SENTADOS PARA JUZGAR
Albino Luciani, papa Juan Pablo I, no murió de forma natural. Este mensaje, completado a su vez por datos posteriores, lo recibimos, no por casualidad, el 29 de diciembre del 84, fiesta de Santo Tomás Becket, aquel "cura entrometido" con quien Juan Pablo I es comparado. Creo que fue un regalo de ambos y que, en cierto sentido, en todo este asunto la figura de Miguel "alterca con el diablo"[1] disputándose el cuerpo de Juan Pablo I, que precisamente murió un 29 de septiembre, fiesta de San Miguel. Como Juan el Bautista, bajo cuya protección fue bautizado, Juan Pablo I encontró la muerte "en el momento oportuno", en medio de una oscuridad eficazmente mantenida por intereses ocultos. De ningún modo, podemos enterrar su testimonio; al contrario, hemos de proclamar gozosamente ante el mundo que sigue habiendo profetas capaces de lanzar a los poderes del mal el frontal desafío: ¿Quién como Dios? Capaces de actuar en nombre de Dios hasta el último respiro. Aquel día, 29 de septiembre del 78, cuando los medios de comunicación daban la increíble noticia de la muerte del papa Luciani, se leía en todas las iglesias un pasaje del libro de Daniel que recoge el juicio de la historia, un mensaje de esperanza en medio de las dificultades del tiempo presente. Los creyentes son víctimas de poderes bestiales, pero la última palabra la tiene Dios: Miré y vi que colocaban unos tronos[2]. Si estamos atentos, el juicio se realiza ya en el presente. Una segunda lectura, del Apocalipsis, revelaba lo que en el fondo está pasando, la lucha de Miguel (que significa ¿Quién como Dios?) contra el dragón (es decir, los poderes del mal): Ellos lo vencieron con la sangre del Cordero y con la palabra del testimonio que dieron, pues no amaron tanto su vida como para rechazar la muerte”[3]. Tal cual. El evangelio nos invitaba a ver cosas mayores: Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el hijo del hombre[4]. Los muertos mueren para los hombres, no para Dios: para él todos viven, son como ángeles, son hijos de Dios, son hijos de la resurrección[5]. El salmo era el mismo del día de la elección de Luciani como papa, pero también el que reza Jesús ante la tumba de su amigo Lázaro, muy oportuno. A pesar de todo, es una acción de gracias: Te doy gracias, Señor, de todo corazón... cuando te invoqué me escuchaste. Han pasado treinta años. El juicio no se ha hecho donde tenía que hacerse, pero el juicio está en la calle. Estamos llamados a juzgar. Lo dijo Jesús: Cuando el hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel[6]. Estamos invitados a sentarnos con aquel que juzga la historia, ya en el presente. Así pues, ¡sentados para juzgar! Jesús López Sáez
[1] Judas 9. [2] Dn 7,9. [3] Ap 12,7-12. [4] Jn 1,51. [5] Lc 20,34-38. [6] Mt 19,28.
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