En el principio era la palabra
 

2. DE LA SED AL AGUA DE LA VIDA En crisis de identidad La experiencia del Evangelio entraña un cambio radical: un paso de la sed al agua de la vida. La tradición catecumenal y litúrgica de la Iglesia ha visto en el pasaje de la samaritana (Jn 4) todo un test que sirve para revisar la experiencia de fe, que irrumpe aquí en una situación concreta: una mujer, en crisis de identidad, recupera el sentido de su vida. ¿Cómo? En diálogo con Jesús. Eso fue entonces, ¿es posible ahora? Sí, en la experiencia de fe. En crisis de identidad. Estar en esta situación supone un desfondamiento profundo, radical. Supone perder el sentido de la vida. El sentido de la vida es algo tan necesario como el aire, el agua o el pan. Le dijo un paciente al psiquiatra: “¡A ver cómo se les arregla usted para que yo pueda vivir mi vida sin sentido!”. Una vida sin sentido es difícil de aguantar. En torno a 800.000 personas se suicidan al año en el mundo; en torno a 4.000 en España. Contexto...

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EPÍLOGO   Al final de nuestra escalada, nos encontramos en la cima del monte, donde se contempla un panorama único, excepcional. Ciertamente, Moisés y Elías representan la ley y la profecía. Por eso Jesús dialoga con ellos. Lo hace siempre, no sólo en el monte de la transfiguración. Jesús revisa la tradición, la ley, desde su experiencia profética. Como algunos no lo entienden, Jesús precisa: “No penséis que he venido a abolir la ley y los profetas. No he venido a abolir, sino a dar plenitud” (Mt 5, 17). Pero no hay manera. Sus adversarios le acusan de que viola la ley. En la foto, cuadro de la transfiguración (catedral de Ávila). Como sucede con el cristianismo convencional, en el judaísmo del tiempo de Jesús constatamos algunos problemas. El nacionalismo: el empeño por dar al pueblo el sentimiento de identidad conduce a la cerrazón al fanatismo, a la xenofobia; Además, la situación de opresión por parte del poder romano lleva a una fe ciega en la violencia. El ritualismo:  formas concretas de culto se presentan como algo absoluto querido desde el principio por...

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INFORME SECRETO  Decisiones de Juan Pablo I En mayo del 89, la llamada "persona de Roma" envió a Camilo Bassotto (en la foto), periodista veneciano y amigo de Juan Pablo I, una carta con unos apuntes. En realidad, era un informe secreto. Este informe recoge decisiones importantes y arriesgadas, que Juan Pablo I había tomado. Se lo había comunicado al cardenal Villot, Secretario de Estado. Pero también se lo comunicó a la persona de Roma. Fue una medida prudente. De este modo nos hemos enterado. Juan Pablo I había decidido destituir al presidente del IOR (Instituto para Obras de Religión, el banco vaticano), reformar íntegramente el IOR, hacer frente a la masonería (cubierta o descubierta) y a la mafia. Es decir, había decidido  terminar con los negocios vaticanos, echar a los mercaderes del templo.  El informe debía ser publicado, pero sin firma. El autor del mismo no podía hacerlo, pues, así decía, "el puesto que ocupo no me lo permite, al menos por ahora". Camilo lo publicó en su libro "Il mio cuore è ancora a Venezia" (1990).  

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MUERTE SÚBITA DE NIKODIM

Juan Pablo I: “Quedé desconcertado”

 


El 5 de septiembre de 1978 el arzobispo ortodoxo Nikodim de Leningrado, que había solicitado con insistencia y con urgencia ser recibido por el Papa, murió de repente, mientras hablaba con Juan Pablo I. No había cumplido los 49 años. Según se dijo, murió de infarto. Se dio un detalle: tras tomar una taza de café. Juan Pablo I quedó desconcertado: “Dios mío, Dios mío, también esto tenía que pasarme”, repetía. Ciertamente, llama la atención: en el mismo mes y en el mismo lugar mueren de forma extraña el número dos de la Iglesia ortodoxa rusa y el número uno de la Iglesia católica. Ambos de muerte súbita. ¿Es una simple coincidencia o hay algo más? En la foto, el Papa con Nikodim.

