Al día siguiente de su elección, se le presentó al papa Luciani como un duro montañés, que recorría su diócesis a grandes zancadas o que pedaleaba alegremente sobre una bicicleta que le había hecho célebre. Sin embargo, después de su muerte, se sustituía rápidamente la imagen de un hombre sano por otra muy distinta, la de un hombre enfermo que no ha podido con el peso del papado. A Luciani se le han atribuido enfermedades diversas e imaginarias. Veamos lo que dicen personas que estuvieron cerca de él y, especialmente, su médico personal. La salud de LucianiEl 27 de septiembre, en su última audiencia general, dirigiéndose a un grupo de enfermos y minusválidos, Juan Pablo I manifestó: "Sabed que el Papa ha estado enfermo ocho veces y ha sido intervenido en cuatro ocasiones"[1]. A los seis años, Luciani enfermó de una grave pulmonía; le curó un médico militar. A los once, le extirparon las amígdalas y a los quince le operaron de vegetaciones. En l945 y en l947 Luciani ingresó en un sanatorio en prevención de una posible tuberculosis, que se quedó en simple bronquitis, de la que se recuperó por completo. En abril de l964 fue operado de cálculos biliares y de obstrucción del colon. Unos meses después, en agosto, le operaron de hemorroides. En noviembre de l975, Luciani tuvo un coágulo en la vena central de la retina de su ojo izquierdo, al parecer, como consecuencia de un cambio de presión atmosférica al volver de Brasil en avión; se resolvió con un tratamiento de carácter general. Durante su estancia en Venecia, a Luciani ocasionalmente se le inflamaban los tobillos. En el verano de l978 pasó unos días en el Instituto Stella Maris, junto al mar, en el Lido de Venecia; siguió una dieta ligera y dio largos paseos. Después de su estancia en el Instituto, Luciani pasó un chequeo médico que demostró que se encontraba en perfecto estado de salud. La superiora y otra religiosa del Instituto me confirmaron que Luciani estuvo allí del 23 de julio al 5 de agosto de l978, no por algo importante, sino en plan de reposo. En realidad, de vacaciones. A causa de una operación de sinusitis, a la que le habían sometido muchos años antes, Luciani había adquirido el hábito de beber una taza de café al levantarse. La operación le había dejado la secuela de un gusto amargo en la boca al despertarse[2]. Según los expertos, la sinusitis es una inflamación de la mucosa de los senos nasales. Puede ser causada por infecciones, alergias o alguna obstrucción de los orificios, como la producida por desviación del tabique nasal. En ocasiones es el resultado de cambios de temperatura, presión atmosférica o irritantes ambientales. A veces es difícil de diferenciar del ataque de alergia o del resfriado. Algunos síntomas de la sinusitis como el dolor de cabeza o la tos pueden explicar malestares pasajeros de Luciani. Junto al historial clínico de Luciani, he aquí lo que dicen de su salud personas que, por diversas circunstancias, han estado durante años muy cerca de él: * "Mientras estuvo en Vittorio Véneto, dio muestras de un envidiable estado físico. En l964, le operaron dos veces, de unos cálculos biliares y de hemorroides, pero se recuperó por completo. Su capacidad de trabajo siguió siendo la misma de siempre" (Francesco Taffarel, secretario de Luciani en Vittorio Véneto desde 1966 hasta finales de l969). * "Aparte de no presentar ningún síndrome cardiopático, la baja presión sanguínea de Luciani, al menos en teoría, le debía mantener a resguardo de cualquier posible ataque cardiovascular. Sólo tuve que atenderle una vez, de una gripe" (Dr. Carlo Frizziero, médico veneciano). * "En los ocho años que pasó en Venecia, el cardenal Luciani guardó cama una sola vez. Tenía una simple gripe. Por lo demás, el patriarca de Venecia era un hombre muy saludable y no sufría ninguna enfermedad" (Giuseppe Bosa, que fue administrador apostólico de Venecia). * "Albino Luciani no estaba enfermo del corazón. Un enfermo de corazón no escala montañas, como hacía el patriarca conmigo todos los años. Ibamos a Pietralba, cerca de Bolzano, y subíamos al Corno Bianco, desde los 1500 hasta los 2400 metros, a buena velocidad" (Mario Senigaglia, secretario de Luciani entre l970 y l976). * "¿Estaba enfermo el Papa Juan Pablo I? Su médico de confianza que cuidó de la salud de Luciani durante once años en Vittorio Veneto y después durante ocho años en Venecia a donde iba cada quince días, y finalmente en Roma donde le ha visitado dos o tres veces antes del letal acontecimiento... dice: Nada, absolutamente nada, dejaba prever aquello que ha sucedido" (Gioacchino Muccin, antiguo obispo de Belluno)[3]. Camilo me entregó en mano este testimonio de Diego Lorenzi, que fue secretario personal de Luciani desde 1976 hasta su muerte. Lorenzi responde así a la cuestión de si Luciani estaba enfermo: “No, puedo decir que en los 26 meses que yo he estado con él, Luciani no ha pasado nunca 24 horas en cama, no ha pasado nunca una mañana o una tarde en cama, no ha tenido nunca un dolor de cabeza o una fiebre que le obligase a guardar cama, nunca. Gozaba de una buena salud; ningún problema de dieta, comía de todo cuanto