LA VIGA DEL PROPIO NACIONALISMO
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Han pasado 14 meses desde la ruptura de la tregua
y siguen los atentados de ETA. Se ha vuelto a la locura, a escoger
el camino de la violencia para alcanzar objetivos políticos. La
banda armada ha vuelto "a robar, a matar y a destruir" (Jn 10,10). Como
es natural, han vuelto las condenas, los análisis y los interrogantes:
¿La tregua fue, sin más, una trampa? ¿Se dejó
engañar el PNV por ETA? ¿Pudo hacer más el gobierno
del PP durante la tregua? ¿Lo pudo hacer el PSOE? ¿Están
los obispos cumpliendo con su misión? ¿Qué sucederá
en las próximas elecciones vascas? El debate es encendido; el diálogo,
difícil; la distorsión, frecuente. El tema levanta ampollas.
Sin embargo, es preciso abordarlo: no sólo como ciudadanos, también
como creyentes.
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Xavier Arzalluz, presidente del
PNV, ha dicho recientemente: "Fuimos ingenuos porque pensábamos que
eran vascos de carácter, de los que no mienten cuando tratan de algo.
Pero no sólo mentían, sino que nos engañaron, y luego
su mentira nos la atribuyeron a nosotros". Los socialistas y los populares
no encajan en Euskadi porque "ellos son nacionalistas españoles radicales
y nosotros vascos radicales". La convivencia sólo puede garantizarse
con la decisión de la ciudadanía con su voto, "pero ellos
no van a aceptar eso, que es la autodeterminación".
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Según el historiador Javier
Tusell, "durante la tregua, lejos de tratar de disminuir las prevenciones
de una parte de los ciudadanos ante la autodeterminación, el lenguaje
de muchos dirigentes del PNV tendió a multiplicarlas y, luego, el
esfuerzo por ganar tiempo, cambiando lo menos posible el discurso anterior,
ha concluido en ahondar el abismo entre quienes debieran estar unidos. El
PP, por su parte, ha mezclado confusamente todo y ha hecho de la efusión
sentimental una política cuyos efectos a medio plazo pueden ser desastrosos.
La autodeterminación puede ser una política estúpida
- en mi opinión lo es, porque no daría lugar a una nación
sino a un remiendo-, pero es legítima y distinta del terrorismo.
Por su parte, el PSOE no ha llegado a definir una política de perfiles
nítidos. El máximo del absurdo lo hemos presenciado esta semana.
El reproche de tibieza a los obispos sencillamente no tiene sentido. La
condena del terrorismo es una cuestión de principios; la forma de
combatirlo, una estrategia política".
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Se ha criticado mucho a los obispos
por no haber añadido su firma al pacto antiterrorista suscrito por
el PP y por el PSOE. Mariano Rajoy, vicepresidente primero del Gobierno,
manifestó: "Tengo que decir con claridad que me ha dolido que los
obispos se hayan quitado de en medio en el tema del pacto antiterrorista.
Me ha dolido, no lo entiendo y creo que la Conferencia Episcopal debería
explicárselo a muchos católicos, sobre todo después
de ver las declaraciones de monseñor Setién, que se ha posicionado
muy claramente en contra de muchas personas, y sobre todo no ha sido contundente,
como creo que debería ser la Conferencia Episcopal".
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José María Setién
dijo que los obispos no deberían firmar ese pacto y que, de hacerlo,
"los obispos vascos tendrán algo importante que decir sobre la eficacia
pacificadora de un acuerdo de esa naturaleza". Por su parte, el Comité
Ejecutivo de la Conferencia Episcopal ha reaccionado ante las críticas
y acusaciones vertidas, que considera "absolutamente injustas y desproporcionadas":
"Ninguna persona informada puede argumentar con buena fe que la jerarquía
de la Iglesia no haya condenado con todo rigor, claridad y unanimidad el
terrorismo en numerosísimas ocasiones" (20-2-2001).