Muerte súbita e imprevista

De la extraña muerte, súbita e imprevista, se dieron informaciones diversas. Por ejemplo, el periodista Juan Arias dio la noticia en su artículo titulado Muere el metropolita ortodoxo de Leningrado”: murió “de colapso cardíaco, a los pies del nuevo Papa, en su biblioteca particular, durante una audiencia privada”, "por la mañana había salido muy temprano del Colegio de los jesuitas Russicum sin dar síntomas de enfermedad". En un mensaje al patriarca de Moscú, Pimen, el Papa manifestó su dolor y su conmoción por esta muerte repentina y por la pérdida dolorosa de un “artesano de la paz y del diálogo ecuménico entre las dos iglesias” (El País, 6-9-1978).

Unos días después, Andrés Barriales, redactor de la revista Ecclesia, en su artículo Nikodim: muerte junto al Papa, escribió lo siguiente: “Había sufrido anteriormente otros cinco infartos”, “de improviso, Nikodim perdió el color de su rostro y cayó exánime sobre un sillón. Hay quien dice que el metropolita Nikodim cayó a los pies de Juan Pablo I y que el Papa fue el primero que intentó socorrerle. El médico no pudo hacer otra cosa que constatar su muerte”, “el cuerpo de Nikodim fue trasladado en una ambulancia de la Cruz Roja del hospital del Espíritu Santo a la parroquia de la Ciudad del Vaticano, la iglesia de Santa Ana”. La Secretaría de Estado comunicó telefónicamente la muerte del metropolita de Leningrado al embajador de la URSS ante el Quirinal. Otros detalles: “Riguroso en la doctrina, fue considerado durante varios años la mano del régimen soviético en el interior de la Iglesia ortodoxa de Moscú. Desde hace varios años se había convertido en el eje de la sincera disposición de su Iglesia sobre los problemas del ecumenismo" (Ecclesia, 16-9-1978).

Encargado de asuntos religiosos por el Kremlim, fue considerado agente del KGB, los servicios secretos soviéticos. Los Archivos Mitrokhim, publicados en Gran Bretaña en 1999 y 2005, con elaboración de los servicios secretos británicos, presentan a Nikodim “como un conspicuo agente del KGB que actuaba con el seudónimo de Adamant, y cuya actividad ecuménica, tanto con la Iglesia Católica como con el Consejo Mundial de las Iglesias (protestante), estuvo promovida y dirigida por el Kremlim”. Lo recoge el periodista Mateo Madridejos en su artículo El Papa, el Patriarca y la sombra del KGB (El observatorio mundial, 16-2-2016).

Según informa la agencia Efe, Nikodim fue cesado por el Kremlim: “fue destituido por el Kremlin en agosto de 1972. En aquella ocasión se dijo que se había retirado por razones de salud; sin embargo, sus enfrentamientos con el Soviet Supremo eran conocidos y se atribuyó a estas diferencias la razón del cese" (ABC, 6-9-1978).

El sacerdote y periodista Antoine Wenger, consejero de la Embajada de Francia ante la Santa Sede y amigo del cardenal francés, en su libro El cardenal Jean Villot aporta estos datos: Nikodim "había insistido en tener una conversación privada con el Papa porque tenía que transmitirle un mensaje. Fue recibido por Juan Pablo I, tras haber tomado antes una taza de café, pues sentía cansado su corazón. Habló algunos instantes con el Papa, después quiso sentarse. Su corazón se detuvo”. El Papa “hizo llamar al cardenal Villot y al médico”, “el cuerpo del metropolitano fue expuesto en la iglesia de Santa Ana, que se encuentra en el recinto del Vaticano”, “al día siguiente, fue transferido el cuerpo a Leningrado" (Wenger, 327).

Por su parte, el investigador inglés David Yallop comenta: "Después de la muerte de Luciani se empezó a rumorear en el Vaticano que Nikodim, poco antes de morir, había tomado una taza de café que en realidad estaba destinada al papa Luciani", "olvidándose de la frágil salud del prelado soviético, de los ataques cardíacos que había sufrido antes, su súbita muerte cobraba el ominoso aspecto retrospectivo de haber sido una señal, una advertencia, un presagio de los horribles sucesos que se habían desarrollado en los aposentos pontificios" (Yallop, 324).

