JUAN PABLO I, CASO ABIERTO
Cuando murió Albino Luciani, papa Juan Pablo I, al mes de su elección, quedaron sin verdadera respuesta interrogantes tan elementales como estos: ¿De qué murió Juan Pablo I? ¿Cuál fue realmente su figura? Treinta años después, el caso sigue abierto. Hay que hacerle justicia. El juicio no se ha hecho donde tenía que hacerse, pero el juicio está en la calle. Nos dirigimos a todos aquellos que, por todas partes, tienen hambre y sed de que se haga justicia. Cualquiera puede juzgar. Muerte provocada El conjunto de datos (hechos, indicios y signos), que presentamos, apunta a esta conclusión: muerte provocada en el momento oportuno. Si la muerte de Juan Pablo I se produjo por causas naturales, entonces hay muchas cosas que resultan inexplicables. Sin embargo, si se produjo de forma provocada, entonces se entiende todo. Juan Pablo I, no murió de forma natural. Este mensaje, completado a su vez por datos posteriores, lo recibimos, no por casualidad, el 29 de diciembre del 84, fiesta de Santo Tomás Becket, aquel "cura entrometido" con quien Juan Pablo I es comparado. Creo que fue un regalo de ambos y que, en cierto sentido, en todo este asunto la figura de Miguel "alterca con el diablo" [1] disputándose el cuerpo de Juan Pablo I, que precisamente murió un 29 de septiembre, fiesta de San Miguel. Como Juan el Bautista, bajo cuya protección fue bautizado, Juan Pablo I encontró la muerte "en el momento oportuno", en medio de una oscuridad eficazmente mantenida por intereses ocultos. De ningún modo, podemos enterrar su testimonio; al contrario, hemos de proclamar gozosamente ante el mundo que sigue habiendo profetas capaces de lanzar a los poderes del mal el frontal desafío: ¿Quién como Dios? Capaces de actuar en nombre de Dios hasta el último respiro. El Vaticano perpetró un encubrimiento de las circunstancias que rodearon su inesperada muerte. Se ocultó la verdad sobre el hallazgo del cadáver: “en la mano derecha tenía unos folios”, “todo estaba en orden sobre el lecho y la estancia” (sor Vincenza), es decir, no hubo lucha con la muerte. Se ocultó lo que tenía en la manos: “unas notas sobre la conversación de dos horas que el Papa había tenido con el Secretario de Estado Villot la tarde anterior” (don Germano Pattaro) [2] , unos apuntes sobre los cambios que pensaba realizar. Se ocultó lo que sucedió en ese espacio de tiempo (tres horas) que siguió al descubrimiento del cadáver y que precedió al comunicado oficial. Ese pudo ser el momento en que se hizo la autopsia secreta (parcial) o el análisis concluyente. Además, no se olvide, la muerte de Juan Pablo I fue una muerte anunciada (Pecorelli). Juan Pablo I había tomado decisiones importantes y arriesgadas. Había decidido terminar con los negocios vaticanos, incluso haciendo frente a la masonería y a la mafia (persona de Roma). Es decir, había decidido expulsar a los mercaderes del templo vaticano y le costó la vida, lo mismo que a Cristo. Todo apunta hacia la logia P2. Evidentemente, lo que está en juego es muy grave. ¿Dónde ha habido más negocios? ¿En el templo vaticano o en el viejo templo denunciado por Jesús? ¿No son demasiadas las muertes que han acompañado a esos negocios? ¿Se le ha hurtado a la Iglesia y al mundo la causa de la muerte de Juan Pablo I? ¿Se ha distorsionado su figura?, ¿se quedaron malos viñadores con la herencia del Concilio? Deformaron su figura La figura de Juan Pablo I ha sido maliciosamente deformada. Se ha dicho que estaba enfermo, que murió aplastado por el peso del papado, que no estaba capacitado para ser papa. La distorsión de la figura de Juan Pablo I es una grave responsabilidad de la que tiene que responder nuestra generación. De una forma especial, lo han de hacer aquellos medios de la curia romana que han contribuido a formarla. Al día siguiente de su elección, se le presentó como un duro montañés, que