le ponían delante, no conocía problemas de diabetes o de colesterol; tenía sólo la tensión un poco baja”. Temores de sor VincenzaSor Vincenza Taffarel es religiosa de la congregación de María Bambina. Lleva al servicio de Luciani, obispo y patriarca, más de doce años. Es enfermera diplomada y superiora del pequeño grupo de religiosas que le atienden. Desde la elección de Juan Pablo I, las otras tres están en Roma, encargadas de la casa papal. Sor Vincenza está enferma del corazón. Se supone que no sigue al servicio de Luciani. En la mañana del 29 de agosto, sor Vincenza viaja a Roma con la delegación veneciana que ha sido invitada a Roma para preparar la participación de Venecia en el solemne inicio del pontificado de Juan Pablo I. "En el avión, dice Camilo, yo estaba sentado cerca de sor Vincenza. Estaba preocupada. Era la primera vez que viajaba. Para que olvidara el miedo hablamos de muchas cosas, pero en especial de Luciani, de su salud. Llevaba consigo un maletín con todas las medicinas que acostumbraba a tomar el patriarca. Estaba preocupada: temo que el Santo Padre no resistirá mucho, me dijo, su tensión no aguantará la fatiga de tantos compromisos y de tantas preocupaciones. El peso que los cardenales han depositado en sus hombros acabará por romper el equilibrio psicofísico que había conseguido en Venecia y que le daba seguridad y tranquilidad para mantenerse en forma y trabajar. El patriarca Luciani después del 75 vive en un delicado equilibrio por lo que se refiere a su tensión arterial". "Fue justo ese año al volver de Brasil, cuando el patriarca tuvo un émbolo en el ojo derecho (sic). Siempre hay el peligro de que se pueda repetir en cualquier momento y en cualquier otra parte. El papa Luciani lo sabe. Sor Vincenza espiaba el rostro del patriarca cuando volvía de las cansadas jornadas de visitas pastorales en tierra firme y en las islas. Ella era quien vigilaba su salud y cumplía con escrúpulo e inteligencia las órdenes médicas. Era como una madre para Albino Luciani. Cortés, presurosa, atenta, discreta y fiel. Con su intuición femenina y su sensibilidad sabía hacerse confesar hasta las molestias más pequeñas. Sabía que en los primeros meses del 78 el dolor de cabeza se había acentuado y sabía que el insomnio le acompañaba muchas noches". "Sabía que, después de la elección, le había vuelto el insomnio y también el dolor de cabeza. Me decía: El Santo Padre, para poder recuperar el equilibrio de sus fuerzas físicas, habría debido, pasados los primeros días, tomarse unas vacaciones de paz y sereno descanso, incluso breve. Tenía una gran capacidad de recuperación. Pero no habría aceptado, sentía demasiado fuerte el compromiso de estar presente y de ocuparse de las cosas de la Iglesia. El día de la última audiencia, el miércoles, sor Vincenza había notado que los pliegues del rostro del Santo Padre se habían acentuado, las manos se habían hecho más pesadas, señales de un profundo cansancio y de una tensión que no habían encontrado aún el necesario reposo. Una confirmación de este detalle viene de las fotografías hechas aquel día durante la audiencia general"[4]. En realidad, ni las fotografías ni los videos confirman nada semejante. Por cierto, ¿exageraba sor Vincenza?, ¿necesitaba afirmarse en su puesto al servicio de Luciani?, ¿temía verse apartada? Según Camilo, a primera hora de la tarde del 28 de septiembre, a la hora del café, se desarrolla este diálogo entre el papa Luciani y sor Vincenza. - Santo Padre, me parece que sus manos están hinchadas. “No sólo las manos –responde el papa– sino también los pies. Son como dos pesos muertos que tiran hacia abajo. Siento las rodillas atadas. Será por el cansancio de estos días. Ya pasará”. - ¿Avisamos al doctor Da Ros o a un médico del Vaticano? “No, no, no molestemos a nadie”, replica el papa. “El doctor Da Ros ha estado aquí hace sólo unos días y me ha dicho que el corazón funciona bien”. - La hermana insiste: Santo Padre, usted sabe que el corazón siempre ha estado bien. Su verdadero peligro es la tensión. ¿Duerme por la noche?. “Poco, admite el papa. Algunas noches me despierto entre las dos y las tres y no consigo reemprender el sueño y así leo hasta que suena el despertador. ¡Tengo tantas cosas atrasadas!”. - Usted sabe, Santo Padre, que en nuestras tierras, en la montaña, se dice que la hora entre las dos y las tres es la hora del lobo, la hora en que se muere. “Esperemos que no suceda eso”, concluye el papa riendo[5]. No lo podía creerEl diálogo anterior resulta contradictorio con lo que la propia sor Vincenza dijo el día después a Lina Petri, sobrina del papa y doctora en medicina, que, tras conocer la noticia de la muerte de su tío, fue al Vaticano y habló con sor Vincenza: "Ella dijo que simplemente no lo podía creer porque él había estado tan bien, mucho mejor en Roma que en Venecia". Sor Vincenza estaba disgustada. Dijo que el Papa "se sentía realmente bien la noche anterior". Comenta Lina Petri: "Don Diego aduce ahora que mi tío tuvo unos agudos dolores la noche que murió. Es algo que no encaja". Luego sucedió otra cosa extraña: "Sor Vincenza lloraba y desahogaba su corazón con todas estas cosas. Yo la escuchaba pacientemente - nosotros no somos ese tipo de gente que llora en público y hace escenas, mi familia - pero yo lloraba interiormente y estaba sufriendo. Entonces llega don Diego. No sé si debería decirle esto, dice Lina a Cornwell, no es en su favor, pero hizo un poco de escena. Dijo: Escuche, sor Vincenza, lo que ha pasado ha pasado! Aquí no hay necesidad de pensar en todos los detalles", "en mi opinión, no era el momento de hablar así. Allí estaba la pobre monjita, tan anciana, sufriendo y llorando. ¿Por qué empezar a intimidarla? ¿Y cuáles eran esos detalles de los que no debía hablar?"