El periodista francés Bernard Lecomte, en su libro Cómo el Papa venció al comunismo, afirma que el patriarcado de Moscú “se encuentra ante un escándalo ocurrido en el corto interregno de Juan Pablo I”, “monseñor Nikodim, metropolita de Leningrado y número dos de la Iglesia ortodoxa rusa, muere en brazos del ‘papa de la sonrisa’. Nikodim había insistido en reunirse con el nuevo Papa en privado para comunicarle un importante mensaje”, “después de este dramático episodio, se produce en la Iglesia rusa una reacción anticatólica", "esta hostilidad durará cerca de diez años", "pocas veces las relaciones con Roma fueron tan tensas" (Lecomte, 318-319).

 

Insistencia, urgencia, obstrucción, audiencia

El jesuita Miguel Arranz, que fue vicerrector del Colegio Ruso de Roma, dio clases de Teología en la Academia Teológica de San Petersburgo e hizo de intérprete en la audiencia que Juan Pablo I concedió a Nikodim, aporta estos datos en la revista 30 Días:

Cuando el arzobispo ortodoxo solicitó la audiencia, "insistió mucho ante Casaroli para tener esta oportunidad", "su petición era urgente". Sin embargo, durante la noche, le robaron el coche. Dice el jesuita: "Cuando llegué por la mañana temprano al Colegio encontré a Nikodim muy agitado. Me dijo que no había dormido. En la casa hacía un calor bochornoso”. El arzobispo ortodoxo “había sentido ahogos. Su secretario, el archimandrita Lev, le había controlado la presión. Empezó enseguida a tomar nitroglicerina, pues tenía problemas de corazón. Además, durante la noche, le habían robado el coche que habían puesto a su disposición para ir al Vaticano. Esto le había agitado mucho”.

Del Colegio Ruso fueron a la Casa Internacional del Clero. El jesuita, Nikodim y su secretario iban juntos, pero hubo “cierto lío” y el trío se separó: "Del Colegio Ruso fuimos a la Casa del Clero, donde estaba previsto el encuentro de las delegaciones eclesiásticas que tenían que ir a la audiencia papal”, “pero también allí hubo otro momento que causó preocupación”, “Nikodim, el archimandrita Lev y yo fuimos juntos hacia el coche que nos habían preparado. Llovía a cántaros. Hubo cierto lío y al final todos terminamos en coches distintos. Nikodim subió al que llevaba a la delegación búlgara. Imagínese su preocupación”, “¿nos iba a encontrar a tiempo?".

El coloquio "duró casi un cuarto de hora". Pero ¿qué le dijo Nikodim al Papa?, ¿por qué su insistencia?, ¿por qué su urgencia?, ¿tenía una información secreta que comunicar al Papa? Dice el jesuita: "Esto no se puede decir, es secreto. Pero sus palabras estaban dictadas por un sentimiento de total confianza. Como cuando se habla con un padre", "le hablaba en voz baja al papa Luciani; incluso en ciertos momentos bajaba aún más el tono, como para protegerse de oídos indiscretos. No quería que nadie le escuchara".

La secuencia de hechos es esta: solicitud de audiencia privada por parte de Nikodim con Juan Pablo I con insistencia y con urgencia, obstrucción de la misma, audiencia y muerte súbita en presencia del Papa. Convulso momento: "Al terminar el coloquio fue invitado a entrar el archimandrita Lev. Nikodim se lo presentó al Papa", "en un momento dado, cuando la conversación con Lev estaba a punto de terminar, Nikodim se sentó sin decir nada, y sentándose se inclinó hacia delante”, “se acurrucó a los pies del Papa. Tratamos de levantarlo. También el Papa se inclinó sobre él tratando de agarrarlo. En aquel convulso momento el papa Luciani no se dio cuenta enseguida de lo que estaba pasando. Le dije que sufría de corazón, mientras el archimandrita Lev, que había salido de prisa a tomar el botiquín, trató de ponerle una inyección sin resultado. Los ojos de Nikodim estaban semiabiertos”, “el médico, que entró poco después, no pudo hacer nada más que constatar el fallecimiento". El Papa "estaba desconcertado”, “Dios mío, Dios mío, también esto tenía que ocurrirme”, repetía (30 Días, 6-7-2006).