recorría su diócesis a grandes zancadas o que pedaleaba alegremente sobre una bicicleta que le había hecho célebre. Sin embargo, después de su muerte, se sustituyó rápidamente la imagen de un hombre sano por otra muy distinta, la de un hombre enfermo que no ha podido con el peso del papado. A Luciani se le han atribuido enfermedades diversas e imaginarias. Sin embargo, aquel día, 28 de septiembre del 78, hacia las 9 de la tarde, el doctor Da Ros llamó por teléfono al Vaticano . Lo dice en 1993: “Todo era normal. Sor Vincenza no me habló de problemas particulares. Me dijo que el papa había pasado la jornada como acostumbraba”, “a quella tarde yo no le prescribí absolutamente nada, cinco días antes lo había visto y para mí estaba bien. Mi llamada fue rutinaria, nadie me llamó a mí” [3] . Se dijo que era una “figura insignificante” (Marcinkus); sin embargo, en la vida del papa Luciani todo resulta significativo. Por ejemplo, es impresionante el sacrificio de su padre, socialista y trabajador temporero en Francia, aceptando que su hijo vaya al seminario, un hijo que al final será sacrificado precisamente en el templo vaticano, que – como el viejo templo denunciado por Jesús – debía ser “casa de oración”, pero se ha convertido en “cueva de bandidos”. Se dijo que Luciani no era consciente de los problemas del IOR, del Banco Vaticano, o de las finanzas del Vaticano (Magee). Luciani no entendía de dineros ni de negocios; en cuestiones financieras se fiaba completamente de colaboradores fieles y competentes. Sin embargo, en diversas ocasiones afrontó con rectitud y firmeza situaciones comprometidas, cuando estaba en juego la credibilidad de la Iglesia. Así sucedió con el escándalo económico conocido como el "caso Antoniutti" (1962), con la venta de la Banca Católica del Véneto al Banco Ambrosiano (1972) y con el problema del IOR, el Banco del Vaticano (1978). En el primer caso, presentó su dimisión como obispo, si no se le permitía resolver el asunto como creía que debía hacerse para salvar la credibilidad de la Iglesia. En el segundo, fue a Roma a hablar con Benelli, sustituto de la secretaría de Estado. Tras su conversación con Benelli, le comentó a su secretario Mario Senigaglia: "Estoy liberado. Lo he dicho todo". En el tercer caso, tomó decisiones importantes y arriesgadas: reformar el IOR, destituir a Marcinkus, terminar con los negocios vaticanos, cortar los lazos entre el Banco Vaticano y el Banco Ambrosiano, hacer frente - incluso delante de todos - a la masonería y a la mafia. No en vano, desde que fue al seminario de Feltre, a los once años, tuvo delante el ejemplo del fraile franciscano, Bernardino Tomitano, que combatió la escandalosa usura de su tiempo. Respetando la decisión superior de Pablo VI, el obispo Luciani tuvo una posición distinta, abierta y comprometida, ante dos problemas de tanta importancia como la cuestión de la natalidad y el problema de las finanzas vaticanas. Sin embargo, en septiembre del 72, en Venecia y ante 20.000 personas, Pablo VI le puso la estola papal sobre los hombros, diciéndole: "Es una inspiración, usted merece esta estola". Lo que no llegó a hacer, por lo que fuera, el papa Montini, quedaba en su momento en manos del papa Luciani. Del testimonio de don Germano, su consejero teológico, emerge la figura de un papa profeta: un papa que no quiere ser jefe de Estado, que no quiere escoltas ni soldados, que se abandona totalmente al Señor, pase lo que pase; un papa que quiere la renovación de la Iglesia, sin olvidar las razones profundas que hicieron necesario el Concilio; un papa que no quiere gobernar solo, sino con los obispos; un papa que pide perdón por los pecados históricos de la Iglesia, como la Inquisición, el poder temporal de los papas, el odio a los judíos y la tolerancia ante las masacres de los indios, el racismo y las deportaciones de los pueblos africanos; un