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El mensaje y el pasaje en cuestión aparece al final de mi carta a Juan Pablo II (23-3-2002) y al final de mi libro, página 444. Se lo denunciamos entonces. Ahora no podemos sino dar gracias: “Empujaban y empujaban para derribarme, pero el Señor me ayudó”, “es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente” (Sal 118).
Comentando este salmo en la eucaristía de la comunidad, nos llega la noticia del fallecimiento. Nos llega en buen momento. Podemos decir que mejor imposible. Estamos reunidos, en oración, vigilantes. Compartimos la palabra que vamos escuchando al respecto.
La primera lectura del segundo domingo de pascua nos resulta muy viva. Es el pasaje de la primera comunidad cristiana (Hch 2,42-47), verdadera clave de renovación eclesial y, como se ha dicho acertadamente, el pasaje más importante del Concilio. Puede verse en El día de la cuenta: “El concilio Vaticano II ve en la experiencia comunitaria de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,42-47) el modelo no sólo de la vida religiosa, de la de los misioneros y de los sacerdotes, sino de todo el pueblo santo de Dios” (p. 396). Lo hemos dicho por activa y por pasiva: Renovación eclesial y original (que vuelve a los orígenes), sí. Renovación imperial y medieval (pre-conciliar), no.
Damos gracias por la fuerza de Dios en medio de las dificultades que seguimos pasando. Es la segunda lectura: “Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas” (1 Pe 1,3-9). Se lo dijimos al papa en la carta y lo repetimos ahora, en el día de su muerte: “A pesar de las presiones recibidas, al fin y al cabo un caso más de lo que se denuncia en el libro, en conciencia no puedo callar: Hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 4,19)”.
Escuchamos el evangelio del día (Jn 20,19-31), que nos resulta impresionante: “Con las puertas cerradas, por miedo a los judíos”. Lo entendemos perfectamente, también nosotros tenemos que tomar medidas de precaución. Aunque parezca que no, judíos los hay y abundan, como en tiempo de Jesús. Pues bien, del Señor resucitado recibimos este mensaje reconfortante, alentador: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Sí, pese a quien pese, compartimos la misión del resucitado, que nos enseña sus heridas. El resucitado es el crucificado. Que quede claro. Su último lecho no fue la cama, sino el madero de la cruz, que levantaron los de siempre, es decir, “la bestia religiosa y la bestia política” (Ap 13). |