[6]. No sabemos cómo le llega a Camilo el diálogo en cuestión. Me dijo en 1987: "Hablé en dos ocasiones con sor Vincenza. La primera, con la provincial delante. La segunda, a solas. En esta ocasión, sor Vincenza se echó a llorar desconsoladamente. Yo no sabía qué hacer. Sor Vincenza me dijo que la Secretaría de Estado le había intimidado a no decir nada, pero que el mundo debía conocer la verdad. Ella se consideraba libre de tal imposición en el momento de su muerte, acaecida en 1983. Entonces podría darse a conocer la verdad". Estamos hablando de la verdad sobre el hallazgo del cadáver, que entonces Camilo me comunicó confidencialmente y que comentaremos después[7]. Hay un aspecto importante, que revela Diego Lorenzi a Cornwell: "Fíjese lo que le digo, se debería averiguar algo sobre esta hermana Vincenza. Para empezar no gozaba de buena salud. Había tenido problemas de corazón desde finales de 1977 y durante todo 1978. Todas las hermanas que estaban con ella en Venecia continúan allí, viviendo con el patriarca, y ya casi han sobrepasado los ochenta. Recuerdan que la hermana Vincenza tenía que sentarse y mantenerse quieta sin hacer nada, dando órdenes de alguna manera. Pero está claro que no lo hacía, porque las mujeres están moviéndose por la cocina todo el día. Cuando fuimos a Roma se suponía que ella tenía que venirse y quedarse unas pocas semanas, porque las otras tres monjas habían sido mandadas para ocuparse de la casa papal". "En cierto modo ella tenía la intención de no dejar nunca solo al papa. En Venecia acostumbraba a decir al principio de la cena: Por favor, tómese esta medicina. O sea que se preocupaba por su salud. Aunque, le voy a decir una cosa. Luciani no tenía en conjunto mala salud". El coágulo en el ojoLuciani tuvo un coágulo en la vena central de su ojo izquierdo al volver de Brasil en noviembre de 1975. Al parecer, se debió a un cambio de presión atmosférica. No hizo falta ninguna intervención quirúrgica. El especialista profesor Giovanni Rama, del Policlínico de Mestre, dijo a Yallop: "El tratamiento que se le hizo sólo fue de carácter general y estaba basado en hemocinesis, anticoagulantes, algún suave medicamento para dilatar los vasos sanguíneos y, sobre todo, unos pocos días de descanso en el hospital. El resultado fue casi inmediato, con una recuperación completa de la vista y una mejora general. Luciani nunca fue lo que se dice un coloso desde el punto de vista sanitario, pero era un hombre sano y los exámenes a los que fue sometido nunca revelaron ninguna dolencia cardiaca". "El profesor Rama, dice Yallop, me hizo notar que Luciani tenía la tensión baja; en condiciones normales oscilaba entre 120 y 80". La tensión baja, según los especialistas consultados, está considerada como "el mejor diagnóstico posible para una expectativa de vida"[8]. Inconcebible inventoOtra cosa extraña referente al 28 de septiembre la recoge Camilo en su libro[9]. El asunto salió a la luz el 2 de octubre de 1987. La TV italiana en su canal 2 enfrentó en un vivo debate a Yallop y a Lorenzi, quien sorprendió a los telespectadores diciendo que sobre las 20'00 horas el Papa Luciani se asomó a la puerta de su estudio y dijo a los dos secretarios que poco antes había tenido "un agudo y prolongado dolor en el pecho". Dijo también Lorenzi: "Inmediatamente se ofrecieron a llamar al médico, pero el Papa Luciani les disuadió repetidamente diciendo que todo había pasado y que ahora no sentía ya ningún malestar. Durante la cena no dijo nada de lo que le había pasado en el estudio". "Es la primera vez que oigo esto", comentó Yallop, para quien las palabras de Lorenzi confirmaban su convicción de que Juan Pablo I murió envenenado. La pregunta obvia fue ésta: ¿Por qué sólo ahora el secretario del Papa ha hecho esta explosiva declaración? Además, la primera en protestar fue la hermana de Luciani, Nina, quien a su vez confesó que la familia ignoraba que se hubiera sentido mal. Según los expertos, "aunque los efectos tóxicos de algunas sustancias químicas son muy característicos, muchos síndromes de envenenamiento pueden simular otras enfermedades"[10]. En general, el envenenado puede sufrir una gran variedad de trastornos fisiológicos, como depresión del sistema nervioso central, convulsiones, edema cerebral, hipotensión o arritmias cardíacas. Comenta el Dr. Cabrera: "Un dolor en el pecho puede ser debido a causas muy diversas; por ejemplo: neumonía, hernia de hiato, angina de pecho, catarro o simples gases". La versión