Miguel Arranz aporta otros datos en el libro coordinado por el profesor Gianni la Bella y titulado Pedro Arrupe, General de la Compañía de Jesús (2007). Arranz hizo también de intérprete en agosto de 1967 en el encuentro que tuvo lugar en Castelgandolfo entre Pablo VI y Nikodim: "Para mi, que había pasado seis años amistosos con los emigrantes rusos de París, Nikodim era un personaje sospechoso". Sin embargo,"la actitud de confianza del Papa hacia el prelado ruso disiparon mi precaución".

Pedro Arrupe, dice Arranz, estimaba mucho a Nikodim como "audaz explorador de los caminos de Dios, que caminaba peligrosamente sobre la cuerda floja". El penúltimo encuentro entre ellos tuvo lugar en agosto de 1978: "A mediados de mes, Nikodim volvió a Roma para hacerse ver por los médicos, que lo encontraron en discreto estado de salud, aunque él movía la cabeza negativamente".

Cuando "cayó a los pies del Papa en el Vaticano, víctima del séptimo infarto, me precipité al teléfono del despacho del Pontífice y llamé primero a la dirección del Patriarcado de Moscú, de donde recibí órdenes sobre cómo proceder en las actuaciones funerarias", "enseguida llamé al P. Arrupe", "a los pocos minutos estaba allí, y solos los dos en una de las secretarías papales velamos el cadáver una hora aproximadamente".

Nikodim había hablado con Pablo VI del tema de la unidad concreta de las iglesias ya en 1975: "Yo no pude estar presente, dice el jesuita, pero lo supe por una nota indiscreta que alguien filtró. Cuando Pablo VI murió, Nikodim quiso que el acuerdo fuera confirmado por su sucesor, Juan Pablo I, lo que éste hizo”.

Juan Pablo I, con palabras cordiales y espontáneas, dijo al clero romano: “Hace tres días ha muerto en mis brazos el metropolita Nikodim de Leningrado. ¡Qué cosas más maravillosas y nunca oídas sobre la Iglesia me ha revelado este prelado ortodoxo!”. Comenta el jesuita: "Cuando cuatro meses después, volví a mis clases de Leningrado, iba yo dispuesto a dejarme desollar vivo, con tal de no revelar un secreto que podía costar muchas cabezas" (Gianni la Bella, pp. 623-627).

 

 

La previsión de sor Lucía

Camilo Bassotto recoge en su libro Il mio cuore è ancora a Venezia el testimonio de don Germano Pattaro, experto en ecumenismo y consejero teológico de Juan Pablo I:  “Le pedí —dice don Germano— que me hablara del metropolita ruso Nikodim, venido a Roma en representación de la Iglesia ortodoxa, para el comienzo de su pontificado. Yo había conocido a Nikodim en reuniones ecuménicas, sentía estima, admiración y amistad por él. El papa Luciani me dijo: Murió entre mis brazos; todo sucedió en pocos instantes, quedé desconcertado”, “su muerte es una señal profética de nuestro pontificado” (Bassotto, 145-146).

Luciani lo ve venir, es previsor. Sabe, a los pocos días de pontificado, quién será (y, además, pronto) su sucesor: “Soy el instrumento de un designio de Dios que me supera y me trasciende. Por cuanto tiempo, no lo sé. Pero no será por mucho. Ya hay uno que tomará mi puesto. En el Cónclave estaba frente a mí. Pablo VI lo había preconizado cuando le escuchó en las meditaciones tenidas en el Vaticano durante los ejercicios espirituales en la cuaresma de 1977”. Luciani siente que el día se acerca: “Hay días y horas en que revive en mí el deseo de volver al Padre. Teresa de Ávila un día dijo a Jesús: Señor, ya es hora de que nos veamos. Siento que el día se acerca. Ahora ya no tengo el pensamiento que me pesaba en el corazón como después del coloquio con sor Lucía en el monasterio de Coimbra. La previsión se ha cumplido. Acepto todo con confianza y alegría. Me abandono en Dios”. Luciani no se abruma: “Ahora estoy aquí, soy el Papa, debo procurar con todas mis fuerzas hacerlo bien de Papa” (Bassotto, 122). En la foto, don Germano Pattaro.

