Madrid, 22 de febrero de 2009

 

CARTA A BENEDICTO XVI

 

Hermano Benedicto:  Soy sacerdote de la diócesis de Avila, residente en Madrid, responsable de la Asociación Pública de Fieles Comunidad de Ayala, que promueve la  creación de grupos y comunidades en diversos ambientes mediante procesos de inspiración catecumenal.

Desde hace años, vengo escribiendo sobre la muerte y la figura del Papa Juan Pablo I. Comencé con un pliego en la revista Vida Nueva (1985). Seguí con el libro Se pedirá cuenta. Muerte y figura de Juan Pablo I (1990). En marzo de 2002, envié a su predecesor una carta con el manuscrito de El día de la cuenta. Juan Pablo II a examen. Unos meses después el libro salió como edición privada y en junio de 2005 como edición pública.

Con fecha 29-8-2002 envié ambos libros al obispo de Belluno, Vincenzo Savio, ya fallecido, con una carta en la que decía: "Sé muy bien que en ambientes eclesiásticos se considera pura fantasía el asesinato del Papa Luciani. Sin embargo, fuera de esos ambientes, es vox populi. No puedo callarlo: un proceso de beatificación, que eludiera el modo de la muerte, estaría viciado de raíz".  

El obispo me contestó con fecha 9-9-2002. Como era de esperar,  mantuvo la posición oficial. Es decir, Luciani estaba enfermo: "chi lo ha frequentato era a conoscenza di uno stato di salute tutt'altro che invidiabile". La Fiscalía de Roma había reabierto el caso de la muerte de Juan Pablo I, pero el obispo lo ignoró. Ignoró también el testimonio del médico personal, el Dr. Da Ros: "Juan Pablo I estaba bien de salud" (30 Giorni 72, 1993,53-54). Ignoró todo lo demás, que es de dominio público.

Treinta años después, el caso Juan Pablo I sigue abierto. El juicio no se ha hecho donde tenía que hacerse, pero el juicio está en la calle. Es oportuno el proverbio: vox populi, vox Dei. Con la presente, le adjunto el manuscrito de mi nuevo libro, que será publicado próximamente. Como le dije a su predecesor, "hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres"  (Hch 4,19).

En el libro consideramos atentamente su propia trayectoria, que - de alguna forma - personifica la trayectoria presente de la Iglesia, a nuestro modo de ver (en general) involutiva y conservadora. El recurso al pasado preconciliar no es una solución de acuerdo con el Concilio. Al contrario, según los casos, es una desviación, una incapacidad, una piedra de tropiezo en el camino de la necesaria renovación. El Concilio no debe ser un talento enterrado (Mt 25,25) por miedo conservador.   

Sin embargo, nos alegra constatar su proceso interior, en el que le vemos cercano (inspiración catecumenal, Dios habla hoy, encuentro personal con Cristo, señales o signos, comunidad, su libro Jesús de Nazaret), aunque dicho proceso no tenga (al parecer) consecuencia visible en el rumbo actual de la Iglesia.

Celebramos también su gesto ecuménico en el último Sínodo de Obispos, pero no hay que engañarse. La unidad de los discípulos, por la que ora Cristo, es problema de conversión. En la "parábola de la rueda" no se trata de que el radio anglicano se convierta al romano ni de que éste se convierta al griego. No, por aquí (bien se ve) no vamos a ninguna parte. Se trata de que cada radio se convierta al eje que es Cristo y allí, unos y otros, nos encontraremos. Para ello, dice el Concilio, "todos examinan su fidelidad a la voluntad de Cristo acerca de la Iglesia y, como es debido, emprenden con energía la obra de renovación, y aun la de reforma" (UR 4).

En la Comunidad de Ayala (volviendo a las fuentes, una de las grandes inspiraciones conciliares) recordamos vivamente el motivo por el que Juan XXIII convocó el Concilio: "La obra del nuevo Concilio Ecuménico tiende sólo y únicamente a hacer brillar en el rostro de la Iglesia de Jesús los rasgos más bellos y más puros de su origen” (13-11-1960).

Asimismo, recordamos el aviso de un ilustre profesor a quien pude escuchar en Salamanca en los primeros años sesenta (lo recuerdo, habló de Bernardo de Claraval): “Como lo muestran algunos ejemplos históricos, hay que contar con que a veces se introducen elementos no cristianos e incluso anticristianos en la conciencia general de los creyentes”. Entonces, si la Escritura no entra en función como “norma crítica”, no sólo se puede producir una “confusión en la fe” sino también “una incalculable catástrofe humana” (M. Schmaus, El Credo de la Iglesia Católica I, Rialp, Madrid, 1970, p. 205).

De algún modo, tiene que ver con usted. El olivo, típico de Palestina, simboliza  al pueblo judío (Rm 11,16-24), en el que brota y se inserta el cristianismo naciente. Las primeras comunidades cristianas son ramas del olivo judío. Las comunidades gentiles son ramas injertadas.

Ciertamente, la gloria del olivo resplandece en Cristo. Y la unidad de las Iglesias, objetivo del concilio, sólo puede cumplirse por una vuelta (conversión) al Evangelio. Ello implica una revisión de la propia tradición a la luz de la palabra de Dios. Como dice el Concilio, "el Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio" (DV 10). En caso de discrepancia entre el Evangelio y la tradición, debe ceder la tradición. "No puede fallar la Escritura" (Jn 10,35), dice Jesús. Obviamente, para realizar al máximo nivel una revisión semejante, estaría indicado un nuevo concilio. Es justo y necesario.

La vuelta al Evangelio implica también una revisión de lo que significa ser Papa. A comienzos del tercer milenio, al Papa se le pide una forma de ejercer su función, realmente evangélica y ecuménica: proclamar la palabra de Dios, toda la palabra y nada más que la palabra, sin imponerla por la fuerza. Si así lo hiciera, lo haría "en medio de la persecución", al fin y al cabo, son riesgos del oficio (Mc 10,30). Sin embargo, sería un sucesor de Pedro que se parecería al primero, como testigo del evangelio de Cristo.

A su disposición, le saluda atentamente en el Señor, que sigue siendo el buen pastor de su Iglesia.

Firmado: Jesús López Sáez.