del secretario John Magee no coincide con la del otro secretario, Diego Lorenzi: "El día que murió, dice Magee, hacía frío. Soplaba un viento fuerte muy frío, el primer viento frío del otoño. Después del almuerzo se echó la siesta, y le aconsejé que no subiera al jardín de la azotea. Me dijo: No iré, porque la verdad es que no me siento muy bien. No me siento como de costumbre. Le dije que iba a llamar al Dr. Buzzonetti, y me contestó: Oh, no, no, no. No hay necesidad de llamar al médico", "esa tarde, la víspera de su muerte, mientras paseaba por el salón hubo la llamada del cardenal Villot, quien me comunicó que quería venir aquella tarde. Entré a ver al papa para informarle". -"¡Oh! ¡El cardenal Villot otra vez!, comentó. ¡Pero si no tengo ningún documento que leer!". Decidió que Villot viniera a las seis y media. Y siguió paseando. "Después de un rato, dice Magee, le oí toser fuertemente, desde donde yo estaba, en la sala de los secretarios. Corrí al salón y le encontré de pie cerca de la mesa. Me dijo: ¡He sentido un dolor! Mándeme a la hermana Vincenza. Ella sabe lo que hay que hacer. Le pregunté si no sería mejor que llamáramos al médico. Pero insistió en que no debíamos llamarlo. Intenté convencerle diciéndole: Santo Padre, ¡podría ser algo grave!. Pero se mantuvo inflexible. Debo hacer constar que don Diego no estaba presente durante todo esto. El papa se fue a su habitación y yo me marché a la cocina para ver a la hermana Vincenza, y ella dijo: Oh, sí, esto ya le ha pasado antes. Cogió una medicina y salió para ver al papa. Para ella, era bastante normal", "todo esto ocurrió sobre las cinco y media"[11]. Es preciso decir que la versión dada por los secretarios es tardía: Lorenzi en 1987, Magee en 1989; además, no se ponen de acuerdo en cuanto al momento: según Magee, a las cinco y media; según Lorenzi, a las ocho menos cuarto o las ocho menos diez; según Magee, Lorenzi no estaba presente en ese momento; según Lorenzi, sí; aunque se le pide, Magee no corrobora la versión de Lorenzi, cambia de conversación[12]. Además, ambos secretarios ignoran la llamada (hacia las nueve) del Dr. Da Ros, de la que hablaremos después; al médico se le dijo que todo era normal, el papa había pasado la jornada como acostumbraba. Se comprende que David Yallop hable al respecto de “pura fantasía”[13]. El propio Camilo, que había publicado el asunto, me comentó: “Es un invento”, “inexplicable, inconcebible invento”. En fin, cosas que pasan en esta sorda y dura batalla. El papa estaba bienQuienes hablaron con el Papa, en su última jornada, todos coinciden en asegurar que nada anormal detectaron. Así el cardenal Gantin, quien declaró no haber observado ningún atisbo de fatiga en el rostro y en los gestos de Juan Pablo I. Lo mismo monseñor Rocco, nuncio en Brasil: "Encontré al Padre Santo perfectamente de salud, y digo más: me asombré ante su actividad y perfecto conocimiento de los problemas del Brasil; me hizo la impresión de aparentar más joven de sus sesenta y cinco años; hablamos incluso de posibles viajes y me pidió consejos sobre estos temas"[14]. A media mañana, el Papa habló por teléfono con Benelli, arzobispo de Florencia. Voces autorizadas del Vaticano dicen que hablaba todos los días con él. Benelli fue su gran elector y todo indica que Luciani pensaba depositar en él la responsabilidad política y diplomática del Vaticano. Por la tarde, habló con el Papa: "Lo encontré perfectamente de salud y con un humor excelente"[15], diría después por Radio Vaticano. Hacia las 9 de la tarde el doctor Da Ros llamó por teléfono a la casa papal. Lo dice en 1993 tras quince años de silencio: “Todo era normal. Sor Vincenza no me habló de problemas particulares. Me dijo que el papa había pasado la jornada como acostumbraba”, “aquella tarde yo no le prescribí absolutamente nada, cinco días antes lo había visto y para mí estaba bien. Mi llamada fue rutinaria, nadie me llamó a mí”[16]. Luciani también habla por teléfono con el cardenal Colombo, arzobispo de Milán, el cual manifestará en la Radio Vaticana: “Juan Pablo I me ha hablado ampliamente con tono normalísimo, del cual era imposible deducir ningún malestar físico. En su saludo final pedía oraciones, y estaba lleno de serenidad y de esperanza”[17]. Eduardo Luciani estaba en Australia, cuando se enteró de la muerte de su hermano. Pocos días antes, había cenado con él en el Vaticano. Y al día siguiente, se habían vuelto a ver en el desayuno. Eduardo le encontró bien de salud: "Sí, me había asegurado que se sentía bien, aunque el clima de Roma no le iba bien. Cuando estaba mal, no era capaz de ocultármelo...Desayunando en el Vaticano, le pregunté si las tareas de jefe de la Iglesia le fatigaban, y me respondió: 'No mucho. En Venecia las cosas del Patriarcado tenía que resolvérmelas yo sólo; aquí tengo todo un staff que piensa, aunque después la última decisión me corresponda a mí'. No creo que se fatigase más que en Venecia, si bien la novedad y la responsabilidad del pontificado le emocionaban un poco"[18]. Recién llegado de Australia, cuando le preguntaron sobre la salud de su hermano, Eduardo respondió: "Al