El arzobispo Loris Capovilla, que fue secretario de Juan XXIII, conocía el tercer secreto de Fátima y era viejo amigo de Albino Luciani. Pues bien, Capovilla declaró el 13 de mayo de 2000 que "el Papa de la sonrisa" en el texto del secreto "había creído leer algo que le afectaba". Este misterioso dato lo recoge Andrea Tornielli en su libro Fátima. Il segreto svelato (Tornielli, 62). Entonces, ¿le aplicó sor Lucía a Luciani el tercer secreto de Fátima?, ¿el obispo vestido de blanco, que es asesinado, es Juan Pablo I?

En octubre de 1995 tuve la oportunidad de conversar en su casa de Sintra, cerca de Lisboa, con la Sra. Olga de Cadaval (en la foto), veneciana, casada en Portugal, colaboradora de sor Lucía. Me interesaba lo que pudiera decir sobre la entrevista que el cardenal Luciani tuvo con sor Lucía en Coimbra el 11 de julio de 1977. Ella le dijo que sería papa. Sor Lucía pudo tener en cuenta el gesto que Pablo VI tuvo con Luciani en Venecia, el 16 de septiembre de 1972, cuando en la plaza de San Marcos le impuso la estola papal sobre los hombros y le dijo: “Es una inspiración, usted merece esta estola”.

Pues bien, la señora de Cadaval dijo que ella estuvo sólo diez minutos y que salió cuando empezaron a hablar de cosas del Vaticano. Camilo Bassotto me comentó entonces: “La señora Olga de Cadaval sabe ciertamente por sor Lucía lo que ha pasado entre sor Lucía y Luciani en el coloquio. Me lo dio a entender a mí personalmente, tomándome la palabra de que nunca hablaría o escribiría de ello” (10-2-1996). Sí pude saber (por María Germana Tánger, muy amiga suya) que a la señora De Cadaval le había gustado mucho mi libro Se pedirá cuenta.

En su momento se publicó: “La vidente de Fátima profetizó la muerte de Juan Pablo I”. Lo reveló Eduardo Luciani al semanario Il Sabato: sor Lucía le dijo a su hermano “que iba a ser elegido papa y que su muerte sería inminente”, “mi hermano salió descompuesto. Cada vez que aludía a aquella conversación, se ponía pálido” (El País, 26-8-1993). La previsión de que el cardenal fuera elegido papa no suponía ninguna sorpresa para la familia, tampoco para Luciani. Comenta Eduardo: “Para mí, para toda mi familia, la elección de Albino no fue una sorpresa. Conocíamos las opiniones de diversos cardenales, en Venecia habíamos visto a Pablo VI quitarse la estola y ponerla en los hombros de mi hermano, un gesto que equivalía a una investidura pública” (Gente, 21-6-1985).

Eduardo pensaba en una muerte natural, profetizada por la vidente. Ahora bien, todo encaja mejor en una muerte provocada. Olga de Cadaval, mujer culta, estaba bien informada sobre los asuntos vaticanos y, obviamente, hablaba con sor Lucía. Pues bien, con la información de su colaboradora, Olga de Cadaval, sor Lucía pudo decirle al cardenal que duraría poco. Es decir, le aplicó el tercer secreto: la muerte violenta del obispo vestido de blanco. Esto sí constituía una sorpresa rotunda.

Según el abad Georges de Nantes, fundador de la Liga de la Contra-Reforma Católica, movimiento tradicionalista vinculado a Fátima, la publicación del tercer secreto confirma la tesis de Yallop: el papa Juan Pablo I fue asesinado. El abad recoge el testimonio del doctor Da Ros, médico personal de Juan Pablo I, sobre su buena salud, el testimonio de don Germano Pattaro sobre la previsión de sor Lucía y una síntesis de mi libro Se pedirá cuenta (El día de la cuenta, 223-225).

 

El papa quedó desconcertado

Resumiendo, me parece oportuno destacar y comentar algunos hechos. Ciertamente, llama la atención: en el mismo mes y en el mismo lugar mueren de forma extraña el número dos de la Iglesia ortodoxa rusa y el número uno de la Iglesia católica. Ambos de muerte súbita. La pregunta es obvia: ¿Fue una coincidencia o hay algo más?