papa que reivindica la figura profética de quienes valientemente denunciaron el genocidio de aquellos pueblos; un papa que quiere hacer justicia a todos aquellos que en tierras de misión, en el Este y en América Latina, han sido encarcelados, torturados, exiliados o asesinados por causa de Cristo; un papa que denuncia fuertemente el sistema económico internacional; un papa que se pone al lado de quienes, de cualquier raza y religión, defienden los sacrosantos derechos del hombre; un papa que quiere promover en el Vaticano un gran instituto de caridad, donde poder hospedar a quienes duermen por las calles; un papa que quiere diez discursos menos y un testimonio más; un papa que sabe, a los pocos días de pontificado, quién será (y, además, pronto) su sucesor; un papa que no se deja intimidar, a pesar de las dificultades encontradas [4] . Resulta sorprendente que Juan Pablo I sepa a los pocos días de pontificado quién será (además, pronto) su sucesor . Esto quiere decir que la alternativa estaba muy presente en el entorno del papa Luciani. Al fin y al cabo, como hemos visto, Wojtyla era el candidato de Villot. Quiere decir también que Juan Pablo I pensaba morir pronto, lo cual puede explicarse por diversos motivos: las amenazas que recibe desde los primeros días de pontificado, las fuertes presiones que afronta y, quizá, la perspectiva del cumplimiento del tercer secreto de Fátima, si es que - de alguna forma - sor Lucía llegó a comunicárselo. En cualquier caso, llama la atención. Durante años y años, nadie podía sospechar que el tercer secreto de Fátima pudiera tener algo que ver con uno de los grandes misterios del siglo XX, la muerte del papa Juan Pablo I. Se quedaron con la herencia ¿Cómo explicar el silencio de los papas que le han sucedido? Ciertamente, ya no está el papa Wojtyla, que recibió la correspondiente “reprensión de Pedro”. Pero está el papa Ratzinger. Y Ratzinger es, desde 1981, el asesor teológico de Wojtyla, el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el que dirige el rumbo de la Iglesia, es decir, la involución eclesial que vivimos desde entonces. La perspectiva es suficiente y se imponen las preguntas: ¿Con la muerte de Juan Pablo I se produjo un golpe de timón en la Iglesia?, ¿qué pasó con el Concilio?, ¿se enterró con Juan Pablo I el Concilio Vaticano II? Lo hemos visto. Luciani lleva en el corazón la renovación del Concilio. Es preciso volver a las fuentes, volver al evangelio, vivir la experiencia comunitaria de los orígenes. Luciani recuerda el objetivo por el que Juan XXIII convocó el Concilio: "La obra del nuevo Concilio Ecuménico tiende sólo y únicamente a hacer brillar en el rostro de la Iglesia de Jesús los rasgos más bellos y más puros de su origen y a presentarla, como su divino Fundador la quiso, sin mancha ni arruga”. Luciani es un papa que no quiere gobernar solo, sino con los obispos. Desea "implicar cada vez más de forma concreta a los obispos y cardenales en el gobierno pastoral y en todos los grandes, vitales y universales problemas que tocan el patrimonio de la fe y de la vida de la Iglesia", "la colegialidad debe expresarse también en la elección de los obispos en unión con las conferencias episcopales locales y los consejos presbiteriales diocesanos” (don Germano), quiere "hacer del Sínodo un verdadero instrumento de gobierno de la Iglesia universal" (persona de Roma). Con espíritu ecuménico, dice el papa Luciani, hemos de revisar nuestra actitud hacia los hermanos de las Iglesias cristianas: “Tenemos que volver a mirar en lo más profundo la actitud y el pensamiento que tuvimos durante siglos hacia los hermanos de las Iglesias cristianas” (don Germano). El obispo Luciani oyó a alguno hacer un cuadro sombrío de la Iglesia posconciliar: ¡Qué confusión!, ¡cuánta inseguridad e indisciplina!, ¡todo culpa del Concilio! Sin embargo, Luciani es un obispo que