día siguiente de la ceremonia de entronización, le pregunté a su médico personal cómo encontraba a mi hermano, teniendo en cuenta las presiones a las que desde entonces se vería sometido. El doctor me tranquilizó. Me dijo que mi hermano gozaba de una excelente salud y que su corazón se encontraba en buenas condiciones". Cuando le preguntaron si su hermano había sufrido alguna dolencia cardíaca, Eduardo replicó: "Absolutamente ninguna, que yo sepa"[19]. Pía es la sobrina mayor del Papa Luciani, quizá la predilecta. Para ella era como un segundo padre. Quince días antes de morir le visitó en el Vaticano. Es profesora, viuda y tiene cuatro hijos. En una entrevista que Jesús Infiesta le hace en 1978, responde así a la pregunta sobre la salud de su tío: "Pienso que era una persona muy normal y que se ha exagerado mucho en decir que estaba mal de salud. No obstante, ha tenido siempre, desde pequeño, problemas de salud. Pero estaba bien"[20]. La rutina diaria del papa Luciani, según el secretario Magee, era la siguiente: "Se solía acostar a las nueve menos cuarto o nueve, porque se levantaba por la mañana muy temprano para rezar. Acostumbraba a levantarse a las cuatro y media y estaba en la capilla a las cinco y media, que era cuando me reunía con él". "La mañana, dice Magee, estaba ocupada con los papeleos y las audiencias privadas, y luego comíamos a las doce y media. Después se acostaba un ratito y subía al jardín de la azotea. Nunca salíamos a los jardines del Vaticano, excepto algunas veces al principio, porque implicaba que le seguirían los de seguridad, y no se sentía libre. Y el cardenal Villot venía a los jardines para verle y a menudo empezaba a hablarle de problemas. Así que dejó de salir para evitar a Villot", "cada día de esos treinta y tres, caminaba por la azotea durante dos horas. Bajaba y nos poníamos a trabajar juntos. Nos sentábamos en su escritorio y le iba pasando documento tras documento, carta tras carta, todo lo que venía de la Secretaría de Estado, y me permitía que le guiara en esta tarea. Organicé las cosas de tal manera que después de cenar por la noche no tuviera que pensar en el trabajo. Leía y se iba a la cama"[21]. Magee había sido secretario de Pablo VI y conocía el funcionamiento vaticano. En principio, Luciani le eligió como secretario junto a Lorenzi, pero - en el fondo - no era persona en la que Juan Pablo I pudiera confiar. Otra cuestión. La plantea Cornwell al secretario Lorenzi: - ¿Había estado sobrecargado Luciani antes de ir al cónclave? "No tuvo muchos compromisos en el mes de julio, responde Lorenzi. Y la última semana de julio y la primera semana de agosto se había tomado descanso absoluto con las hermanas en el Lido de Venecia. Recientemente el cardenal Oddi concedió una entrevista en la que decía que Luciani había estado sobrecargado de trabajo antes de ser papa. Eso no es cierto. Y a partir del 10 de agosto, cuando el papa Pablo VI murió, hasta el 26 no tuvo compromisos oficiales"[22]. El último díaSegún revela Magee diez años después, en la mañana del 28 se instalaron y probaron dos timbres, uno a cada lado de la cama del Papa. Magee reconoce que es “una notable coincidencia”[23]; sin embargo, no dice quienes hicieron la instalación, dato que podría ser importante. Al fin y al cabo, ha habido personas ajenas en la habitación del papa. Un simple cambio de frasco, previamente manipulado, o la manipulación del mismo añadiendo una dosis letal al medicamento podría determinar el fatal desenlace. Giovanni Rama, el especialista que prescribió a Luciani el Efortil, el Cortiplex y otros medicamentos para paliar los efectos de la tensión baja, afirma que Luciani era muy sensible con los fármacos: "Sólo precisaba pequeñas dosis. De hecho, la dosis de Efortil que tomaba era la mínima. Normalmente, la dosis consiste en 60 gotas al día, pero a Luciani le bastaba con 20 o 30 gotas"[24]. Juan Pablo I llamó por teléfono al cardenal Felici, que se encontraba en Padua, y también llamó al cardenal Benelli, a quien le habló de la próxima entrevista que iba a tener con el cardenal Villot. Luciani había tomado varias decisiones que iba a transmitir al secretario de Estado. Luciani ya estaba en posesión de una gran cantidad de información minuciosamente detallada. El propio Villot le había remitido un primer informe preliminar. Luego Luciani había obtenido más información a través del arzobispo Giuseppe Caprio, sustituto de la Secretaría de Estado, y a través de Benelli y de Felici. Asimismo, un extenso y detallado informe sobre las finanzas del Vaticano lo recibe Luciani del cardenal Egidio Vagnozzi, que había sido presidente de la Prefectura de Asuntos Económicos de la Santa Sede. Dicho informe lo llama Yallop "el arma humeante"[25]. Pues bien, el 28 de septiembre por la tarde, Juan Pablo I comunica a Villot su decisión de realizar cambios importantes; por ejemplo: Benelli sería el nuevo secretario de Estado y Felici el nuevo vicario de Roma. Dijo Villot: “Usted es el papa. Es libre de decidir y yo obedeceré. Pero sepa que estos nombramientos significarían la traición a la herencia de Pablo VI”. Además, el papa quiere