Frente a interpretaciones visionarias, la previsión de sor Lucía no descarta información aportada por Olga de Cadaval y por otras personas. Al contrario, la incluye. La noble dama veneciana, afincada en Portugal, era colaboradora de sor Lucía. Pude saber (por María Germana Tánger, muy amiga suya) que a Olga le había gustado mucho mi libro Se pedirá cuenta. En el movimiento de Fátima se aplica el tercer secreto, la muerte violenta del obispo vestido de blanco, a Juan Pablo I. En el texto del secreto, el papa Luciani “había creído leer algo que le afectaba”, dijo el arzobispo Loris Capovilla.

En Roma, a mediados de agosto, los médicos encontraron a Nikodim “en discreto estado de salud”. Se habla de cinco infartos, incluso más. Pues bien, problemas de corazón aparte, el arzobispo ortodoxo aparece envuelto en una estrategia adversa que pretende impedir su audiencia con el Papa, una audiencia que había solicitado con insistencia y con urgencia. Durante la noche, le robaron el coche que habían puesto a su disposición para ir al Vaticano. Además, hubo “cierto lío” en los coches para ir al Vaticano y, al final, el ortodoxo y el jesuita, que era el intérprete, terminaron en coches distintos. ¿Tenía una información secreta que comunicar al Papa? Parece claro.

En la audiencia, dice el jesuita Miguel Arranz, “sus palabras estaban dictadas por un sentimiento de total confianza. Como cuando se habla con un padre", "le hablaba en voz baja al papa Luciani; incluso en ciertos momentos bajaba aún más el tono, como para protegerse de oídos indiscretos. No quería que nadie le escuchara". Había tomado una taza de café. Si estaba tan enfermo, no se explica. Si estaba en discreto estado de salud, se entiende mejor. Finalmente, se produjo la muerte súbita e imprevista.

El jesuita llamó primero a la dirección del Patriarcado de Moscú, de donde recibió “órdenes sobre cómo proceder en las actuaciones funerarias". Después llamó a Pedro. Arrupe, el Superior General de los jesuitas: "A los pocos minutos estaba allí, y solos los dos en una de las secretarías papales velamos el cadáver una hora aproximadamente".

Aquí parece haber una información incompleta: “El cuerpo de Nikodim fue trasladado en una ambulancia de la Cruz Roja del hospital del Espíritu Santo a la parroquia de la Ciudad del Vaticano, la iglesia de Santa Ana”. Se habla de una ambulancia de la Cruz Roja y del hospital del Espíritu Santo, pero ¿qué se le hizo en el hospital?, ¿se le hizo la autopsia?

Cuando el jesuita volvió a sus clases de Leningrado, iba dispuesto a dejarse desollar vivo “con tal de no revelar un secreto que podía costar muchas cabezas". ¿Dónde podían rodar esas cabezas? Se supone que allí, pero ¿qué cabezas podían rodar?, ¿de los servicios secretos soviéticos?, ¿y por qué motivo?, ¿revelación de secreto? Como dijo Arrupe,  ¿era Nikodim un audaz explorador de los caminos de Dios, que caminaba peligrosamente sobre la cuerda floja?, ¿qué significaba esto?

Según el periodista francés Bernard Lecomte, el patriarcado de Moscú “se encuentra ante un escándalo ocurrido en el corto interregno de Juan Pablo I”, el número dos de la Iglesia ortodoxa rusa muere en brazos del Papa: “después de este dramático episodio, se produce en la Iglesia rusa una reacción anticatólica", "esta hostilidad durará cerca de diez años", "pocas veces las relaciones con Roma fueron tan tensas". Si Nikodim murió de infarto ¿a qué viene semejante reacción?

Ante la muerte de Nikodim, el papa Luciani quedó desconcertado. Repetía: "Dios mío, Dios mío, también esto tenía que ocurrirme". Sí, “también esto”, pero ¿con respecto a qué?, ¿se refería a la desaparición trágica de su sobrino en 1975? Mario Senigaglia, que fue secretario del cardenal Luciani y le acompañó en aquellos terribles momentos, escribió: “Vi que algo en él se había quebrado. Lo vi arrodillado en tierra para consolar al hermano Berto (Eduardo) sujetándole la cabeza con las manos. Le vi rezar y llorar” (Archivo 30 Giorni). En conclusión, ahí están los datos. Cualquiera puede juzgar. Como está escrito, “quien pueda entender, que entienda”.

 

Jesús López Sáez