SECRETO VATICANO, ANÓNIMO VENECIANO

 

El 14 de octubre, en el programa Cuarto milenio que trataba de secretos vaticanos, tuve la ocasión de comentar (una vez más y dentro de las limitaciones propias del debate) un secreto vaticano y veneciano. Me refiero al testimonio fundamental que la misteriosa persona de Roma envía a Camilo Bassotto, amigo personal de Juan Pablo I y testigo principal de la fuente veneciana sobre el papa Luciani. Es una carta con unos apuntes. Entre otras cosas, dice:

“He sabido por persona amiga que reside en esta ciudad, que usted está trabajando desde hace años en una biografía del Papa Luciani como hombre, sacerdote y  pastor. Los apuntes que le adjunto son para usted. Había pensado guardarlos para mí. Me vino también la idea de publicarlos, pero el puesto que ocupo no me lo permite, al menos por ahora. El Papa Luciani me gratificaba con su benevolencia y, me atrevo a esperar, también con su estima. Por qué quiso hacerme partícipe de algunos pensamientos expresados por él al cardenal Villot, no lo sé. Ellos constituyen un auténtico compromiso, vivo y presente en su corazón hasta el último día. Yo sostengo que se debe hacer justicia y dar testimonio de Juan Pablo I. Estoy convencido de que estos pensamientos encontrarán el justo lugar en su libro”, “al final me dijo: Todas las cosas que le he confiado, son pensamientos, deseos y propuestas sobre las que hay que reflexionar, pedir consejo y hacer verificaciones. Forman parte de los problemas que pretendo afrontar y resolver”. 

Afirma Camilo en su libro sobre Albino Luciani Il mio cuore é ancora a Venezia: “La presente declaración con fecha 14 de mayo, fiesta de Pentecostés, está firmada a mano” (p. 227).

He aquí algunos pensamientos que el papa Luciani llevaba en el corazón y que, además, “quería que fueran conocidos”, “habían pasado ya tres semanas desde que Albino Luciani había sido elegido Papa” (p. 228). Juan Pablo I pensaba:

-        revisar toda la estructura de la Curia, ese aparato que quería gobernar para no verse condicionado (p. 230).

-        publicar varias cartas pastorales: sobre la unidad de la Iglesia, la colegialidad de los obispos, la mujer en la Iglesia, la pobreza en el mundo (pp. 233-235).

-        destituir al presidente del IOR (Instituto para Obras de Religión, el banco vaticano) y reformarlo íntegramente: “El presidente del IOR debe ser sustituido”, “aquella que se llama sede de Pedro y que se dice también santa, no puede degradarse hasta el punto de mezclar sus actividades financieras con las de los banqueros, para los cuales la única ley es el beneficio y donde se ejerce la usura, permitida y aceptada, pero al fin y al cabo usura. Hemos perdido el sentido de la pobreza evangélica; hemos hecho nuestras las reglas del mundo. Yo he padecido ya de obispo amarguras y ofensas por hechos vinculados al dinero. No quiero que esto se repita de papa. El IOR debe ser íntegramente reformado” (pp. 237-238).

-        tomar abierta posición, incluso delante de todos, frente a la masonería y la mafia “Son dos potencias del mal. Debemos plantarnos con valentía ante sus perversas acciones”, “es un tema que un día afrontaremos con más claridad delante de todos “ (p. 238).

Son pensamientos y son decisiones. Sin duda, las que se refieren a la destitución del presidente del IOR, a la reforma del mismo, a la lucha contra la masonería y la mafia, son decisiones importantes y arriesgadas. Por ello, así lo creemos, tienen relevancia judicial. El papa Luciani dijo a Villot en una de sus últimas audiencias: “El papa tiene que actuar con prudencia y con paciencia, pero también con coraje y confianza. El riesgo lo ponemos todo en las manos de Dios... Estos pensamientos que le confío, de momento brevemente, los llevo muy en el corazón. Usted me ayudará a realizarlos de forma adecuada” (p. 245).

Pues bien, en 1990 Camilo Bassotto publica el testimonio de la persona de Roma en su libro sobre el papa Luciani, pero (según lo acordado) lo publica sin firma, al amparo del anonimato. Tenemos, por tanto, un secreto vaticano y, al propio tiempo, un anónimo veneciano.

Como explico en mi libro El día de la cuenta, un análisis interno del documento me lleva a pensar que el perfil de la persona de Roma encaja perfectamente con el cardenal Pironio y así se lo hago saber al mismo por carta en la Navidad del 90. El cardenal no contesta explícitamente a la carta, pero me envía (desde el 91 al 94) felicitaciones de Navidad, que conservo como preciado tesoro.

“En la carta que la persona de Roma envía a Camilo, le digo a Pironio con fecha 24-12-90 encontramos palabras que usted repite mucho, como serenidad, sereno, etc”. Son su muletilla, es decir, su firma no consciente. Si abrimos un libro suyo por cualquier parte, nos lo podemos encontrar.

Pasan unos años. Con fecha 2-10-97 comunico a Camilo mi decisión de revelar (desde los datos que tengo) la identidad de la persona de Roma. Le adjunto copia de la carta que, con dicho motivo, envío al cardenal Pironio.

Muy nervioso, Camilo me llama por teléfono y me dice que no, que no es el cardenal la persona en cuestión. Sin embargo, siento mucho - en este caso - no dar crédito a sus palabras, porque él se comprometió a callar y, además, le veo muy presionado.

Con fecha 9-10-97 Camilo me adjunta copia de la carta que él envía el día antes al cardenal Pironio y me dice: “En conciencia y verdad yo no te he dado nunca el nombre del cardenal Pironio como autor de las informaciones que recibí de una persona con la cual quedé vinculada por una promesa solemne y por una palabra de honor a no revelar jamás su nombre”, “querido Jesús, te ruego veas el modo de arreglar las cosas con el cardenal Pironio, tú le eres amigo y le conoces. Yo te digo una vez más que no es él la persona. Te ruego no me expongas a dolorosas situaciones”.

Dos días después, Camilo me escribe de nuevo: “Querido Jesús, yo te soy amigo sincero, no ha cambiado mi estima y mi confianza. Yo te recuerdo con sincero afecto. He tenido que escribir esas dos líneas al cardenal Pironio para evitar que se dirigiera al patriarca de Venecia pidiéndole explicaciones”.

Sin comentario. Podría darse el caso que en los archivos vaticanos y venecianos figurara sólo una carta, la que envía Camilo al cardenal Pironio, y no la otra, la que Camilo me envía a mi. Para que conste donde convenga figuran aquí las dos cartas.  Creo que así queda al descubierto el secreto vaticano e identificado el anónimo veneciano.

Un dato más. El 4 de octubre de 1985, aniversario del entierro de Juan Pablo I, estaba en la calle mi pliego sobre la muerte de Juan Pablo I. Poco después, se lo envié a tres destinatarios: Mario Senigaglia, que había sido secretario del patriarca Luciani, y dos cardenales. Uno de ellos vivía en Roma, el argentino Eduardo Pironio. El otro vivía en Londres, el inglés Basil Hume. El primer destinatario no respondió, lo hizo Camilo Bassotto. El segundo habría de dar un testimonio fundamental sobre las decisiones que había tomado Juan Pablo I. El tercero habría de dar una carta de presentación al inglés John Cornwell, que investigaría en Roma la versión vaticana de la muerte del papa Luciani y sería el autor del libro Como un ladrón en la noche.

 

Jesús López Sáez, 17 de octubre de 2007