cortar las relaciones del IOR con el Banco Ambrosiano; en consecuencia, Marcinkus y sus colaboradores serían inmediatamente destituidos[26]. - Estas decisiones, dijo Villot, alegrarán a unos y disgustarán a otros. Dentro de la Curia romana hay cardenales que se movieron lo suyo para apoyar vuestra elección y que ahora se sentirán traicionados. Considero que estos cambios, que estas designaciones contradicen la voluntad del difunto santo padre. Luciani respondió: "¿Es que el difunto santo padre planeaba hacer nombramientos a perpetuidad? En cuanto a los cardenales que tanto se afanaron para que me designaran papa, quiero que entendáis esto. Lo he dicho ya muchas veces, pero me parece que tendré que repetirlo. En ningún momento aspiré a que me eligieran papa. No quería ser papa. Nadie podrá dar el nombre de ningún cardenal, ni uno solo, al que le haya hecho ninguna proposición. Ninguno al que haya tratado de persuadir para que me votara. No era lo que yo quería. Tampoco era cuestión mía. Hay hombres aquí, dentro de la Ciudad del Vaticano, que parecen haber olvidado la verdadera finalidad de la Iglesia. Hombres que han convertido la Santa Sede en una especie de mercado. Este es el motivo por el cual pienso realizar todos estos cambios". - Se dirá que habéis traicionado a Pablo. "También se dirá que he traicionado a Juan, que he traicionado a Pío. Cada uno encontrará una luz que lo alumbre, según cuáles sean sus necesidades. En lo que me concierne, mi única misión es la de no traicionar a nuestro Señor Jesucristo". La discusión se prolongó más de una hora. Hacia las siete y media se marchó Villot. Tal vez se trataba de una mera coincidencia, observa Yallop. Sin embargo, todos los hombres que Luciani iba a desplazar figuraban en la lista de presuntos masones que Pecorelli había publicado. Y los que Luciani había designado para sustituirlos se hacían notar justamente por lo contrario: no figuraban en la lista de Pecorelli[27]. Diego Lorenzi, secretario de Juan Pablo I, relató unos días después en el Gazzettino cómo fue el último día del papa: “Para Juan Pablo I, el 28 de septiembre de 1978 tenía que ser una jornada como las demás de aquel cálido mes de final del verano: audiencias privadas por la mañana, concedidas a personas de quienes ya conocía los nombres y, quizá, los problemas que le habrían planteado”. “Por la tarde veía al papa ocupado en leer mucho; aquel día, hacia las 17:00 subió a la terraza para poder combinar juntamente la oración o la lectura con el movimiento físico ; era un paseo casi cotidiano, durante el cual permanecía siempre solo. A las 18:30 recibió en audiencia al cardenal Villot, que duró más de una hora. Aproveché este compromiso y la presencia del padre Magee en mi despacho para subir también yo a la terraza y orar paseando. Bajé a tiempo para acompañar al secretario de estado hasta la salida del apartamento privado; mientras yo volvía al trabajo, el padre Magee entró en el despacho del papa para rezar 'completas' en inglés (costumbre esta, ya iniciada conmigo en Venecia en agosto del 76)”. “Pocos minutos antes de las 20:00 estábamos en el comedor para cenar. Desde hace algún día un nuevo reloj, que le había regalado monseñor Pasquale Macchi, necesitaba ser ajustado con la hora exacta; se encargó el padre Magee regulando las agujas a las 19:59. Me parece que del telediario apenas vimos los titulares”, “terminada la cena, el Santo Padre me rogó que llamara por teléfono al arzobispo de Milán, con quien había intentado contactar a las 19:30, pero estaba fuera”, “establecí la comunicación telefónica con el cardenal Colombo, le anuncié el deseo del Santo Padre y rápidamente le pasé la línea. Sobre el aparato de mi despacho se encendió una tenue luz, que se apagó sólo al fin de la conversación. En seguida el papa se presentó a la puerta de nuestro despacho dándonos, como siempre, las buenas noches”[28]. Como vemos, en su momento, nada dijo Lorenzi del supuesto dolor en el pecho. En esta dura batalla de la verdad sobre el papa Luciani, hay que ir con mucho cuidado. Las trampas abundan. Por ejemplo, encontramos una, una más, cuando Cornwell hace al antiguo secretario Magee, ahora obispo, la siguiente pregunta: - ¿Cree usted que Luciani era consciente de los problemas del IOR, del Banco Vaticano, o de las finanzas del Vaticano en general? "¡Claro que no, afirma el obispo Magee. ¡Claro que no!"