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Javier Tusell, en un artículo
titulado El nuevo nacionalismo español, sitúa el nacimiento
de la nación española al final del siglo XVIII o comienzos
del XIX: "El sentimiento nacional español, en ese momento y en los
posteriores, siempre tuvo factores de debilidad que no se explican tan sólo
por la característica plural de la realidad española". Sin
embargo, "lo verdaderamente preocupante es que el nuevo nacionalismo español
aparece muy a menudo enroscado en formas decrépitas de concebir nuestra
colectividad y da la sensación de nacer más de la confrontación
que de la idea de una nación grande porque es plural", "lo plural,
incluidos los otros nacionalismos, no debe ser visto como un defecto a eliminar,
sino como una realidad evidente, que no cambiará y que tiene tras
de sí un potencial fecundísimo" El País, 29-1-2001).
Una política de Estado debería evitar necedades como éstas:
todos los nacionalistas vascos son terroristas, o todos los nacionalistas
españoles son franquistas.
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Así pues, hay un nacionalismo
que es legítimo, normal, humano. Pero la nación puede convertirse
en un dios falso, al que se sacrifica todo: paz, convivencia, vidas humanas.
Entonces estamos ante un nacionalismo absoluto, brutal, criminal. Lo que
pasa es que el nacionalismo que se ve es el ajeno, no el propio. Aquí
parece existir un silencio sospechoso por parte de los obispos. Sí,
es cierto, los obispos han denunciado el terrorismo, de acuerdo con el mandamiento
del Decálogo que dice: "No matarás". Pero ¿han denunciado
los nacionalismos absolutos, que están impidiendo la solución
del problema social y político por vías pacíficas (diálogo,
votación)? Si no lo hace la Iglesia ¿quién lo va a
hacer? Un obispo español ha dicho recientemente que no es propio
de un sacerdote hablar de autodeterminación. Bien, puede ser que
la autodeterminación no sirva (de hecho) para nada, pero ¿por
qué un sacerdote no puede hablar de ello? ¿No se trata, al
fin y al cabo, de una vía pacífica? ¿O es que, en el
fondo, hay un pacto no escrito, tácito, impuesto a la Iglesia por
el nacionalismo español?
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Diego López Garrido (Nueva
Izquierda) distingue entre autodeterminación e independencia. Los
ciudadanos vascos tienen autodeterminación "desde que tenemos una
Constitución". Ahora bien, "si un día - que nadie ve cercano
- uno o varios partidos propusieran seriamente al pueblo vasco independizarse
a plazo fijo, previa una posición clara, explicándole valientemente
lo que eso implicaría política, económica y socialmente,
habría que examinar la cuestión sin dramatismo y, si obtuviese
un gran consenso, habría que negociar ese camino, con reforma de
la Constitución incluida".
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En estos días, 20 años
después, hemos recordado el fallido golpe de Estado, que pudo terminar
con la recién nacida convivencia democrática. Según
Alberto Oliart, que asumió el Ministerio de Defensa en aquella circunstancia,
ya en el otoño del 80 se temía un golpe de Estado: "Ese ambiente
se había ido generando al menos desde septiembre de 1977, con una
campaña fortísima de la ultraderecha, barrida en las elecciones,
que fue especialmente injusta y exitosa a la hora de crear odio contra Gutiérrez
Mellado". Hubo otro factor, la reacción de los industriales: "Pero
al ejército no le mueve eso, no le parece mal que los ricos paguen,
lo que le llega al alma es la acusación de que se está rompiendo
España". "La clave de mi gestión, dice Oliart, fue decir desde
el primer momento que no iba a juzgar a nadie por sus pensamientos, sino
por sus actos. El general García Escudero, instructor del sumario,
me advirtió: Ministro, si tengo que aplicar estrictamente el Código
de Justicia Militar son 4.000 generales, jefes, oficiales y suboficiales
procesados. Olvídate, le dije. ¿Cómo íbamos
a hacer un proceso a 4.000 militares?".
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Aquel día, el 23-F, oramos
por la paz, para que en nuestro país no se retornara a la locura
de la guerra civil (Salmo 85). Pues bien, el domingo, 25 de febrero, se
leía en todas las iglesias este pasaje del evangelio: "¿Puede
un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?
...¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el
ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ...No hay árbol
bueno que dé fruto malo ni árbol malo que dé fruto
bueno. Cada árbol se conoce por su fruto" (Lc 6, 39-45). El que tenga
oídos para oír que oiga. Y el que tenga ojos para ver, preste
atención (por si acaso) a la viga del propio nacionalismo.
Otras
catequesis sobre la cuestión vasca.
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