se convierte en el Concilio y que revisa toda la educación que ha recibido y, a su vez, ha impartido. Lo recordamos. Ya de papa, dirá a don Germano: “El Concilio no rompió las barreras de contención, como se decía y se sigue diciendo por mentes desafortunadas”, “el Concilio llegó por voluntad de Dios a un mundo en rápida transformación cultural, social y religiosa”. La conferencia de Medellín aplicó el Concilio, asumiendo las angustias y esperanzas de los hombres, sobre todo, de los pobres y de los que sufren. Pues bien, en la época transcurrida entre las conferencias de Medellín y de Puebla (1968-1979), decenas de miles de personas fueron asesinadas por las juntas militares de América Latina; entre ellas, más de ochocientos cincuenta sacerdotes y monjas. Ninguno ha sido canonizado, tampoco el arzobispo Romero, asesinado el 24 de marzo de 1980. Son otros mártires los que canoniza el Vaticano. Durante los últimos treinta años, la estrategia vaticana ha dado numerosos signos de la dirección que quería seguir, apoyándose en el Opus Dei y en otros movimientos conservadores. Dicha estrategia "debilita el compromiso de las Iglesias latinoamericanas a favor de la liberación de los pobres, frente a las denuncias y las desapariciones políticas, los asesinatos de campesinos y la opresión de los trabajadores" (Boff). La deriva del teólogo Ratzinger personifica la involución doctrinal y catequética, la contra-reforma, la contra-renovación, la odisea eclesial que estamos viviendo. No parece importar aquella inspiración conciliar que requería una vuelta a las fuentes y un diálogo con el mundo de hoy. El recurso al pasado pre-conciliar no es una solución de acuerdo con el Concilio. La deriva del teólogo deja al descubierto lo que se pretendía tras la muerte del que algunos llamaron “inepto”, es decir, de Juan Pablo I. La curia romana había perdido tres cónclaves, los cónclaves de los papas del Concilio. Pero no estaba dispuesta a caer de nuevo en la trampa de una elección que después se les pudiera escapar de las manos, como ya estaba sucediendo con el papa Luciani. Pero aquella vez, y también la siguiente, no se les escapó. Llagas de la Santa Iglesia La historia no se para en seco, como si no hubiera pasado nada antes, como si no pasara nada después. Con la perspectiva que tenemos ahora, podemos decir que Juan Pablo I puso el dedo en la llaga, decidiendo terminar con los negocios vaticanos y cortar la relación entre el IOR, el Banco Vaticano, y el Banco Ambrosiano. Recordamos algunos acontecimientos posteriores, que confirman lo que el papa Luciani había intentado evitar: el escándalo IOR-Ambrosiano. El día 13 de mayo del 81, en la plaza de San Pedro , Juan Pablo II sufre un brutal atentado. El día 20, Roberto Calvi, presidente del Banco Ambrosiano, es detenido. Ese mismo día, se publican las listas de la P2. En ellas aparece el banquero Calvi . La publicación de las listas provoca la caída del gobierno italiano. Con fechas de 1 de septiembre y 26 de octubre del 81, el IOR otorga unas cartas de patrocinio al Banco Ambrosiano. El 18 de junio del 82 Calvi aparece colgado en un puente de Londres y estalla la quiebra del Ambrosiano. La quiebra le cuesta al Vaticano una "devolución voluntaria" de 250 millones de dólares (1984). Lo cual manifiesta que entre el IOR y el Ambrosiano había muchos intereses de por medio. En el juicio por la quiebra del Banco Ambrosiano (1992), las principales condenas caen sobre los jefes de la logia P2: 18 años y medio de cárcel para Licio Gelli y 19 para Umberto Ortolani. Ellos controlaban el Banco Ambrosiano. El Vaticano encubre como secreto de Estado, junto a otros Estados, el tráfico internacional de armas y de drogas. Sus principales imputados, según el juez Carlo Palermo, están implicados en los asuntos Calvi-Ambrosiano y en el atentado contra el papa Wojtyla. El juez Montalto, que investiga