[29]. Increíble. Lo que está claro es que, en aquel contexto, Luciani no podía fiarse de nadie. Por eso llama a don Germano para que le ayude. Recordamos lo que le dijo: "Necesito buenos consejos, de alguien que me quiera, que me esté cercano, que me consuele, alguien con quien también poder rezar juntos"[30]. Santidad, ¿cómo está?Es el título sorprendente de un artículo de la revista OP (Osservatore Politico), que tiene fecha de 26 de septiembre del 78 y sale con una semana de antelación. La revista, de una tirada limitada, está ligada a los servicios secretos. Su director es Mino Pecorelli. Pecorelli es miembro arrepentido de la logia P2. Su particular tipo de periodismo utiliza “delicadas informaciones tomadas del mundo político y financiero en artículos chantajistas escritos en un lenguaje hermético y alusivo, a menudo comprensible sólo por unos pocos iniciados pertenecientes a este o a aquel centro de poder”[31]. El 20 de marzo del 79 Pecorelli fue asesinado de un tiro en la boca. Su homicidio es “la confirmación de la exactitud y de la importancia de las tesis defendidas en sus artículos”[32]. Con su muerte, muchas personas dieron un suspiro de alivio: “Enseguida se vio claro que las investigaciones serían dificilísimas. Muchos tendrían interés en eliminar a un hombre que sabía mucho y escribía mucho y que, aunque había estado inscrito en la P2, en la última fase de su vida libraba una dura batalla contra Licio Gelli”[33]. Esto supuesto, veamos el artículo titulado Santidad, ¿cómo está? Pecorelli pregunta enigmáticamente por la salud del papa Luciani (unos días antes de su muerte, cuando, según su médico personal, se encontraba perfectamente bien) y habla de los cambios que pensaba hacer: “Juan Pablo I no goza de óptima salud, aunque en el fondo tenga la fibra notoriamente robusta del campesino véneto. Enfermedades viejas y nuevas se han sedimentado lentamente sobre su persona haciéndole fatigoso y difícil el sumo encargo del que le ha investido el Cónclave. Noticias filtradas por fuentes vénetas y vaticanas dicen que Albino Luciani, joven seminarista, sufrió una tuberculosis. Hoy está clínicamente curado, pero como dicen los médicos de la Escuela Salernitana, “una vez tísico, siempre tísico”. Aparte de esto, Su Santidad sufriría de graves y recurrentes trastornos en el aparato digestivo, mal que produce una monotonía casi ininterrumpida en su dieta alimenticia: patatas hervidas aliñadas con aceite. Parece que tal plato, extremadamente simple, requiera sin embargo tiempos y dosis precisas para ser tomado con un mínimo de gusto. Y el papa, en los primeros días de su vida romana, ha debido darse cuenta de que la cocina vaticana no tenía el toque justo. Por esto, ha hecho venir de Venecia a Roma a las hermanas que se ocupaban de su cocina de patriarca. Otro inconveniente del que sufre el Pontífice es un fuerte y continuo mal en los ojos, para el que los médicos no encuentran ni explicación ni cura. Algunos lo atribuyen al solustro, esto es, al reflejo del agua en los canales venecianos que habría irritado las pupilas de modo profundo y quizá crónico. Mientras tanto, se hacen auspicios sobre su pontificado. ¿Promulgará encíclicas, expedirá bulas? ¿Hará viajes intercontinentales? Ciertamente, hay muchos sitios donde un papa podría ir: Líbano, Rodesia, Checoslovaquia, pero ya Albino Luciani ha adelantado en su discurso inaugural, diciendo explícitamente que las cuestiones internas de los estados quedarán como tales también para la Iglesia. ¿Se contentará, entonces, con ser el papa de Italia? ¿O el obispo de Roma? En Venecia muchos recuerdan que, apenas tomó posesión de la sede patriarcal, hizo una limpia de monseñores y sacerdotes curiales, mandándoles a hacer de párrocos en la provincia. Con tal precedente, hoy en el Vaticano muchos tiemblan, y no solamente monseñores y sacerdotes, sino también obispos, arzobispos y cardenales”[34]. Pecorelli recoge un ambiente que le es hostil al papa Luciani y que es alimentado por personas que van a ser removidas de sus cargos. Podemos reconocer aquí el runrún de Marcinkus, Poletti y compañía: “parece agotado”, “particularmente angustiado”, “tiene el corazón destrozado”[35]. El artículo enigmático de Pecorelli sobre la salud del papa Luciani resulta más significativo si tenemos en cuenta que dos semanas antes había publicado la reveladora historia de un papa, que muere asesinado tras un breve y tempestuoso pontificado. Muerte anunciadaCon fecha 12 de septiembre, Pecorelli había publicado otro número de OP en cuya portada se anunciaba un artículo titulado La gran logia vaticana. En él se decía que el 17 y el 25 de agosto la agencia de prensa Euroitalia había dado los nombres en código, el número de matrícula y la fecha de iniciación a la masonería de cuatro cardenales considerados muy papables: Sebastiano Baggio, Salvatore Pappalardo, Ugo Poletti, Jean Villot. “Lanzadas las redes por todas las pistas de la capital, decía Pecorelli, hemos permanecido en paciente espera. No hemos quedado defraudados. El lunes 28 de agosto nos hemos hecho con una lista de 121 masones: cardenales, obispos y altos prelados indicados por un número de matrícula y nombre codificado. Ciertamente, la lista puede ser apócrifa, incluso la firma de un cardenal hoy puede ser falsificada. En cualquier caso, el único modo de salir del turbio atasco y de los interrogantes, es someter la cuestión a la atención de los interesados... El papa Luciani tiene ante sí una difícil tarea y una gran misión. Entre tantas, la de poner orden en las alturas del Vaticano. Publicando esta lista de eclesiásticos quizá afiliados a la masonería, pensamos ofrecer una pequeña contribución. O una lluvia de desmentidos o, en el silencio, la depuración”[36]. A continuación se añade la lista de presuntos masones. En otro apartado, el mismo número de OP propone a sus lectores la extraña