración y acompañamiento por parte de la comunidad ha sido constante. Recuerdo, por ejemplo, el salmo 131: Como niño en los brazos de su madre... Así se encontraba ella, al final era casi como un bebé, como una niña, en las manos de Dios, al amparo de su familia y – desde otro punto de vista - también en el regazo de la comunidad. Candy, la menor de sus hijas, tenía cogida su mano cuando dejó de respirar. A Juan Carlos, el nieto cura, le sorprendió la noticia en su parroquia, en una reunión de catequesis de adultos. El teléfono móvil le interrumpió justo cuando trataba de explicar "el paso de este mundo al Padre". Eso era, precisamente, lo que estaba haciendo su abuela en esos momentos. Lo recibió como un regalo. La reunión de catequesis fue viva, inolvidable.

Kiko


Pertenezco a la comunidad de Córdoba, dentro del movimiento "Con vosotros está". En enero de 2001, tras unas pruebas, se me diagnostica una tumoración sólida en riñón derecho que hay que extirpar. Desde que empieza esta historia hasta mi restablecimiento de la operación, hay todo un proceso. Apareció una hipertensión, que fácilmente se controla al principio, pero que llega un momento en que se hace difícil de controlar, a pesar del aumento de dosis. El día 7 de diciembre, visité al médico. Me propuso hacer una exploración. Me llega mucho el salmo 118, propio del día: No he de morir, viviré y contaré las obras del Señor. El análisis dio normalidad en todo, pero la ecografía detectó una T. Sólida. Dada la prudencia que el médico empleó en el lenguaje, yo no me enteré bien de lo que era. El médico me recomendó que me hiciera, sin prisas, una resonancia magnética. En el túnel, sentí angustia. Cuando vio la resonancia, el médico dijo que la masa sólida no era farragosa, pero sería bueno ir al nefrólogo. Empecé a sospechar lo que significaba la T. El nefrólogo me dijo que era un tumor que había que sacar, quizá con el riñón, si estaba afectado. Fijamos el día 29 para la intervención. No sentí inquietud ni temor ni nerviosismo. Era tan sereno y tan raro mi estado de ánimo que me parecía imposible que saliera de mí. Era obra de Dios. El día 27 recibo el sacramento de la Unción en la eucaristía de la comunidad. La Palabra es sorprendente: Antes de formarte en el vientre, te escogí (Jr 1,5). Mi hijo Eduardo, desde el tren, me llama y me dice que uno de la comunidad de Madrid conoce un caso igual al mío, le extirparon el riñón hace varios años y está muy bien. La operación fue bien. Al despertar de la anestesia pasé un mal rato, con sensación de asfixia y fuertes dolores, pero duró poco. El salmo 31, propio del día, me resultaba significativo: Oración en la prueba.

Enrique


Somos un matrimonio sin hijos. Por traslado de la empresa vivíamos en Madrid. Con nosotros estaba mi madre, con parkinson y en silla de ruedas. Un fin de semana yo empecé a sentirme mal. A Jesús Angel, mi marido, le pasaba lo mismo. Después de quince horas, empecé a despertarme. Como pude, salí al pasillo a pedir ayuda. Los vecinos y los amigos se ocuparon de nosotros, llamaron al SAMUR y a mi hermana. A mi marido lo llevaron al Ramón y Cajal. Por fin, supimos que era una intoxicación de monóxido de carbono. En unos diez días, todo fue a peor. El neurólogo me vio la Biblia y me dijo que la fe me iba a ayudar mucho. El y su mujer eran creyentes. Nos trasladamos a Cruces para después ir a terminales de Gorliz. Fue el periodo más largo y duro. A los médicos les parecía imposible que viviera. Pero su fortaleza física, mi gran amor y sus ganas de vivir pudieron con todo. No teníamos lugar para la intimidad. Hemos compartido habitación con visitas, familiares y diferentes enfermos. En nuestra habitación han fallecido 17 personas. Algunas veces he hecho de samaritana, siempre con mi salmo 23: El Señor es mi pastor. Al ingresar, me llevé mi maleta y de unos metros cuadrados y del armario hice mi casa. Me llevé la Biblia y en la paz de la siesta oraba con las lecturas del día o con mis salmos preferidos. En este periodo no nos faltó nunca compañía: hermanos, sobrinos, amigos de Bilbao, grupos de la parroquia, gente de la vicaría, sacerdotes, la gente del trabajo, los jefes se ocuparon hasta de nuestra economía. Llevamos siete años y me siento fresca, como ayer. Sé que tengo que dosificar mis emociones. Pero con alegría he renunciado a todo lo que la sociedad me invita: cenas, comidas, excursiones o vacaciones. En cuanto pude, me acerqué a la parroquia y mi alegría fue grande con el grupo de catequistas, al participar en la eucaristía, sentirme escuchada y acogida.

María Teresa

CUESTIONARIO 1


¿Qué aporta la oración en la enfermedad?

CUESTIONARIO 2

¿Cómo promover la dimensión saludable de la oración en la enfermedad?


ORACION
Amo al Señor porque escucha mi voz suplicante,
porque inclina su oído hacia mí el día en que le invoco.
Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo,
caí en tristeza y angustia, invoqué el nombre del Señor: Señor, salva mi vida.
El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo;
El Señor guarda a los sencillos:estando yo sin fuerzas me salvó.
Alma mía, recobra tu calma, que el Señor fue bueno contigo:
arrancó mi vida de la muerte, mis ojos de las lágrimas,mis pies de la caída.
Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.
¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?
Levantaré la copa de salvación,
cumpliré mis votos al Señor, en presencia de todo su pueblo.
Mucho le cuesta al Señor la muerte de quienes le aman,
Señor, yo soy tu siervo, el hijo de tu esclava,
tú has roto mis cadenas.

Salmo116

 

BIBLIOGRAFIA

GUERRA A., Orar en la enfermedad, Edice, Madrid, 1997.
GONZALEZ A., Vivir sanamente el sufrimiento, Edice, Madrid 1999.
LOPEZ J., Catecumenado e inspiración catecumenal, en Nuevo Diccionario de Catequética, San Pablo, Madrid 1999.
GUNKEL H., Introducción a los salmos, Edicep, Madrid 1999.
PANGRAZZI A., El mosaico de la misericordia, Sal Terrae, Santander 1990.
PEREZ DE MENDIGUREN B., Temas de Formación, Departamento de Pastoral de la Salud, Madrid, 2001.
CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA
Departamento de Pastoral de la Salud

Añastro, 1 - 28033 Madrid