el tráfico internacional de armas y drogas, muere asesinado en 1983. Y el juez Palermo, que le sustituye, sufre un atentado en 1985. Como asesor teológico del papa Wojtyla, el cardenal Ratzinger pasa por alto estas y otras llagas de la Santa Iglesia. Por ejemplo, la alianza Reagan-Wojtyla (1982), que pone a la Iglesia al servicio del imperio americano; las guerras de Afganistán e Irak, que reclaman una clara denuncia profética [5] . Sin embargo, ya de papa, Ratzinger le da un diploma moral al presidente norteamericano, verdadero “señor de la guerra”. En octubre del 85, publiqué mi artículo sobre la muerte y la figura de Juan Pablo I en la revista Vida Nueva. Poco después, el 24 de noviembre, comenzaba en Roma el Sínodo extraordinario de obispos, destinado a hacer balance de los veinte años de posconcilio. Dejé escrito entonces: "La muerte de Juan Pablo I y su significado es algo que no debe olvidarse a la hora de hacer examen del momento presente de la Iglesia. Todo lo que en su día se quiso enterrar con su cuerpo, está apareciendo de diversas formas ante la conciencia de la Iglesia y del mundo. Los padres sinodales deberían, valientemente, tenerlo en cuenta, porque está en juego la relación de la Iglesia consigo misma, con el mundo y, por supuesto, con Dios". Con singular acierto, se le llamó a Juan Pablo I “papa profeta”, que se marchó, como Elías, “de una forma extraña”, pero hubo un Eliseo que estaba a su lado y recogió el manto del insigne profeta. Por encima de las dificultades, los miedos y la represión oficial, hemos recogido el manto del papa profeta. Su funeral estuvo pasado por agua. Sin embargo, el viento y la lluvia no llegaron a apagar la luz del Cirio Pascual, símbolo de Cristo Resucitado. Y las mojadas páginas del misal permanecían abiertas por el Evangelio de San Juan. En triple ataúd, de ciprés, de plomo y de roble, se enterró el cuerpo del Papa, vestido litúrgicamente de rojo, el color de los mártires. El domingo siguiente se leían estas lecturas en todas las iglesias. La primera era del profeta Isaías, el canto de la viña que debía dar uvas, pero da agrazones. La viña del Señor es la casa de Israel, es decir, los hombres de Iglesia. El juicio está en la calle: Por favor, sed jueces entre mi y mi viña, ...esperó de ellos derecho y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos [6] . El salmo era una oración por la restauración de la viña, podríamos decir, por la renovación eclesial: Pastor de Israel, escucha...despierta tu poder y ven en nuestro auxilio. Oh Dios, haznos volver, y que brille tu rostro para que seamos salvos [7] . La segunda lectura era de la carta de Pablo a la comunidad de Filipos, un mensaje de paz, a pesar de todo: Nada os preocupe; sino que en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestra peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús [8] . El evangelio era muy fuerte, dirigido a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, la parábola de los viñadores homicidas: Los labradores, al ver al hijo se dijeron: Este es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia [9] . Pues eso, lo mataron, deformaron su figura, se quedaron con la herencia. Estas lecturas se leían también el 5 de octubre de 2008, cuando empezaba en Roma el Sínodo de obispos sobre la palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia. El que tenga oídos para oír, que oiga. Jesús López Sáez [1] Judas 9. [2] ZIZOLA, Il papa che non volle farsi re,171. Ver "Ya", 6-10-1978; YALLOP, 243 y GENNARI, Rivelato il problema che angosció Luciani prima della morte, en "Il Giornale Nuovo", 18-10-1981. [3] TORNIELLI, Las nueve. El papa está bien, en 30 Giorni, 72 (1993), 53-54. [4] Ver mi presentación de la versión española del libro de Camilo, Venecia en el corazón, 12. [5] Ver El día de la cuenta. [6] Is 5,1-7. [7] Sal 80. [8] Flp 4, 6-9. [9] Mt 21, 33-41. |