historia de un papa laico, Petrus Secundus, que muere asesinado tras un breve y tempestuoso pontificado. El papa “es periodista en un diario”. El arzobispo Luciani había confesado en una entrevista: “Si no hubiera sido obispo, hubiera querido ser periodista”[37]. Por lo demás, se hicieron famosos sus artículos en la revista Messaggero di sant’Antonio de Padua y en el Gazzettino de Venecia. El nuevo papa “toma el nombre de Pedro Segundo sólo porque rechaza cambiar de nombre, así como rechaza también aspectos importantes de la Iglesia que, forzado por las circunstancias, ha aceptado dirigir. Breve y tempestuoso es el pontificado de este papa que terminará asesinado por obra de fuerzas políticas adversas, alarmadas por sus denuncias e interesadas en anular los esfuerzos del papa Pedro por la renovación de la sociedad humana”[38]. Su elección, dice Pecorelli, se produce “por aclamación y por mayoría casi unánime”. En el palacio Chigi, el presidente del Consiglio declaró: “En las próximas elecciones estamos perdidos”. Llegó el día del discurso papal: “La elección de un laico al papado es un hecho insólito en los tiempos recientes, dijo el papa. A mí el acontecimiento me ha caído encima de improviso, dejándome turbado y lleno de aprehensión. Lo estoy todavía y a veces me pasa que me considero la víctima de un acto del cual sin embargo se me ve protagonista”. The son of a bitch is fishing for solidarity, dijo en la Casa Blanca el presidente que seguía el discurso con sus consejeros. “Pero vamos al grano, dijo el papa, pienso que ningún rey, ningún presidente, ningún emperador y ningún papa tienen derecho a comer si antes no han comprobado que todos sus súbditos, ciudadanos y seguidores pueden hacerlo...El presidente, el papa no podrán enviar embajadores ante los poderosos de la tierra si antes no han enviado sus mensajeros ante aquellos que sufren injusticia, que padecen tiranía, que gimen en las cadenas de las muñecas y de las mentes”. “Está loco como Cristo y tan peligroso”, dijo el presidente del Consiglio, “en las próximas elecciones perderemos cuatro millones de votos”. “Y ahora basta de palabras, concluyó el papa. El tiempo apremia y debemos pasar a los hechos. De todo corazón, os agradezco que me hayáis escuchado”. “La Iglesia se está hundiendo”, dijo furioso un cardenal conservador, “y pierde toda influencia. La gente no cree ya en nada, y ahora ni el papa da ejemplo”. El papa decidió comenzar un trabajo en el que había pensado a menudo desde los primeros días: “Se trataba de un trabajo ímprobo y lleno de peligros: hacer el censo de las riquezas de la Iglesia. No se trataba sólo de saber lo rica que era, sino de dividir lo que era fácilmente enajenable de lo que no lo era. La idea de Pedro era usar el beneficio para ciertos fines, a su parecer esenciales”[39]. Suena ¿verdad? Como dice el refrán, cuando el río suena, agua lleva. Lo publica el periodista Mino Pecorelli, siempre bien informado[40]. Y lo hace por anticipado. No lo olvidemos: el 12 de septiembre de 1978, quince días antes de la extraña muerte del papa Luciani. Jesús López Sáez [1] LUCIANI, All'udienza generale: la carità, 27-9-1978. [2] YALLOP, 260. [3] YALLOP, 351-352; ver "Corriere della Sera", 20-9-1980; MUCCIN, G., Testimonianze e riflessioni su Albino Luciani, en "Dolomiti" 1-2 (1989), 34. [4] BASSOTTO, 206. [5] BASSOTTO, 208. [6] CORNWELL, 240-241. [7] Se pedirá cuenta, 28. [8] YALLOP, 349-350; ver WENGER, 329. [9] BASSOTTO, 208. [10] Ver Jan KOCH-WESER, Intoxicaciones químicas. Consideraciones generales y principios del tratamiento, en HARRISON, Medicina interna, Ed. La Prensa Médica Mexicana, México, 1973, 715-721. [11] CORNWELL, 189-190. [12] CORNWELL, 209. [13] RAI 2, Giallo, 2-10-1987. [14] En "Ya", 30-9-1978; ver "El País", 1-10-1978. [15] En "Ya", 30-9-1978. [16] TORNIELLI, Las nueve. El papa está bien, en 30 Giorni, 72 (1993), 53-54. [17] YALLOP, 305. [18] En "Gente", 21-6-1985. [19] YALLOP, 335. [20] INFIESTA, 262. Ver "Humilitas" 1 (1986), 1-2. [21] CORNWELL, 184. [22] CORNWELL, 76. [23] CORNWELL, 192. [24] YALLOP, 322. [25] Nos lo dijo Yallop en la conversación que tuvimos con él en Barcelona el 18 de noviembre de 2006. Ver su libro El poder y la gloria. La historia oculta del papado de Juan Pablo II, Ed. Temas de hoy, Madrid, 2007, 17 y 83. En adelante, mientras no conste lo contrario, al citar a Yallop, nos referimos a su libro En nombre de Dios. [26] Ver YALLOP, 301 y 303-304; también GENNARI, Rivelato il problema che angosció Luciani poco prima della morte, en "Il Giornale Nuovo", 18-10-1981. Ver el informe secreto de la persona de Roma. [27] YALLOP, 303-304. [28] KUMMER, 591-592. [29] CORNWELL, 201. [30] BASSOTTO, 122. [31] WILLAN, 95. [32] Ib., 101. [33] CIPRIANI, G., I mandanti. Il patto strategico tra massoneria, mafia e poteri politici, Editori Riuniti, Roma, 1993, 20-21. [34] PECORELLI, OP, 26 de septiembre 1978, 26. [35] Ver KUMMER, 226-227. [36] PECORELLI, OP, 12 de septiembre 1978, 2-3. [37] INFIESTA, 22-23. Ver KUMMER, 164-197. [38] Ib., 41. [39] Ib., 43-46. [40] Ver su predicción del asesinato de Aldo Moro en El día de la cuenta, capítulo 16. |