Aquella tarde del 26 de agosto del 78 los medios de comunicación daban la noticia de la elección del cardenal Luciani, como nuevo papa, que había elegido el nombre de Juan Pablo I. Era sábado. En la eucaristía de la comunidad, leímos las lecturas del domingo correspondiente[1]. El evangelio no podía ser más oportuno: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia[2]. Y también: El poder del infierno no prevalecerá contra ella. En tiempo de Jesús, el infierno es la parte inferior de la tierra, el reino de la muerte. Por tanto, el poder de la muerte no prevalecerá contra la Iglesia.

A la luz de datos posteriores, también resulta oportuna e impresionante la primera lectura de aquel día, un pasaje del profeta Isaías, que reflejaba las intenciones del nuevo papa y el temor de Marcinkus, el hombre que tenía en sus manos las llaves del palacio vaticano: Así dice el Señor a Sobna, mayordomo de palacio: Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo[3]. Como sabemos por el testimonio de la persona de Roma y por otras fuentes, Juan Pablo I tenía pensada la destitución de Marcinkus.

La segunda lectura de aquel sábado memorable era de la carta a los romanos[4], un homenaje a Aquel que lo sabe todo: ¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos![5]. Ciertamente, lo podemos proclamar treinta años después.

El salmo propio del día de la elección se leyó también el día de la muerte: Te doy gracias, Señor, de todo corazón, pues tú has escuchado las palabras de mi boca, yo sé que tú siempre me escuchas[6]. Para el que cree, todo (la enfermedad, la muerte prematura, incluso la muerte violenta) se puede transfigurar en gloria de Dios y en gloria de Cristo[7]. Se dice también: Canten los caminos del Señor, porque la gloria del Señor es grande. Como es sabido, la humildad era un rasgo de la personalidad del papa Luciani y, de hecho, era su lema. El salmo recoge este detalle de identidad: El Señor se fija en el humilde. Habiendo sido truncado su ministerio papal, a pesar de todo, creemos que el poder del infierno no prevalece contra la Iglesia y sigue vigente la oración final del salmo: Señor, es eterno tu amor, no abandones la obra de tus manos.   

Me llamaré Juan Pablo

El domingo 27 de agosto, a mediodía, Juan Pablo I dijo estas sencillas palabras a la gente que llenaba la plaza de San Pedro

"Ayer por la mañana fui a la capilla Sixtina a votar tranquilamente. Nunca hubiera imaginado lo que iba a suceder. Apenas empezó el peligro para mí, los dos Padres que estaban cerca de mí me sugirieron palabras de ánimo como para alguien que está a punto de afrontar un grave riesgo. Me dijeron: ¡Animo! Si el Señor da un peso, da también la ayuda para llevarlo. Y el otro: ¡Padre Santo, no tenga miedo, en todo el mundo hay tanta gente que reza por el nuevo papa! Llegado el momento, he aceptado. Después se trató del nombre, porque preguntan también por el nombre que se quiere tomar y yo lo había pensado poco. Razoné así: el papa Juan quiso consagrarme con sus manos en la basílica de San Pedro, luego, aunque indignamente, en Venecia le sucedí en la cátedra de San Marcos, en aquella Venecia que está todavía tan llena del papa Juan. Le recuerdan los gondoleros, las monjas, todos. El papa Pablo no sólo me hizo cardenal sino que algunos meses antes en la pasarela de la plaza de San Marcos, me puso totalmente colorado delante de veinte mil personas al quitarse la estola y ponérmela en los hombros. Yo no me había puesto nunca tan colorado. Por otro lado este papa en 15 años de pontificado, no sólo a mí, sino a todo el mundo demostró cómo se ama, cómo se sirve y cómo se trabaja y se sufre por la Iglesia de Cristo. Por esto dije: Me llamaré Juan Pablo. Yo no tengo la sapientia cordis del papa Juan ni la preparación y la cultura del papa Pablo, pero estoy en su lugar, debo intentar servir a la Iglesia. Espero que  me ayudéis con vuestras oraciones"[8].

El papa Luciani comentó también, en privado: "El nombre de Juan está lleno de recuerdos para mi. Mi padre se llamaba Juan, la iglesia de mi pueblo está dedicada a san Juan, en Venecia sucedí al patriarca Juan Urbani que me quiso mucho, me ayudó y me consoló en momentos difíciles y delicados, cuando era obispo de Vittorio Véneto. Sentí desde niño la fascinación por Juan Bautista, que conoció a Jesús aun antes de nacer. Jesús dirá a sus discípulos: Entre los nacidos de mujer no hay nadie más grande que él. Fui consagrado obispo por el papa Juan en san Pedro el día de san Juan, evangelista".

 Juan y Pablo son también sus dos apóstoles preferidos. Luciani amaba a Juan, el predilecto de Jesús: "El evangelio de Juan, escribe, es fascinante, está lleno de altísima inspiración, es rico en sugerencias teológicas y espirituales, y en sublimes intuiciones. He amado y amo el evangelio de Juan de la Ultima Cena".

Grande es también la pasión de Luciani por el apóstol Pablo. Conoce de memoria sus cartas más bellas. Pablo le dice: "Ay de mi si no evangelizo, si no llevo la palabra de Cristo hasta el último hombre en cada rincón de la tierra. He hecho de sus cartas mi breviario cotidiano"[9].

Jamás papa alguno había elegido un nombre compuesto. Era la primera vez en la historia de la Iglesia. El cardenal Pironio comentaría después: "Grande fue nuestra sorpresa. Recuerdo bien el gesto del cardenal Camarlengo Jean Villot, quien visiblemente sorprendido, preguntó: ¿Qué hacemos? Esto es inesperado, es nuevo.¿Cómo hacemos? El papa Luciani intervino. Me llamaré Juan Pablo I. Los cardenales aplaudieron".

En ese nombre está la originalidad de una intuición totalmente suya, está la continuidad de dos pontífices santos, está el dinamismo y la carga evangélica de los dos grandes apóstoles. En ese nombre está la fidelidad al Concilio. Luciani quería ser papa con una originalidad totalmente suya, con su carisma. El sentía en la profundidad de su espíritu que hacía falta en la Iglesia un nuevo empuje apostólico, misionero, evangélico y profético.

"Su secreto, dirá Pironio, estaba en hablar a los adultos, sacerdotes, laicos, intelectuales y científicos, a los hombres que tienen en sus manos el futuro de la humanidad, con el lenguaje de los niños. Por eso le hemos entendido también nosotros los cardenales”.

Jesús López Sáez


[1] Domingo XXI del tiempo ordinario, ciclo A.

[2] Mt 11,28.

[3] Is 22,15.19.

[4] Rm 11,33-36.

[5] Ver Ecclesia 1905 (1978), 9.

[6] Ver Sal 138,1 y Jn 11,42. Al parecer, no se hicieron las oraciones habituales ante el cadáver, ver CORNWELL, 86.

[7] Ver Jn 11,4.40.

[8] LUCIANI, Discorso domenicale prima dell'angelus, 27-8-1978, Opera Omnia (9), 25.

[9] BASSOTTO, 156-157.